28 Jun 2008
(Relativa)mente
Lo de que todo es relativo no es cuento. Hay tantos puntos de vista y tantos parámetros para tener en cuenta que cualquier opinión categórica o radicalismo puede traernos más dolores de cabeza que todas las calamidades que conlleva la casi siempre mal vista introspección.
La idea de pobreza, por ejemplo, no tiene ni un tanto así de absoluta. ¡Cuántos de nosotros no podemos dar fe de que no por necesitado se es obligatoriamente infeliz! Cuántas cajas de caudales repletas no fueron más que un peso a las espaldas, la causa que llevó a tantos al camino casi siempre sin retorno de la suerte adversa. En otras palabras, decir que somos pobres o ricos no significa afirmar que nos faltan o nos sobran bienes. Más bien hace referencia a la amplitud o cortedad de nuestro ánimo. De nuestro espíritu.
La indispensable o absurda necesidad de una visa —habíamos quedado en que todo es relativo, ¿no?—, puede muy bien ilustrar este tópico.
Le hablo por mí. Me presento en el consulado español. (Y vale recordar que si al estereotipo de groseros que identifica a sus funcionarios se le suman las exigencias de siempre y las de última hora, cualquiera se amedrenta.) Pues bien, el tal de Schengen salió antes de lo previsto, con derecho a sonrisas y recomendaciones de viaje, de tapeo, etc.
Después le tocó a Austria. Y bueno, si usted tenía aún dudas, yo, después de un mes soñando de postal en postal por aquellas mínimas tierras infinitas, se lo aseguro:
Así fue con Grecia, el Reino Unido, Francia y un discreto etcétera. Como contraste, están ahí los consulados de esos países nuestros, latinoamericanos, hermanos, y toda aquella verborrea. El uruguayo, por ejemplo. El funcionario, con la mayor desfachatez y después de diez días de espera, me vomita en la cara que si fuera gringo (quería decir yanqui), me daría la visa en el acto. Pero era cubano. Y los cubanos se quedan... Yo le recordé que años atrás, cuando la cosa estaba más fea, digo más porque no creo que haya mejorado mucho, a juzgar por la cantidad de uruguayos siempre en desbandada, la isla en cuestión le dio asilo a miles de ellos. Y estarían allá todavía si no fuera porque, inteligentes, se dieron cuenta de que asilarse estaba muy bien, había que pensar en el currículo, pero era mucho mejor en Europa. Y allá se fueron. Y le pregunté qué rayos podía hacer un cubano que vive nada más y nada menos que en Río de Janeiro en un lugar como Montevideo “donde sólo hay viento”. (Eran palabras de una vecina que debía saber lo que decía, porque era, no por acaso, uruguaya). Después de ese pequeño escándalo, no tuvieron otra alternativa que darme la autorización.
El consulado de Panamá necesita un mes para esos trámites. Cubano es una cosa. No tener qué hacer es otra. Desistí.
El colmo, no obstante, fue el de Guatemala. Después de exigir billete aéreo emitido, reservación de hotel paga, carta del centro de trabajo y una docena de documentos más, me negó el famoso cuñito. Sin importarle los contratiempos y gastos que eso podría acarrear y de hecho acarreó. No, simplemente. Y para hacer un poco más amargo el trago, sin la menor explicación.
En fin, está muy bien tener recelos, tomar precauciones, ser cauteloso y todo lo demás. Esgrimir, ante el primer infeliz que aparece, los siglos de explotación y saqueo que se ha sufrido es cobardía. Y es fácil. Escudarse en cualquier tipo de discriminación o prejuicio suena cruel.
Ya sé que no se le puede pedir respeto a quien no sabe siquiera lo que significa la palabra, aun cuando, sin dudas, ha sufrido su falta en más de una ocasión. Sé que sería masoquismo de mi parte pedirle a un pobre diablo que actúe
Y en esto hay que ser terminante: o ponemos a orear nuestras ideas, o seguiremos siendo, por los siglos de los siglos, no una sino
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- Carne, sudor, etcétera 1 comentario Ramon Tobias
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