04 Jul 2008
Molestias
Seamos sinceros. Fingir es casi un artículo de primera necesidad. Una de esas armas siempre dispuestas, y con las que podemos atravesar el mundo sin miedo de que algún agente desavisado nos detenga. Que lo digan los políticos, verdaderas almas, verdaderos enviados de Dios hasta el momento de la investidura, y algo más que diablos en persona después. Que lo diga la iglesia, cuyo discurso sin tachas desde el púlpito se debate con silencios y peores heridas debajo de sotanas cada vez más pálidas. O si no, que lo digan las instituciones, no importan tipo o rango: todas en función del gobierno o la empresa, valga la redundancia, que les paga o soborna.
Nosotros, los simples mortales, los que aparentamos aplaudir arengas y en secreto anulamos votos y más votos, los que nos persignamos por inercia y no vemos diferencia entre clamar por Dios o cagarse en su existencia, los consumidores, atentos a las últimas encuestas y al último descubrimiento aunque de científico no tenga ni un pelo, los que nacimos para ser números en informes oficiales, no tenemos que pronunciarnos al respecto. Nosotros somos hipócritas. Y en alguna medida, por qué no, sinceros.
Todo el mundo sabe, por ejemplo, que Brasil, Costa Rica, Cuba (apenas en orden alfabético), y otros muchos, muchísimos países, son, más que otra cosa, destinos de turismo sexual. Que, en consecuencia, los más de los que llegan, después de pagar verdaderas bagatelas: alemanes, españoles, italianos (en estricto orden alfabético), y aventureros de otros muchos orígenes, no vienen sino en busca de cama.
Molesta, no obstante, que el camino contrario no sea abiertamente permitido. Nuestras mulatas no pueden instalarse en esos países, aun considerando que le facilitarían la vida a un sinnúmero de infelices sexualmente activos. Molesta que no puedan hacer lo que quieren y saben hacer en el lugar donde quieran hacerlo, y estos falsos turistas sean recibidos en nuestros países no sólo de piernas abiertas, ya se sabe, sino de brazos abiertos. Y no precisamente por mujeres alegres, sino por toda una red de instituciones, grupos hoteleros, etc., cuya preocupación principal (o única) es el volumen de sus cuentas bancarias. Cuentas que, dicho sea de paso, están allá, del otro lado del Atlántico, a buen recaudo.
Molesta el racismo en auge por aquellas tierras. No el solapado; es un género abundante entre nosotros mismos: todos somos hipócritas. Ni en especial aquel del que a diario tenemos muestras plurales en la prensa, reproduciendo así como si nada declaraciones de políticos, de dirigentes deportivos, de gente común. Estarían siendo sinceros, nada más. Incomoda, en verdad, pensar que entre esa misma gente empeñada, ¡a estas alturas!, en supremacías banales puedan estar aquellos que se pasean abrazados a sus mulatas, despampanantes o no (que es lo más común), por nuestras calles.
Vale todo, dirán, y con razón: sinceridad, hipocresía... Incluso inconsecuencias. La clave estaría, acaso, en saber definir la dosis cierta. Que bueno es lo bueno, pero no lo demasiado.
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- Carne, sudor, etcétera 1 comentario Ramon Tobias
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