11 Mar 2008
Arrastrando la vida
El testimonio de un habitante de calle de la localidad de Los Mártires en Bogotá, D. C.
Álvaro Diego Herrera Arango
El martes 26 de febrero le volvió el alma al cuerpo a José del Carmen.[1]
Por eso no fue el lunes a las actividades de la fundación Procrear: no tenía cabeza para pensar en “dibujitos” e historias de vida para habitantes de calle. Prefirió irse a hacer una fila enorme en la estación de Los Mártires y rogar a los agentes la devolución del carro que le habían detenido sin ninguna justificación. “Que porque tenía droga o armas, pero yo no tenía nada”, afirma. Finalmente, a eso de las 2 de la tarde, el carro era suyo de nuevo.
Era tal su alegría por haberlo recuperado que no lo abandonaba ni un momento. Además, no paraba de sacar de él artículos extraños, sin relación alguna entre ellos y de orígenes muy diversos, para mostrárselos a Mario, uno de los practicantes de
Antes recorría hasta la calle 72 o la 85 buscando en medio de las basuras. Se hacía hasta 20 mil pesos diarios, “que eran bastante, pero ¿para qué?, ¿para dejárselo todo al jíbaro?.. No… ahora hace uno menos pero no más pa’ la pieza”. Desde hace unos tres años, su territorio se ha reducido a las escasas cuadras de quincallería, ferretería, comercio sexual y tiendas de víveres que se encuentran entre la calle 19, la avenida Caracas, la carrera 18 y la calle 26: el corazón del barrio Santa Fe. “Ahí me consigo todo, la gente me conoce y ahí están mis clientes”, afirma.
A sus 57 años, José está más interesado en “jubilarse” que en buscarse nuevos negocios con el reciclaje. Por eso anda en la búsqueda de hogares de paso y refugios como “Vía Libre”, donde ese mismo lunes le dijeron que no lo recibían “que porque tengo los ocho mil diarios pa’ la pieza, que por eso no me pueden recibir… que tengo que ser habitante de calle del todo”. Aunque sus ojos azules son tan grandes y vivos como los de un niño, el resto de su rostro, de su cuerpo y de su voz permiten saber a cualquiera que está cansado de todo: de tener que pagar la dormida diaria, de las mujeres, de los malos amigos, y de las drogas.
Para él, los tiempos intensos de los hongos, el bazuco y el perico, ya pasaron. “Ahora si mucho meteré una papeletita o dos por la tarde como pa’ dormir bien”, afirma sin referirse exactamente a ninguna sustancia. En lugar de pensar en las drogas como una consecuencia de su vida en las calles, para José fueron precisamente éstas las que lo llevaron a ese lugar: “El peor error de mi vida fue haberme casado. Yo vivía muy bien, tenía un cultivo de algodón con mis abuelos en Bosconia (Cesar) y eso nos dejaba mucho. Con eso, empecé a hacer un capital y a seguir sembrando. Por esos días,
El matrimonio lo trajo a la capital a trabajar en el sector bancario, a donde entró por influencias de su papá. “Él era gerente de un banco en Bucaramanga, imagínese”, dice con una de sus escasas sonrisas de cuatro caninos manchados por el humo. Allí duró algunos años hasta que se dio cuenta de que su esposa “metía a otro en la casa y en la cama mientras yo me iba a trabajar todo el día. Eso sí me dio duro…”, dice con un gesto y un tono que reflejan un dolor profundo que sigue vivo en su ego. “Me tuve que ir, me desaparecí dos años, me fui para los llanos, para Cusiana, a trabajar en un pozo de petróleo. Pero de por allá nos hizo venir la guerrilla. Cuando volví, reclamé la liquidación del trabajo y con eso me compré un carro. Empecé a andar pa’ arriba y pa’ abajo, transportando cosas.”, dice mientras mira su carro de madera de hoy, en donde casi lo mismo que veinte años atrás. Por ese tiempo, también “tuve un cultivo de fresas hidropónicas, en Subachoque, porque yo estudié seis semestres de Agronomía, pero con eso me arruiné y con el carro empecé a conocer gente y a meter y a meter vicio, y así terminé vendiendo el carro y terminé en la calle”.
Al principio, pedía limosna y comida. Pero “yo no sirvo para eso… empecé a recoger cartones, vidrio, papel y me dieron tres mil pesos, eso siempre era platica. Entonces pensé: el que se muere de hambre es porque quiere, y seguí. Me daba pena, pero una señora me dijo: eso es un trabajo, como cualquier otro y sí, me dio moral.”
Su hogar era “‘Cinco huecos’, una esquina cerca de la carrilera, que ahora es una ‘olla’, pero en esa época era más tranquilo… Yo vivía en la calle, hasta que un policía le echó gasolina al carro, me lo empezó a quemar que pa’ que aprendiera a pagar pieza. Y sí, me sirvió, seguí pagando pieza y por ejemplo ya llevo un año y medio en la que vivo.”
De “Cinco huecos” se fue al “Cartucho” (calle 11 con avenida Caracas), donde las piezas eran mejores. Vivía en el edificio del “Loco Calderón”, uno de los últimos que evacuaron cuando desalojaron a los habitantes de ese sector en 2005. “Allá no tenía uno cómo escaparse. ¿Cómo se iba a salvar usted si desde la pieza donde uno dormía se olía la "bareta", el bazuco y a usted se lo ponían en la cara, en la pieza? Ahí sí estaba uno perdido, y usted no se podía meter con nadie, no podía coger nada de nadie, todo el mundo respetaba lo de los demás, porque si usted se robaba una mecha al otro día aparecía colgado,” ese territorio tenía su propia ley.
De “El Cartucho” salió para Santa Fe, un barrio que conocía bien gracias a su oficio, pero que, según él, ha cambiado muchísimo: “todos los días matan a alguno, se ven cosas que es mejor no comentarlas mucho, pero se ha vuelto muy peligroso, ya no es tan tranquilo como antes.” No sólo se siente agredido por la policía, también por algunos civiles armados que deambulan por el barrio y se camuflan en las peluquerías, las residencias o los talleres de mecánica.
Todas estas experiencias lo han llenado de miedo y de desconfianza hacia los demás. Por eso no tienen amigos. Dice que todos son “tráfugas, traicioneros, que sólo buscan tumbarlo a uno”. Eso mismo piensa de las mujeres. Justamente el día anterior a ese martes había un episodio nefasto con su última novia, de apenas 23 años. “Es una sinvergüenza: se la pasa en la calle, con el uno, con el otro, y no lo considera a uno. Ayer nos dieron un almuercito lo más de bueno: como una gallina entera, con arroz y papas y yo no me lo comí por la tarde porque no tenía hambre y cuando llegué, ah no… que eso estaba muy bueno, que por eso se lo había comido todo, no me había guardado nada.” La gallina no fue lo único que le robó: “anoche me ‘chalequió’, me quitó siete mil pesos, me dejó sin con qué pagar la pieza… Ya me la había hecho varias veces, nos agarramos toda la noche y la dejé durmiendo en la calle.”
José llevaba cerca de un año con ella. Habían tenido fuertes y continuas diferencias, entre otras, porque ella quería que su hija viviera con ellos. “¿Qué iba a hacer una niña de tres años por aquí en la calle?, yo hice que se la devolvieran a los papás de ella”. Por estas razones, su ex hijastra vive ahora en Chapinero, de donde proviene su novia. “Ella es una pelada bien, pero le gusta meter mucha (droga). Es una loca, es que uno viejo, sin plata, feo, llevado, uno qué más se va a merecer: pues una loca… uno es un loco y para un loco, una loca. Yo soy consciente de la situación en la que estoy, y sé que estoy aquí no por culpa de la gente ni de nadie. Yo decidí vivir así, porque cada quien vive como quiere y ésta es la vida mía.”
Siempre fue un rebelde frente a su familia. Está en la calle más por su carácter tozudo y por su orgullo de mostrarle a los demás que no los necesita que por falta de oportunidades. “Mi mamá sabe las condiciones en que yo estoy y mi papá también; yo soy el mayor de cinco hermanos, todos están bien pero ellos saben que a mí no me gusta que nadie me ayude… y yo siempre fui así, me gustó hacer las cosas por mi propia cuenta.” De los tiempos en que todavía confiaban en él, recuerda cuando se lo llevaron a Estados Unidos: “me llevó mi mamá, que porque allá estaban todos, que allá estaba mejor, pero no aguanté. Allá sí se consume en forma, me inyectaba demasiado, no aguanté, me fui un lunes y me devolví un viernes, ya estaría perdido si no me hubiera venido.” Desde ese tiempo, hace cerca de ocho años, no sabe nada de ninguno de ellos, mucho menos de sus hijas, que también están en Norteamérica. No le interesa que sepan dónde y cómo se encuentra, mucho menos recibir algo de ellos, eso lo haría sentirse menos que los demás. De la única que sabe algo es de su ex esposa: “Ella trabaja en una oficina por allí arribita de
El futuro de José del Carmen es tan incierto como su presente. Mientras busca un hogar que lo acoja, se le pasa la vida con la esperanza de volver a ser artesano, como en otras ocasiones, cuando hacía barquitos y casitas en miniatura dentro de las botellas: “eso sí me gusta y me parece muy bueno, pero la gente no cree que uno lo haga, y uno se demora mucho haciéndolo, y no le pagan a uno lo que es”. Algún día le gustaría ser reconocido por lo que es capaz de hacer, por su capacidad de artista y creador. Mientras tanto, seguirá tirando de su carro de balineras, cargado de tantas cosas extrañas e inconexas como el pasado que no le queda difícil recordar pero del que poco quiere saber. Tal vez esos despojos de otros sean más testimoniales y fieles frente a su propia vida que cualquiera de los amigos, familiares o mujeres que le han acompañado en la existencia solitaria que decidió vivir. Tal vez por eso sintió que su alma volvía a su cuerpo cuando logró recuperarlos de las manos de la policía en esa tarde de ese lunes de febrero.
05 Feb 2008
Bogotá era una fiesta
Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados (Martin Luther King)[1]
Hace casi cuarenta años, los parisinos vivieron su propia fiesta: Mayo del 68, un mes de de protesta social, de parálisis laboral y estudiantil, un mes para detenerse a pensar, a proponer mejores opciones laborales para las empresas, a ofrecer condiciones de mayor libertad en las academias, a tener capacidad de decisión frente al placer y la reproducción, a pensar una vida más sosegada y menos esclava. Y en 1968, ¡París era una fiesta! La gente sonreía, soñaba, cantaba, se saludaba, se imaginaba una Francia nueva, una generación que rompiera con los vicios de las generaciones que habían protagonizado el holocausto de
Hoy el turno le llegó a Colombia. Yo viví la fiesta en Bogotá. Compartí el entusiasmo de los estudiantes universitarios, de las amas de casa, de las empleadas del aseo con sus uniformes azules, de los obreros de construcción que raspaban cubos de icopor para lanzar bolitas blancas en señal de paz, de los constructores con sus cascos, de los funcionarios con sus corbatas cubiertas por camisetas blancas, de los artistas con sus instalaciones en las fachadas de las universidades, de los discapacitados con sus banderines en su silla de ruedas, de los perritos vestidos con camisetas de No más, de las parejas de homosexuales tomados de la mano, de pancartas de niños que pedían que no los metieran al conflicto, de las comparsas que gritaban “Colombia tierra querida”, de los himnos unísonos de Bogotá y Colombia. Era la energía, la alegría, la euforia y la emoción de un pueblo.
Una emoción que tal vez no se vivía desde el tiempo de la “marcha de las antorchas” o del “silencio” organizada por Gaitán, y una fuerza casi tan brutal, pero mejor canalizada que la del mismo 9 de abril del 48 cuando él fue asesinado.
Lo que vimos hoy fue a un país soñando. Un país emocionado, exaltado, esperanzado, pronunciándose con energía, proyectando un futuro. Cuando París lo hizo, los admiramos. Nuestra hazaña no es menos valiosa. Casi por primera vez desde
Ya hicimos la pausa, ya nos pronunciamos – y eso tiene un gran mérito en un país en el que hasta hablar es un peligro -. Ahora, ¿Cómo lo vamos a asumir? De parte del Estado nacional, se esperarían nuevas medidas de paz para atender a un mandato popular. De parte de las Farc, esperamos que alguna pulga se les haya revolcado después de tanto repudio a sus acciones. De parte de los paramilitares, ni se sabe, porque pocos los mencionaron. Y de parte del ciudadano común, ese que lee este artículo, que compró la camiseta y mañana la archivará: ¿Qué se espera? ¿Será suficiente con haber gritado y marchado bajo el sol canicular de febrero?
De las fiestas, normalmente lo que queda son deudas y basura. ¿Qué va a quedar de ésta? Esperemos que toda la fuerza que hoy nos hizo sentir colombianos no sea sólo un conato emocional, un desfogue libidinal y masivo, sino el punto de partida para proponer acciones concretas, claras y específicas que nos permitan transformar el país desde el día a día. No es necesario esperar hasta que se hagan acuerdos humanitarios o liberen en masa a todos los secuestrados, cada quien puede empezar a transformar el país desde la honestidad en el trabajo, el saludo al vecino, el ceder el puesto en el bus, el no tirarle el carro al peatón, el no pitarle al ciclista, el respetar la fila en el banco, el llegar puntual a las citas, el escuchar al otro, el respetar las diferencias, el pronunciarse frente a las injusticias, el exigir los derechos, y el ser solidarios con el que sufre.
Tal vez sólo la resolución frente al día a día nos permita entender mejor – como lo lograron los franceses - el papel de cada uno en el conflicto que vivimos y comprender que también nosotros tenemos la guerrilla, los gobernantes, los paramilitares, la injusticia, el hambre y la violencia que hemos tolerado y que hemos permitido en nuestro territorio y en nuestras vidas. Cada uno de nosotros es responsable del país que tenemos, que es en últimas, el que nos merecemos. Algo hay que hacer y desde ya, porque como decía Martin Luther King: “Este no es tiempo para entrar en el lujo del enfriamiento o para tomar la droga tranquilizadora del gradualismo.”
[1] Yo tengo un sueño. Discurso pronunciado en la plaza de
03 Feb 2008
Las “colombianadas” de la marcha. Para pensar antes de marchar este 4 de febrero.
Como pocas veces, Colombia se enfrenta a una jornada de unidad nacional en torno a un fin común: el rechazo al terrorismo y a las Farc. Sin embargo, antes de marchar, sería interesante detenerse a pensar en algunasde las “colombianadas” que están sucediendo alrededor de este evento.
En primer lugar, esta iniciativa de la sociedad civil ha sido retomada por el Estado, por los alcaldes de diversas ciudades y municipios del país, y sólo su aporte le ha otorgado una fortaleza suficiente para convertirla en un espacio legítimo de expresión del pueblo. ¿Será que, como los niños, los colombianos siempre necesitamos del aval del papá Estado para manifestarnos con libertad y sin miedo a las represiones? ¿Puede considerarse en realidad una expresión de la sociedad civil una iniciativa formalizada, convocada y liderada a través de figuras como ministros, gobernadores y alcaldes? ¿Qué tan fortalecida y madura se encuentra nuestra sociedad civil que no puede hacer algo por fuera de la burocracia estatal y partidista? ¿Será ésta una muestra más del miedo que tenemos a expresar lo que sentimos, aún cuando nos estemos ahogando para decirlo?
Esta intromisión oficial ha propiciado que la marcha “a la colombiana”, más que un espacio espontáneo de encuentro de las voces sociales frente a una realidad crítica, se haya convertido en un escenario para dar cuenta de los peores vicios que rodean al poder: celos, divisiones y búsqueda de protagonismos individuales y sectáreos. Esa parece ser la propuesta del Polo Democrático al reducir su consigna a la lucha por el Acuerdo Humanitario. ¿Qué deseo tienen de verse como un grupo aparte y distinto de las masas que marcharán el próximo lunes? ¿Para qué quieren diferenciarse? ¿Qué hay de sensato en hacer una fiesta paralela a la que el vecino se inventó? ¿Qué intención se esconde detrás de esa necesidad de dividir a la opinión pública frente al rechazo a una organización guerrillera que sólo ha dado muestras de crueldad? ¿Apoyar el Acuerdo Humanitario no implica rechazar toda la sevicia de las Farc frente al país? ¿Para qué dar lugar a ambigüedades en la defensa de la vida y de la libertad?
En tercer lugar, es triste ver que este escenario de la marcha se puede convertir en una forma de tranquilizar conciencias de una sociedad pasiva que no se ha dado cuenta del fondo que ha tocado y sobre el cual se revuelca como en un fango en el que se sigue regodeando no sin quejarse. ¿Por qué no hubo una manifestación similar cuando la guerrilla y los paramilitares acabaron con Vigía del Fuerte en el 2002, cuando las Farc se tomaron Mitú, cuando secuestraron a seis turistas en Nuquí, cuando las Farc se infiltraron en
¿Para cuándo está programada la marcha en contra de las atrocidades de los paramilitares? ¿Quiénes de los marchantes del próximo lunes hemos acompañado a las víctimas en los días de las audiencias en las que los hombres del ejército de Mancuso confiesan casi entre risas, como héroes admirables, que fueron autores de doscientos asesinatos de campesinos o que saben dónde están cientos de fosas comunes que ellos mismos destinaron para quienes eran sospechosos de ser guerrilleros? ¿Cuándo es la marcha en contra de los abusos de poder de los policías e integrantes del ejército? ¿Cuándo vamos a marchar en contra de los corruptos que se han robado el dinero de la malla vial, de los programas educativos y de bienestar, y de los servicios públicos en un país que cuenta con mínimas coberturas de agua potable? ¿Cuándo vamos a marchar y a protestar contra quienes día a día se roban un semáforo, quienes se cuelan en la fila o dejan su puesto tirado para no atender más al público? ¿Será que el único mal de este país son las Farc cuando este año cerca de setecientos mil niños dejaron la escuela por problemas de desnutrición?
Contra todos esos males hay que pronunciarse. ¿O es ésta sólo una marcha de dientes para a fuera, una moda más que nos va a tranquilizar como cualquier placebo mientras nos olvidamos de toda la historia de inequidades, olvidos, desigualdades, exclusiones y marginaciones que ha atravesado este país? ¿Cuáles han sido los efectos de las marchas anteriores? ¿Para qué nos han servido?
En cuarto lugar, ya están a la venta las camisetas que dicen: No más víctimas, no más mentiras, libertad… y otras tantas consignas. Hasta eso lo hemos convertido en mercancía. Y si hay quien las venda es porque hay quien las compre. ¿Hasta dónde es esa la consigna real de quien las compra? ¿O estamos repitiendo la consigna que otro le dijo que debía gritar?¿Hay derecho a lucrarse de la necesidad de libertad de quienes están en el monte y sin sus familias desde hace diez años?
Hay que marchar, sí. Hay que pronunciarse, sí. Pero como una sociedad civil libre, espontánea, sin presiones, solidaria y consciente de lo que hace. Tal vez la nuestra diste mucho de las manifestaciones multitudinarias españolas que tan sólo a una hora o un día de haber ocurrido un secuestro o un acto de terrorismo, ya se han tomado las calles de cientos de ciudades, de manera simultánea, sin la mediación del Estado y como una iniciativa popular que utiliza hasta los mensajes de texto de los celulares para convencer a todos de la necesidad de rechazar, con una voz única, actos inadmisibles en una sociedad democrática.
Estanislao Zuleta decía que “una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos. De reconocerlos y entenderlos. De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos (…) sólo un pueblo maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz.” Aún estamos a tiempo de poner a prueba esa madurez, de asumir y entender todas las dimensiones de un conflicto que no es sólo armado sino también social, cultural, económico y político. Cada quien decide cómo asumirlo. Si seguir con la actitud cómoda de ver telenovelas en la noche y tranquilizarse con ponerse una camiseta y caminar por la séptima, o ver la del lunes como una oportunidad para que cada quien, desde su interior, demuestre y proponga qué está haciendo por construir otra nación, otro estado, otra sociedad civil, más parecida a lo que soñamos y no tan similar a lo que nos merecemos.

