Stella: Infancia y esperanza

Son cientos las películas que cuentan el difícil paso de la niñez a la adolescencia o al mundo adulto. Es un tema agradecido para la gran pantalla o para una novela, aunque no siempre se consiguen buenos resultados. Stella, de la directora francesa Sylve Verheyde, es una de esas películas que tratan este tema con acierto y sin grandes dramatismos.
Mediados de los años 70. París. Stella tiene 11 años y vive encima del bar que regentan sus padres. Un bar hostal de barrio, lleno de borrachos y gente de no muy buen vivir que ya forman parte de la familia y del medioambiente. Stella es como la mascota. Conoce a todo el mundo, participa de los bailes y del juego y se acuesta tarde. Es su mundo, es lo que conoce. Pero todo cambia cuando empieza a asistir a un nuevo colegio en el que se dará cuenta de que hay algo más allá que servir cervezas, jugar al billar o ver la televisión.
Sylve Verheyde ha hecho una película con tintes autobiográficos sobre el aprendizaje, sobre la apertura a la cultura, al mundo. Un mundo que “permite contestar a las preguntas de las que de niña no se tienen respuesta”, según Verheyde. La directora quería “que sintiésemos las sensaciones de una niña” y dejar a un lado a los adultos. “Quería que la película fuera empujada por una fuerza vital: la infancia y la esperanza”.
Stella ofrece dos mundos diferentes de los que se aprecian aspectos negativos y positivos. Por un lado está el bar, donde en un principio parece que sus padres son felices, todo es fiesta y diversión hasta que Stella se percata de que no todo es tan bonito. Por otro lado está la nueva escuela, donde Stella piensa que nadie la comprende hasta que descubre la amistad, la lectura, la enseñanza…. Stella vive desprotegida en un mundo de adultos.
Por cierto, Stella es la penúltima película que rodó Guillaume Depardieu antes de morir el pasado mes de octubre …


