06 Ene 2009

GAZA Y EL GHETTO DE VARSOVIA

Escrito por: ahrodriguez-giovo el 06 Ene 2009 - URL Permanente

En Gran Bretaña, donde me encuentro actualmente, lectores de diversos diarios han reaccionado con tanta indignación frente al bombardeo e invasión militar israelí de Gaza que algunos han llegado incluso a sugerir un paralelo con el asedio, destrucción y exterminio al cual los Nazis sometieron al Ghetto de Varsovia en respuesta a la heroica rebelión de sus habitantes en 1943.

Este tipo de comparación es emocionalmente comprensible frente a las espantosas noticias y las terribles imágenes que los medios de difusión nos transmiten a diario desde ese territorio estrecho, superpoblado, misérrimo y martirizado del Medio Oriente. Pero conviene expresarse con cautela, prudencia y proporcionalidad sobre estos temas complejos, por justificado que sea nuestro rechazo total de una metodología de autodefensa tan brutal, despiadada e indiscriminada.

Que las autoridades israelíes (que no deben confundirse con el pueblo israelí, y mucho menos con los judíos en general) se comportan con desdén, prepotencia, indiferencia y brutalidad hacia cualquier agrupación palestina que les oponga resistencia (y la mayoría de los palestinos apoyan a – o al menos simpatizan con – estas agrupaciones) es evidente. Pero hay que tomar en cuenta que el estado de Israel no tiene propósitos ideológicamente racistas ni se propone exterminar a los palestinos. Prueba de ello es que en Israel viven centenares de miles de palestinos que son ciudadanos israelíes y disfrutan de plenos derechos cívicos; muchos incluso logran llevar adelante sus vidas con dignidad y prosperidad, aunque se sientan moralmente heridos por el terrible castigo colectivo infligido por su país de adopción a sus hermanos del otro lado de la frontera (frontera que, de paso sea dicho, ha sido impuesta por Israel por la fuerza y según se le dio la gana).

Ningún aspecto de los Nazis era respetable ni rescatable, y sería grotesco imaginarse que en algún momento hubieran podido estar dispuestos a negociar una coexistencia pacífica con los judíos. (Hasta cierto punto, esa coexistencia existía antes que los Nazis llegaran al poder, y – con el beneplácito de gran parte de Europa y Norteamérica – ellos se encargaron de destrozarla). Desde luego, las aspiraciones de Israel no tienen nada que ver con el genocidio de todo un pueblo. Es perfectamente concebible que algún día palestinos e israelíes vivan lado a lado en harmonía, con respeto mutuo, con estrechos lazos culturales (como los que cultiva tan noblemente Daniel Barenboim) e incluso con una economía integrada para bien de todos.

Ni siquiera el actual gobierno de Israel es conscientemente racista en sus intenciones, pero por desgracia el accionar de sus fuerzas armadas sí lo es en los hechos. No cabe duda que la vida de un palestino – incluso la de un niño palestino – pesa poco para el gobierno israelí en comparación con sus objetivos políticos. Bombardear a mansalva a supuestos militantes del Hamas (por rabia, dolor y frustración, ya no debe haber muchos hombres en Gaza que directa o indirectamente no lo sean) en un territorio tan exiguo y densamente poblado demuestra abiertamente un intolerable desprecio hacia la población palestina en general – un desprecio que constituye una suerte de racismo, quizás no ideológico pero sí práctico. Lo mismo se puede decir del bloqueo cruel e interminable de Gaza durante el supuesto cese de hostilidades que existió con anterioridad.

Resulta trágico que la gran nación israelí – tan prometedora, con tanto potencial de humanidad y sabiduría acumulada, fruto de tantos siglos de persecución hacia un pueblo que tal vez más que ningún otro sufrió en carne propia toda la maldad pura y el odio ciego de los cuales son capaces los seres humanos – siga cayendo en esquemas despiadados que permitan comparaciones tan odiosas.

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El pensamiento de quien, como yo, sobrevivió por milagro a la despiadada agresión de un tiranosaurio durante la Feria Mundial de Nueva York en 1964 merece indubitablemente mayor atención que las opiniones de los centenares de transeúntes neoyorquinos que desgraciadamente sucumbieron a ese atentado cretácico. En particular, estoy más capacitado que ellos para pronunciarme sobre los acontecimientos mundiales posteriores a 1964.

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