16 Nov 2007
El frío también sabe ser amigo de los gatos
atraviesas desde siempre la ciudad
la natural estación de los símbolos
alguna que otra norma
y la severidad de la sombra
de algo
que no conoces
pero sospechas en cada esquina
en tus propias entrañas
en el vacío cuadriculado de la hierba que te ignora
en el misterio de los ídolos fabricados por el miedo
debajo
en la indecible navaja
con que la espina
y la rosa
esperan
la unión inocente de los cuerpos
(en el atardecer
eres el oscuro forastero que ha olvidado sus llaves
sus dioses
sus preguntas)
intentas —sin embargo— tu rostro
un nuevo rostro
o el negado rostro de la búsqueda
—materia itinerante /de olvidada estirpe—
(el viejo conocimiento o el eterno asombro)
(los infaltables lobos en el alma)
no el rostro del otro
ni el del espejo —más ausente todavía—
oh materia urgente
elemental forma de la eternidad que no atino en mi extravío
alado dios menor sin mares ni extramuros
en vano arañas los semáforos de la tarde
las líneas luminosas que los pájaros dejan en el crepúsculo
en vano caminas sobre las cuerdas de esta estación sin límites
noticias de hombres perdidos en la nieve
renovadas heridas
nuevas constelaciones
la mirada trepidante
cada vez más ajena
y un extraño dolor
porfiando la vida
en los páramos
de una antigua estación
sin duda
alguna vez
fuego contumaz y armonía
intentas —otra vez— tu rostro
(virtual nómada soñadamente real)
o —mejor— tu manera de aguardar las espadas de la noche
con esa convicción fatal
del que acecha su perfil
en los rastrojos
(un ademán una serpiente un atajo
un respiro
que te permitan vencer la roja ira de las máquinas
el cálido despertar de la tierra)
cambia el tácito color de tu mirada no el silencio
los perros continúan la geometría de la ciudad y del espanto
los perros son como el viento del estío
que va husmeando la vida hacia los acantilados
y los acantilados son otra vez como los perros
que van abrigando la vida que duerme
lánguidamente
en la boca del mar
la ciudad
atormentada sobre los muros de la tarde
es el temor de existir
los laberintos
la vorágine que corta las raíces
toca la sien
e invade los sueños con remotas devastaciones
una ciénaga de lúdicos colores y vacíos
una sucesión de esquinas que te acechan
ocultas paredes
y el vértigo de encontrarse drásticamente
con quien no esperas y no te sospecha
en los túneles ignotos de las seis
quizá la ciudad no es el temor techado de los hombres
ni el refugio negado a la orgía de los dioses
quizá la ciudad es solamente el encuentro de los suelos
en la furia de los astros
un corte sangrante en el circuito de los hilos atómicos
quizá la ciudad no es más
que las grafías que enternecen esta página
o la mente procaz que las lanza
a los abismos
has empezado a desvanecerte árbol fugaz
en cada esguince
en todo momento en cada cuesta y abrazo
oh humano corazón de fiera trashumante
fabulosa creación
y fabulante animal de las tinieblas
caminas de regreso o te marchas para siempre
desde que asumiste estas imágenes frustradas
esta piedra sin límites ni hojas
esta estación del desvarío y sin alma
esta espada de siniestro y albedríos
has empezado a desaparecer colosal instante
holgadamente
desde que te calzaste los pies eternos en los caminos mortales
descubres —a tientas también—
en los espejos concéntricos de la noche
un naufragio de tácitos caminantes
un remolino de gritos y silencios y el acoso del silencio total
no existen los látigos
ni los brazos tejidos en secreto
se espera solamente
alrededor de una meza plantada en el fuego
o huyendo de los reflectores
se reza solamente
de espaldas a la vida
mientras los árboles asumen la defensa del mundo
sin duda se producirá algún encuentro
en la hostia de los muros
a pesar de las sirenas policíacas
(el frío también sabe ser amigo de los gatos)
pueblo en ausencia en la noche que atraviesa las estaciones
amanecerá
preguntarás la hora al primer transeúnte
el viento del alba desnudará la ciudad sin ningún pudor
(piensas —como todos— que creces
sobre el tiempo y los tramos ideales del planeta
pero estás oxidándote hundiéndote a flote
como un trozo de madera echado al mar
sigo mirando —en la vitrina— tu sombra que se desdibuja
jugando a la juventud como a los dados
vuela lineal un pájaro hacia tus cegados ojos y en el perfil de dios
te ha ganado un poco más la muerte
recorres la ciudad en tu caballo subterráneo
existen los límites y no existen los límites
al borde de tus ilusiones perforadas por la lluvia
una estación de humo te habita cada tarde )
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8 comentarios · Escribe aquí tu comentario
almabeba197@hotmail.com dijo
hola soy admiradora de tus poemas
almabeba197@hotmail.com dijo
eres genial escribiendo tus poemas si se puede saber ebn que te inspiras para escribir
sin nombre dijo
Te amo.
Anónimo dijo
Anónimo dijo
eres espectacular beybe te amo
adrianaflagoa dijo
Qué maravilla Daniel, qué maravilla de poema, me he quedado sin aire. Fantástico!! Un saludo!!
Daniel Santos Gil Jáuregui dijo
Muy amable, Adriana. También es un gusto leerte.
dafalma dijo
El título es sublime. Una frase maravillosa.
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