05 Feb 2008
Bogotá era una fiesta
Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados (Martin Luther King)[1]
Hace casi cuarenta años, los parisinos vivieron su propia fiesta: Mayo del 68, un mes de de protesta social, de parálisis laboral y estudiantil, un mes para detenerse a pensar, a proponer mejores opciones laborales para las empresas, a ofrecer condiciones de mayor libertad en las academias, a tener capacidad de decisión frente al placer y la reproducción, a pensar una vida más sosegada y menos esclava. Y en 1968, ¡París era una fiesta! La gente sonreía, soñaba, cantaba, se saludaba, se imaginaba una Francia nueva, una generación que rompiera con los vicios de las generaciones que habían protagonizado el holocausto de
Hoy el turno le llegó a Colombia. Yo viví la fiesta en Bogotá. Compartí el entusiasmo de los estudiantes universitarios, de las amas de casa, de las empleadas del aseo con sus uniformes azules, de los obreros de construcción que raspaban cubos de icopor para lanzar bolitas blancas en señal de paz, de los constructores con sus cascos, de los funcionarios con sus corbatas cubiertas por camisetas blancas, de los artistas con sus instalaciones en las fachadas de las universidades, de los discapacitados con sus banderines en su silla de ruedas, de los perritos vestidos con camisetas de No más, de las parejas de homosexuales tomados de la mano, de pancartas de niños que pedían que no los metieran al conflicto, de las comparsas que gritaban “Colombia tierra querida”, de los himnos unísonos de Bogotá y Colombia. Era la energía, la alegría, la euforia y la emoción de un pueblo.
Una emoción que tal vez no se vivía desde el tiempo de la “marcha de las antorchas” o del “silencio” organizada por Gaitán, y una fuerza casi tan brutal, pero mejor canalizada que la del mismo 9 de abril del 48 cuando él fue asesinado.
Lo que vimos hoy fue a un país soñando. Un país emocionado, exaltado, esperanzado, pronunciándose con energía, proyectando un futuro. Cuando París lo hizo, los admiramos. Nuestra hazaña no es menos valiosa. Casi por primera vez desde
Ya hicimos la pausa, ya nos pronunciamos – y eso tiene un gran mérito en un país en el que hasta hablar es un peligro -. Ahora, ¿Cómo lo vamos a asumir? De parte del Estado nacional, se esperarían nuevas medidas de paz para atender a un mandato popular. De parte de las Farc, esperamos que alguna pulga se les haya revolcado después de tanto repudio a sus acciones. De parte de los paramilitares, ni se sabe, porque pocos los mencionaron. Y de parte del ciudadano común, ese que lee este artículo, que compró la camiseta y mañana la archivará: ¿Qué se espera? ¿Será suficiente con haber gritado y marchado bajo el sol canicular de febrero?
De las fiestas, normalmente lo que queda son deudas y basura. ¿Qué va a quedar de ésta? Esperemos que toda la fuerza que hoy nos hizo sentir colombianos no sea sólo un conato emocional, un desfogue libidinal y masivo, sino el punto de partida para proponer acciones concretas, claras y específicas que nos permitan transformar el país desde el día a día. No es necesario esperar hasta que se hagan acuerdos humanitarios o liberen en masa a todos los secuestrados, cada quien puede empezar a transformar el país desde la honestidad en el trabajo, el saludo al vecino, el ceder el puesto en el bus, el no tirarle el carro al peatón, el no pitarle al ciclista, el respetar la fila en el banco, el llegar puntual a las citas, el escuchar al otro, el respetar las diferencias, el pronunciarse frente a las injusticias, el exigir los derechos, y el ser solidarios con el que sufre.
Tal vez sólo la resolución frente al día a día nos permita entender mejor – como lo lograron los franceses - el papel de cada uno en el conflicto que vivimos y comprender que también nosotros tenemos la guerrilla, los gobernantes, los paramilitares, la injusticia, el hambre y la violencia que hemos tolerado y que hemos permitido en nuestro territorio y en nuestras vidas. Cada uno de nosotros es responsable del país que tenemos, que es en últimas, el que nos merecemos. Algo hay que hacer y desde ya, porque como decía Martin Luther King: “Este no es tiempo para entrar en el lujo del enfriamiento o para tomar la droga tranquilizadora del gradualismo.”
[1] Yo tengo un sueño. Discurso pronunciado en la plaza de


1 comentario · Escribe aquí tu comentario
Ana Lucia Mejía dijo
Yo también viví una fiesta hoy en Medellín. Miles de paisas caminamos por la avenida El Poblado, aquella que generalmente es intransitable en una hora de almuerzo como la de hoy, debido a la congestión vehicular del transporte público o la gran cantidad de carros particulares. Pero sí, aquella calle estuvo caminada y sentida por personas que con certeza en su vida habrían imaginado pasar a pie debajo del puente de San Juan o llegar a la Alpujarra. En ese instante, además de lo conmovedor de la euforia colectiva, yo me preguntaba que estaría sucediendo en las zonas rurales?, qué harían en los miles de pueblos colombianos donde el conflicto es completamente cotidiano?. Para los citadinos es más fácil dichas manifestaciones, pero qué sucede con los que se levantan todos los días y conviven en ésta atmosfera de tensa calma? ....... Colombia aunque ya sea un país poblacionalmente más urbano, sigue territoriamente siendo rural, y ahí está el conflicto.
Escribe tu comentario