18 Jul 2013

Fotografía: arquitectura en Ciudad de México

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 18 Jul 2013 - URL Permanente

La arquitectura también se siente, se experimenta, y cuando provoca alguna emoción debe ser una satisfacción enorme para el aquitecto. Aquí les dejo algunas fotos de la aruitectura que pueden encontrar en la Ciudad de México. No sé los nombres de las obras, de los arquitectos, ni las direcciones, por lo que si quieren aportar esos datos, son bienvenidos en sus comentarios. Espero les gusten.

Post it: mañana comparto más fotos.
Urge: que se concreten mchos proyectos.

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15 Jul 2013

Los gorditos mexicanos con sus tacos, tortas y tamales

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 15 Jul 2013 - URL Permanente

Los mexicanos somos los más gordos del mundo. Y cómo no vamos a serlo si un día cotidiano en cualquier ciudad o pueblo del país transcurre más o menos así.

Despiertas agitado, con prisas, te vas al trabajo sin desayunar y la razón de nuestra gordura está ahí en cada esquina de cualquier calle, en cualquier rincón. Ahora mismo mi cotidianeidad transcurre en el Distrito Federal y escribiré desde este contexto.

Al salir de la zona habitacional donde vivo, en las cuatro esquinas, afuera de la estación del metrobus “La Joya” hay: 1) gorditas y quedadillas, 2) tacos de canasta, 3) elotes y esquites y 4) tortas. Diariamente logro saltar esta trampa que ayudaría a mi sobre preso, éste es mínimo, pero como aquí decimos, “tengo mis kilitos de más”.

Lo anterior es parte de nuestra dieta desde que somos niños, razón por la que en obesidad infantil también estamos en la cima.

Logro subir al metrobus y en el trayecto, sobre la avenida Insurgentes, la más grande de América Latina, hay una infinidad de puestos de “comida engordante”, como yo la llamo. Esa que entre más grasa desborda, más garantía da de su “sabrosura”. Entonces, veo pasar el desfile de los puestos de tamales y atoles, tortas de chilaquiles, tortas de tamal, tacos de guisado con arroz, más tortas y más tacos. El trayecto se vuelve la ruta de la famosa dieta “T” (tacos, tortas y tamales).

Bajo del metrobus para transbordar al metro, afuera de éste hay “baguets”, como la línea que uso es la nueva en la ciudad, no hay comercio informal al interior, no hay vendedores “toreros”, pero al cambiar de línea, ahí están todos reunidos. “Lleve las donitas de a peso, lleve las galletas caseras de a peso, llévele, llévele…” y la comida chatarra hace nuevamente su presencia. De hecho, no sólo por parte de del comercio informal, en otras estaciones, podemos encontrar locales establecidos que venden pizzas, tortas, tacos, frituras, etc. Nunca he visto en el metro un puesto en el que vendan ensaladas, pepinos, jícamas, frutas, etc., nunca.

Finalmente llego a la estación que me deja cerca del trabajo, la zona es de las mejores en la Ciudad de México y cuando empecé a trabajar ahí pensé que no encontraría puestos callejeros de comida; los hay en todos lados. Además de haber puestos improvisados, hay otros más estructurados como casillas de metal con sus propias parrillas, autos compactos que tienen las cajuelas acondicionadas para colocar la comida y camionetas completamente equipadas para ser restaurantes ambulantes.

En México nadie se muere de hambre, podremos morimos por enfermedades propias de la obesidad, pero no de hambre; hipertensión o diabetes las más comunes. Con 10 pesos mexicanos (€0.6) puedes comprar un tamal, con 12 pesos (€0.7) una torta de tamal, con 13 pesos (€0.8) un taco de bistec y por 40 pesos una comida corrida (€2.4) que incluye 1) sopa de pasta o consomé de pollo, 2) arroz o espagueti, 3) plato fuerte, 4) pan y tortillas de maíz, 5) agua fresca de fruta y 6) postre. Adicionalmente puedes comprar una Coca-Cola por 9 pesos (€0.5).

Amigos y amigas que viven el extranjero constantemente me dicen que en las ciudades en donde están hay restaurantes de comida mexicana que a diferencia de aquí, fuera del país resulta cara y por lo mismo no es tan frecuente el consumo de nuestros tacos, tortas o tamales.

Hace poco trabajé para la agencia que le lleva la comunicación interna a una de las empresas refresqueras más grandes del mundo. En ese entonces me tocó ver el cambio de discurso en su información. En esencia hablaban de que “sus refrescos no engordan”, sí su consumo en exceso. Y sin sonar a su abogado, me parece que es cierto. Sin embargo, así como la falta de regulación para la comida callejera, me parece que hay una falta de regulación en la publicidad que invita al consumo de los refrescos sin advertir de los riesgos al tomarlos en exceso. Aunque también habría que preguntarnos en dónde están los padres y las madres al momento de que sus hijos empiezan a inflarse.

Las lechugas y el agua resultan medicina para mi. Como la mayoría de los mexicanos, mi paladar se formó con los sabores de la carne. Eso que es tan sabroso, resulta que en exceso y en combinación con la ausencia de vegetales y agua, es una bomba de tiempo que tarde o temprano te lleva al hospital. A mi me pasó. Exceso de refrescos y comida rica en proteína cobraron factura a mi cuerpo. Un día por la mañana en lugar de ir a mi trabajo me fui directo al hospital. Era el principio de una colitis. Tenía el intestino inflamado y el dolor es de los más fuertes que he experimentado. Desde entonces comencé a tomar agua y a comer más frutas y vegetales.

La vida sedentaria también juega un papel muy importante para estar obesos. El pretexto perfecto siempre será “no tengo tiempo” para hacer ejercicio, sin embargo, es una excusa no válida, porque en nuestra agenda diaria, el ejercicio debe formar parte de nuestras actividades. Hace un año que dejé de correr y en consecuencia alcancé mi máximo histórico en peso, 90kg, apenas 8 kilos de más para mi peso ideal y en el que durante muchos años me había mantenido.

Han de saber que el sobre preso es algo con lo que lidio desde niño. A partir de los 9 años me volví el niño gordito y esto me duró hasta los 13 años. Haber practicado volibol y danza de manera intensiva me ayudó a bajar de peso. Además de que al ser un niño de campo, mis actividades recreativas eran físicas jugaba a las correteadas, escondidas, quemados, beisbol, iba de pesca, volaba papalotes en el campo, etc., los juegos de video contra esto nunca ganaron; siempre me han resultado aburridos y ociosos, hasta la fecha.

2013 y hemos sido declarados como el país de los gordos. ¿Qué vamos a hacer para salir de este lugar? Espero que no sólo nos quedemos con la idea de que es una responsabilidad del gobierno y un asunto de políticas públicas, porque claro que lo es, pero está en cada uno comer saludable y hacer ejercicio. Cambiar la dieta “T” por la dieta “S” de saludable no es cosa sencilla, pero claro que es posible.

Post it: debo retomar salir a correr.

Urge: bajar los 8 kilos que tengo de más.

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28 Ene 2013

Para Alicia

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 28 Ene 2013 - URL Permanente

Sin saberse aún existente, Alicia vio al conejo de la luna a través de los ojos de su madre y fue entonces que las maravillas comenzaron.

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Post it: ella odia las llamadas telefónicas
Urge: #internetparatodos

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17 Ene 2013

La niña con la paleta de caramelo más grande del salón

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 17 Ene 2013 - URL Permanente

Llegó al kínder y comenzó a jugar a la maestra. El director la vio nacer, crecer, confió en que su inocencia permanecería; él sabía que era berrinchuda y confundió esto con una cualidad, por lo que sin pensarlo recomendó a sus padres ingresarla al kínder que dirigía. La maestra, ella siempre confiada, y con el don de ver el potencial de las personas, se encariñó con ella, porque ante sus ojos era bien portada y cumplía con sus tareas, jamás hubiera imaginado que aquella niña se sentiría tan grande como su propia paleta.

Iniciaron las clases y el director se ocupó de otros asuntos, por lo que las responsabilidades cayeron en la maestra, sin embargo, había carencias y la pobre mujer desatendió su salón por atender otros seis en donde los maestros cometían desatinos diariamente. Ante tal ausencia, la niña con la paleta de caramelo más grande del salón comenzó a jugar el rol de ella. Sus amiguitos cercanos le siguieron el juego porque a su corta edad no sabían dirigirse cuando la maestra no estaba y veían en ella esa figura de autoridad; sin embargo, otros niños se resistieron porque estaban acostumbrados a hacer sus tareas a pesar de que no estuviera la maestra, en casa, sus padres les habían inculcado los valores del respeto y la responsabilidad. La niña no lo comprendía y quería que todos en el salón hicieran su santa voluntad.

La pequeña gran niña seguía cumpliendo con sus tareas y proactivamente se asignaba algunas nuevas para justificar las lagunas en el tiempo, tareas importantes para ella, que a su corta edad no alcanzaba a ver que eran insignificantes con relación a otros salones de clases, a otras escuelas. La niña en su rol de maestra actuaba como tal, pero su pensamiento era limitado, no era tonta, simplemente era acorde a su edad, jugar a la maestra, en definitiva, no la convertía en una verdadera maestra.

Los niños que no querían jugar con ella se quejaron varias veces con la maestra, la acusaron, dijeron que los molestaba, que no los dejaba en paz, que el ambiente en el salón de clases se volvía hostil cuando ella no estaba, pero ella quería evidencias, cosas concretas y los niños hicieron un listado:

1. Ella siempre quiere ver nuestras tareas y calificarlas.
2. El otro día le dijo a su amiguita que podía salir antes al recreo.
3. Los otros niños nos reclaman cosas a nosotros de cosas que ella no les avisa y en las que ya habíamos quedado.
4. Las tareas que usted nos deja luego las quiere cambiar y quiere que hagamos otras cosas.
5. En los trabajos en equipo luego nos quita a compañeros y nos tardamos más en entregarle los dibujos.
6. Cuando se enoja va con el director y no le avisa a usted las cosas que hizo.
7. Siempre anda preguntando qué estamos haciendo y si no le decimos se enoja.
8. Nos dice que nos tardamos en hacer las planas de bolitas y nunca nos quiere ayudar.

Los niños no siguieron con ese listado porque les parecía suficiente, sin embargo, no lo fue para la maestra y al no llamarle la atención, dos de ellos prefirieron cambiarse de kínder y les fue mucho mejor, ahí descubrieron que aquella paleta, la más grande del salón, era muy pequeñita. No obstante, uno de los niños quiso quedarse un poco más porque tenía buenos amigos, se la pasaba muy bien, a pesar de los berrinches de la niña. Se sabía querido y era muy cumplido, razones por las que insistía en permanecer ahí. La maestra había visto nacer a ese niño, lo vio crecer y conocía sus cualidades, pero de poco sirvió cuando todos los demás niños se enteraron de que aquella gran paleta de la niña había sido un regalo del director. El niño no alcanzó a comprender esta situación.

Llegó el día fatídico. La maestra cansada de las quejas, de los antiguos niños y los recién llegados, tomó una decisión: “tendrán que jugar a la escuelita con su compañera, ella será su maestra de vez en cuando”. El niño lloró y con mucho dolor también abandonó aquel kínder. Afuera vio lo mismo que sus otros amiguitos. La niña con la paleta de caramelo más grande del salón era tan pequeñita como la Tierra con respecto al sol.

Post it: nunca olvidemos ser felices por encima de cualquier cosa. Fin del asunto.
Urge: un nuevo trabajo

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20 Sep 2012

Testigos

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 20 Sep 2012 - URL Permanente

Los portales de Cholula fueron los testigos. Tomamos un café, dos, lo olvidé, y mezclamos sus sabores con los nuestros. Mordí tus labios, tú los míos. Reímos, recordamos el pasado, y volvimos a reír.

El interior de mi auto fue el testigo. Llovía y nos besamos, me besaste, te besé. Acaricié tu cuello, acariciaste el mío. Tu entrepierna con mi mano y tu calor con mi calor. Los vidrios empañados cubrieron lo que ocurría adentro.

El cuarto de mi casa fue el testigo…

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Post it: subir información sobre instagram.
Urge: que contraten a dos personas en mi equipo de trabajo.

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12 Sep 2012

Crónica de un iPhone en persecusión

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 12 Sep 2012 - URL Permanente

-Ese es el taxi, sí ese es, dime el número de placas –el taxista las leyó en voz alta-, sí son, síguelo, acelera. Ese fue el momento previo al clímax de esta historia que era aburrida, cotidiana y sin mayor trascendencia.

Haciendo las compras

Revisé el departamento e hice la lista de las cosas que faltaban, entre ellas jabón de barra y líquido para las manos, papel de baño, desodorante, leche, agua, y otras cosas. Salí, bajé tres pisos y caminé aproximadamente un kilómetro para llegar al Superama. Por ser un día nublado llevé mi pequeño paraguas y lo coloqué en la bolsa trasera izquierda de los jeans, también usé mi gorra y lentes oscuros sin importar que no hubiera sol.

Con la lista de las compras en la mano fui seleccionando de los anaqueles cada producto marcado y también aquellos que no estaban, entre ellos unas deliciosas alitas agridulces que escurrían tal cantidad de grasa que sólo garantizaba que estarían muy sabrosas.

Fueron más bolsas de lo que imaginé y caminar un kilómetro de regreso, en un camino empedrado y con una brisa que anunciaba una tormenta tremenda, no era la opción, decidí tomar un taxi. El “viene viene” del súper me ayudó a hacerle la parada para que yo no descuidará mi carrito y me fueran a robar algo. Dos presagios que no supe leer con detenimiento se habían hecho manifiestos: 1) vendría una tormenta en un sentido diferente a una depresión pluvial y 2) algo ocurriría relacionado a un robo.

Subí las cosas al taxi, un típico bochito de la Ciudad de México color marrón y tonalidades similares. Adentro, el conductor fue bastante amable, un hombre de cabello cano que delataba su edad de entre 55 años y 60 años. Condujo su taxi hacia mi domicilio, pasó la primera caseta del fraccionamiento y la segunda, en ésta registraron los datos de las placas. Finalmente, se estacionó en frente de mi edificio, coloqué las bolsas en el suelo, instintivamente toqué la bolsa izquierda frontal de mis jeans y por alguna extraña razón sentí que ahí estaba mi celular. Confiado, subí al tercer piso, dejé las bolsas en la mesa e inmediatamente comencé a comer esas deliciosas alitas de pollo carnosas. Destapé mi coca cola y prendí la televisión. -Voy a mandar un tuit- pensé después de haber comido dos alitas. Metí la mano al bolsillo del pantalón y no estaba mi iPhone. Lo busqué entre las bolsas del súper y tampoco estuvo. Fue entonces que pensé –lo dejé en el taxi-. Aquel día tan cotidiano dejó de serlo en ese momento.

Sí, está perdido

-Sé que los iPhone se pueden rastrear- pensé, aunque al mismo tiempo el bombardeo de pensamientos dictaba -¿y cómo haré eso?, no tengo internet en casa, quién podrá ayudarme, saliendo hay un Starbucks voy y me conecto, que los vecinos me presten primero su teléfono para marcar, igual y está ahí tirado en el departamento y no lo veo, pero si suena seguro lo encuentro, a ver si quieren prestarme el teléfono, pero entre que son peras o manzanas, alisté mi MacBook, la metí a su mochila, me la cargué y me dirigí hacia los vecinos; desconfiados pero accesibles, me dejaron hacer dos llamadas. Mi iPhone no sonó en el departamento, era evidente que estaba extraviado fuera de éste, aún quedaban dos hipótesis, una, está tirado en el piso justo en el lugar en donde me bajé del taxi y, dos, está en el taxi. La primera se diluyó tan rápido como llegué a la planta baja mientras que la segunda tomó fuerza inmediatamente. Corrí aquel empedrado que antes había caminado con cuidado para no tropezarme. Llegué a la caseta y le pedí al vigilante las placas del taxi. A pesar de que tenían mal los datos sobre a qué edificio se había dirigido el bocho en el que entré, al menos sí habían anotado correctamente el número de placas. Fue un pequeño respiro pero insuficiente para la cantidad de oxígeno que había empezado a utilizar. Corrí nuevamente ya con el firme propósito de no detenerme sino hasta llegar al Starbucks y poder conectarme a internet. Me detuvo sólo el cruce de la avenida Insurgentes Sur, cuando llegué a la banqueta el semáforo daba el verde a los automovilistas y rojo a los peatones. Odié entonces al mundo, al universo, y a todo aquello que conspiraba contra mi. Se puso el verde a mi favor y corrí como Lola, la de la película “Corre Lola, corre”. Lamentablemente yo no tenía más oportunidades en el tiempo que una sola, ésta que estoy contando.

Llegué al Starbucks, claro, pero para acceder a la red tuve que comprar un té chai latte grande, pagué y como nunca antes, me urgía más el recibo que la bebida. También como nunca antes, el té estuvo listo en un abrir y cerrar de ojos y fui por él. Un minuto antes mi computadora ya la había puesto en la mesa y me había conectado a la red. Lo primero que hice fue escribir en mi muro de Facebook que mi celular lo había perdido y enseguida una amiga de Puebla me dijo por el chat que tal vez podría ayudarme, estaba a punto de pasarle mi id y contraseña, cuando me quedé sin red, la reinicié y enseguida le dije que antes de pasarle esa información cambiaría la contraseña del Facebook porque corría el riesgo que desde el iPhone también leyeran el chat. Lo hice, pero después la conversación quedó inconclusa.

¿Cómo rastrear un iPhone perdido? fue la pregunta que escribí en Google. Aparecieron varias respuestas, dos de ellas las vi con grandes posibilidades, pero no fue así y entonces pedí un teléfono prestado entre quienes tomaban tranquilamente sus cafés para marcar otra vez al mío, me lo prestó una mujer muy joven con cara y actitud de estudiante, marqué y tampoco hubo respuesta. –Ya se lo chingó ese wey- pensé otra vez. -¿Es de Iusacell tu teléfono verdad?- le pregunté a la estudiante, me dijo que sí y marqué al servicio al cliente. Tenía la fuerte convicción de mejor cancelar el servicio. Marqué y me contestó un hombre, me dio el saludo e hizo la pregunta estúpida que les marcan en sus procesos de telemarketing –¿Cómo ha estado su día? En automático la respuesta fue bien, después le dije bueno, estoy hablando porque mi celular está extraviado y no sé qué hacer, si cancelarlo o rastrearlo. El hombre contestó que intentara rastrearlo pero que sólo podía hacerlo desde otro iPhone u otra iPad y se cortó la llamada, situación que después agradecí.

¿Alguien tiene iPhone o iPad? pregunté a todas las personas que estaban en el café, a los cajeros, a un cliente que iba llegando, al policía de la entrada, a un tipo que se veía que estaba sin nada que hacer, a las dos chavas fresas de la UIC (Universidad Inter Continental), nadie de ellos tuvo, pero al fondo a la derecha, y no precisamente en el baño, estaba un hombre joven que me contestó que sí, un cachito más oxígeno llegó a mi. –Pero no necesitas otro iPhone para rastrear el tuyo, lo puedes hacer por internet desde cualquier computadora- me dijo. ¿A ver cómo esta eso? – pregunté, y en lo que contestaba fui por mi computadora y me senté junto a él.

A rastrear el iPhone

La solución para rastrear el iPhone fue muy sencilla, entré a www.icloud.com/#find introduje mi id y contraseña del iTunes y listo, en la página apareció un mapa en donde se veían los dispositivos registrados con esa información, mi laptop en el Starbucks y mi iPhone avanzando frente al estadio Azteca. El problema era que ya habían pasado casi 50 minutos desde que el taxista me había dejado en el departamento. Entre tanta adrenalina y nerviosismo, al ver que el iPhone sí aparecía en el mapa, unos segundos después me quedé en shock, hice un silencio, volteé a ver al hombre joven, aún sin saber su nombre, y le dije –Aja, ¿y ahora qué hago, veo cómo escapa mi teléfono?, reí y él también.

-¿Me puedes prestar tu celular para marcar otra vez al mío y ver si me contestan?- pregunté, y me dijo que sí. Marqué y no contestaron. Le pedí permiso entonces de mandar un mensaje y tampoco hubo respuesta. –El taxista es un hombre ya mayor, igual y no sabe ni cómo funciona el iPhone- le dije al desconocido, trataba de justificar la falta de respuestas. Y le hice otra pregunta al extraño, -¿este sistema de monitoreo no tendrá alguna función para hacer llamadas o enviar mensajes al teléfono?- y me dijo que creía que sí, entonces buscamos cómo hacerlo. En efecto el servicio de iCloud me permitía hacer tres cosas importantes: 1) enviar mensajes de texto con alerta de sonido, 2) bloquearlo y 3) borrar todo el contenido. Empecé haciendo el punto número uno y envié los siguientes textos:

  • "Hola, me urge mi celular, se que vienes por calzada de Tlalpan, porfa, me urge mi cel. Te veo en el Superama."
  • "De nada te sirve este teléfono porque se bloquea y queda inservible."
  • "Tengo las placas de tu taxi A-XX-XXX, porfa te veo en el Superama. Te marco y contesta para ponernos de acuerdo."
  • "Estás en Renato Leduc, casi llegando a San Fernando, ¿vienes para el Superama?"

Los mensajes contenían un tono de falsa ingenuidad con tal de conciliar y recuperar el teléfono. Esto tampoco funcionó y sólo seguía viendo como avanzaba mi iPhone por el rumbo. De hecho, el ver que avanzaba también me dio cierta tranquilidad porque eliminó cualquier señal de que otro pasajero, posterior a mi, hubiera tomado mi celular. Sin embargo, seguía sin resolver nada y decidí hacer efectivo el bloqueo del celular.

Le pregunté al extraño amable, -¿sabes si hay algún Oxxo por aquí cerca?, tenía la idea de ir a comprar un celular de los que cuestan trescientos pesos y así con la ayuda de alguien más que siguiera el monitoreo desde su computadora triangular el rastro del iPhone. Esto era porque si me salía del Starbucks no tendría internet. Entonces nuevamente le pedí al hombre amable que me dejara hacer una llamada para ponerme de acuerdo con una amiga, pasarle mis datos del iCloud y que ella desde su casa siguiera con el monitoreo mientras yo iba en otro taxi siguiendo la ruta que ella me indicara. Hablé con Claudia, ella estaba fuera de la ciudad, le expliqué la situación y en el momento de decirle que iría a comprar un teléfono para seguir la comunicación desde ahí, se escuchó la frase más alentadora de ese momento: “llévate mi iPhone” dijo el hombre extraño amable y ahora confiado. Me dijo –sólo déjame algo a cambio; volteé a ver mi computadora y pensé que no era para tanto. -Dame tu credencial de elector- me dijo, y se la dejé. También le pedí prestada una pluma sencilla que no utilizara y me prestó una que sí utiliza y que no era sencilla. Le di mi correo electrónico y mi dirección en la Ciudad de México, fue entonces cuando formalmente nos presentamos y el hombre extraño amable confiado se convirtió en Bernardo González Nájera, microempresario que tiene su negocio en frente del fraccionamiento donde vivo.

La llamada que estaba teniendo con mi amiga se cortó, se había quedado sin crédito. Entonces entró una llamada de Cuernavaca que reconocí inmediatamente, era ella desde su casa. Le di entonces los datos para entrar al iCloud y le dije que el seguimiento lo tendríamos a través del teléfono de Bernardo. Tomé mi laptop, la guardé, me despedí, di dos pasos y regresé, le di el último trago a mi té chai helado. Salí del café e hice la parada a un taxi que antes se había pasado el alto con tal de darme el servicio.

La persecución

Iba hablando con Claudia por el celular cuando me subí al taxi, le pedí una ruta exacta y me dijo que fuera para la calzada de Tlalpan, esa fue la primera indicación para el conductor. Acordado que me estaría llamando cada dos o tres minutos colgué con Claudia y le expliqué al taxista lo que estaba sucediendo. –Vamos a seguir a otro taxi en donde se me cayó mi celular. –¿Apoco se puede hacer eso?, preguntó el joven desconfiado pelos parados. Le dije que sí y le expliqué todo con detalle. –Sí se puede y de hecho una amiga está monitoreando al taxi desde su computadora en donde va mi celular, entonces cada dos o tres minutos me va a llamar para decirme hacia donde dirigirnos-. El hombre sólo hacía gestos de asombro. Dos minutos después Claudia me dio nuevas indicaciones. –Al parecer ya vio los mensajes, porque se detuvo mucho tiempo frente a un hospital en la Calzada del Hueso- me dijo. Llegando al lugar volvió a marcar y me dijo que se había movido, que estaba regresando al Estadio Azteca. Le pedí al taxista que acelerara y lo hizo. Muy cerca del estadio le dije, ¿apoco no está buena la aventura? Y respondió que no, -¿cuál emoción?, vengo bien nervioso- alcanzó a decir. Y me contó una historia que no me pertenece y que le pone un ingrediente extra a este texto.

Es que en la mañana también me pasó algo parecido, dijo el taxista. –Me hizo la parada una chava, estaba dos tres sabrosa. Se subió adelante, subió el vidrio y me dije, “ya la hice”. Pensó que tendría una aventura con ella, la realidad fue distinta.

-Te voy a plantear bien las cosas, le dijo ella. Vamos a seguir a aquel carro, ahí va mi marido con una vieja y estoy segura que me pone el cuerno con ella. Toda posibilidad de una aventura amorosa para el taxista desapareció.

-Sí, el muy cabrón anda con esa vieja, los vamos a seguir a todos lados, enfatizó la mujer.

-Y sí, los seguimos, primero pasaron a un restaurante, se tardaron harto, y de ahí se fueron directito al hotel, contó el taxista. En eso la chava que me dice, vamos a esperar media hora y después entramos al hotel. Yo lo conozco, quiero agarrarlo en la mera acción. –La chava si se veía bien cabrona, le dio doscientos pesos al del hotel para que le dijera en que cuarto se habían metido, total, que le dice y que nos metemos. –Fue bien clara, me dijo, ponte atrás del carro para que no los dejes salir. Y total, lo hice, luego casi me arrepiento, bajó su marido bien enojado y queriendo hacérmela de pedo a mi, me dijo que por qué andaba trayendo a su mujer, yo ni me bajé y le dije que sólo estaba haciendo mi trabajo, y que me deja en paz.

-Ya ve joven, este día ha estado bien loco, primero la chava ésta y ahora usted, por eso vengo bien nervioso, alcanzó a contarme su historia al terminar de rodear el estadio Azteca e incorporarnos a Renato Leduc. Llamó otra vez Claudia, esta vez con un tono de voz desesperado, le dije que se calmara porque sino lo hacía me afectaría a mi y yo iba lo más que podía en control. –Bueno, está bien, me dijo. –Parece que estás ya muy cerca del taxi, llega a Periférico y no te muevas de ahí. Para entonces Claudia había enviado también mensajes al iPhone.

  • “Puedes por favor detenerte en San Fernando para que me puedas entregar mi celular.”
  • “Deja de dar vueltas. Ya sé en donde estás. Por Acoxpa y ahora regresas a Tlalpan. Detente, sé honesto y regrésame mi teléfono.

Y finalmente, de la diplomacia pasó a:

  • “Detente ya!”

Ninguno de los mensajes tuvieron efecto en el viejo taxista. -Te marco en un minuto- y en efecto, Claudia marcó. Para entonces ya le había dado cien pesos al taxista porque el taxímetro marcaba 79 pesos, preví que si tenía que bajarme apresuradamente y no regresaba, al menos el servicio quedaría pagado. En la línea seguía Claudia y le dije que ya no me colgara. Me repitió que el taxista estaba cerca.

Estamos cerca, muy cerca

-Carajo, alcanzó a decir Claudia, este wey ya se está regresando al estadio, no, no, y el taxista frenó estrepitosamente. –Espera-, le dije, y Claudia siguió con las indicaciones. Por la lateral de periférico, se siguió por ahí, va hacia Gran Sur, hora está pasando por ahí, de seguro va otra vez a Avenida del Imán, y su intuición no le falló. –Acaba de doblar en la calle México 1968- ah ya se dónde es, le dije. Y el taxista con el que iba le aceleró. –Parece que ya le estamos pisando los talones, acelérale carnal- y lo hizo, aunque no veíamos al bocho aún. Pasamos la primera curva e inició una subida, un carro, dos más, tres, cuatro y sí, el quinto, el de hasta adelante era un bochito, un taxi bochito, -a huevo, ese debe ser-, le dije al chofer. Sólo falta verificar las placas, cuando estuvimos lo suficientemente cerca le dije al joven dime el número de placas, las leyó en voz alta, -sí son, síguelo, acelera-, le dije, y en ese momento la adrenalina me invadió en su totalidad.

Llegamos a la Avenida del Imán, el bochito tomó hacia la izquierda y se topó de frente con el semáforo en alto. Amé entonces al mundo, al universo, y a todo aquello que conspiraba a mi favor. El taxi en el que yo iba se puso detrás del bocho, abrí la puerta y bajé muy nervioso. Caminé diez pasos hacia el bochito, coloqué mis manos sobre la puerta que tenía el cristal de la ventana abajo, encaré al taxista y sólo le dije:

-Vengo por mi celular.

El hombre me vio como cuando creemos ver fantasmas en la oscuridad, como cuando nos cuentan una historia de terror, como cuando nos dan una mala noticia o como cuando nos enteramos que el próximo presidente nuestro país será un títere sin cerebro, esa cara fue la que puso el hombre, de asombro, de dudas, con gestos de lo inesperado, con la expresión de ¿cómo es que llegó este hombre hasta la puerta de mi taxi? Entonces, entre su asombro movió su brazo derecho, lo dirigió a la guantera, la abrió y sacó un franela con dobleces que envolvían algo.

-Aquí se lo tenía guardado joven.

Dijo eso al momento de que desdoblaba el trapo y aparecía el tesoro perdido, era mi iPhone. Lo tomé y con emoción, a la distancia, se lo enseñé al otro taxista. Sonrió y seguramente sus nervios disminuyeron. Él también tenía una cara de incredulidad. Regresé y me subí al taxi y enseguida empezó a dolerme el estómago. –Llévame al mismo lugar en donde me levantaste porque ahora debo entregar el iPhone que me prestaron- y así lo hizo.

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16 Feb 2012

Fotos: cerillos

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 16 Feb 2012 - URL Permanente

Post it: quemar más cerillos y terminar la obra que será un regalo.
Urge: la paciencia.

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10 Feb 2012

Foto: gatos pescando

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 10 Feb 2012 - URL Permanente

Hoy sólo les comparto esta foto. Unos gatitos en sus bote pescando.

Post it: tomar este fin de semana una foto de una pareja cachonda para el reto en instagram #retosgramx_tortolos1
Urge: que llegue el fin de semana

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09 Feb 2012

Asesinato bajo la luna llena

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 09 Feb 2012 - URL Permanente

Apagué el motor de la lancha y estábamos en medio de la laguna. Sobre el agua se reflejaba la luna llena de aquel 8 de febrero de 2012. Fue una noche fría en la que no hubo testigos. Tú estabas inconsciente, tirada, mojada, empapada de sangre, atada de las manos, con la cara hichada y los ojos cerrados. No fue necesario taparte la boca, antes te había cortado la garganta para callar tus gritos y empezaste a morir.

Nos detuvimos encima de la luna, desaté tus manos, acomodé tu cuerpo frente al mío y nos dimos el último beso. Tus labios fueron hielo con sabor a indiferencia, con sabor a lejanía. Te quise cargar entre mis brazos, pero la lancha comenzó a moverse intempestivamente, como si el agua que nos sostenía, ansiosa, te reclamara. Crucé mis brazos entre tu pecho y te arrastré, primero metí tus pies, pero alcancé a regresarlos porque te fataba una zapatilla, la coloqué en tu pie izquierdo y los regresé al agua. Te solté, resbalaste rozando sobre mis piernas y mis manos alcanzaron a sentir tu piel, tus cabellos. Tu cuerpo se fue al fondo de la laguna y las dos lunas se tornaron rojas.

Foto: Marzio Toniolo

Post it: no volver a dejar a entrar a Barza a la casa, no entiende que no se debe hacer adentro.
Urge: todo.

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07 Feb 2012

Vivir mañana

Escrito por: Alfredo Navarro Sánchez el 07 Feb 2012 - URL Permanente

Entonces acepté que mi mayor miedo era no vivir el futuro que pienso cada día y reté al tiempo, a su lógica, desmembré cada segundo, y convertí al presente en lo que aún no soy y tal vez jamás sea.

Cuerpo erizo, corazón latiente, envidia que nace y muere.

Mañana es hoy y encuentro los futuros de los otros que presumen vivirlo como quieren.

Corazón hiriente, que mata, que late y se detiene, alimento de la envidia.

Farsa, locura, toda razón se desvanece cuando las máscaras se están usando y las hienas ríen porque están a punto del festín.

Deprimente, oscuro, sombras huyendo queriendo no dejar de serlo.

Futuro vivo, muerto, inexistente, farsante, bienvenido.

Post it: he vuelto
Urge: más gente como Adriana Esthela Flores, Raymundo Pérez Arellano y Diego Osorno, en México y el mundo.

Aclaración: la palabra "latiente" podría causar debate en su uso, significado o existencia. Sin embargo, la escribo deliberadamente porque "latente" no satisface al texto, y su posible sustituto "que late" no tiene la fuerza suficiente que da la conjugación del verbo "latir" en gerundio.

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