
De la Bélgica más escondida y surrealista a las tensas e hipócritas aulas de un colegio privado estadounidense pasando por un barrio obrero de Londres lleno de inmigrantes polacos. Éste fue el viaje de la jornada del martes en el Festival de Cine de Gijón, que sigue presentando películas de calidad entremezcladas con enormes platos de arroz con bogavante, fabes con almejas o cabrito con patatines.

Eldorado es la película que Bélgica presentará a la próxima edición de los Oscar. Es una roadmovie de perdedores en las que dos personajes que tienen más en común de lo que parece, un vendedor, poco social, de coches americanos de colección y un yonqui un tanto perdido, recorren carreteras secundarias de Bélgica en un Chevrolet a ritmo de guitarra retro (cortesía de Renaud Mauyer). Escondida tras la etiqueta de comedia, se encuentra una película triste en la que dos personajes inadaptados encuentran un punto de unión en un viaje hacia la frontera con Francia. Bouli Lanners, el director de la película, que también interpreta al personaje principal ya pasó por Gijón, y con éxito, al llevarse el premio del festival en 2005 con su primer largo, Ultranova.
Somers Town, que compite en la sección joven Enfants Terribles, es un oasis refrescante entre tanta película triste y oscura. Pensada en un principio como un corto de promoción del Eurostar (el tren que une por un túnel Inglaterra y Francia), al final surgió una película de las que cuando abandonas la sala, sales con la sensación de que te han alegrado el día. Somers Town es una historia bonita y tierna de dos adolescentes, un inmigrante polaco cuyo padre lo único que hace es trabajar y emborracharse con los amigos y otro inglés, que se ha fugado de casa y no tiene donde vivir, que comienzan una amistad. Somers Town, rodada en blanco y negro, está dirigida por Shane Meadows y protagonizada por el joven Thomas Turgoose, los artífices de This is England.
Y una de las películas más comentadas en Gijón y candidata en firme a llevarse el premio (según se comenta entre vaso de sidra y vaso) es Afterschool, del neoyorkino Antonio Campos, una inquietante reflexión sobre la culpa ambientada en un colegio/internado bien de Nueva Inglaterra. Bob tiene 13 años y a pesar de llevar dos en el colegio, siente que nadie le respeta. Su vía de escape es Internet y la posibilidad de ver vídeos porno o clips de 30 segundos de peleas de instituto. En el colegio se apunta a una actividad extracurricular (after school)de audiovisuales. A través de una cámara, el medio perfecto para formar parte de algo sin implicarse, será testigo de varios hechos que cambiarán su vida y la de sus compañeros. Debido a lo que ocurre (no damos más explicaciones para no destripar), los diferentes personajes tendrán sentimientos de culpabilidad, tanto por haber sido parte de la acción como por no haber sido capaces de hacer algo… Afterschool está bien, ofrece puntos de vista nuevos sobre temas ya tratados cientos de veces (sexo, violencia, drogas...) y deja un regustillo inquietante que en ocasiones, y desde la distancia, recuerda a Elephant de Gus Van Sant.
Y hoy, entre la lluvia y el frío y la ausencia de Jordi nos esperan dos películas más de la sección oficial: Ballast y El cielo, la tierra y la lluvia.