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05 Nov 2008

El Primer email de OBAMA tras su victoria electoral

Escrito por: mabel-garcia el 05 Nov 2008 - URL Permanente

Durante todo el tiempo de campaña electoral, Obama ha enviado a nuestra casa, casi a diario, un email anunciándonos todo lo que estaban haciendo, como evolucionaba la campaña e invitándonos a realizar aportaciones de 5 dólares.

Hoy, a las 8 de la mañana, (hora española) llegó este email:

From: Barack Obama [mailto:info@barackobama.com]
Sent: Wednesday, November 05, 2008 7:58 AM
To: XXXXXXXXXXXXXXX
Subject: How this happened

JORGE --

I'm about to head to Grant Park to talk to everyone gathered there, but I wanted to write to you first.

We just made history.

And I don't want you to forget how we did it.

You made history every single day during this campaign -- every day you knocked on doors, made a donation, or talked to your family, friends, and neighbors about why you believe it's time for change.

I want to thank all of you who gave your time, talent, and passion to this campaign.

We have a lot of work to do to get our country back on track, and I'll be in touch soon about what comes next.

But I want to be very clear about one thing...

All of this happened because of you.

Thank you,

Barack

Paid for by Obama for America

This email was sent to:xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

To unsubscribe, go to:xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx


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Algunos dirán que es Marketing, otros todo un show, pero el hecho es que nunca ningún político de la era contemporánea me había emocionado tanto, y honestamente, me gustaría que en España algún día tuviéramos un líder con ese carisma.

Felicidades Obama, y siempre gracias a ti por tener los arrestos de afrontar este difícil reto. Ya eres parte de la historia y de nuestras vidas.


29 Oct 2008

¿Maradona el nuevo entrenador de Argentina?… Um, no sé, habrá que darle en beneficio de la duda.

Escrito por: mabel-garcia el 29 Oct 2008 - URL Permanente

Seguidores o no del fútbol, pocas personas hay que no sepan quién es Maradona. Os mentiría si digo que yo no sé quién es, porque lo he leído en los periódicos, y algo de él he oído, pero dista mucho mi conocimiento del “astro argentino”, como muchos le han llamado, de lo que cualquier futbolero pudiera conocer. Y tampoco es mi intención dar una clase magistral sobre Diego Armando Maradona, pero si me gustaría discutir sobre el titular que desde ayer invade los periódicos: Maradona nuevo entrenador argentino.

Y entonces yo me pregunto… ¿Eso Va en serio, o es esto serio? Me explico, antes de que me echéis los perros.

Según tengo entendido Maradona consiguió alzarse en la historia del deporte, como uno de los mayores y mejores jugadores de fútbol del mundo. La devoción de muchos aficionados a este deporte hacia Maradona fue tal que incluso una Iglesia “la Maradoniana” fue creada. Pero de igual forma, que alcanzó las mieles del éxito alzándose a los cielos en lo profesional, cabe decir, que en lo personal, descendió hasta los infiernos, con una complicada y dura lucha de adicciones y desintoxicaciones.

Todo esto lo ha convertido en una figura mediática importante, cierto, pero, mis dudas no son sobre su pasado como jugador, o como persona, pues ahí está la historia, para que el mundo juzgue, mis dudas son más bien sobre el presente. ¿Por ser un buen alumno está certificado que seas un buen profesor? ¿Por ser un buen trabajador puedes ser un buen jefe? Conocimientos del fútbol tiene por supuesto, a ello se ha dedicado toda su vida, ¿Pero está capacitado para transmitírselos a unos jugadores? ¿Será capaz de crear estrategias, organizar y lidiar con otros grandes jugadores actuales y también estrellas como él?

No creo que ser buen jugador es sinónimo de buen entrenador. En fin, es una mera reflexión al aire, pues nada sabremos hasta que no ejerza como tal, como entrenador, pues no hay peor gestión que la que no se hace, y siempre hay que darle a todo el mundo el beneficio de la duda.

26 Oct 2008

Hoy toca Relato Dominical: "Sueño o realidad" (Inspirado en la vida del Rey de Castilla Enrique IV)

Escrito por: mabel-garcia el 26 Oct 2008 - URL Permanente

No éramos muchos en el restaurante, apenas quince personas. La comida estaba deliciosa. Nuestros ojos, como suele pasar en la mayoría de los casos, no calibraron bien el tamaño de nuestro estómago. Los seis comensales que compartíamos mesa intentamos infructuosamente acabar nuestros platos. Ya sabíamos de la fama del buen comer de las tierras castellanas, pero nuestra terquedad, y el largo paseo recorriendo el pueblo, hicieron las veces de jueces, y pedimos sin medida.

A todo este acopio de comida le acompañó generosamente el vino. Un vino tinto que era servido en jarras de barro, y cuyo número de éstas yo perdí, o al menos, no recuerdo, de tanto que pudimos beber.

Pagamos la cuenta religiosamente, y nos marchamos. Ya éramos los únicos que quedábamos en el restaurante y, aunque, algo alegres, por el alcohol ingerido, éramos conscientes de la hora. Seguiríamos la sobremesa, en la casa rural que alquilamos por esos días.

Llegamos entre charlas y risas a la casa, y cada uno fue tomando posición de los lugares del salón que más confortables le resultaban, y siempre cerca de la chimenea. Tuvimos una animada sobremesa de excitantes confesiones, pero sabiamente, Tomás, que conocía perfectamente al grupo, comenzó a poner orden a todo y sabiendo, que en muchos de los congregados allí, era el alcohol el que hablaba por ellos, fue mandando a la cama a todo el mundo. Como niños a los que les dan la misma orden, salvando siempre las distancias claro, algunos de los del grupo fueron pidiendo un poquito más de tiempo, pero Tomás, haciendo uso de su paciencia y mano izquierda, fue finalmente consiguiendo su objetivo, y uno a uno, fue retirando a cada uno a sus aposentos, y entre los cuales yo me incluyo.

Tomás era el mayor, de las chicas y chicos que conformábamos el grupo, y así mismo, el más sensato. Esta excursión la había organizado él. Estábamos en sus tierras, como él decía. Él era oriundo del lugar y a pesar de haberse mudado muchos años atrás a la gran ciudad, le gustaba compartir los encantos de la tierra que le vio nacer. Teníamos tan buenos recuerdos de la última vez que fuimos de escapada por esos lares, que, cuando él propuso irnos ese puente festivo a Trijueque no lo dudamos ni por un momento.

Instantes más tarde, en la casa reinó el silencio, tan sólo el chisporroteo de las brasas de la chimenea y la tenue luz que de ella emanaba, hacían acto de presencia. Todos dormían, todos, menos yo. Me había desvelado, no podía conciliar el sueño, y daba vueltas en la cama intentando hallar la postura que me ayudara a dormir. Era inútil. Envolviéndome con la manta de la cama me dirigí al salón. Cerré la puerta de éste, para no molestar, y avivé algo más el fuego. Enseguida mirando la lumbre, quedé como hipnotizada y sin apenas darme cuenta mi cuerpo se relajó y mi mente quedó libre. Estaba como en otro espacio, en otra dimensión. Mis ojos cerrados me trasladaron al castillo que ese mismo día visité. Cogí una de las antorchas que iluminaban la escalera y ascendí por ella. No sabía qué hacía allí, pero tampoco me lo preguntaba. El último peldaño me llevó a una hermosa, aunque algo sobria habitación. En ésta, había algunos tapices, y un par de cuadros. A los pies de la cama, había un gran baúl de madera oscura, siguiendo la misma línea del dosel de la cama y el resto del mobiliario, que no era mucho.

Mi curiosidad me pudo. Abrí el baúl con sumo cuidado, para no dañarlo ni hacer ruido, pero el pequeño chirrido, de sus ya viejas bisagras, fue inevitable. Éste estaba casi vacío. Apenas unos retales de terciopelo yacían en el fondo. De cualquier manera, cogí esos trozos de tela e hice ademán de acercármelos al rostro, pero un extremo enganchado a una esquina del fondo del baúl me lo impidió. Intenté soltarlo con más maña que fuerza, y ahí me llevé una sorpresa. ¡Existía un doble fondo! Con cierta habilidad y algo de paciencia logré quitar la tapa que ocultaba ese otro apartado del baúl. Ahí lo primero que encontré fue un hermoso vestido de terciopelo rojo de estilo medieval. Me temblaban las piernas de pensar que pudiera haber pertenecido a alguna de las reinas o princesas que estuvieron por el lugar, o simplemente, a la amante de algún rey. Mi imaginación volaba, al igual que mis manos, que nuevamente no pudieron resistirse, e impulsivamente lo cogieron y rápidamente lo acercaron a mi cuerpo. No sabía si tendría nuevamente oportunidad de vestir una prenda tan inusual, y sin pensármelo dos veces, despojándome de lo que vestía, me lo puse. Nunca había visto cosa igual, que porte, que belleza, que riqueza de tejido. Me volvía a sentir transportada a otra dimensión.

Había algo más en el baúl, un viejo papel, o pergamino, no sabría decirlo, pero el hecho es que aún se encontraba lacrado. Estaba sin abrir. Lo tomé en mis manos como con miedo de poder romperlo, y antes de poder leerlo, oí pasos y voces en la escalera. Alguien venía. Rápidamente me escondí tras un biombo que tenía la habitación. Entraron entre risas y besos una pareja. Ambos engalanados a la misma usanza de la época. A él lo conocía, a ella no. Por mi asombro casi cometo el error de delatarme, pero, siempre escondida, me tapé la boca para no ser oída. Miraba a través del estrecho hueco que las distintas tablas del biombo me permitían. ¡Era el Rey Enrique! Me atrevería a jurarlo, pero me daba miedo que, mi ya muy lejana memoria estudiantil, me jugara una mala pasada, y lo borré inmediatamente de mi mente.

Con mucho cuidado, y dado que los retozos amorosos parecían prolongarse, me dispuse, silenciosamente a leer el escrito que encontré. De pronto alguien tocó a la puerta a modo de contraseña. Le dejaron pasar. Era un fornido varón, de aspecto árabe, y fue recibido por los amantes con besos y alegría. Yo me quedé estupefacta. No por lo erótico de la escena, pero si por los personajes de la misma. Pero yo, a lo mío, pensé, y entre ruidos apasionados de fondo, risas y demás peticiones lujuriosas de los amantes, intenté concentrarme en la lectura del papel que encontré.

Su contenido fue revelador. Parecía una confesión. Un documento inédito que fue escrito para la posteridad y allí estaba yo, leyendo las confesiones de la realeza, (pues lo firmaba el rey), y compartiendo alcoba de incógnito como fiel notario de lo que en el manuscrito leí.

No había falta de hombría por ningún lado, mis ojos sobre papel y la realidad, me lo estaban demostrando. Hablaba en su confesión, sobre la falta de atracción que reinaba con sus parejas impuestas, pero proclamaba y juraba, a los cuatro vientos, que su descendencia existió y fue legítima. Sus enemigos se cebaron en desacreditarlo y además de destruirle a él, destruyeron también la vida de su descendiente. Su libertad sexual y su, a veces, libertinaje, fue demasiado avanzado para esa cultura tan convencional, de la corte castellana. Ya daba igual, ya el mal estaba hecho, decía en sus últimas frases de la carta. Cerca del momento de su muerte, poco le importaba la gente, y sus habladurías. Sólo quería dejar plasmada, para la posteridad, su verdad. En ningún momento buscaba el perdón, quizás tan sólo la comprensión, de los suyos y de la historia.

¡Qué pena de hombre! pensé, y abracé la carta con mi pecho reclinándome ligeramente. Y lo hice, con tal desventura, que el biombo cayó desplomado al suelo. ¡Me habían descubierto! Como pude me incorporé de inmediato y salí de la habitación a toda prisa. Mientras avanzaba en mi huida dejé atrás las voces que decían,… ¡Tú!, ¡Detente!, ¿Quién eres?... Yo no hacía caso, y corría y corría por las escaleras. En mi carrera miré por un momento hacia atrás, para confirmar que nadie del trío me perseguía, y entre mis nervios, y mi torpeza al andar con aquellos ropajes, caí escaleras abajo. La escalera de caracol parecía interminable, o al menos eso pensaba mi cuerpo con cada uno de los golpes que los escalones me estaban produciendo.

Llegué finalmente al término de la escalera, quedando inmóvil en el suelo junto a ella.

Segundos después…me habían cogido. Tocándome insistentemente en el hombro y en la espalda, para hacerme recuperar la conciencia, oía… ¡Despierta!, ¡Despierta de una vez! Como pude, abrí los ojos…, me costó, no podía focalizar bien la visión. Al final lo conseguí, pero era Tomás el que estaba junto a mí, preguntándome insistentemente si estaba bien.

  • - ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde estoy?- le pregunté algo aturdida.

  • - Estabas dormida en el sofá. Soñabas. Me levanté a beber agua, y cuando llegué al salón te vi. En un principio no quería despertarte pero comenzaste a moverte convulsivamente y tu respiración se volvió tan agitada, que me decidí intervenir. ¿Estás bien?

  • - Uf...-dije, abrazándome a él. He tenido un sueño. Un sueño maravilloso en un principio, pero horroroso al final.

Y le conté mi experiencia de principio a fin, escuchándome él, sin pestañear, durante todo mi relato.

  • - La verdad María, es que es una historia increíble, - me dijo Tomás tras terminar de oír mi historia, - pero todo ha sido un sueño, ahora tienes que descansar. ¿Por qué no te vas a la cama?

  • - Si llevas razón. Creo que lo mejor es que me vaya a dormir, - le contestó María. ¡Pero, era todo tan real! ¡Te lo juro!

  • - Lo sé. A veces, los sueños pueden parecer reales, pero sólo son eso, sueños, producto de nuestra imaginación. Anda, vamos a dormir, que mañana será un largo día.

Y así lo hicimos, pero cuando cogí mi manta, algo se calló al suelo. Era un papel viejo y arrugado.

  • - No puede ser, - dije con tono asustadizo. ¡Mira eso Tomás! Y señalando con el dedo, apunté hacia el lugar donde se encontraba el papel.

Tomás giró la cara, y cuando lo localizó visualmente, se agachó a cogerlo. La sorpresa de volver a ver ese texto, duró lo que dura un suspiro. Segundos después de haberlo tomado en sus manos, y sin casi tiempo de terminar de leerlo, se comenzó a desintegrar. Nos mirábamos con ojos de asombro, y cierto temor. Durante aquellos breves instantes, visualicé en mi interior, todo lo que había protagonizado en las horas anteriores. ¿Serían fuerzas del más allá? ¿Estaba loca? No, no podía ser, Tomás había sido testigo conmigo de lo que sucedía.

Y tan sólo, del documento, se conservó el sello lacrado. El resto del papel quedó destruido a puras cenizas, cenizas, que una brisa de viento hizo volar y se perdieron para siempre.

Ya casi había amanecido, y pronto se levantaría el resto del grupo. Era el día de regreso a la ciudad, nuestro tiempo se había agotado.

Mantuvimos en secreto lo sucedido, y una vez en la ciudad, ya en casa, nos volvimos a reunir Tomás y yo a solas. Él había conservado consigo, el resto del manuscrito, o mejor dicho, el sello lacrado que en él había. Tomamos una decisión, y a modo, de humilde homenaje, entregamos anónimamente esta muestra de historia de siglos atrás.

Hicimos llegar al museo del castillo, el sello lacrado del Rey. Acompañaba a éste, una breve descripción de lo que el contenido de carta original decía. Sabíamos que no podíamos demostrar el texto del documento, pero quisimos, que aunque fuera en modo de leyenda, esto se transmitiera a lo largo de los años. Y así fue.

Desde entonces, en el pequeño museo del castillo, en un apartado dedicado a las casas reales, se encuentra el sello lacrado, acompañado de un breve texto que dice: “este sello, perteneció a uno de los más polémicos reyes de la historia de Castilla. Fue víctima del descrédito y maldad de sus adversarios, además de sus envidias y burlas. Se dice, que acompañaba a este sello, un manuscrito donde el propio Rey, confesaba sus aflicciones, honraba la legitimidad de su hija, y, reconocía su actitud libertina, además de autoproclamarse como… El Incomprendido”………

28 Sep 2008

Hoy toca RELATO DOMINICAL.

Escrito por: mabel-garcia el 28 Sep 2008 - URL Permanente

Hoy es mi primer domingo con este blog, y a no ser que el mundo tenga alguna noticia fascinante que contarme me limitaré a subir breves relatos ficticios que de vez en cuando me gusta escribir.

En el RELATO DOMINICAL de hoy os presento: PLANES FRUSTRADOS.

En su gran día Esther amaneció radiante. Quizás por las bendiciones de su familia en el día de ayer, o quizás por la emoción de su inminente boda, pero su rostro desprendía luz propia.

Desde bien temprano, en la casa maternal, andaban de arriba abajo con los preparativos, tanto de la novia como de las damas de honor. Maquilladores, esteticistas, modistos, todos estaban como locos al pendiente, y al servicio de la novia y de su grupo que la acompañaba a modo de corte.

Tras una intensa mañana, todo estaba listo y cada cual en perfecto orden de revista. La madre de la novia, junto a los profesionales que habían obrado todo, esperaba al final de las escaleras inspeccionando cada una de las partícipes de la tan esperada boda que iban descendiendo con la mejor de sus sonrisas. Por último, la protagonista, la reina de la casa, bajó por ellas. Lucía espectacular. Su traje, guardaba un cierto aire entre romántico y recatado, pero como no podía ser de otra manera, resaltaba todos los encantos de esa bella mujer.

Cuando Esther hubo descendido la totalidad de los peldaños, se detuvo frente a su progenitora. Le hizo una breve reverencia y se acercó a darle un beso.

Era una familia altamente conservadora, y este hecho era parte del protocolo del acto.

Su madre, Doña Ana, que la contempló desde principio a fin con ojos vidriosos por la emoción, llegado el momento, se fundió con su hija en un tierno abrazo. Su pequeña se iba de casa.

Esa princesita, de familia acomodada, era hija única, y como tal era tratada. Era mimada, llevada entre algodones, pero es que además, su conducta era acorde con sus halagos.

Tras un beso tierno en la mejilla, por parte de Doña Ana, Esther con todo su áurea magnificente salió de la que, a partir de ahora, sería la casa de sus padres, que no la suya. En la puerta la esperaba un hermoso Rolls-Royce blanco, bellamente engalanado. En otros coches, también listos y adornados, partirían el resto de personas. Como manda la tradición, la novia sería la última en llegar, por lo que adelantaron su partida las damas de honor y su madre. Éstas, aprovechando esa pequeña ventaja de minutos, esperarían en la puerta de la iglesia al Rolls-Royce para colocarle bien el vestido a la novia e iniciar la entrada triunfal al templo. Allí junto al altar, el novio la recibiría de la mano de su ya casi suegro, que mientras tanto, sería el que le calmaría los nervios de la espera.

… Cinco minutos desde que saliera la corte de Esther, y el coche de ella arrancó.

Todo el servicio de la casa, cocinera, mayordomo, criadas, salieron a despedirla, y ella con la mano, mientras se alejaba, les decía adiós desde el interior del Rolls. ¡La Señorita Esther se casaba!

El trayecto que separaba la residencia de los Celaya de la iglesia donde se celebraría la ceremonia religiosa era de pocos kilómetros, por lo que en menos de quince minutos llegarían a su destino final.

Esther contemplaba a través de los vidrios el paisaje como a modo de despedida. Una vez casada, marcharían a América donde la familia de Luis era propietaria de grandes extensiones de tierra. Todos sus negocios estaban allí, por lo que sería en ese lejano lugar donde fijarían su residencia.

En medio de su contemplación, súbitamente, una brusca maniobra la asustó:

  • ¿Qué pasa Tomás?- le dijo Esther al chófer que la guiaba.

  • Creo que hemos pinchado Srta. Esther. – le contestó. – Pero no se preocupe, que enseguida me encargo de eso.

Tomás se bajó del vehículo dejando a la Srta. Esther en él. Echó un vistazo al neumático y ciertamente su predicción había sido acertada. Tras confirmárselo a Esther, y para tranquilizarla le dijo que no demoraría más de 10 minutos en cambiar la rueda. No debía de inquietarse.

Esther, aunque maldijo su mala suerte, no pudo hacer otra cosa que resignarse, mientras Tomás se ponía manos a la obra.

A penas el chófer había sacado el gato y la rueda de repuesto del maletero, cuando alguien, situado detrás de él, le apuntó en la cabeza con una pistola. Inmediatamente dos hombres, obligaron a Esther a salir del coche. Iban armados, y vestían uniformados. No sin resistencia, por parte de Tomás y Esther, fueron maniatados. Los condujeron al interior del bosque que rodeaba ambos lados de la carretera. Allí, en uno de los senderos, camuflado por la espesa vegetación esperaba una camioneta. Llegaron hasta ella y se marcharon. En la carretera quedó el Rolls-Royce vacío, medio reparar y con un incesante sonido del teléfono que portaba en su interior y que no dejaba de sonar.

Dos horas después, y ya en el refugio de los secuestradores, se realizó la primera llamada de éstos. No fue a la familia Celaya fue directamente al móvil de Luis. En el momento de la llamada telefónica, policía y familia estaban presentes, y ante la petición de silencio de Luis, para poder oír lo que decían, todos se quedaron mirándolo con caras de expectación. Tan sólo se le pudo oír… “de acuerdo”. No fueron más de dos minutos de comunicación.

Les habían dado 24 horas para pagar un cuantioso rescate, si no, matarían a Esther y a su chófer. Don Francisco Celaya, el padre de Esther estaba destrozado. Habían capturado a su princesita. Su estado anímico tan inestable, le hacía pasar de la mayor de las desesperaciones a la más alta indignación, llegando a hacer comentarios como que todo era por culpa de Luis.

Y es que éste se había encargado de la seguridad del evento. Dada su posición y la importancia de sus invitados, tanto la iglesia como la posterior celebración estaba organizada con un amplio despliegue de medidas para proteger a los ahí convocados. Todo estaba bien planificado y cubierto, todo menos el desplazamiento. Ahora ese descuido, podría pasarles factura.

Mientras la familia colaboraba con la policía, los retenidos, intentaban pedir explicaciones inútilmente a sus secuestradores. La insistencia y osadía de las palabras de Esther, le habían costado ya una bofetada. La angelical chica de buenos modales mostraba ahora su bravía. Atrás había quedado la debilidad y su imagen de cristal. La potrilla salvaje, como ya la llamaban los secuestradores, curaba ahora las heridas de su chófer Tomás. Por intentar defenderla, le habían dado una paliza. Ella, aún con el vestido de novia, no dudó en hacerlo girones para atenderlo. Momento que ella aprovechó para hablar con él sin que los otros los oyeran.

Oscureció pronto. Era invierno. Los milicianos, apenas tres, habían comenzado a comportarse de manera excitable alrededor de la fogata que tenían encendida para aliviar el frío. El nivel de alcohol en sangre propiciaba tal conducta. Mientras dos de ellos se peleaban, el tercero, se acercaba al lugar donde dormían Esther y Tomás. El brillo de los ojos del soldado, y su boca salivosa, no vaticinaban nada bueno. Sin mediar palabra, se acercó hasta Esther. Con ayuda de un machete, cortó la cuerda que la ataba a un poste y se la llevó a rastras a un lugar algo más apartado. Oyendo la resistencia de ella, Tomás se despertó y ante su intento por impedir que esto sucediera, que se la llevara, el chófer recibió una patada en la cara que lo dejó inconsciente.

El uniformado quería diversión, y ella ya sabía lo que venía después. Sabía que resistirse lo único que haría sería enfurecerlo aún más, y ponerlo más agresivo. Así pues, rebajó su resistencia y comenzó a actuar como la chica delicada y asustada que correspondía en esa situación.

  • Así me gusta, gatita, que seas buena. Te lo vas a pasar bien, tranquila. No te voy a hacer daño si te portas bien.- decía el soldado mientras acercaba su boca, a la cara de Esther.

Ella, haciendo de tripas corazón, e intentando no demostrar el asco que el propio aliento etílico del hombre le daba, respondió con tímidas palabras:

  • Está bien, pero no me hagas daño. Haré lo que quieras, pero por favor, - le pedía Esther- suelta el cuchillo, me haces daño y me asustas.

  • Ya veremos, depende de cómo te portes, - le contestó aquel hombre.

Y sin mediar más palabras comenzó a poseerla. Ella se dejó. Él la lamió como con desesperación, recorriendo todas las partes de su cuerpo que tenía al descubierto. Pero él quería más, y sus deseos se veían frustrados por el desecho vestido de novia. Ni ella sola podía liberarse de los corchetes y botones que hacían de cierre de éste. Él ante esa desesperación, clavó el machete en el suelo y dándole la vuelta a Esther, comenzó a romper con sus manos la espalda del vestido, saltando por los aires, botones y pedrerías de éste. Ahora ella estaba completamente desnuda y él estaba contento. Al fin podría disfrutarla de verdad.

Mientras tanto, desde el cobertizo de los rehenes, Tomás, ya vuelto en sí, podía ver el lamentable espectáculo. Por otro lado, los otros dos secuestradores, dormían junto al fuego su borrachera.

El chófer quería ayudar, pero no sabía cómo. Estaba atado con una gruesa soga a uno de los pilares del cobertizo, que le impedía desplazarse hasta el lugar donde se encontraban Esther y el secuestrador.

Sigilosamente, y dentro de la torpeza de su cuerpo dolorido por los golpes, intentó un acto desesperado, llegar hasta la hoguera. El primer intento fue fallido. Le faltaba algo más de un metro para poder alcanzar las llamas, con las que podría quemar la cuerda con la que lo retenían. Miró a su alrededor. Vio una rama caída de un árbol y la cogió. Usando ésta, y alargando al máximo la extensión de su cuerpo y la cuerda, consiguió finalmente su propósito. Milagrosamente la embriaguez de los soldados era tal, que ni se percataron de su presencia. Inmediatamente Tomás quemó la soga y con sigilo se fue acercando hasta el lugar donde aún se encontraba el raptor con Esther.

Ella se dio cuenta de inmediato de la presencia de su chófer. Él, con un gesto, le pidió silencio. El soldado, por el contrario, se encontraba en pleno éxtasis y permanecía totalmente ajeno a la situación.

Siguiendo la expresión que Esther en su cara indicaba, señalando el machete clavado en el suelo, Tomás le hizo una señal de OK con su mano, confirmando que lo había visto. Tenían poco tiempo. El secuestrador ya tenía casi saciados sus más bajos deseos, y ella no podría distraerlo por más tiempo.

Subirse los pantalones el soldado y la acción de asalto de Tomás, fueron un mismo instante.

  • ¡Levanta las manos, cabrón! - le dijo Tomás al que hasta entonces fue el raptor.

Éste, al hacer un ademán de resistirse, se encontró con el machete amenazando su cuello.

  • Vuelve a intentar algo así, y te mato.- le dijo Tomás con tono desafiante.

  • Vístase Srta. Esther, que yo me encargo de éste.

Amarrándose como pudo el maltrecho vestido, Esther se lo colocó, y usando un nuevo girón del traje nupcial lo amordazaron. No le dieron al desalmado ni oportunidad de vestirse. Entre sogas, cinturones y organza de las enaguas retuvieron contra los árboles a los tres asaltantes. Primero el agresor sexual de Esther. Y haciéndose con el resto de las armas, entre Esther y Tomás, los otros dos secuestradores fueron cayendo. Después de atados a los árboles se hicieron con el teléfono móvil del delincuente que parecía ser el cabecilla.

Mientras Esther comenzaba a marcar y se alejaba un poco, para no ser oída por los secuestradores, Tomás vigilaba a los ahora rehenes. Llamaba a Luis. Casualmente a sus espaldas, comenzó a sonar un móvil al unísono. Sin relacionar una cosa con otra, enseguida dijo, - ¿Luis? ¿Estás ahí?- y esperando la respuesta de su amado a través del teléfono se la encontró físicamente. Teléfono en mano y cogiéndola por los hombros allí se encontraba Luis. Esther casi se muere del susto, y sin pensárselo dos veces, dándose la vuelta se echó a sus brazos. Estaba emocionada con su presencia, pero, al instante, un fugaz hilo de cordura la hizo reaccionar.

  • ¿Cómo sabías que estábamos aquí?- le preguntó despegándose de sus brazos.

Pero no hizo falta que contestará. Los hombres uniformados nuevamente estaban libres y el rehén era Tomás, y ahora, también, Esther.

  • Mi vida, Esthercita, ¿por qué tuviste que fastidiarlo todo? Con lo fácil que hubiera sido, si tu padre pagaba el rescate y ya, listo, nosotros con dinero, y felizmente casado. ¿Tan difícil era?

  • ¿Cómo has podido Luis? ¿Cómo se te ocurre fingir mi propio secuestro?

  • Dinero mi cielo. Siempre es dinero. Además, nada podía fallar.

  • Te odio. Eres un maldito bastardo. – dijo con enojo y rabia contenida Esther. -No quiero volver a verte más. Exijo que me sueltes de inmediato.

  • Jajaja, no me hagas reír, - dijo Luis con tono entre sarcástico y enfadado.- Déjate de tonterías.

  • Y cogiéndola fuertemente del brazo, en tono amenazador, le dijo: Y ahora, Señorita, vamos a seguir con el plan, y te vas a mantener calladita, sin decir nada, porque si no, tu querida familia, podría sufrir un lamentable accidente. ¿Me entiendes?

Esther atemorizada, y sin terminar de creérselo, afirmó con la cabeza.

Rápidamente Luis, haciéndose amo y señor de la situación, ordenó a los chicos que se llevaran a Tomás y Esther de nuevo al refugio.

Afortunadamente, de nuevo, un pequeño detalle en sus planes, se le había escapado, y cuando oyó las sirenas y las voces de: ¡ALTO POLICÍA! ¡ARRIBA LAS MANOS! Sus planes se derrumbaron.

Sus falsas palabras, intentando engañar a la policía con un: ¡Gracias a Dios que han venido!… no tuvieron el éxito deseado por él. Y de nada le sirvió.

La policía desde un principio lo tuvo como uno de sus sospechosos, y el hecho de que la llamada de rescate fuera a su móvil personal lo convirtió en el principal de ellos. Para hacerle un estrecho seguimiento, habían colocado un transmisor en su coche. Querían conocer todos sus movimientos.

Finalmente, tanto Tomás como Esther estaban a salvo, y Luis, conjunto a sus secuaces, arrestado y puesto a disposición de la justicia.

Quién sabe qué pudo mover a una persona de su posición a tramar tal retorcido plan, pero el hecho es que dicen las malas lenguas, que en América movía turbios negocios, y siempre andaba en el filo de la navaja. Desafortunadamente para él, en esta ocasión, todo resultó fallido, y le tocó asumir la frustración de sus planes y con ello, la cárcel.

FIN.

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Resolviendo el Mundo

¿Quién no ha utilizado alguna vez esta expresión?... Resolviendo el Mundo.

Y es que un grupo de amigos, hablando de cualquier cosa, provoca esta situación.Reflexiones en voz alta, filosofías de vida, cosas que ocurren y debiéramos de corregir, soluciones para lo insolucionable, opiniones sobre la vida, la gente, la sociedad, los mitos, todo tiene cabida en este grupo.

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