14 Jul 2007
En busca de la sonrisa del delfín
Nos cogieron desprevenidos. Acabábamos de dejar el muelle del distrito Los Órganos* a bordo de un pequeño bote, y todavía estábamos acomodándonos en la lancha que nos llevaría en su búsqueda, cuando ellos nos salieron al paso. Aparecieron como una alucinación, escurriéndose entre las embarcaciones, en una mezcla de loca carrera y armoniosa coreografía. Fue así como decenas de delfines locales nos dieron la bienvenida a sus aguas.
El día anterior, en Lobitos*, un tablista nos había dado buenos indicios. Había tenido un encuentro cercano, durante su incursión en Piscina*. Al escucharlo, mentalmente deseé tener la misma suerte, en mi primer intento por encontrarme cara a cara con uno de esos animalitos de perenne sonrisa, casi tan enigmática como la de
Golpe de suerte, buena estrella, telepatía. La explicación poco importa. El asunto es que, esa mañana, salí en su búsqueda cámara al hombro. Y pese a la imposibilidad de anunciarles mi visita, estuvieron puntuales en la cita. Cerca de treinta delfines mulares o “nariz de botella” estaban allí, libres, frente a mis ojos, sin pantalla de por medio, escapados de mis sueños, casi al alcance de la mano, y dispuestos a dar un espectáculo inolvidable.

Su nombre científico es Tursiops truncatus, explica Sebastián Silva, biólogo marino y guía de la excursión. Él y Belén Alcorta, especialista en ecoturismo, apoyados por “Veloz” -el conductor de la lancha en la que nos desplazamos- integran Pacifico Adventures, organización ecoturística de reciente creación, dedicada a promover la visita a zonas naturales en esta parte del norte peruano, con la finalidad de transmitir su pasión por el entorno y la necesidad de conservarlo.
Repuestos de la sorpresa inicial, fuimos tras la manada gris. Adultos y crías se deslizaban muy próximos a la orilla. Luego de rebasar el cerro El Encanto*, y a medida que iban quedando en claro sus reglas, la distancia se acortaba. Un primer intento de detenernos no tuvo el efecto esperado, así que “Veloz” entendió que había que avanzar con cautela, para no espantarlos.

Poco a poco pude contemplar con mayor nitidez esa expresión amigable con la que los ha dotado la naturaleza. Habíamos logrado ganarnos su confianza, porque estaban ahora allí, deslizándose a los lados del bote, veloces y escurridizos. Pude observar también su piel gris, tersa e impermeable, las muescas en sus aletas, sus ojos redondos y brillantes; escucharlos “hablar” entre ellos y también dirigiéndose a nosotros con chasquidos indescifrables.
Era difícil centrar el objetivo de la cámara en un punto específico, porque el grupo entero parecía disfrutar la sesión fotográfica que protagonizaba: uno aparecía y desaparecía al lado mío, otro desplegaba su talento de acróbata con piruetas impresionantes, mientras sus compañeros saltaban en forma sincronizada unos tras otros.
No hay mejor manera de aprender a amar algo que conociéndolo. Ver a los delfines tan cerca, en su hábitat, realizando acrobacias por instinto y sin la intermediación de entrenamiento humano, es una experiencia que difícilmente puede explicarse con palabras.
Y es entonces que despierta el interés por ir más allá de la vista momentánea. En el tiempo que Sebastián lleva estudiando la zona, ha podido identificar dos tipos: grupos visitantes de Delphinus delphis o delfín común, que pasan en gran número en su tránsito por el océano; el otro tipo es el grupo que esa mañana nos acompañaba, delfines mulares, que se desplazan y se desenvuelven en un área de hogar posiblemente situada entre El Bravo (Punta Sal) y Cabo Blanquillo, explica.
“La gente no es muy conciente de la necesidad de conservación” comentan los guías. Sebastián hace hincapié en que el exceso de redes, los desperdicios arrojados al mar, y la pesca incidental, entre otras actividades humanas realizadas sin consideración de los impactos en el ambiente, merman las poblaciones de delfines y otras especies. Y mientras sigan siendo vistos como estorbo, o alimento ocasional, y no como parte de un atractivo turístico que debe ser aprovechado y protegido, la situación no cambiará.
Cansada de disparar de un punto a otro, dejo la cámara a un lado y me dedico a disfrutar el espectáculo sin filtros ni atenuantes. Hoy, al cerrar los ojos y verlos brincar alborotados, estoy convencida de que –no obstante ser irreproducibles- no hay mejores imágenes que las almacenadas en la propia memoria.
La amistosa carrera entre el grupo de cetáceos y humanos se prolongó hasta El Ñuro*, punto en que se decidió variar el rumbo de la lancha para no agotarlos, y dejarlos seguir su camino sin distracciones.
La percepción –hasta ahora imborrable- de su disposición a comunicarse con nosotros no radica sólo en la visión de su sonrisa. Lo expresaron sus ojos grandes, curiosos, intentando ver de cerca a quienes ocupábamos la lancha. Lo dijeron también, en ese idioma que, lamentablemente, todavía es para los humanos una suerte de lengua indescifrable.
*REFERENCIAS
-Los Órganos: Panamericana Norte Km. 1150
-El Encanto: Cerro cuya forma, semejante a un órgano de tubos (visto del lado del mar) le da nombre al distrito.
-El Ñuro: caleta ubicada a aproximadamente seis kilómetros del muelle de Los Órganos, hacia el sur.
-Lobitos: Panamericana Norte Km.1104
-Piscina: Playa adyacente a la playa principal de Lobitos, recibe ese nombre porque las formaciones rocosas semejan una piscina.
-El acceso a algunos sectores de Lobitos como Piscina, es restringido, por tratarse de una zona militar.
-Vichayito, balneario contiguo a Las Pocitas de Máncora.
Ecoturismo de observación: potencial no explorado

El avistamiento de delfines no es raro a lo largo de la costa peruana, así como tampoco lo es el de las ballenas jorobadas, que ya pueden verse, en esta época del año, con un poco de suerte o de paciencia, desde los muelles de Talara y Paita. El Perú tiene más de treinta especies de cetáceos, entre delfines y ballenas.
La observación de especies marino costeras es una importante fuente de ingresos en otras zonas del planeta; paquetes turísticos completos, dirigidos a personas de todas las edades, para disfrutar del placer de apreciarlas en su entorno natural.
Sin embargo, en el Perú, pese a ser una país privilegiado por su diversidad biológica, son contadas e incipientes las iniciativas destinadas a explotar, en forma responsable y con espíritu conservacionista, esta rama del turismo denominada ecoturismo de observación.
Talara no escapa a esta situación. En dos horas, durante el recorrido realizado por la franja marina situada frente a Los Órganos, pudimos entrever una muestra de esa fuente de recursos, dormida en nuestra costa.
Luego de dejar a los delfines continuar su ruta, enrumbamos hacia la plataforma plataforma petrolera cercana. Al llegar hasta ese punto, desde el bote pudimos observar el sueño despreocupado de un lobo marino (Arctocephalus australis anota el biólogo).
En el mismo lugar, en la punta de la estructura, entre decenas de aves, Belén dirige la atención hacia el brillante color de las extremidades inferiores del piquero patiazul (Sula Neuboxi) una de las aves más populares de las Islas Galápagos, y cuya zona de circulación se extiende también al extremo norte del Perú.
Y mientras nos concentrábamos en el azul del piquero, fugaces sombras sobre nosotros, nos alertaron del paso de una bandada de las estilizadas tijeretas, aves que responden al nombre científico de Fregata magnificens.

Ya casi al final del paseo, frente a Vichayito, la lancha se detuvo. Nos sumergimos por un rato, para seguir observando. Ante nuestros ojos se desplegó un abanico de diminutos y coloridos peces que envidiaría cualquier acuario; muy cerca, entre las rocas, un pulpo no logra escapar de la mirada de los intrusos; una vez satisfecha nuestra curiosidad, el pequeño molusco es devuelto a su hábitat. La ballena jorobada, avistada unos días antes desde el muelle, esta vez se dejó extrañar. Motivo más que suficiente para emprender la siguiente excursión.
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Desde el Yantuma: Instantáneas personales

La primera vez lo trepé casi con furia, hasta encontrarme de golpe con un verde casi igual de frenético, salvaje, en sintonía vital con el sol andino y el bosque que, contemplado desde sus alturas, me dejó sin aliento y me devolvió la paz. Un año después volví a su cima para exorcizar recuerdos y me encontré, sin querer, construyendo otros. Entonces entendí que puedes transitar, sentarte y detenerte varias veces hasta llegar al mismo punto, y la vista será siempre distinta. Diferentes las sensaciones, las percepciones, los caminos, la propia mirada.
Al lado de un árbol vestido de musgo y bromelias, observo un puñado de casas uniformizadas por tejados que a su vez se confunden entre los ocres de la tierra. Es el poblado de Yacupampa, o pampa del agua, según los estudiosos empecinados siempre en encontrar el significado oculto de los nombres. Estoy de pie en lo alto del cerroYantuma, situado a 8 kilómetros de la ciudad de Ayabaca, hoy espléndido mirador natural, ayer –según cuenta la leyenda- escenario del épico y trágico final de los aguerridos guayacundos.
Me estremece la ausencia de ruidos humanos, frente a la indefinible pero presente voz de la naturaleza. Mis recuerdos de faldas inconmensurablemente verdes y pobladas del bullicio de la gente, se trastocan con la vista que se extiende hoy ante mi. Es una silenciosa sábana de tenues dorados, matizada por sombras del cielo y de la tierra. Abajo, las arraigadas a árboles flacos como el de mi costado, y arriba, las esquivas de nubes que el viento pastorea.

Observo pasar los vellones: los ligeros, apenas jirones, apenas blancos; los cargados, pero aún luminosos; también los grises, pesados. Mansas, se dejan encaminar hacia el redil. Encajonadas entre el Yantuma (a la izquierda) y el Chacas (a la derecha), pasarán la noche sobre el bosque de Cuyas, hogar de pavas barbadas, de orquídeas, de quetzales y colibríes. Una amiga me contaba que desde aquí arriba alguna vez vio leones, de los de verdad, pero la verdad no le creí. Serán pumas, pensé (y pienso).
Regresemos al rebaño de nubes que pasaba sobre mí y sobre el Yantuma de faldas secas esa tarde. (Como todas las tardes). Ya estacionadas sobre el bosque, empezarán a acomodarse, sumergiéndolo en la espesa neblina, y pronto empaparán copas, hojas, tallos, y resbalarán hasta llegar a la tierra. Y así, la nube se hará agua; el agua hombre, planta, bestia, vida.

Cuando desde Los Cocos - a unos tres minutos de Yacupampa, al lado de la vía principal y en el cruce que conduce a Socchabamba (la tierra madre del bocadillo)- se ve el bosque desaparecer lentamente debajo de los cúmulos gaseosos, no imaginamos que el proceso del peculiar ciclo del agua del ande piurano se está cumpliendo, religiosamente, tal como el orden universal lo dispuso.

Pero la ignorancia no impide disfrutar de una escena mágica. Desde allí (alguna vez) parada en ese punto de denominación tropical, vi llegar a las nubes, empujadas por el viento pastor, amalgamarse y transformarse en un mar oscuro, tempestuoso, denso, profundo e inabarcable (como todo mar) inundándolo todo, convirtiendo a los grandes cerros en islotes negros.
El ascenso
Al salir de Ayabaca, a bordo de un mototaxi (un sol por cabeza advirtió el guía) y llegar a Yacupampa, pensé que mi reencuentro con el Yantuma tendría la misma vía que la primera vez: un camino angosto abierto en medio del monte, de ascenso fácil, (media hora o hasta veinte minutos a buen paso) sin mayores peligros que un resbalón, y sin mayores consecuencias que un poquito más de polvo en la ropa.
Pero el trimovil pasó de largo, y unos minutos más allá se detuvo en Los Cocos. A la izquierda el Yantuma, a la derecha el Chacas. Unos pasos a la izquierda y allí está el atajo para mi desconocido, nuevo camino. Esta vez no subiré al Yantuma para encontrarme de golpe con el bosque extendido a mis pies. Esta vez iré hacia él por el borde de esas mil hectáreas de verde, que a esa hora (poco menos de las 2 de la tarde) aparece cubierto por un casi imperceptible velo de neblina.

Las bromelias adornando troncos retorcidos, nudosos, y abrigados por el musgo serán la constante en buena parte del camino. Pero primero lo será la pared de roca suavizada por las colonias de líquenes, a mi derecha; y el verde vértigo cientos de metros hacia abajo, bordeado de cabuyas florecidas, que asemejan a puyas a escala reducida, a mi izquierda.
Cerca de treinta minutos después del punto de partida, mirando hacia atrás puedo ver diminuto el mirador de Los Cocos, y hacia delante, al fondo, la frontera ecuatoriana. (quince kilómetros nos separan). Minutos después, pierdo a Los Cocos y a la frontera de vista, y me concentro en el sendero. El camino se estrecha, o la pared de piedra ha avanzado un poquito. Nada del otro mundo. Mi cuerpo avanza cómodamente sin necesidad de malabares, pero no puedo evitar sentir miedo (leve, pero miedo al fin y al cabo). De pronto se ha removido mi antigua e infantil fobia a las alturas, hasta ahora latente.
Un rato más y he alcanzado la vuelta de la esquina. Nuevamente entro a un tramo estrecho, pero esta vez no hay vacíos que me hagan titubear. Una enorme piedra al filo del abismo convierte el tramo en un túnel corto, de roca pura. Allí me reúno con el grupo heterogéneo y alborotado del que formo parte. Por si no lo dije antes, estamos juntos en Ayabaca a la caza de instantáneas. Por el momento, es el vínculo más visible entre nosotros.

Esa roca al aire es la que marca la parada momentánea. Nadie se resiste a treparla. Incluso yo, que gusto de andar por mil caminos aunque no sea caminante, aunque me haya torcido mil veces los tobillos; a pesar de morirme de miedo (lo confieso) por ratos, al borde de la altura. Y el lente de las cámaras, por este momento al menos, deja de apuntar la naturaleza circundante, y nos convertimos nosotros mismos en objetivos mutuos. Y somos posadores, pájaros, pensadores. Por un rato somos lo que nos place ser sobre esa piedra que parece inquebrantable, eterna, al filo del abismo.
La larga pared rocosa llega a su fin y empieza el camino de las bromelias, los arbustos, los helechos. Sendero bonito, que nos conduce hacia una cima que no vemos; también plagado de espinas, diminutas o largas, punzantes todas. El sol serrano es fuerte, y aunque ya estamos a tres horas del mediodía, el calor arrecia. Ahora tenemos de fondo al bosque de neblina por un lado, el collage de los cultivos, caseríos y caminos por otro.
Seguimos avanzando, y ya he perdido la noción de la hora. Recién, por las sombras que se ciernen sobre nosotros, de rato en rato, percibo que las nubes han empezado a moverse, y el tejido del velo, antes vaporoso, va adquiriendo tupidez en las zonas más lejanas.

El reencuentro
El amarillo intenso de las flores y el verde vivo de las bromelias sobre uno de esos árboles de tronco retorcido hacen que me detenga embelesada en una de las mil curvas que ha tenido este camino. Camino un poco más y caigo en la cuenta que estoy en el Yantuma nuevamente, en la cara por la que anduve hace más de un año.

Ya estoy al lado del árbol vestido de musgo y bromelias, y contemplo el puñado de casas uniformizadas por tejados que a su vez se confunden entre los ocres de la tierra, en lo alto del cerro Yantuma.
Un poco más abajo, entre sus pliegues, una señora de cabello largo y faja en la cintura, hila un vellón como los que transitan ahora allá arriba, presurosos, hacia el redil. Aturdida por los “cazaescenas” se detiene. Responde algunas preguntas, mira inquieta hacia el frente, como buscando algo. Al responder su nombre ha completado mi constelación de Marías conocidas ese día.
Pero a María no parece interesarle esta tarde los simbolismos siderales o salir en las portadas de los diarios, ni pasar a formar parte del diario de caminos de los muchachos locos de ese grupo que la atormenta intentando eternizar sus movimientos. A ella le preocupan sus ovejas, porque ya ha perdido una en las garras del “león” (que no es león, es puma, repito mentalmente).

María se aleja, hilado en mano. La mancha de fotógrafos se dispersa también y emprende el descenso hacia el puñado de tejados a dos aguas que forma Yacupampa. Me quedo atrás, intentando probar si en este tiempo aprendí a hablar un poco con los apus, y les pido bajito que lleven un mensaje que no necesita respuesta de retorno.

Lo miro por última vez (de esa jornada). El Yantuma que piso hoy ya no está alfombrado de ese verde casi frenético, ni inundado de alboroto humano. Ya no es el de los adioses, los pies descalzos, las miradas huidizas. Ahora, el Yantuma de los aguerridos guayacundos está sereno, trajeado de dorado tenue, casi silencioso.
03 Jul 2007
Corazón en Caxa

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