06 Mar 2011

Salvador Alario Bataller: EL DISFRAZ DE DIOS (cuentos)

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 06 Mar 2011 - URL Permanente


Salvador Alario Bataller: EL DISFRAZ DE DIOS (cuentos)

AQUELLOS QUE TE HAN QUERIDO
2.000

Tenía un nombre epatante, demasiado sugerente para un hombre que siempre se sintió pequeño, tal vez porque fue un niño tímido e infeliz: Juan Sepulcro del Lobo. Aprendió pronto que su mundo no se encontraba en la calle abierta y procelosa de gentes, ni en el café concurrido, ni en la algarabía fácil y, para él, indigna de las fiestas mundanas. Que recordase, nunca había amado el mundo ni el tiempo en que vivía. Por eso se aferró al pasado y pensó en ser historiador pero, despreciando al hombre, buscó fuera de él los tiempos y los seres preteridos con los cuales sentirse cómodo. Así que Juan Sepulcro, don Juan para sus alumnos y discípulos, se unió a las escuálidas filas de los estudiosos de la Paleontología; encontró en el Tyrannosaurius rex o en el Triceratops amigos mejores que en el Homo sapiens. Fundió incesantes noches con incesantes días sumergido en sus sesudos estudios y de esas noches fecundas de estudio y meditación, dio a la imprenta, entre otros, una Historia de la Paleontología y unos Fundamentos paleontológicos que fueron, durante muchos años, materia obligada de estudiantes y especialistas, y que le proporcionaron nombre y consideración. No obstante, el doctor Sepulcro, se sintió siempre un hombre infeliz, una rara avis in terris. Este sentimiento se acentuó con el pasar de los años y, por allá los cincuenta, le abatió la tirria por los días, la desgana de vivir.
Había creído en el dios de sus mayores, ese dios único e incognoscible con el cual le atemorizaron desde niño y que le oprimió la vida, e incluso creyó que ésta entrañaba un significado oculto que se revelaría con la muerte y la subsiguiente resurrección de la carne. Después, cuando ella murió y se sintió solo y abatido, el mundo dejó de interesarle y descreyó de Él ; su madre, una mujer menuda, buena y de vida desvaída, fue lo más amado, por lo cual, tras su muerte, la pérdida fue irreparable.
Pasó meses sumido en la desesperación, sin apenas capacidad para centrarse en sus estudios, sin ganas para escribir; solo con gran esfuerzo consiguió cumplir sus obligaciones académicas. En ese tiempo pensó mucho sobre la muerte y sobre las madres. Pensó en todas las madres que protegen a sus hijos y les colman de amor y cuidados, desde la loba que vela con celo a sus cachorros hasta la madre tierra, la madre de los dioses, que nos cobija y nos dará, al fin, sepultura.
Posteriormente, negándose al agnosticismo y más aún al ateísmo, muy posiblemente aherrojado por el miedo al antiguo dios, Sepulcro intentó vislumbrar parte de la verdad en conocimientos menos ortodoxos, los cuales, además, debido a que le apartaban de lo exotérico, depuraron su sentido de soledad y su aislamiento. El mundo, con todo y como dijo Lovecraft, era algo de lo que uno debía de protegerse.
Con todo ello, hubo un tiempo en que creyó, más bien a medias, que los hechos de la vida eran , muchas veces, como un palimpsesto que cubría una verdad más profunda, la cual, cuando se vislumbraba, era vivida en ocasiones con un intenso sentimiento oscuro. Paralelamente, podía darse la circunstancia de que también se agotase el interés por los hechos de la propia existencia y, por eso, alguno tratase de descubrir por la vía rápida aquello que se escondía debajo o, meramente, desease huir raudo de la vileza y los sinsabores del vivir. Este horizonte turbio y melancólico se fue fraguando en el espíritu del sabio cuando arreciaron en él las dudas, la incertidumbre de todo y, en último término, el aburrimiento, cuando no la desesperanza.
En dos ocasiones se dejó llevar por el funesto deseo e ingirió grandes cantidades de tranquilizantes. Siempre hizo lo mismo : se tendió en la cama y dejó que el sueño químico le aferrase, dibujándose en su cara pálida y amarga una tenue sonrisa, cuando pensaba en aquel familiar esquivo con el que compartía la casa y que al siguiente amanecer le descubriría; pero siempre, una mano que el juzgaba inclemente le arrancaba de la muerte: todo volvía a comenzar y él abandonaba el lecho un poco lelo, los miembros flojos, pero con el vasto futuro por delante que se levantaba tan amenazador como siempre, como cada mañana de sus días, cuando tenía que salir a la calle y enfrentarse al mundo. Antes tenía su apoyo y su amor, pero ahora todo esto se había perdido. Era un ser débil y dependiente, lo reconocía, si bien esa ligazón la tuvo solo con ella, ese amor grande e inagotable, como oceánicos eran sus temores, venero de su misantropía.
Dio cuerda una vez más al reloj de sus días y, como pasan los minutos en la medida de las horas, fueron pasando en él las semanas y los meses, y siguió viviendo sin gana, pese a saberse un hombre poco común, libre en el fondo, con posibilidades que otros hubieran agradecido ; aún así, nuevamente, decidió morirse y lo decidió por los motivos de siempre, por su ausencia, por el tedio de la vida, la cual, como siempre, le superaba, a la cual, como siempre, no veía significado.
Esta vez actuaría sobre seguro, no dejaría ocasión al error. Abrió el cajón del escritorio y el metal reluciente del revolver le dio seguridad. Representaría el último recurso en caso de que la química, una química más fuerte ahora, no le arrancase de su padecimiento inveterado. Tomo el frasco letal, aquellas pequeñas pastillas que le inducirían a un sueño del cual ya no regresaría. Tomó unas pocas y apuró la copa de vino blanco, muy frío, como era de su gusto. Todavía quedaban muchas en el frasco, pero se las tomaría inmediatamente. Entonces, notó que se desvanecía, que todo él se debilitaba, casi hasta el límite del sueño. Se aterrorizó pensando que, de dormirse, al amanecer despertaría y se vería obligado a reiniciar aquel ciclo de intentos autolíticos que ya comenzaba a ser un castigo. Le oprimió el pecho también la expectación del disparo, sus resonancias terribles, por todo lo cual trató de alcanzar el frasco y terminarlo de golpe, pero no pudo, aunque se sentía extrañamente lúcido; inevitablemente se asustó porque comenzó a vislumbrar en todo aquello la presencia de una experiencia insólita. Pensó en la muerte y la deseó con vehemencia, pero la emoción negra ya no le acompañaba como antes: en aquel mar tenebroso de consunción y desespero, una figura pequeña y desvaída dijo que le quería y el ejecutor impulso cesó.
Alguien dijo que la vida no comienza con la fecha que la partida de nacimiento señala, sino cuando en la misma se produce un descubrimiento trascendente, con el cual todo cambia. Algo así debió sucederle a don Juan Sepulcro en aquella noche oscura y sola, cuando la voz amada le habló, diciéndole o sugiriéndole la clave de la espera y del logro en la consumación de sus días, algo que solo él supo, porque únicamente a él le concernía, y cuyo secreto se llevó a la tumba cuando, anciano y repleto de fama y honor, fue enterrado en el panteón familiar, apenas promediado este siglo.

Eso es lo que sucedió, cuando viví. Ahora que estoy muerto, las cosas son muy distintas. El antes y el después del momento final, eso que tanto tememos y que tratamos porfiadamente de ignorar, han cambiado. El momento último, tan temido, es solamente una puerta, una vía de tránsito, una llave si quieren. Lo peor son las postrimerías, lo que hay después de la vida. Se nos ha adoctrinado a que, en dicho momento, recibiremos un premio o un castigo por nuestras obras, pero también eso es mentira, lo que hay es mucho peor. No hay condena concebible. Nadie se libra de ello, ni los justos, ni los perversos, ni los creyentes, ni los hombres sin fe.
Yo creía en el más allá, en el reencuentro con los seres queridos, en la recompensa eterna, bajo la forma de la realización de todos los deseos que uno ha ido albergando a lo largo de ese peregrinar que es la existencia, obtener y disfrutar de aquello que no se ha tenido en vida. No es así… Nadie vino a recibirme, no defino qué forma tomé, aunque mi mente funcionaba igual que cuando estaba vivo. Fui arrojado a un páramo brumoso, de una oscuridad casi completa, surcada por relámpagos y colmada de gritos, de alaridos, si es que pueden denominarse así, una cacofonía horrenda emitida por seres incalificables que deambulaban erráticamente, en un loco frenesí suicida y caníbal. En aquel mundo hediondo y oscuro huían y acechaban, se devoraban unos a otros, se mutilaban, engullían cualquier resto infecto que encontrasen a mano, fuera de todo control, como empujados por un impulso autómata e infame.
Habían sido hombres y aún lo eran en parte, pero estaban cambiados de la peor forma imaginable, acumulando en cada uno de sus fibras la arquitectura de la demencia y la vileza. En aquel desierto plutónico encontré a mi madre, a la que tanto había llorado, a la que tanto había añorado. La reconocí por su desgastada figura, por el eco de su voz, ahora un gorgoteo quebrado mezclado con palabras confusas, por sus ojos, antes dulces y ahora extraviados por el crimen y las peores pasiones, y por ese sentimiento seminal que vincula a uno con aquella que le ha dado el ser. Aquella forma monstruosa me miró con encendidos ojos depredadores, su boca rota pronunció ofensas que jamás creí oír de ella e inmediatamente intentó agarrarme la garganta con sus garras de fiera, y yo huí espantado y sigo huyendo todavía, escondiéndome de ellos, de los que extrañamente no formo parte (tal vez ese sea mi castigo) y de aquella que fue lo más amado cuando era un hombre adherido a una vida. Sé ahora que ésta es una añagaza y la muerte una trampa, y que solo me queda un futuro incierto de terror y desesperación, y que ambas han sido diseñados por un dios locos, el del dolor y de la muerte… Quisiera gritarles, ¡no mueran! ¡Que locura! A todos sin excepción nos espera una ultratumba horrísona.
Dijo Nietzsche que la recompensa de los muertos consistía en no volver a morir, y yo afirmo que no, que el castigo de la muerte es no poder volver a vivir, que no hay recompensa en el final, ni siquiera la paz sorda e inerte de las cosas minerales. Quisiera ser polvo en este caos excretado por el gran demente. En el panteón de los dioses psicóticos uno diseñó este desenlace con un propósito que solamente el mal en estado puro puede adivinar y entender.
Pasamos nuestra vida temiendo el día último, orillando la muerte y sus postrimerías, tratando de ocultarnos de su inexorable llegada, cuando en realidad no es la muerte misma el momento nefasto, sino lo que nos espera a todos después, entre sombras y monstruos.
Sí, el castigo de la muerte es el después, sus consecuencias y no poder dejar de sentir, como las piedras.

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22 Feb 2011

Salvador Alario Bataller: MACHO, MACHOTE (cuentos)

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 22 Feb 2011 - URL Permanente


Salvador Alario Bataller; MACHO, MACHOTE (cuentos)

Prólogo y parte del primer capítulo

Macho, Machote
Salvador Alario Bataller
2.011

Relatos decrecientes

Valencia, 2.011

Para uno malo, siempre hay otro peor:

Perpetuación (SAB) n. El hombre dejó la vida nómada y se aferró a la tierra. Las herramientas multiplicaron sus posibilidades de subsistencia. Creció el grano y el ganado se centuplicó para sobrevivir a los tiempos malos.
Los ubérrimos campos labrantíos se asociaron a las diosas de la fecundidad, pletóricas de formas, que fueron desplazadas por los dioses masculinos de la guerra.
Sea como fuera, el hombre dejó de ir a la deriva y fundó la civilización, que le cercenó la libertad y la imaginación. Dicha pérdida fue favorable para el vampiro porque, primasen las unas o los otros, se aseguraba el sustento.

Perpetuació (SAB) n. L'home va deixar la vida nòmada i es va aferrar a la terra. Les eines multiplicaren seues possibilitats de subsistència. Va créixer el gra i el bestiar es van centuplicar per sobreviure als temps dolents.
Els ubèrrims camps conreus es van associar a les deesses de la fecunditat, pletòriques de formes, que van ser desplaçades pels déus masculins de la guerra.
Sigui com sigui, l'home va deixar d'anar a la deriva i va fundar la civilització, que li va minvar la llibertat i la imaginació. Aquesta pèrdua va ser favorable per al vampir perquè, primes les unes o els altres, s'assegurava el menjar.

De Vampiros para siempre (inédito), Salvador Alario Bataller

PRÓLOGO

Hace un tiempo, un conocido inglés, un personaje trashumante que estaba de paso por Valencia y con el que hablé en alguna ocasión, biólogo de profesión y poeta a la seua manera, sin que yo le preguntase sobre el particular, me dijo que me iba a aclarar con cuatro palabras y media el motivo por el cual estábamos en este muladar. Aunque hacía mucho tiempo que no buscaba respuesta a las inútiles inquisiciones sobre aquello de quiénes somos, adónde vamos y de dónde venimos y no teniendo nada mejor que hacer en lo que iban a durar cuatro palabras y media, le dije que disparara y él, muy acorde con su profesión, me respondió que simplemente estábamos en este mundo para reproducirnos, lo que biológicamente es irrefutable, y en segundo lugar para joderla, con lo que se refería a destruir esta pobre tierra que nos alberga. Aseguró que, dejando de lado cuentos de hadas, pajas mentales y pamemas mil, se reafirmó en que, como seres vivos, esa era nuestra primera finalidad en la triste Gaia, tener progenie, normalmente una barahúnda de desdichados destinados a ser mano de obra barata y soldadesca, en suma que estábamos aquí para engordar a los pudientes, destruyendo una naturaleza privilegiada mediante la guerra y la industria. Otro biólogo, más famoso pero ya completamente olvidado, atendiendo a la capacidad destructiva del mal llamado homo sapiens, ellos y ellas (si bien más ellos que ellas, por una cuestión también biológica que se asocia al final con la perturbación mental más severa) y a su irrefrenable ansia genocida, nos rebautizó con el término mono degenerado, denominación que más de uno aceptaría al ciento por ciento sin cortapisas.
Es cierto que uno valora la vida, el mundo, la existencia, este berenjenal en el que estamos, según le va y algunos verán en la serie de menoscabados, asesinos, pedófilos, locos y demás lindezas humanoides que desfilan en las páginas de este libro como entes pertenecientes a otro mundo, como una estirpe de fauna habitante de un zoológico virtual, pero quizás dicha apreciación ingenua sea la de aquellos pocos que gozan todavía de los frutos del paraíso, un estado de cosas que creen permanente, inmarcesible, pero la realidad es pletórica de sombras, de maldad, de especímenes y realidades que normalmente no se ven a la luz de la vida cotidiana. Los mundos, sin embargo, se solapan, se mezclan y, aunque no haya justicia en este mundo, ni en el otro (si lo hubiere, esta apreciación es también del bretón itinerante), las frontera entre la vida y la muerte, la normalidad y el horror es difusa, y los impulsos destructivos no pocas veces vienen de ese macho al que no le vendría mal menos arrogancia, más autocontrol, mayor moralidad y no poco amor. Debemos cuidar este viejo mundo y tratar de domeñar ese bionte enfermo, porque en ello nos va el futuro. Piensa el inglés que este, como algunos relatos del presente libro, es breve. Como decía Paul Valery, el futuro ya no es lo que era.
Este libro carga tintas sobre el lado masculino, pero hay otro en canino dedicado a ellas.
Suerte y a más ver.

EL AUTOR, a 16 de febrero del 2.011 (EC)

Ronaldo
2005

Ronaldo Jiménez, de nombre de guerra Rony, se levantó tarde, pasadas las dos, como todos los días. Todavía en la inopia se fue al cuarto de baño, si bien comenzaba a anticipar, con cierta fruición, el fin de semana que tenía por delante.
Se lavó la cara mientras recordaba con disgusto la semana que acababa de finalizar y maldijo, como de costumbre, los cuatro despojos que constituían el naufragio de su vida, una situación penosa que temía no fuera a cambiar: odiaba aquel trabajo de mensajero, las cuatro perras que ganaba, odiaba a su jefe que era un hijo de puta, que le ponía taquicárdico y ante el cual se quedaba en blanco, sudándole las manos y sin apenas salirle la voz como una nenaza ; odiaba a las tías y a los tíos, que eran basura, a la sociedad que era una mierda y a sus padres que eran unos putos rancios. Lo odiaba todo y le importaba un comino que el mundo se fuera al garete. También se odiaba a sí mismo, sentimiento que trataba de sobrellevar con farlopa, pastillamen y cubatas: era un don nadie, un pringado, que había venido a este mundo para que le dieran por el saco, para andar siempre jodido. No obstante, había cierta vidilla en los sábados y se alegraba de que ese día mismo lo fuera, porque los fines de semana representaban los únicos momentos llevaderos de su vida mala, sobre todo si conseguía pegar un casquete. A veces la cosa se mediaba en las discotecas, pero ya no era el de antes, se encontraba hecho polvo y la herramienta no le respondía como debiera. Como último recurso siempre estaban las guarrindongas. Pero ahí también comenzaba a tener dificultades. Con unas cosas y otras, la verga se le estaba muriendo. Ni el viagra le servía.
No pudo evitar cierto desagrado por su imagen ante el espejo: aquel rostro seco, aquellos ojitos de ratón que apenas brillaban en el fondo de unas cuencas demasiado grandes y alteradas por el vicio, aquella nariz de monigote, aquella boca de pez, sin labios casi y, sobre todo, aquel pelo crespo y rojo, le dijeron la amarga verdad de que el reflejo era más un caricatura que un hombre. Tanto le fastidiaba aquella mata rubicunda e hirsuta, que había pensado en raparse la pelota. Ni siquiera tenía una buena polla. Eso también se lo debía a los viejos, era cosa de genética, toda esa mierda de la que ahora se hablaba tanto por la televisión, lo de las ovejas, las enfermedades hereditarias, el genoma y la madre que lo parió.
Se duchó, sintiendo que el agua tibia le relajaba y atemperaba su malcontento. Después se peinó cuidadosamente, utilizando gomina, hacia atrás, a fin de aplacar el brío de la masa estropajosa y pincha. Afeitó los cuatro pelos de su barba lampiña y, ahora, un nuevo examen de su “look” le disgustó menos, si bien no le dispensó un veredicto favorable: de todos modos lo que allí veía era un tío de mierda, un piltrafilla.
Enfundado en su albornoz salió al comedor y se comió, refunfuñando y cagándose en todo, las lentejas que su madre dejara para él. Los viejos habían salido, como todos los sábados por la tarde, a casa de sus tíos. Valían lo que su pensión, parte de la cual “secuestraba” (le gustaba la palabra) para sus vicios. Al fin de cuentas su padre era funcionario del estado, se había pasado la vida chupando del bote, tocándose los huevos, y ahora le correspondía a él amorrarse a la teta. Los tenía bien enseñados, apenas protestaban ya, porque sabían que tenía muy mala leche y que, con un cabreo de los suyos, podía romper toda la casa. Ya lo hizo una vez y fue suficiente. También les había levantado la mano y el dejarla caer podía llegar cualquier día. Desde entonces le entregaban religiosamente setenta talegos. Ellos con la otra mitad tenían más que suficiente porque, al fin y al cabo, no hacían más que comer, dormir, cagar, pasear y visitar religiosamente todas las semanas a aquellos tíos que él hacía años que no veía. Comiendo se tomó dos tercios y después se fumó un porrito. Eso le relajaba un poco. Fue a su habitación, abrió el armario y se puso unos pantalones lavados y botas de deporte. Se colgó una camiseta roja, encima de la cual dejó caer la chupa de cuero. Así vestido, tenía un pase. Incluso su pelo engominado lucía aceptable y para sentirse más tolerable se tomó dos coñacs dobles con el café que calentó en el microondas.
Sintió nuevamente aquella punzada de soledad. Cuando era un muchachito al menos tenía amigos, con los que fumaba cigarrilos americanos en las sombras del parque. Después vendría el costo, la farlopa y el caballo. Con ellos tomó el primer trago en la taberna de Santi; además, se pajeaban en el cine, engullidos por la oscuridad del gallinero, ante cualquier imagen femenina que escupiese la pantalla y cuando había ocasión se ocultaban entre en los árboles del parque, espiando a los afortunados que se pegaban el lote. Normalmente no veían más que bultos confusos y oían, a veces, susurros imprecisos y algún chillido arrancado al placer, algún gemido o una palabra sucia, suficiente para meneársela como monos. Era una pasada.
Todos sus amigos habían muerto por las drogas o por el SIDA. En la actualidad solamente tenía compañeros de trabajo o esporádicos colegas de farra. Sin quererlo pensó nuevamente en el trabajo, al que volvería el lunes inevitablemente, y sintió un subidón de angustia. Aquello no era normal puesto que no se consideraba un cobarde, sino que algo no funcionaba bien en su cabeza. Ya de niño tartamudeaba en el colegio y recibía las burlas de sus compañeros, por lo que anduvo pronto escondiéndose, ocupando los recovecos más desoladores de la soledad y del anonimato. Eso era preferible al desprecio y al aguijón del rechazo. Dos buenos tragos y un par de rayas le quitarían aquella mierda de la chola. Sacó una papelina y después se tomó otro coñac.
Recordó con tristeza su pasada sexualidad, era un atleta del sexo. Ahora estaba quemado e iba claramente de capa caída. Entonces estaba más fresco, menos hecho polvo por la mala vida. Sin embargo, aún no tenía los cuarenta, era un poco carroza, pero la edad no justificaba aquel bajón exagerado. Sí, estaba haciendo perla con tanta droga. Ni las putas pastillitas azules conseguían animarle.
Recordó, joder, la primera vez que se vino abajo... De eso hacía más de seis meses. Entonces pensó que se trataba de algo pasajero, algo que le podía suceder a cualquiera y que, poco a poco, se recuperaría. Antes era una máquina, siempre dispuesto, cayese lo que cayese; lo importante era el higo no la higuera. Un hombre cabal debía estar siempre dispuesto, trempar rápido y cabalgar como los garañones. Aquella noche funesta había comido como un puerco, bebido más que un pirata y llevaba no se acordaba cuantas pastillas en la barriga. También estaba muy estresado por el curro y se sentía más débil y cansado de lo normal. Pensó entonces que el problema podría deberse a la falta de vitaminas (eso se lo dijo un colega). La cosa fue que, por mucho que lo desease, no se empalmaba y sus amigos, afuera en el coche, viéndole encima de aquella chica fea, se reían y él se ponía cada vez nervioso. Después intentó justificarse diciéndoles que la guarra era un callo, que no se sentía motivado, pero la realidad fue que no pudo. Posteriormente evitó las pocas ocasiones que se le presentaron. Estaba demasiado ansioso y no quiso meterse en camisa de once varas. Posteriormente alguna vez le salió bien, pero ya no tenía la seguridad de antes. Continuaba pensando que las vitaminas andaban por medio, decidiendo ir a la farmacia y comprar algún complejo vitamínico. Aunque se tomó quilos de las malditas vitaminas, nada se modificó. Siguió sintiéndose igual de inseguro y los gatillazos se multiplicaron.
Cogió el ascensor y después de atravesar el patio sórdido y mal iluminado de la finca en que vivía, empujó la puerta de entrada y salió a la calle. Se cruzó con un vecino al que no devolvió el saludo. Bajo un soportal una pareja se magreaba y él sintió ganas de vomitar. Todas las tías eran unas guarras. Sintió vértigo, las sienes le hervían. Le pasaba siempre lo mismo cuando veía a gente feliz, lo que él no tenía. Se sentía rabioso y después deseaba hacer daño, matar a alguien. No obstante le faltaban arrestos para dar ese paso. Tenía muchos sueños relativos, pero carecía de redaños.
No podía arrancarse de la cabeza el deterioro de su virilidad. Se estaba quedando impotente, ya no funcionaba ni con las putas. Le había ocurrido dos veces en el último mes. Se agobiaba e inmediatamente se le arrugaba, pegando el gatillazo. Siempre que iba a hacerlo pensaba en lo mismo y lo mismo acababa produciéndose. Estaba convencido de que, en cada ocasión, el fracaso volvería a repetirse. Experimentaba tanta ansiedad que últimamente evitaba hasta mirar a las chicas. Igual tendría que decir adiós al sexo, pero con ello no le quedaría apenas nada en la vida. Bueno sí, las pajas, pero incluso eso se estaba cargando de angustia.
Ya casi no servía para nada. En realidad era un fracasado desde hacía mucho tiempo. En su momento, sus padres le instaron a que estudiase una carrera. No se sintió capaz, pero ante todo era vago. Ahora, ni tan siquiera tenía un trabajo estable. Entre el paro y algún contrato basura, más la “colaboración” del viejo, y algo de camelleo, podía ir tirando por lo menos durante el tiempo en que los carcamales vivieran. Después ya se vería.
Se fue alejando cada vez más de su barrio, acelerando el paso. Su rumbo era un lugar cualquiera, donde nadie le conociera. Tomaría un lingotazo en algún bareto y después improvisaría cualquier cosa para proseguir la noche.
Pasó por la zona residencial, donde había jardines frondosos y cuidados, hermosas arboledas y grandes edificios con porteros en los patios, tiendas de ropa cara, con grandes escaparates, placas en las paredes anunciando médicos, arquitectos y abogados, y se sintió todavía más abrumado e ínfimo.
Había magníficas cafeterías, donde la gente tomaba copas o merendaba, tipos henchidos de soberbia y de dinero. Aquellos puercos se atiborraban en restaurantes de lujo, algo que a él le estaba vetado. Se hundió más aún en su poquedad.
Albergaba un doble sentimiento, le maravillaba estar en los barrios opulentos (oliendo el aroma de una vida prohibida e inalcanzable) y le perturbaba a un tiempo. Ese mismo sentimiento de inadecuación y zozobra le empujaba a salir de allí, para buscar un barrio más en consonancia, pero también le daba ganas de beber. Había una cafetería, cerca, a mano, con una gran puerta de cristal, encuadrada en dos columnas clásicas. Arriba, en un lujoso letrero, se leía Don Jaque. Tenía que beber algo contundente, que le animase un tanto, sin demorarle en aquel sitio donde no cuadraba.
Entró, pidió un chupito de Ballantines y se lo tomó de golpe, porque tenía la impresión de que toda aquella gente elegante le observaba y el hombre que le había servido, un camarero pulcro, con pajarita, de aspecto relamido, lo había hecho mirándole de arriba abajo con un mohín displicente. Se apresuró a salir, la sangre hirviéndole en las venas, deseando que todo aquello saltase por los aires, que un incendio lo devastase todo.
En el campo de fútbol, sin embargo, se sintió bastante a gusto y, además, su equipo ganó. Era uno más entre la multitud, tenía una razón para estar allí, era un buen hincha, algo que le unía a toda aquella masa vociferante. Allí se sentía alguien, ni más ni menos que los otros; eran colegas.
Una hora después, la humillación y la rabia casi las había olvidado. Sin rumbo fijo fue paseando lentamente por la avenida, llena de gente a aquellas horas, en dirección norte, decidiendo qué hacer. No le apetecía ya ir a una discoteca, no se sentía bastante animado. Ni las tres rayas de coca que acababa de hacerse en un antro le estaban animando lo suficiente para arrancar. De todas formas, era siempre lo mismo. Tenía que hacer algo fuerte, pero no sabía qué. Entonces, ese vacío que sentía le trajo a la mente aquello con que se masturbaba desde hacía más de veinte años. Eso sí lo haría, si pudiese, pero no veía la ocasión.
Las fantasías secretas le empujaron calle abajo. Después de dos manzanas estaban los garitos de las putas. Sacó su cartera, le quedaban veinticinco mil pesetas, más que suficiente para pasar el resto de la noche. Pero el recuerdo de la última vez le paralizó. Se sentó en un banco que tenía cerca y encendió un pitillo, considerando que lo mejor sería irse lejos y pasar el tiempo en otra cosa.
Cuando entró, la mujer estaba sentada al final de la barra e inmediatamente se acercó, sonriéndole. Le habló con gran desparpajo, como si le conociera de toda la vida. El tugurio estaba tan oscuro y solitario como aquella noche perra. A su izquierda, en un rincón, una guarra magreaba a un viejo obeso, con pinta de borracho empedernido.
Mientras la chica le calentaba el oído, no dejaba de pensar en sus dificultades eréctiles. Comenzó a abrumarse nuevamente. Tal vez ahora tampoco trempase. Aquel peso en el pecho le estaba matando; comenzaba a marearse y se apresuró a pedir una copa. Ella apretó su cuerpo contra el suyo, diciéndole las mismas estupideces que contaría a cualquiera. Tenía el cuerpo duro, unas buenas tetas y en general estaba bastante buena. Le dijo que era muy callado, que todos los calladitos eran chicos malos, pero que eso le gustaba porque los tipos modosos resultaban después los más cachondos.
Ella le pregunto a que se dedicaba y él le dijo que era profesor, como su padre, pero dudaba que ella le hubiera creído. Era lo propio, tampoco la chica se llamaba Vanesa, pero eso no tenía ninguna importancia. Lo que buscaba era pasar un rato y ella hacer su servicio y cobrarlo.
Con la segunda copa Rony se fue animando y le invitó a ella un nuevo benjamín. El era quien pagaba, quien mandaba. Por eso, haría lo que le saliera del pijo. A la tercera copa, con la cartera bastante más vacía, no obstante se sintió completamente con el mando, pletórico de hombría.
Ella arrastraba las “eses” cuando pronunciaba su nombre, Vanesssa. Bajo la luz roja del club todo parecía diferente, se disimulaba. Tal vez se hubiese tragado aquello de que era profesor (la semipenumbra le disminuía el aspecto de “matao”) y fuera un poco sincera al decir que tenía morbo.
Ella pegó fuertemente el bajo vientre a su cadera y él notó el coño aplastarse, ablandarse contra sus vaqueros y después le rozó levemente el paquete, de manera insinuante, con aquellas manos preciosas, ensortijadas, de largas uñas rojas. Le excitaban ese tipo de manos, algo fuertes, de dedos largos, de uñas largas y rojas.
Aunque se sentía mucho más relajado, tuvo un conato de duda cuando ella le dijo de subir. Presentía que lo mejor sería largarse, pero le encendía aquella cara de mamona, su boca grande y carnosa, que debería estar deliciosamente húmeda y caliente, como su lengua que a veces se insinuaba entre los dientes ebúrneos. Si se negaba, yéndose a otra parte, ella pensaría que era un cortado o un pamplinas o, peor todavía, un maricón, y esta posibilidad y el que Vanessa pareciera distinta de las demás, más amable, más cálida, hicieron que aceptase. Ya le enseñaría arriba lo que era un macho urbano.
La observó en silencio mientras se desnudaba. El cuarto no era más que un cuchitril con un catre de cuero granate que hacía de cama. La luz era también roja, pero más intensa que la del local, suficiente para permitir contemplar aquel culazo sobre las medias negras, los melones y la mata espesa y triangular de su sexo.
Tenía frío, de hecho hacía frío en aquella habitación, pero no dijo nada. Era raro, teniendo en cuenta el calentón que llevaba. Ella se magreaba los pechos y movía y removía la bocaza, sacando y moviendo la lengua roja, húmeda y grande, paseándola a derecha e izquierda entre los morrazos mamadores. Rony hizo un movimiento con el índice, indicando que se acercase. Ella lo hizo, sin dejar de lengüetear. Estaba potente con aquellas medias negras, con aquellos muslos preciosos, como torres sobre sus altos tacones. Le sacaba casi un palmo y eso le encantó; le ponían las tías grandes.
Eso, una buena mamada primero y después, al tajo. Ella engulló el miembro como el pez al gusano, todo, sin dificultad y Rony comenzó a agobiarse, a sentir una sensación rara, como un hormigueo, en el pene. Aquella boca era demasiado grande, demasiado cálida y jugosa, yendo y viniendo, pegándose a su cuerpo como si formara parte de él, succionando de maravilla, demasiado bien, demasiado rápido. En una nueva acometida se tragó las bolas y, un segundo después, se estaba yendo. No había durado nada, se había corrido con un quejido, sin tenerla dura del todo. Le derrotó pensar además que ella pensaría que la tenía pequeña. El orgasmo, tal como estaba, a parir, fue flojo, aunque sí notó la eyaculación. Ella se había quedado arrodillada, escupiendo el semen en un clínex y él, sin esperar a que dijese algo, se subió la cremallera y salió precipitadamente.
En la calle caminó un buen rato, hasta que se detuvo en la oscuridad de un soportal. Se sentía de pena y se hubiese pegado un tiro si hubiese tenido una pipa a mano. Ya casi no era un hombre. Decidió ir a una zona más iluminada, aquel barrio viejo y sombrío le aplastaba por entero.
Mientras avanzaba, a través de una zona populosa y respetable, tenía todavía la cara ardiendo, temiendo que el cuerpo se le fuese a desmadejar a causa del tembleque. Cuando sintió que no podía más se detuvo y se apoyó en una pared, tratando de respirar hondo y lento.
-Qué, ¿dando una vuelta?
Rony titubeó intentando hacerse con la situación.
-Vas muy arreglado tú, seguro que andas de picos pardos.
Una risita de niña ¿Qué era aquello?
Movió la cabeza en dirección al lugar de donde provenía la voz y miró con ojos lelos. Apenas se había repuesto de la conmoción cuando aquella voz conocida le devolvió a la realidad. Se le nublaba la vista, la sangre le golpeaba en las sienes y tenía la boca seca, como un estropajo. Estaba convencido que no podría hablar.
Su hermana continuaba hablándole que le agradecería enormemente cierto favor que podría hacerle. El, sin enterarse de la misa a la mitad, abatido y más allá que acá, no respondió, aunque ya podía tragar saliva.
-Si te quedas esta noche con la niña, yo podría salir con un hombre que he conocido. Bueno, podemos decir que es mi novio. Venga Rony, hazme ese favor, haz eso por mí.
El dejó caer la cabeza exhausto. Todavía no sabía ni dónde estaba ni qué hora era, pero la angustia iba cediendo. Pensó que en casa de su hermana podría tomar unos tragos y se sentiría mejor. Después notó que una mano le jalaba y le hacía caminar, que la voz de su hermana le preguntaba si estaba bien y que él asentía.
-Claro, te habrás pasado con los porros. Ahora en casa cenas algo y te acuestas. Eso te dejará como nuevo. Yo volveré a la mañana siguiente.

... PARA LEER MÁS, YA SABE.

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13 Feb 2011

Salvador Alario Bataller: NOVELA

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 13 Feb 2011 - URL Permanente


Salvador Alario Bataller: LAS NOCTURNIDADES DE DON ARTURO DEL GRIAL (novela)

Prólogo
Las nocturnidades de don Arturo del Grial es una novela clásica sobre psicopatía y para mí hablar de algo clásico es hacerlo de lo mejor. De hecho pienso que en ciencia y en arte, como en filosofía, poco bueno se ha hecho desde 1970, por falta de ideas, de creatividad, por adecenamiento, por una sequía neuronal que viene durando demasiado y no se le ve el fin sino la peoría. Siempre hay excepciones, pero cuando una situación se cronifica solo encontramos etiologías de menoscabo personal como de condicionamientos sociopolíticos interesados.
Suelo utilizar más frecuentemente el Diccionario Ideológico de Julio Casares, pero tengo más a mano en estos momentos el Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española, 2001, en la entrada clásico, ca, nos dice: (Del lat. Classicus) aj. Se dice del período de tiempo de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, etc., // 1. Dicho de un autor, de una obra, de un género, etc., que pertenecen a dicho período. Apl. A un autor o a una obra, u.t.c.s. Un Clásico del cine.// 3. Dicho de un autor o de una obra. Que se tiene por modelo, digno de imitación en cualquier arte o ciencia, etc., etc.,… Suficiente, pensamos, lo dicho, lo mejor de lo mejor, aunque vivimos unos tiempos en que cualquier variación vesánica, paja mental, cuadro paranoico, salida de tono de pésimo gusto (normalmente de mucha corrección política), cagadas oceánicas, pamemas mil y un innúmero estercolero de desafueros se nos quieren mostrar como creaciones artísticas, filosóficas o literarias de primer orden. Cualquier obra notable, más o menos directamente, ha de encontrar, por necesidad, una ligazón con lo más clásico, lo cual es normal, porque es cuestión de historia, de evolución. En estas cosas, siguiendo a Borges, también me defino como conservador, en el sentido de que serlo implica, por necesidad, una especie de escepticismo, ya que pienso que no todo lo nuevo es mejor que lo preexistente.
Nosotros que no comulgamos con ruedas de molino, que no tragamos mentiras oficiales-oficiosas como puños, que no somos protegidos políticos, ni hijos de papa, que nunca hemos podido vivir del cuento, a quienes se nos ha menoscabado hasta el límite de la náusea y la rebeldía, seguimos distinguiendo la cenital diferencia entre un Machen, un Poe, un Lovecraft, un E.T.A. Hoffmann, un Ambroce Bierce y otros, con la subsiguiente baraúnda de productos infames que son tenidos como obras de referencia. Algo bueno hay, desde luego, pero poco, de igual modo que en el género de espada y brujería fuera de Howard y Tolkien menudean las plumas de nivel… Inclusive a los amantes de los clásicos se nos denomina hoy freaks o freakys o cosas por el estilo, mostrando una total ignorancia del significado del término, del mismo modo que se suele decir que una chica te da morbo, cuando mórbido o morboso hace referencia a enfermedad, a patología. Mal vamos, peor acabaremos.
Lo esencial es que no se pueden desvirtuar las cosas, no se puede vivir permanentemente sobre la mentira, donde todo se trastoca, dándole matices absurdos, que extravagan esencialmente la naturaleza del fenómeno, cosa evidente incluso en un tema tan clásico como el vampirismo, y como ejemplo traigo a colación una entrada de un libro mío inédito Vampiros para siempre en el que se trata cierta cuestión actual dedicada a los chupadores de sangre, ahora más guapos y encantadores que nunca. Como el texto es bilingüe, ahí va tal como se escribió en el original:

Cambios: Un día oí en la publicidad de la televisión que con un premio de la ONCE (cualquier premio en realidad) se ve la vida desde el otro lado, algo que antes representaba el lado oscuro o la misma muerte, pero no era eso. Se refería a la molicie que el dinero proporciona, lo que me sorprendió menos de lo deseable porque sabía que era así sin defecto, en un mundo donde se habían cambiado los valores por las marcas.
Tampoco asustan ya los vampiros a los jóvenes, quienes temen que les venga la muerte con un sms, una llamada telefónica o un video de irrefrenable contenido maléfico… No obstante, yo sigo prefiriendo y me conmueve más el colmillo o la daga.

Canvis: Un dia vaig sentir a la publicitat de la televisió que amb un premi de la ONCE (qualsevol premi en realitat) es veu la vida des de l'altre costat, una cosa que abans representava el costat fosc o la mateixa mort, però no era això. Es referia a la tovor que donen els diners, el que em va sorprendre menys del desitjable perquè sabia que era així sense defecte, en un món on s'havien canviat els valors per les marques.
Tampoc espanten ja els vampirs als joves, que tenen por que els vingui la mort amb un sms, una trucada telefònica o un vídeo de irrefrenable contingut malèfic ... No obstant això, jo segueixo preferint i em commou més el ullal o la daga.

Dicho esto, vamos ya a la novela que nos ocupa, Las Nocturnidades de Don Arturo del Grial, la escribí en el 2002, más breve tuvo su bloc en el 2005 y produjo también su impacto en ciertas provincias españolas y en México especialmente. Guardo un gran cariño a Luis Martínez, a Elizabeth Sobarzo, a Elías, a Monie, a Maripoxa y muchos más, así como a los sanguinarios componentes del grupo Némesis de Melilla, de Selene, de la Hija de la Locura y un largo etcétera. También los de aquí me son muy queridos. Iván Humanes, Mirada de Agua, JRNCalo, Nakazanius, la Princesita Ensangrentada de Like Suicide , Eduardo el Valencianista, y muchos más que ahora se me olvidan, pero que están ahí… A todos ellos, un abrazo, y Carpe noctem. Incluso hubo gente que no toleró la obra y tuvo que dejarla en los primeros CAPÍTULOS, confundiendo el autor con el malo de la película. Bien, eso me gustó, aunque yo siempre lo vi como un libro para el esparcimiento pegado muy mucho al molde clásico. Parece cierta la afirmación de que cualquier tiempo pasado fue mejor, posiblemente por una mera cuestión de pérdida y de melancolía que impone el paso del tiempo
Las nocturnidades de don Arturo del Grial trata una de las lacras de nuestro tiempo, la violencia, pero en su variante extrema, la psicopatía. En la Valencia del S. XXI, en el marco social marcado por la globalización, la xenofobia, el vacío ético, la inmigración y el materialismo más detestable, acaecen las tropelías de Lanzarote Morgano, un personaje que, página a página, irá descubriendo su cara más siniestra. La vida y obra del individuo van desvelándose a lo largo de las entrevistas clínicas con cierto doctor, un hombre enigmático y singular, don Arturo del Grial. Ya desde el principio se establece entre ambos una relación extraña y cargada de oscuras y relevantes significaciones, más allá de las resonancias meramente artúricas. Además, la obra incluye oportunas consideraciones referentes a la violencia extrema, a la ira homicida, desde la sociedad psicopática, pasando por el perfil de personalidad, hasta las consideraciones de las neurociencias, todo ello entreverando una historia cuya final pudiera ser sorprendente, pero por su laya clásica posiblemente no lo sea tanto. Sin embargo, es un final cerrado, no podría ser de otro modo, lo que, en opinión del autor, no resta interés a la obra... Aparte de abordar la psicopatía y su horror de un modo que no se ha hecho hasta ahora (que yo tenga noticia), considero que estos pueden ser sus puntos de mayor interés.
Una galería de tragedias y violencia va abriéndose a lo largo del libro: el odio animal, la bestia interior surge de su sombra, dejando a su paso, la muerte, la locura, el asesinato múltiple, la impunidad y la zozobra, sexo y violencia, un drama familiar marcado por la incomprensión y la soledad, la violación del gran tabú, en una sociedad cruel que se descompone sin remisión albergando, más que nunca, el mal, colectivo e individual, y en otras de sus múltiples formas. Se dan también sugerencias a elementos clásicos de género, que al desvelarse quizás no sean aquello que se columbró: un posible vampiro, tal vez el doble, pero quizá algo mucho más rotundo y cercano.

El autor, Valencia, Febrero del 2.011 (EC)

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29 Ene 2011

EL DOCTOR AMOR Y LAS MUJERES: Capítulo primero

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 29 Ene 2011 - URL Permanente


EL DOCTOR AMOR Y LAS MUJERES: capítulo primero

EL DOCTOR AMOR
Y
LAS MUJERES
_____
Salvador Alario Bataller

Introito


Lejos de la edad provecta, al doctor Amor, médico y escritor, levantino de cierto renombre, quien une casualmente en nombre y apellidos el insólito tríptico de Amador Amor Amado, se le suicida la mujer a causa de cronofagia. La pena y el dolor derivados del trágico suceso (en realidad no excesivos) son en parte aliviadas por la herencia de una lujosa casa de lenocinio en las afueras de Valencia, La Casa Rosada (la coincidencia con la sede gubernamental de un honorable país hermano es mera coincidencia, si bien quien escribe duda de la honorabilidad de todo lo político). La propiedad le es legada tras el óbito de un misterioso hermano al que desconocía por completo y cuya peculiar vida irá subyugándole gradualmente.
Pese a sus iniciales reticencias, el doctor Amor encontrará en el local experiencias eróticas singulares, personajes incalificables, un mundo alternativo que no había llegado siquiera a imaginar y que ponen en cuestión muchos de sus principios fundamentales, así como aquello que nunca más hubiera creído llegar a tener, la posibilidad de un nuevo amor, ese que uno el vino nuevo a otro de mayor catadura. Es este un libro que podrá cuestionar principios fundamentales para muchos, pero sin lugar a dudas despertará el interés de personas sensibles e inteligentes,
El autor, doctor en Psicología por la Universidad de Valencia, ha publicado hasta la actualidad casi un centenar de obras, entre libros y artículos científicos y profesionales, siendo redactor por méritos científicos de la revista especializada Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace (www.editorialmedica.com), siendo además uno de los máximos productores científicos de la especialidad en la comunidad valenciana (http://alario1.blogspot.com). En 1997 quedó entre los diez finalistas en el Premio Planeta de Novela y ha publicado sus obras en Promolibro, Editorial Grefein, Lulu Interprises y Ediciones Lord Byron principalmente.

-La mujer a la que amaba se pegó un tiro ante mis ojos –dije sin ninguna emoción, mientras a mi espalda, estupefacto, al joven casi se le cae la taza de café de las manos.
Minutos antes, mientras preparaba la entrevista, ya me pareció demasiado nervioso; cuando sintió que le observaba, no atinaba a meter el casete en la grabadora.
-Lo lamento -susurró.
-No te preocupes, hablaremos de eso más adelante –añadí viendo su azaro
-Lo siento, ya está –repitió el joven, tratando de recomponerse-. Es que no me lo esperaba. Ni siquiera concebí que nuestra primera entrevista comenzase con esa revelación tan terrible.
-Lo comprendo –dije-. De eso hace casi dos años y, desde entonces, decidí caminar solo hasta que la calva dispusiese. Bueno, hay vidas que lo son en función de otras, en algunos casos de manera excesiva. Ella vivía desviviéndose por mí, a mi orilla, deseando ser el centro de mi vida, apoyarme y alentarme permanentemente, hasta que se produjo el cambio. En buena medida, fue debido a la suerte, a causa de una muy buena crítica a una novela mía por parte de un autor prestigioso. Por ello, el éxito me sobrevino inesperadamente y me vi obligado a viajar más, quebrándose, en buena medida, ese mundo casi perfecto, impoluto decía ella, con el que ambos nos engañábamos cada día.
Me miraba con perplejidad.
-Resulta un asunto muy complejo, algo que clínicamente se denomina cronofagia y no es frecuente en la población general –añadí, sentándome ante el joven, al otro lado del escritorio.
Traté de mostrarme amable y le ofrecí un cigarrillo, el cual rechazó. Dijo que no fumaba.
-Se trata de un término relativo a la Psicopatología. En amores demasiado dependientes, unilaterales, se alberga siempre el resentimiento y, aún más, un odio que el otro nunca reconocerá y tornará contra sí cuando la situación le sobrepase –agregué y después seguí sin poder ocultar mi sorna-: Pienso que debió haberse ahorcado a la puerta del consultorio, para que así su protesta tuviese algún eco en mentes pacatas y odiosas, que dijeran que la mujer del doctor se había autoinmolado, por lo cual el susodicho debería ser un monstruo. No obstante, antes de seguir adelante con esta historia, he de confesarte, lo cual no me produce la menor perturbación ni otro sentimiento, que en las relaciones amorosas que mantuve en realidad el problema era yo. La verdad es que no estoy hecho para compartir la vida con nadie. Soy un solitario, buen amigo, buen amante si quieres, pero una pésima pareja, simplemente porque mi deseo auténtico es la soltería. En esa línea, todas las relaciones que mantuve estuvieron motivadas por el sexo y cuando la pasión terminaba, me daba cuenta de que me aburría y deseaba volver a estar solo. Para mí la soledad, que siempre es compartida con cuatro amigos, es una virtud y las normas sociales o lo que se aprecia como correcto me importa un comino. Sin embargo, a partir de los cuarenta decidí no mantener ninguna relación más, por cuanto siempre acababa sucediendo lo mismo: yo no tenía lo que quería y tampoco les daba a ellas la seguridad de una relación normal. Así que, para no sufrir ni hacer sufrir a nadie más, decidí tener amantes breves si hubiese la ocasión, y permanecer sincero a mí mismo y a mi mundo, a eso que me gusta llamar mismidad. Aún así, cuando me negué al amor de modo definitivo y me reduje al campo de mis puros intereses, algo sucedió que lo cambiaría todo, una cosa que nunca pensé que pudiera sucederme. Y, como has de saber en su momento, no sería el último cambio importante que me preparaba el futuro.
-¿A qué se refiere?
-Como acabo de decir, en su momento te lo diré; antes he de hablarte de otros asuntos que, bien vistos, parecían trazados con un sentido, para propiciar el desenlace vital inopinado de este hombre otoñal que te habla.
>>Volviendo al capítulo que habíamos dejado, de lo que estoy completamente convencido es que, como cualquier mujer reservada a causa de miedos diversos, ella quería, con su suicidio, fijarme de por vida con un sentimiento de culpa que no tuve, ni tengo ni tendré, desacorde desde siempre con la gris normalidad, la cual resulta, desde muchos puntos de vista, un déficit primario, orgánico, congénito si quieres, y una indecencia. Lo que acabo de decir se colige de una creencia que tengo muy arraigada y es la relativa a que el hombre no es gregario por naturaleza, sino por necesidad. Somos, en esencia, seres solitarios, violentos y egoístas y el otro importa en la medida que nos puede beneficiar. Pensar lo contrario es una falacia, producto de morales y moralinas de todo tipo con las cuales intentamos justificar y bendecir nuestra vida social.
-Es un punto de vista bastante extremo por cierto. En realidad, no se cómo puede hablar en esos términos de ella.
Traté de mostrarme condescendiente, porque la frivolidad que hace hablar sin conocimiento de causa siempre me ha irritado. Nada sabía él de los pormenores de la historia, para forjar cualquier tipo de opinión, pero obvié el hecho, añadiendo de inmediato con tono conciliador:
-Ubícate en la escena: dos semanas antes me besaba las manos con devoción, hacíamos el amor normalmente. Recuerdo bien la mirada esfumada tras el arrebato del orgasmo. Después aconteció mi primer viaje a la capital, el inicio del deterioro. Desde ese momento, paulatinamente fue creciendo el silencio entre nosotros. Ese silencio me hizo sospechar el desenlace, pero me negué a asumirlo hasta que fue demasiado tarde. Recuerdo bien el día; era de noche y volvía de un viaje. Como de costumbre, nadie me recibió en casa; entristecido me encerré en mi despacho. Un rato después, oí pasos en el salón y, a sabiendas de que eran suyos, salí movido por un impulso conciliador. Ella estaba parada en medio del comedor, con las luces encendidas, todas, para que yo no perdiese detalle: vi sus ojos ígneos, inyectados de reproche y odio antes de descerrajarse un tiro en la boca. En efecto, yo no perdí detalle, nadie me quitó el susto y la pena temporal, pero ella perdió lo único que tenía, su tiempo, su vida, ese existir que había dedicado a mí aunque yo, en esa forma, no lo desease.
Me senté en la butaca y alumbré un pitillo. El joven observaba perplejo mi indolencia, pienso que pensaría, el modo ponderado pero avieso con que hablaba de aquella fatalidad. Eso me agradó y no me interrumpí:
-Efectivamente no voy a decirte que la causa fue el éxito porque solamente la desdicha crece en terreno abonado, la muerte se produce cuando la fosa ya ha sido cavada. Resulta curioso como un golpe de suerte te cambia la vida, radicalmente, llevándote de un modo de vida a otro totalmente diferente. En este caso fue para bien en lo que a mi respecta, pero significó también una escisión y el proscenio de su final. No hay beneficio en estado puro, siempre es a costa de algo, indefectiblemente se producen daños colaterales.
>>Al principio, cuando nos conocimos, veinte años atrás, teníamos algo en común, una cicatriz existencial, una pátina de resignación, de melancolía. Eso nos unió, sin duda. A base de mis desacuerdos con el mundo, llevaba pegada a mí una segunda piel de tristeza, del mismo modo que la humedad de adhiere a los muros viejos. Después, cambié, me desapegué de casi todo, fui a la mía, como el extraño, el espectador estupefacto que en realidad era frente un mundo desquiciado. Entre el ego y el afuera, en lo que a mí concierne, existe desde hace mucho un abismo profundo, repleto de cosas sabidas, a medio saber, insinuadas y completamente desconocidas, donde algo de mí estaba también; entre otras cosas, la literatura tuvo el papel de descubrimiento de esa tiniebla y los libros, surgidos de esa tarea, la descubrían, la pergeñaban, pero nunca la trascendía porque eran mero reflejo de la misma.
-Los afectos, como el amor, pienso que pueden reconciliarle a uno con el mundo –me interrumpió sentencioso el periodista.
-Sí, pero eso no es suficiente. Hay algo más hondo: al principio y al final solo está la palabra. Tengo la ventaja de los pensamientos errantes por mis mundos sombríos. Yo odié siempre los grises de la vida común y ella, aunque tratase de negarlo, tenía una adherencia plebeya a la costumbre, a lo que se entiende por consuetudinario, por normal, a lo que es socialmente deseable. Eso poseía el lado de calidez, ternura, pegajosidad y halago que nunca desagradan a un hombre pero que con el tiempo dejan de satisfacerle. Vivía por mí, su tiempo dependía del mío. Desdecía con mi ambiente. Después sepultó su vida bajo mis pies y se sintió segura, hasta que mis novelas tuvieron éxito y dejé de estar siempre a mano, en el reducido y cálido hogar que compartíamos. Entonces se sintió en un segundo plano, que no era necesaria como antes, temiendo que posiblemente la dejaría. Creyendo que no la necesitaba, se suicidó; ella necesitaba mi tiempo, mi atención, para alimentar el suyo, para alentar un pálido deseo de vivir.
-Cuando leí la noticia en la prensa, me quedé muy impresionado –confesó el periodista.
Asentí, una velada especie de recibo de condolencias, sobrante.
-¿Por qué no lo dejé a tiempo o traté de solucionar el problema? –pregunté, creyendo anticiparme a su pregunta-. Hay algunas razones y, la no menos importante, estriba en que ella mantenía la creencia errónea de que el amor lo soluciona todo, lo cual la hacía ser muchas veces extremadamente delicada y apetecible. Se equivocaba, dado que hay que tener ciertas habilidades para mantener vivo el sentimiento, además de compatibilidad en cuestiones importantes, que unan a las personas. No era así, éramos antipódicos y las diferencias, en una pareja, no hacen el complemento. Además, existía otro elemento de enganche, muy poderoso: nuestra sexualidad era excelente y, en estos casos, la testosterona mata a la neurona, lo que equivale decir, en términos más amplios, que al amor obnubila la razón. Pienso que no me equivoco al decir que son muy pocos los que se libran de ese mal. Es tan humano, tan torcido y tan nocivo como el hombre mismo. Todavía estoy esperando la primera piedra.
>>En próximas conversaciones hablaremos más ampliamente sobre todo esto y te comentaré algún caso clínico que te sorprenderá –repuse.
La realidad exterior se alteraba con la crepitación del granizo sobre el alfeizar.
-¡Demonios, ahora graniza!
Pensé en lo mucho que había cambiado el clima, el país y mis conciudadanos en los últimos quince años, indudablemente para mal.
-Todo esta cambiando, el tiempo, el país, la gente, el mundo se ha vuelto loco, se ha trastornado –se lamentó el muchacho, como si me estuviera leyendo el pensamiento, y estuve completamente de acuerdo con él.
Después calló, permaneciendo con los ojos puestos en la grabadora, cuya cinta corría lentamente.
-Ayer pasó lo mismo. Después del granizo llovió un rato y escampó. Igual mañana hace un sol tórrido o nieva –dije y después le miré.
Sus facciones me parecieron demacradas, incluso adoloridas, tal vez efecto de la tensión que la charla le había supuesto, más posiblemente por su carácter nervioso que le hacía mal soportar lo inesperado, las emociones mismas y los problemas de la vida. Con sus ojos aguanosos miraba abstraído la biblioteca que nos rodeaba, los pesados cuadros y todo aquel epatante espacio sellado que constituía mi mejor lugar en el mundo.
-¿Los ha leído todos?
Bastantes personas me habían hecho esta pregunta que, por lo demás, aunque esperable, siempre me pareció absurda.
-No, pero sí muchos –contesté-. A bastantes los he releído varias veces.
Miraba con insistencia un gran óleo que quedaba sobre la chimenea.
-Ese soy yo, con traje académico. Ahí tenía treinta y dos años. De eso hace bastante tiempo.
Se hizo un silencio, con todos los visos de esterilidad para un diálogo posterior. Entonces decidí tenderle la mano y terminar con la entrevista.
-Bien, por hoy ya hemos tenido suficiente, mañana continuaremos.
Cuando el periodista se fue, me quedé todavía un rato mirando elegíaco el revuelto exterior: mucho de mí se había quedado anclado en el pasado. El futuro se levantaba ante mí amenazador, aunque no tenía motivos para sentir especialmente ningún tipo de temor. Aunque había arrostrado el porvenir con resignación, el camino de mi vida discurría ya por páramos donde el disgusto, el recelo y la frustración campaban libremente. Dijo el romántico español que el tiempo era pérdida y, por ende, melancolía. Si no todo, tal vez en ello estribase una parte importante de mi malcontento.
Siempre he despreciado a los que se obstinan en el presente, amándolo. Este presente me aluna. Hace mucho tiempo que estuve aquí, algo perverso me catapultó desde mi particular futuro. Ahora me vivo mirando atrás.

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10 Ene 2011

EL DOCTOR AMOR Y LAS MUJERES (novela)

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 10 Ene 2011 - URL Permanente

http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/el-doctor-amor-y-las-mujeres/14415811

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NARRATIVAS 20

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 10 Ene 2011 - URL Permanente

http://www.revistanarrativas.com/

Ahí encontrarán algunos microcuentos de quien escribe.

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01 Sep 2010

ALGUNOS DE MIS LIBROS EN AMAZON

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 01 Sep 2010 - URL Permanente

http://www.amazon.com/s/qid=1244309363/ref=sr_gnr_aps?ie=UTF8&search-alias=aps&field-keywords=Salvador%20Alario%20Bataller

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13 May 2010

LA EMBOSCADA, novela de Iván Humanes Bespín

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 13 May 2010 - URL Permanente

http://undostrescuentos.blogspot.com/2010/05/la-emboscada-novela-de-ivan-humanes.html

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02 Abr 2010

PERRO BLANCO

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 02 Abr 2010 - URL Permanente

http://www.librosdelinnombrable.com/upload/El_perro_blanco_n._4.pdf

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21 Mar 2010

EL CONCEPTO DE FICCIÓN

Escrito por: Salvador Alario Bataller el 21 Mar 2010 - URL Permanente

http://www.literatura.org/Saer/jsTexto6.html

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