11 Mar 2008

Arrastrando la vida

Escrito por: alvaroherrera0313 el 11 Mar 2008 - URL Permanente

El testimonio de un habitante de calle de la localidad de Los Mártires en Bogotá, D. C.

Álvaro Diego Herrera Arango

El martes 26 de febrero le volvió el alma al cuerpo a José del Carmen.[1] La Policía le había devuelto su cajón de madera de un metro de ancho por más o menos uno y medio de largo. Él acostumbra tirarlo de un lazo para que ruede con sus cuatro balineras en cada extremo. No se trata de cualquier trasto rodante: es el carro en el que transporta todo lo que a los demás no les sirve y que él recoge para reparar, vender, cambiar y extractar de allí su sustento diario.

Por eso no fue el lunes a las actividades de la fundación Procrear: no tenía cabeza para pensar en “dibujitos” e historias de vida para habitantes de calle. Prefirió irse a hacer una fila enorme en la estación de Los Mártires y rogar a los agentes la devolución del carro que le habían detenido sin ninguna justificación. “Que porque tenía droga o armas, pero yo no tenía nada”, afirma. Finalmente, a eso de las 2 de la tarde, el carro era suyo de nuevo.

Era tal su alegría por haberlo recuperado que no lo abandonaba ni un momento. Además, no paraba de sacar de él artículos extraños, sin relación alguna entre ellos y de orígenes muy diversos, para mostrárselos a Mario, uno de los practicantes de la Fundación. “Esta pistola está buenecita, la puedo vender en 20 mil más o menos”, le dijo a Mario al referirse a un propulsor de pintura a base de aceite. “Con esto me cuadro pa’ la semana”, agregó. Luego, de una bolsa blanca, como de un metro, separada del resto de cachivaches, sacó una caja de una lámpara de luz blanca y finalmente, un aparato rectangular, alargado y con botones en la parte superior. “¿Esto para qué es?”, le preguntó al practicante con una inocencia extraña para su edad. “Esto es un medidor de energía, estos cables sirven para conectarlo a los aparatos y en esta pantallita le muestra cuántos amperios tiene”, le respondió Mario. “Tiene que venderlo bien, no se vaya a dejar engañar que eso sirve mucho”, agregó el practicante. José sabe que hay cosas frente a las que es mejor informarse bien. El hecho de que se las encuentre a diario no quiere decir que las conozca todas. Una vez se encontró “un aparato de un computador que yo no sé qué es y un señor me dijo que eso era muy caro, que costaba como un millón de pesos, y finalmente logré vendérselo a un cliente como a setecientos mil. Lo malo es que yo no sé nada de eso, sino hubiera sido por él, lo vendía bien barato”.

Antes recorría hasta la calle 72 o la 85 buscando en medio de las basuras. Se hacía hasta 20 mil pesos diarios, “que eran bastante, pero ¿para qué?, ¿para dejárselo todo al jíbaro?.. No… ahora hace uno menos pero no más pa’ la pieza”. Desde hace unos tres años, su territorio se ha reducido a las escasas cuadras de quincallería, ferretería, comercio sexual y tiendas de víveres que se encuentran entre la calle 19, la avenida Caracas, la carrera 18 y la calle 26: el corazón del barrio Santa Fe. “Ahí me consigo todo, la gente me conoce y ahí están mis clientes”, afirma.

A sus 57 años, José está más interesado en “jubilarse” que en buscarse nuevos negocios con el reciclaje. Por eso anda en la búsqueda de hogares de paso y refugios como “Vía Libre”, donde ese mismo lunes le dijeron que no lo recibían “que porque tengo los ocho mil diarios pa’ la pieza, que por eso no me pueden recibir… que tengo que ser habitante de calle del todo”. Aunque sus ojos azules son tan grandes y vivos como los de un niño, el resto de su rostro, de su cuerpo y de su voz permiten saber a cualquiera que está cansado de todo: de tener que pagar la dormida diaria, de las mujeres, de los malos amigos, y de las drogas.

Para él, los tiempos intensos de los hongos, el bazuco y el perico, ya pasaron. “Ahora si mucho meteré una papeletita o dos por la tarde como pa’ dormir bien”, afirma sin referirse exactamente a ninguna sustancia. En lugar de pensar en las drogas como una consecuencia de su vida en las calles, para José fueron precisamente éstas las que lo llevaron a ese lugar: “El peor error de mi vida fue haberme casado. Yo vivía muy bien, tenía un cultivo de algodón con mis abuelos en Bosconia (Cesar) y eso nos dejaba mucho. Con eso, empecé a hacer un capital y a seguir sembrando. Por esos días, la Federación de Algodoneros llevó unos carros a Barranquilla y pudimos comprar unos para los que cultivábamos. El mío era una Ranger grande, muy bonita, pero todo eso lo tuve que vender cuando me casé y me vine para Bogotá.”

El matrimonio lo trajo a la capital a trabajar en el sector bancario, a donde entró por influencias de su papá. “Él era gerente de un banco en Bucaramanga, imagínese”, dice con una de sus escasas sonrisas de cuatro caninos manchados por el humo. Allí duró algunos años hasta que se dio cuenta de que su esposa “metía a otro en la casa y en la cama mientras yo me iba a trabajar todo el día. Eso sí me dio duro…”, dice con un gesto y un tono que reflejan un dolor profundo que sigue vivo en su ego. “Me tuve que ir, me desaparecí dos años, me fui para los llanos, para Cusiana, a trabajar en un pozo de petróleo. Pero de por allá nos hizo venir la guerrilla. Cuando volví, reclamé la liquidación del trabajo y con eso me compré un carro. Empecé a andar pa’ arriba y pa’ abajo, transportando cosas.”, dice mientras mira su carro de madera de hoy, en donde casi lo mismo que veinte años atrás. Por ese tiempo, también “tuve un cultivo de fresas hidropónicas, en Subachoque, porque yo estudié seis semestres de Agronomía, pero con eso me arruiné y con el carro empecé a conocer gente y a meter y a meter vicio, y así terminé vendiendo el carro y terminé en la calle”.

Al principio, pedía limosna y comida. Pero “yo no sirvo para eso… empecé a recoger cartones, vidrio, papel y me dieron tres mil pesos, eso siempre era platica. Entonces pensé: el que se muere de hambre es porque quiere, y seguí. Me daba pena, pero una señora me dijo: eso es un trabajo, como cualquier otro y sí, me dio moral.”

Su hogar era “‘Cinco huecos’, una esquina cerca de la carrilera, que ahora es una ‘olla’, pero en esa época era más tranquilo… Yo vivía en la calle, hasta que un policía le echó gasolina al carro, me lo empezó a quemar que pa’ que aprendiera a pagar pieza. Y sí, me sirvió, seguí pagando pieza y por ejemplo ya llevo un año y medio en la que vivo.”

De “Cinco huecos” se fue al “Cartucho” (calle 11 con avenida Caracas), donde las piezas eran mejores. Vivía en el edificio del “Loco Calderón”, uno de los últimos que evacuaron cuando desalojaron a los habitantes de ese sector en 2005. “Allá no tenía uno cómo escaparse. ¿Cómo se iba a salvar usted si desde la pieza donde uno dormía se olía la "bareta", el bazuco y a usted se lo ponían en la cara, en la pieza? Ahí sí estaba uno perdido, y usted no se podía meter con nadie, no podía coger nada de nadie, todo el mundo respetaba lo de los demás, porque si usted se robaba una mecha al otro día aparecía colgado,” ese territorio tenía su propia ley.

De “El Cartucho” salió para Santa Fe, un barrio que conocía bien gracias a su oficio, pero que, según él, ha cambiado muchísimo: “todos los días matan a alguno, se ven cosas que es mejor no comentarlas mucho, pero se ha vuelto muy peligroso, ya no es tan tranquilo como antes.” No sólo se siente agredido por la policía, también por algunos civiles armados que deambulan por el barrio y se camuflan en las peluquerías, las residencias o los talleres de mecánica.

Todas estas experiencias lo han llenado de miedo y de desconfianza hacia los demás. Por eso no tienen amigos. Dice que todos son “tráfugas, traicioneros, que sólo buscan tumbarlo a uno”. Eso mismo piensa de las mujeres. Justamente el día anterior a ese martes había un episodio nefasto con su última novia, de apenas 23 años. “Es una sinvergüenza: se la pasa en la calle, con el uno, con el otro, y no lo considera a uno. Ayer nos dieron un almuercito lo más de bueno: como una gallina entera, con arroz y papas y yo no me lo comí por la tarde porque no tenía hambre y cuando llegué, ah no… que eso estaba muy bueno, que por eso se lo había comido todo, no me había guardado nada.” La gallina no fue lo único que le robó: “anoche me ‘chalequió’, me quitó siete mil pesos, me dejó sin con qué pagar la pieza… Ya me la había hecho varias veces, nos agarramos toda la noche y la dejé durmiendo en la calle.”

José llevaba cerca de un año con ella. Habían tenido fuertes y continuas diferencias, entre otras, porque ella quería que su hija viviera con ellos. “¿Qué iba a hacer una niña de tres años por aquí en la calle?, yo hice que se la devolvieran a los papás de ella”. Por estas razones, su ex hijastra vive ahora en Chapinero, de donde proviene su novia. “Ella es una pelada bien, pero le gusta meter mucha (droga). Es una loca, es que uno viejo, sin plata, feo, llevado, uno qué más se va a merecer: pues una loca… uno es un loco y para un loco, una loca. Yo soy consciente de la situación en la que estoy, y sé que estoy aquí no por culpa de la gente ni de nadie. Yo decidí vivir así, porque cada quien vive como quiere y ésta es la vida mía.”

Siempre fue un rebelde frente a su familia. Está en la calle más por su carácter tozudo y por su orgullo de mostrarle a los demás que no los necesita que por falta de oportunidades. “Mi mamá sabe las condiciones en que yo estoy y mi papá también; yo soy el mayor de cinco hermanos, todos están bien pero ellos saben que a mí no me gusta que nadie me ayude… y yo siempre fui así, me gustó hacer las cosas por mi propia cuenta.” De los tiempos en que todavía confiaban en él, recuerda cuando se lo llevaron a Estados Unidos: “me llevó mi mamá, que porque allá estaban todos, que allá estaba mejor, pero no aguanté. Allá sí se consume en forma, me inyectaba demasiado, no aguanté, me fui un lunes y me devolví un viernes, ya estaría perdido si no me hubiera venido.” Desde ese tiempo, hace cerca de ocho años, no sabe nada de ninguno de ellos, mucho menos de sus hijas, que también están en Norteamérica. No le interesa que sepan dónde y cómo se encuentra, mucho menos recibir algo de ellos, eso lo haría sentirse menos que los demás. De la única que sabe algo es de su ex esposa: “Ella trabaja en una oficina por allí arribita de la Caracas, por eso yo nunca paso de ahí”, dice con una sonrisa pícara que se dibuja debajo de un bigote de canas amarillas y ahumadas.

El futuro de José del Carmen es tan incierto como su presente. Mientras busca un hogar que lo acoja, se le pasa la vida con la esperanza de volver a ser artesano, como en otras ocasiones, cuando hacía barquitos y casitas en miniatura dentro de las botellas: “eso sí me gusta y me parece muy bueno, pero la gente no cree que uno lo haga, y uno se demora mucho haciéndolo, y no le pagan a uno lo que es”. Algún día le gustaría ser reconocido por lo que es capaz de hacer, por su capacidad de artista y creador. Mientras tanto, seguirá tirando de su carro de balineras, cargado de tantas cosas extrañas e inconexas como el pasado que no le queda difícil recordar pero del que poco quiere saber. Tal vez esos despojos de otros sean más testimoniales y fieles frente a su propia vida que cualquiera de los amigos, familiares o mujeres que le han acompañado en la existencia solitaria que decidió vivir. Tal vez por eso sintió que su alma volvía a su cuerpo cuando logró recuperarlos de las manos de la policía en esa tarde de ese lunes de febrero.




[1] El nombre del personaje ha sido cambiado para preservar su seguridad.


1 comentario · Escribe aquí tu comentario

ANDRES GUISAO

ANDRES GUISAO dijo

ALVARO, EXCELENTE ! TE FELICITO.

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