09
Mar 2010

Escrito por: benitezl el 09 Mar 2010 - URL Permanente

Esta niña necesita nuestra ayuda. CarolinaTiene 4 años y estudia en el centro donde trabaja mi pareja, el IES Padre Manjón de Granada. Tiene una rara enfermedad congénita y degenerativa conocida como Amaurosis congénita de Leber. Está catalogada en el grupo de enfermedades raras y la padecen una de cada 80.000 personas. Carolina tiene sólo un uno por ciento de visión lateral, y ya sabe que no ve como los otros niños.
El caso es que en España aún no hay nadie que la pueda tratar, pero al parecer una clínica de Filadelfia ha operando otros casos con éxito. El problema, claro, es lo que costaría que Carolina y su familia viajara a los EEUU, unos 100.000€. Por eso han abierto la siguiente página web Ayudemos a Carolina por si entre todos podemos hacer que esta niña tenga una oportunidad. Gracias en su nombre.

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28
Feb 2010

Día de Andalucía – 28 de febrero

Escrito por: benitezl el 28 Feb 2010 - URL Permanente

Creo que desde mi infancia no me había vuelto a plantear si festejar el día de Andalucía o cómo hacerlo, de igual modo que tampoco se me pasa por la cabeza celebrar la Fiesta Nacional de España, también -y tan mal- llamada día de la Hispanidad. Entre mis recuerdos infantiles se encuentra el haber aprendido y cantado en el colegio el himno de Andalucía. Yo comencé la EGB un par de meses antes de la muerte de Franco. Recuerdo perfectamente ese día, no porque no hubiese clases, sino porque esa mañana y esa tarde y las siguientes hubo un constante ir y venir de vecinas, familiares y conocidos que querían ver por el televisor de mis abuelos las imágenes de ese señor que acababa de morir, y que mi abuelo decía que era como el dueño de España. Sé que por entonces acabábamos de dejar la casa de alquiler donde vivíamos, frente a una iglesia que se llamaba San José, y que mi madre, mi hermana -que tenía 20 meses- y yo estábamos con mis abuelos por dos razones: una, porque mi padre llevaba dos meses haciendo un curso en Madrid para poder ascender a alférez; y dos, porque faltaba poco para que nos mudáramos a un piso que mis padres habían decidido comprarse cerca del campo de fútbol y de la que sería mi futura escuela, un colegio público con el nombre de Santo Tomás de Aquino. Recuerdo perfectamente aquellos días porque yo mismo me sentaba durante horas frente al televisor por donde restramitían las imágenes del velatorio y posterior entierro de Franco, una interminable procesión de gente que lloraba, o saludaba, o simplemente pasaba sin mirar. Lo de la tele estaba ocurriendo en Madrid, donde mi padre estaba haciendo ese curso, y alguien de la familia, seguro que con la intención de mantenerme entretenido en algún momento, me había dicho que igual veía a mi padre porque todos los militares que estuvieran en Madrid tenían que desfilar ante el muerto. Así que allí me plantaba yo durante horas, delante del muerto, concentradísimo para que no se me pasara ver a mi padre vestido con el traje de gala saludando al general. Al general muerto. Pero la tarea era difícil porque no dejaba de pasar gente, y más gente, y aquello era para mi algo a caballo entre la ilusión y el aburrimiento, lo mismo que cuando en Navidad me sentaba delante de la tele con todos aquellos números de lotería que siempre jugaba mi abuelo, por si tocaba el gordo enterarme yo el primero. Y con esa misma pretendida suerte de hallar entre los miles de rostros anónimos que pasaban por el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid la cara de mi padre, mi firme sentada ante el televisor acabo preocupando a mi abuelo Antonio, quien al fin me dijo que seguramente mi padre ya habría salido puesto que los militares habrían sido de los primeros en acudir. Yo le pregunté a mi abuelo que quien iba a ser a partir de entonces el dueño de España. Y a mi abuelo aquella ocurrencia le tuvo que hacer bastante gracia, porque le dio un ataque de risa que llamó la atención de mi abuela, y mi abuelo no paraba de reir hasta que mi abuela le espetó “¡Tonio, que los vecinos te van a oír y van a pensar que estamos celebrando…!”, y entonces mi abuelo soltó uno de esos tacos que en su boca jamás sonaban mal, y se puso serio, y me contó que a partir de entonces en España íbamos a tener un rey que se llamaba Juan Carlos “aunque en realidad el nuevo rey tendria que ser su padre, ese que está ahora en la tele porque…”, “¡AnTONIO!”, bramó mi abuela desde la cocina, y mi abuelo se levantó de su sillón y se encerró en su despacho. Y para mi acabó lo de la muerte de Franco.

Mi primera escuela se llamaba Colegio Juan XXIII, un negocio familiar que estaba frente a la casa de mis abuelos y del que apenas conservo los recuerdos de aquellos meses de desconcierto nacional y los de la hora del recreo, en la que casi siempre me subía a desayunar a casa. En Juan XXIII hice primero de básica y comencé segundo, hasta que al cumplirse un año de la muerte del dictador por fin nos fuimos a vivir al piso de la calle María Magdalena y me cambié de cole. Así que mi segundo curso lo comencé en una escuela privada y lo terminé en un colegio público. Y de ese curso la primera imagen que se me quedó clavada fue la de mi nuevo maestro, don Bartolome, un hombre serio y enjuto, larguirucho, con grandes cambios de humor y bigote severo que nos iba a acompañar hasta quinto curso, el último año de lo que llamaban primer ciclo de la EGB. Y fue con don Bartolomé, probablemente durante el curso 77-78, cuando por primera vez escuché el himno de Andalucía, en un disco de 45 r.p.m. que el maestro se llevó a clase el 28 de febrero, junto a un tocadiscos que parecía una maleta y que era idéntico al que teníamos en casa. Nos habló de la letra del himno y de su autor, Blas Infante, alguien cercano, nacido en el vecino pueblo de Casares. Nos empezó a contar todo lo que había hecho ese hombre por Andalucía, y a mi no entraba en la cabeza cómo alguien de Casares podía ser importante, ya que los niños de Casares que venían al cole solían ser bastante brutotes hablando ¡si hasta para reirnos de ellos, les decíamos “En Casares, compra pan y no te pares”. o “En Casares, cinco huevos son dos pares”!. Pero sí, ese hombre había sido diferente porque estudió, y escribió libros, y habló por primera vez de Andalucía como una tierra libre, y propuso los colores blanco y verde para la bandera, y el escudo con Hércules, y más adelante la letra del himno “Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad, sea por una Andalucía libre, los pueblos y la humanidad.” Así, con esta variante de “los pueblos” en lugar de “España” nos la hizo cantar don Bartolomé los tres 28 de febrero que con él festejamos, y contaba que esa fue la verdadera letra escrita por Blas Infante, quien precisamente lo que defendía desde su andalucismo era la España de los pueblos.

Y a mi hoy, cuando se cumplen los primeros 30 años de la aprobación del Estatuto de Autonomía, me han entrado las dudas sobre si celebrar o no este día porque mi hijo Pablo lleva una semana recitando la letra del himno, primero, y cantándolo depués, aunque con una variante al menos igual de interesante que la de mi maestro don Bartolomé: añadía la preposición “de” tras “sea por una Andalucía libre / (de) España y la humanidad”. ¡Liberémonos de España, y ¿por qué no? de toda la humanidad!. Hasta el tercer intento no logré que rectificara (igual no le tenía que haber corregido” y aquí está el resultado y nuestro modo de celebrar este día: un piojo literario y la voz de Pablo cantando el himno de Andalucía. Espero que os guste.

Pablo canta el himno de Andalucía

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14
Dic 2009

Sobre las huelgas de hambre como actos terroristas

Escrito por: benitezl el 14 Dic 2009 - URL Permanente

La huelga de hambre fue uno de los conceptos que Mohandas Karamchand Gandhi introdujo como innovador método de lucha, rechazando el enfrentamiento armado y predicando la no violencia como medio para resistir al dominio británico de la India. Una huelga de hambre es, por tanto, una medida de presión a la que se recurre para llamar la atención por una injusticia cometida, de manera clara y manifiesta, sobre una persona o un grupo de ellas, demandando soluciones a un problema. Pero, desgraciadamente, también hay huelgas de hambre para todos los gustos. Así en España tenemos casos tan ridículos como el protagonizado por el que fuera alcalde de Marbella, Julián Muñoz, quien acabó de golpe con seis días de ayuno voluntario engullendo un plato de macarrones con chorizo (muy apropiado), pescado y postre en la cárcel donde habitaba. ¿Que qué reclamaba? Un mejor trato mediático para su novia, la folclórica Isabel Pantoja. Otras huelgas de hambre son dudosamente reivindicativas, como la del torero granadino José Antonio Cejudo, El Güejareño, que consiguió entrar en el último cartel de la Feria del Corpus -las fiestas grandes de la ciudad de Granada- presionando con dicha medida. ¿Y cuál fue la injusticia que sufrió? Al parecer, el empresario taurino responsable de la corrida le había prometido verbalmente durante el transcurso de una cena llena de efluvios que ese Corpus iba a torear. E incumplió su palabra. El torero abandonó la huelga de hambre un viernes, 10 días después de comenzarla, porque tenía una corrida al domingo siguiente; y según declaraciones del médico y quienes le vieron en la plaza de Vallcabra, “llegó en mejores condiciones de lo que se esperaría tras más de una semana sin comer”, por lo que me da por imaginar que igual se mantuvo alimentado a base de zamparse por la noche, a escondidas en su coche donde dormía, bocadillos de mortadela con Tulipán. Y la duda me entra después de haber visto hoy, mañana en la que comienza la quinta semana en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote de Aminetu Haidar, una foto hecha por un amigo hace pocos días en la que se aprecia la seriedad de la situación y el grave deterioro de esta activista saharaui. Aminatu tiene al toro cogido por los cuernos; lo que no sabemos es el tiempo que podrá seguir resistiendo.

Aparte de todas las consideraciones políticas y humanitarias que esta situación ha provocado, y acabe de la forma que acabe, a mi se me plantean las siguientes preguntas, ¿podrían ser las huelgas de hambre utilizadas en un futuro como acciones terroristas por aquellos a quienes no les importa inmolarse en nombre de una divinidad?¿qué pasaría si de repente en fronteras de todo el mundo se multiplicaran las huelgas de hambre sustituyendo a los cinturones explosivos?¿causaría terror en la sociedad civil una serie de muertes en cadena por voluntad propia?¿podrían las democracias occidentales dejar morir en sus territorios a seres humanos?¿qué se podría hacer con esos imaginarios terroristas del ayuno?¿ingresarlos forzosamente en hospitales?¿recluirlos en centros?¿encarcelarlos? ¿matarlos?

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14
Dic 2009

Recuerdo primero y último de Javier Egea

Escrito por: benitezl el 14 Dic 2009 - URL Permanente

Recuerdo bien tanto la primera como la última vez que vi a Javier Egea. Y es que hay momentos, cosas y circunstancias en la vida de cada persona que nunca caen en el olvido. La primera ocasión en la que pude dirigirle la palabra fue en 1989, pero no obtuve muy buenos resultados. Sé que era primavera, pero no recuerdo la fecha exacta, y sé que fue en La Tertulia, el bar cultural más importante de la ciudad por aquel entonces y en el que comenzaría a trabajar al siguiente año. Yo era todavía casi un recién llegado a Granada. Mis padres habían decidido que dejábamos Estepona para mudarnos a una ciudad donde tanto mi hermana como yo podríamos seguir estudiando. Así que hice COU en el instituto Alhambra, en el barrio del Zaidín, pero fue durante mi primer curso en la Facultad de Letras cuando comencé realmente a conocer la ciudad y a disfrutarla. Sé que era primavera porque un amor me tenía desquiciado, y yo iba a consolar mis penas y a refugiarme en la escritura de unos versos del todo vergonzosos -no sólo por hallarme en la Edad de Piedra de mi aprendizaje poético, sino principalmente porque tenía más de subidón de testosterona que de oficio literario- a La Tertulia. En la Facultad de Letras, La Tertulia ya era un lugar mítico, un bar bohemio donde acudían artistas, pintores, poetas, escultores, músicos, actores, y por donde yo sabía que frecuentaba Javier Egea. En 1989 yo sólo había leído Serena luz del viento, su primer libro, publicado en 1974, un ejemplar que compré en los anaqueles de saldo de una de las librerías Urbano de Granada, en la calle de Melchor Almagro. Yo había dado con Javier Egea siguiendo la pista de los autorers citados por Luis García Montero en los dos libros que me había leido de él, Diario cómplice y El jardín extranjero (libro este último en el que, por cierto, también hay una cita de Mariano Maresca que me enganchó y fue mi motivación para querer conocerlo: sabrás por la presente que empeoré de vida). Diario cómplice lo compré al comienzo de mi primer curso en Letras, antes de haber tenido a Luis como profesor, una tarde en la que me refugiaba de la lluvia en la desaparecida Galerías Preciados.

Recuerdo que me acerqué al libro porque me llamó la atención el color rojo de su portada, lo ojeé porque me resultó sugerente el título, comenzó a interesarme con el prólogo de Rafael Alberti -fue allí donde por primera vez supe de la existencia de Javier Egea, a quien el gaditano cita como el “amigo, el por siempre «a la concha de Venus amarrado», permanente y arrebatado poeta Javier Egea.”- y decidí comprármelo después de leer: “Rojo temblor de frenos por la noche./Así sueño el amor, así recuerdo,/entre la madrugada olvidadiza,/sensaciones de turbia intimidad,/cuando tener pareja conocida/es un alivio para los extraños”. Era una poesía cercana y, sobre todo, diferente a lo que había leído hasta entonces. Como aquel libro me gustó, estaba convencido de que también me iban a gustar todos los autores que citaba. Y así fue como me hice con Serena luz del viento, y tantos otros.

Pero decía que me llevé un chasco la primera vez que intenté hablar con Javier Egea. En esa primavera lejana, yo acostumbraba a llegar puntualmente a mi cita casi diaria con La Tertulia sobre las 8 de la noche, cuando el bar abría. Allí buscaba el cobijo de los boleros tristísimos, de la canción francesa, de los tangos llenos de despecho que Cacho, el camarero, seleccionaba como si supiese todo lo que por dentro me carcomía. Así fue como una tarde, hablando de tangos, Cacho me dijo que La Tertulia había editado un libro donde se recogían tangos de los autores granadinos a los que yo tantas ganas tenía de conocer. El libro, con tapas negras y un troquelado en mitad de la portada en el que se veía el dibujo de una pareja bailando, se titulaba Granada Tango.

La edición era de 1982, cuando el grupo estaba asentando las bases de la otra sentimentalidad. En ese libro estaban publicadas las letras de un concurso de tangos organizado por el local y que fue ganado por Egea con el magnífico “Noche canalla“, musicado posteriormente entre otros por el desaparecido Esteban Valdivieso. Cacho, el camarero, me habló de Javier, y me dijo que era un poeta magnífico, y que iba muchas veces por allí. Me prestó el libro y me senté a leerlo, comenzando con “Noche canalla”. Al poco tiempo ya me sabía casi de memoria aquel poema con el que -por supuesto- me identifiqué de inmediato, aunque sólo fuese por compartir con el yo poético de Egea la desesperación por una pérdida (”Esta noche canalla no respondo de mí”). Conforme fue pasando el tiempo comenzaron a llegar los primeros clientes a La Tertulia: dos tortolitos que juntaban sus manos, por encima del humo del café, sobre el frío mármol de la mesa; un extraño, curioso y misterioso japonés que escondía sus ojos tras unas enormes gafas oscuras y que hablaba casi en exclusivo con monosílabos, tapándose la boca e inclinando ligeramente la cabeza hacia adelante cada vez que asentía a las palabras del camarero; y algunos otros personajes solitarios que empezaban a hacerse un sitio en la barra del local o se sentaban en una mesa con actitud vigilante, observando a quien entraba y salía, como si siempre estuviesen esperando la llegada de alguien más.

Yo había pasado de la lectura a la escritura, y me hallaba sumergido en el garabateo de algunos versos que se pareciesen en algo a aquel tono “otro” recién descubierto, cuando Cacho reclamó mi atención. Me acerqué a la barra y señalándome con la cabeza la penúltima mesa del local, que se encontraba al lado del escenario pero medio escondida por una columna, me susurró que quien allí estaba escribiendo algo en un cuaderno era el poeta Javier Egea. La emoción que me embargó es todavía indescriptible, pero recuerdo que se apoderó de mí un nerviosismo inútil que me hizo ir al servicio dos o tres veces para tener la oportunidad de observar bien al poeta, cuya mesa se encontraba justo enfrente de los baños. En la última visita noté que se me quedó mirando, y entonces me fui a la barra para inquirir de Cacho alguna sugerencia sobre cómo presentarme, sin duda con la esperanza de que lo hiciera él. Pero para entonces a Cacho se le había acumulado el trabajo y no tuvo tiempo más que para decirme que Javier era alguien muy cordial, que con que le dijese mi nombre y le comentase que me acababa de leer un poema suyo o algo así, sería suficiente. Yo me quedé un instante pensando las palabras. Quería que supiera que el poema no sólo me había emocionado, sino que había logrado conmoverme. Pero de repente, y sin haberme dado cuenta, el poeta estaba a mi lado en la barra, esperando a Cacho para pagar e irse. Se había tomado un descafeinado y se me ocurrió que invitarle al café sería una buena manera de presentarme, pero ese día ya me había tomado tres cervezas y no sabía si me iba a llegar para el café. Así que lo que hice fue volverme hacia él y preguntarle de sopetón si era Javier Egea, el poeta. Para mi sorpresa me dijo que no, que él no era Javier sino un hermano suyo. Tras los primeros momentos de confusión logré reaccionar y le conté que el camarero me había dicho que él era Javier Egea, el autor del tango Noche canalla, a lo que él contestó que Cacho lo habría confundido con su hermano y que era algo frecuente porque eran gemelos. “Yo estoy escribiendo la música para el poema. Soy Braulio Egea, músico”, me dijo. Y sin esperar a que Cacho terminara de servirle otra ginebra con cola al japonés, se despidió en voz alta y se marchó.

Y la última vez que lo vi fue durante la Feria del Libro de Granada de 1999, es decir, entre el 14 y el 23 mayo de aquel año. Lo recuerdo con toda claridad porque yo entonces vivía en Holanda y visitaba Granada en contadas ocasiones. Y recuerdo que en aquella Feria Javier presentaba y firmaba una nueva re-edición de Paseo de los tristes en la colección de poesía “Maillot Amarillo”. Lo sé porque me firmó un ejemplar que compré añadiéndole una pequeña trampa a la dedicatoria que me obligaba a regalárselo a mi pareja de entonces. Y lo sé porque cuando me acerqué para que firmara le dije que me casaba ese verano, a principios de septiembre, y quería invitarlo a la boda.

“¿A principios de septiembre?”, preguntó. “No voy a estar por aquí”.

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22
Sep 2009

Lectura en la Isleta

Escrito por: benitezl el 22 Sep 2009 - URL Permanente

El Instituto de Estudios Almerienses y el Centro Andaluz de las letras han organizado un homenaje a Javier Egea con motivo de los 25 años de la publicación de Troppo Mare. Ya puedo imaginar la cara de los egeistas auténticos cuando vean la nómina de participantes (servidora incluido). En fin.

Extraño tanto mar: paisajes almerienses en la poesía de Javier Egea.

PROGRAMA

Jueves 8 de octubre

20 h., Salón Noble de la Delegación del Gobierno (Almería).

Mesa redonda: “10 años sin Javier Egea”.

Participantes: Álvaro Salvador, Antonio Jiménez Millán y Luis García Montero.

Moderador: Antonio Lafarque.

Sábado 10 de octubre

12 h., La Isleta del Moro.

Lectura de poemas: “25 años de Troppo mare”.

Participantes: Javier Benítez, Alfonso Salazar, Fernando Valverde, Juan Manuel Gil y Raúl Quinto.

Moderador: José Andújar.

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27
Ago 2009

Derecho al Tamiflu, o no

Escrito por: benitezl el 27 Ago 2009 - URL Permanente

El temor a coger el virús de la gripe A irá aumentando a medida que el verano acabe y ofrezca ya el otoño sus primeros fríos. Por ahora parece que seguimos sumergidos entre las olas del mar y las noticias sobre la mayor o menor gravedad de esta gripe, entre la vuelta a casa y los grupos de riesgos, entre los números de la malherida economía familiar tras las vacaciones y el número de gente a la que es necesario vacunar. No hay todavía una excesiva preocupación sobre quiénes tendrán preferencia a la hora de recibir el Tamiflu, pero existe una creciente demanda por parte de colectivos sociales para ser incluidos entre los grupos que deberían ponerse la vacuna. Asociaciones de alumnos y profesores, militares (ya están encapsulando el oseltamivir, el principio activo de ‘Tamiflu’ en el Centro Militar de Farmacia de la Defensa, en Burgos.), taxistas o conductores de autobuses se preparan para la creación de protocolos de actuación ante la gripe A. El próximo lunes, el Consejo Interterritorial de Salud se pronunciará sobre las fechas de vacunación y sobre los grupos de población a los que se vacunará frente al H1N1. Habrá polémica segura. Y no sólo por todos los colectivos excluidos que argumentarán razones suficientes para ser vacunados. ¿Qué pasará con los grupos que hayan sido elegidos por las autoridades sanitarias para recibir la vacuna?¿será obligatorio dejarse pinchar si tienes algún trabajo que ha sido catalogado como potencialmente de riesgo?¿cómo mirará el resto de personal del centro a un compañero de secundaria que decide no vacunarse?¿y que pensarán los usuarios de la línea circular de autobuses de la ciudad si saben que el conductor es uno de los que no ha querido que se experimente con él una sustancia de la que todavía no podemos conocer sus efectos secundarios?¿darán los alumnos plantón al profesor que no quiere vacunarse por razones éticas, filosóficas o religiosas?¿podrá una empresa despedir a un trabajador que se niega a recibir la vacuna?¿y en tu propia familia?¿qué dirían tu mujer y tus hijos?¿se irían a casa de la suegra?

Desde luego, lo que sí resulta al menos curioso es que más del 50% de uno de los colectivos que se supone puede tener mayor riego, el de los profesionales sanitarios del Sistema Nacional de Salud, no vea necesario ser inmunizados en el momento en que la vacuna esté disponible. Uno no sabe ya lo que pensar, pero conoce al menos a tres personas que han pillado la del cerdo. Cuando llegue el momento, habrá que ver si tenemos derecho al Tamiflu, o no. Y habrá que decidir. Por ahora, a seguir esperando.

Mientras tanto pueden ver este montaje sobre la pandemia.

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27
Ago 2009

El cartero doblemente vivo (V)

Escrito por: benitezl el 27 Ago 2009 - URL Permanente

  • La biblioteca

Como bien es sabido, la biblioteca personal de Javier Egea está “en manos de la Fundación (Rafael) Alberti” desde el 12 de diciembre de 2006 (el subrayado es mío, pero el titular, que no puede ser más acertado, pertenece al diario La voz el día después de que se hiciera pública la noticia). Sabiendo de la ineptitud de una, del afán de protagonismo de la otra y de los intereses de las dos (hablo de las “viudas”, claro) no es de extrañar que la biblioteca haya acabado en El Puerto de Santa María, de más difícil accesibilidad para los investigadores, y no en Granada, en su ciudad natal. Pero parece como si la inquina de esta ciudad hacia sus escritores más renombrados fuera un hecho recurrente. ¿Y cuál es el interés de la viuda de uno? Recuperar los ocho aguafuertes que el poeta gaditano entregó a Egea para la edición de Raro de luna. ¿Y cual es el interés de la heredera del otro? No se sabe bien; quizás campos de pluma; o tal vez la prometida “edición comercial” de la especie de maqueta de la obra total, según palabras de su editor y al parecer también nuevo co-representante de la heredera. Fuere lo que fuere, el hecho es que están así las cosas. Y hay que aceptarlas por imperativo judicial. Pero lo de llevar lo que queda de biblioteca al Puerto de Santa María es, en mi opinión, una decisión desacertada, no ya sólo por el evidente hecho de que serían más los investigadores y lectores de Egea los que se beneficiarían del uso de esos archivos y libros si estuvieran en Granada -que, además, son de gran interés por las anotaciones que contienen y los subrayados, que pueden ayudar al lector a acercarse a la formación, no sólo literaria, del autor de Raro de luna-, sino porque extraña que a Quisquete le gustara la idea, no de estar en la casa de su admirado Alberti, sino la de estar en “las manos” de la actual Fundación Rafael Alberti. Quienes conocieron su biblioteca puede imaginarse cuáles eran los libros más trabajados por el autor y establecer, además, la época de su lectura. También uno puede imaginarse que Egea tuviera muchos volúmenes de su biblioteca formacional leídos y releídos; es cierto, pero andarán alrededor de la centena, es decir, representan menos del 10% de la escaldada biblioteca del Puerto, y menos del 4% de su biblioteca original, pero no son la mayoría como afirmaba la heredera en el acto de presentación de la cesión: “La mayoría de los ejemplares se encuentran subrayados y con gran número de anotaciones“. Uno no puede imaginarse a Javier Egea satisfecho porque su biblioteca personal se “almacene” en unas bodegas del Puerto, incluso tratándose de la de los Alberti, en la circunstancias que está, entre la mentira y el descuido. Me explico en la siguiente entrada.

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26
Ago 2009

Quevedo, a su manera

Escrito por: benitezl el 26 Ago 2009 - URL Permanente

Miré los muros de la patria mía

Francisco de Quevedo

Miré murallas de la patria mía

y vi tan sólo restos de sus sombras,

sombras que gritan locas de alegría,

tanta sombra que ves que ni te asombras.


Amigo, forma clásica he elegido

para dictarte al vuelo mis razones,

y de pronto no sé de do ha venido

el brusco despertar de mis collones.


Si caen murallas, sombras permanecen,

mas en otra pared, con siete ardillas

nadando en derredor de calavera

de oro, con ojo, y dientes que parecen

alfileres sin luz. Y entre mejillas,

la gran nariz: Quevedo a su manera.

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25
Ago 2009

El cartero doblemente vivo (IV)

Escrito por: benitezl el 25 Ago 2009 - URL Permanente

LOS PERSONAJES (y 2)

  • El Cartero de Quisquete

Y es en este punto donde cambiamos de personaje para centrarnos en el Cartero de Quisquete. Para empezar diremos que, al contrario que el de Neruda, este cartero es un personaje como los de Pierre, vicioso de uno u otro modo. Como ocurre con Bartleby, no se sabe nada de él hasta el fallecimiento de Egea. Y nuestro cartero tampoco es nada del otro mundo: un trabajador anodino, simplón y también con su algo de cadavérico. Llegó al puesto de escribiente -o amanuense, pues gusta de revisar y puede que hasta copiar a mano todos los manuscritos de Egea para “fijarlos” definitivamente (lo imagino, incluso, hasta haciendo ejercicios de imitación de la letra del poeta)- no de la mano directa de un abogado, pero sí después de un largo juicio para dirimir la controversia sobre el legado y la herencia del poeta y en el que prevaleció la voluntad del manuscrito más enrevesado de Javier Egea: su testamento ológrafo. Una de las cosas que nunca se aclara públicamente sobre la “última voluntad” del poeta es si dejó por escrito cuál habría de ser el papel del cartero en todo el embrollo que -Egea imaginaría- se iba a formar con su testamento. Y es que, por más vueltas que le doy, no encuentro explicación razonable para pensar que Javier Egea tuviera en mente al cartero como depositario de su su legado literario. Si así lo hubiera querido, con lo meticulosamente que preparó todo, lo habría incluido en el testamento o en algún otro documento. Pero no parece que haya rastro de su nombre en ninguno de los manuscritos escritos por Egea la noche de su suicidio. Lo único que el Cartero de Quisquete alega es una visita que el poeta le hace en Barcelona unos tres meses antes de su muerte, y que -en palabras del cartero- fue premonitoria ya que Javier le hace ver, en cierta manera, sus intenciones respecto al futuro de su obra literaria tras su muerte (habría que saber cuál fue esa cierta manera o si el poeta no se encontraba en estado de fermentación, como Merville, cuando lo dijo). No sabemos si entre otras pero, al parecer, Egea le confió al cartero la tarea de que no se permitiera jamás la publicación de sus escritos juveniles de aprendizaje, algo que que el cartero toma como misión y que, por otro lado, no suele desear ningún escritor. Tanta es la mimetización que El cartero de Quisquete busca -suponemos que para cumplir fielmente los deseos del poeta (el Código de Sucesiones dice que, si es menester, el albacea debe integrar en él mismo la voluntad del testador)- que hasta se procura el parecido físico con el poeta. De hecho, la última vez que vi al cartero en persona no sólo se había dejado una perilla que recordaba a la del poeta, sino que utilizaba expresiones y gestos -como la sonrisa de medio lado- que hacían del cartero una caricatura penosa del pooeta ¡hasta llevaba las gafas colgadas con un cordón alrededor del cuello!. En fin, en ese viaje a Barcelona, que el poeta emprendió no tanto por ver a su "amigo del alma", sino invitado por la Universidad de Lleida que acababa de editarle un cuaderno, ya andaba por allí la que se convertiría en heredera universal del poeta. Y con los efluvios que salpicaban el emotivo y sentimental encuentro -el cartero y el poeta se conocían desde los comienzos alcóholicos de ambos, aunque no solían verse porque el cartero tuvo que dejar su Granada para emigrar a Cataluña-, no es de extrañar que en los primeros momentos de conmoción tras el entierro del poeta, el cartero y la heredera hablaran y acordaran que esos maravillosos días pasados en Barcelona eran sin duda el mejor testimonio de que Javier consideraba al cartero como un amigo, y que incluso le había dado instrucciones relacionadas con la gestión de su legado. Es en ese momento cuando cuaja el binomio cartero-heredera, y el personaje pasa a convertirse en albacea literario con lo que tal cargo conlleva: poder de decisión con respecto a un legado literario, es decir, sus derechos de autor y otros derechos sobre la propiedad intelectual de su obra, y lo que es peor, administrar no sólo "una “cartera de valores” literarios, sino la reputación póstuma del autor” (Wikipedia). Y de sus bienes, habría que añadir. Y es aquí donde volvemos al recuerdo de su biblioteca.

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25
Ago 2009

El cartero doblemente vivo (III)

Escrito por: benitezl el 25 Ago 2009 - URL Permanente

LOS PERSONAJES (1)

  • Bartleby

Bartleby no era nada del otro mundo: un trabajador convencional, pálido, incluso cadavérico, una especie de fantasmagórico muerto andante. Había llegado al puesto de escribiente gracias a un anuncio publicado por un abogado, de nombre desconocido, que hace de narrador de la historia. En todo el libro no se conoce el pasado del escribiente, aunque en un breve epílogo el abogado comenta que el extraño comportamiento de Bartleby puede deberse a su antiguo trabajo en la “Oficina de Cartas Muertas de Wáshington“. Escribe Melville “¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas?”. Cuando Melville escribió este relato, su situación personal no era del todo favorable. Tanto en lo que se refiere a su estado físico, como a lo literario y a lo fínanciero, el momento era desastroso: tras la publicación de Moby Dick, que no supuso para el autor ni aclamaciones por parte de la crítica, ni grandes recompensas, Melville se recluyó en si mismo hasta el punto de que sus amigos termieron por su salud. Cayó en una depresión, intensificada por su siguiente aventura literaria, la publicación de su obra Pierre que fue una auténtica hecatombe. Con 33 años Melville vio su carrera en ruinas, todo ello agravado por un incendio que se provocó en los locales donde sus editores de Nueva York almacenaban los libros. Para colmar la cosa, uno de los críticos neoyorquinos mejor considerados del momento, Fitz-James O’Brien, escribió un ensayo en 1853 sobre Melville en el que O’Brian, después de unas introductorias palabras de alabanza sobre el gran nivel de las primeras obras de Melville, descarga con gran furor contra su úlltima novela, Pierre, afirmando el crítico que el autor de la novela debía encontrarse en un estado de fermentación en el momento de escribirla, tachándola de “inexcusablemente insana, escrita con superabundantes viciosidades de estilo y donde todos los personajes son viciosos de un modo u otro”. Todos estos datos nos ayudan a aclarar bastante el contexto vital de Melville y su enfado con el mundo literario de la época antes de crear a su personaje Bartleby.

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