18 Mar 2010

Pederastia, abominable en la tierra como en el cielo

Escrito por: fercho el 18 Mar 2010 - URL Permanente

La pederastia siempre ha sido una de las actuaciones humanas más execradas desde hace tiempo, perseguida en la mayoría de países y contra la que se lucha incansablemente en las llamadas redes de pornografía infantil. Incluso en las cárceles los pederastas parecen ser el único grupo que cruza una simbólica línea roja que repercute en el acoso e incluso el asesinato de estos a manos de reclusos que pueden tener, paradójicamente, delitos de sangre. El acto cruel y visceral con el que se atenta contra la inocencia e integridad de un menor en cualquiera de sus modalidades debe ser un delito perseguido y denunciado sin cesar, no sólo por la repercusión que tiene en la sociedad, sino por ser dirigido contra el ser más débil y en fase de desarrollo quedando así marcado de por vida.

Recientemente se ha producido el escándalo del ex profesor de karate de prestigio que utilizó la escuela dónde era profesor y su fama para “crear” una especie de familia dónde intercambiaban relaciones sexuales con jóvenes (unos 60) de 13 ó 14 años junto a su mujer, obligada, durante muchos años, y en la que incluso participaron sus propios hijos. Ahora él y unos monitores se enfrentan a un estudio psiquiátrico para comprobar si no tienen alguna especie de trastorno. Porque, aunque parezca lo contrario, muchos de los sujetos que inciden en este tipo de actos repugnantes pueden llevar una vida de adulto completamente normal e incluso intachable. Como la de aquellos “monstruos” que violaban “eternamente” a sus hijas y tenían “hijos-nietos”. El caso de otro español, Arregui, con un vertedero contenido visual pedófilo dónde abundaban actos de coprofilia, urofilia (incluso bebés) y demás lindezas en su ordenador de una universidad en Chile reflejan hasta qué punto los pederastas pueden no ser detectados. La policía chilena lo detectó al comprobarse una descarga de archivos de pornografía infantil y lo puso a disposición de la justicia española. Se ha comprobado que, por dónde pasaba, realizaba tocamientos y otros actos impropios de un docente que además era religioso. La tesis sobre el crecimiento en la adolescencia, con la excusa de la cual realizó “mediciones” en los menores, le supuso un doctorado cum laude.

Este es el verdadero escándalo que acapara todos los titulares en cuanto a noticias eclesiales se refiere de los últimos meses: primero Irlanda y ahora Alemania la abundancia de abusos sobrepasa lo imaginable. La Iglesia Católica, lejos de detectar sabiamente el maremoto inmenso que se le podía venir encima, fue calificando los hechos de “puntuales”, fruto de los desalmados actos de unos cuantos clérigos en una determinada diócesis: la valentía y la necesaria rectificación se ausentaron ante lo que es una característica que afecta a la manera de hacer política del Vaticano por un lado y la defensa a ultranza de la dignidad de la institución por otro. Cuando el escándalo mayúsculo afectó a EEUU todo pasó por ser unos hechos que afectaron a determinadas parroquias. Se pagaron indemnizaciones millonarias y se reajustaron las diócesis americanas. Después vino la devastación de la Iglesia en Irlanda, dónde se cuentan por millares los afectados, lo que hizo reaccionar rápidamente a el Papa, mediante condenas enérgicas e invitando a una mayor transparencia. Por último, el caso alemán, no tanto por la amplitud de las denuncias sino porque afectan a muchos obispos que “encubrieron” el asunto, poniéndose en entredicho al propio Papa que ejerció en la zona. Intentar desviar la atención haciendo notar que estos sucesos pasan en otros grupos sociales ó que técnicamente son realizados por efebofólicos (gusto por los efebos, adolescentes, y no menores) suena a retórica kafkiana.

La clave de todo esto es que la Iglesia, a pesar de condenar enérgicamente estos asuntos y ser valedora de la defensa de los más débiles, ha caído más en la defensa de su dignidad pública que el enjuiciamiento de los pederastas. Tal y como dice Castillo, teólogo y ex sacerdote de Granada, el practicar un continuo secretismo sobre las actuaciones de sus clérigos e imponiendo silencio sobre los asuntos que deben dirimirse por el Derecho Canónico por evitar el escándalo lo único que hace es no evitar la continuación de los abusos. Frecuentemente se traslada al religioso en cuestión, bien a otra parroquia o un tiempo en misiones, esperando que se “enderece” y lo que provoca es una sucesión de abusos por doquier. Así se prima más la condescendencia con personas que “debieran colgarse una rueda de molino” en vez de ponerlas en manos de la justicia. Castillo nos recuerda que no siempre fue así: hasta el x. XII en la Iglesia los clérigos que incurrían en semejantes delitos eran directamente expulsados de la comunidad así como llevados a la cárcel, cuando no castigados a base de latigazos o la hoguera. Küng, el más famoso teólogo europeo y compañero de Benedicto XVI en el Concilio Vaticano II, ha llevado esta idea más lejos: critica al papa como culpable debido al conocimiento que tenía de cuando era responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición) dónde se amontonaron casos de abusos que no trascendieron así como insistir en respetar el secretum pontificium (una suerte de “directiva” en la que se alienta a los religiosos a mantener los hechos confidenciales) ya como Papa. Sus enérgicas exhortaciones de transparencia y denuncia caen en saco roto, según Küng, pues los hechos se dan en una institución cerrada y que excluye el debate del celibato. Esta denuncia papal puede tener su adecuada reflexión cuando se observa que bajo Juan Pablo II se condujo esta situación con sigilo y se procedía con escepticismo ante los abusos: el caso del padre Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, acusado de abusos junto a otros religiosos, es evidente.

España no ha tenido una “ola de abusos” pero podría darse, al igual que en otros países, pues la figura del religioso todavía es una fuente de respeto y autoridad en medio de la sociedad al igual que la Iglesia en general que hacen de dique de contención ante la decisión de señalar a los presuntos pederastas. El caso español es todavía más especial e intuyo que, cuando se destape, será mayestático: en España todavía posee un gran peso y poder (con el tratado firmado con la Santa Sede) por lo que resulta más difícil “abrirse” paso entre la espesura cuando se trate de sacar estos hechos a la luz. Veremos que pasa cuando sucesos como el de Aguirre, que invitaba a sus alumnos a masturbarse para comprobar como la “vida desde la eyaculación” justificaba su lucha contra el aborto, se multipliquen y la asedien.

La solución pasará sin remedio por una doble dirección que ya señalaron los teólogos mencionados y que, tarde o temprano, la Iglesia tendrá que abordar: el celibato y el sacerdocio femenino. Pasado el primer milenio de la cristiandad cristalizaron los sucesivos consejos en orden a que los que administraban sacramentos y presidían las eucaristías no podían casarse, siendo el matrimonio incompatible con el ser religioso, así como la marginación de la mujer en su papel comunitario, pasando de detentar ciertos ministerios (como el episcopado) a ser rechazada por “impura” o “tentación del diablo”. La Iglesia del futuro deberá abordar el tema de la sexualidad, que provoca tanto miedo y parálisis en los clérigos, para velar por lo “verdaderamente necesario” tanto dentro de ella como en la sociedad en la que se mueve.

Las excusas (con formato de “teológica argumentación”) no deben servir para enmascarar la realidad que está asediando la credibilidad de la iglesia en general y los cristianos en particular. No se puede ser contrario a la presunta relatividad moral de la sociedad (aborto, eutanasia, falta de valores, etc.) y por otro ser condescendiente con delitos de lesa humanidad. De la misma manera cuando interesa se identifica delito y pecado, caso de España, intentando regular la vida civil. El ejemplo y los hechos a la luz del día hicieron a Jesús un portentoso profeta. El mal ejemplo o los frutos podridos de algunos deben ser erradicados, con mucha caridad si se quiere, pero desprovistos de la autoridad moral del que enseña y tiene potestad para administrar el evangelio. Y si ello debe significar ir a la cárcel, por mucho ruido que haga, es preferible a “consumir” las tiernas almas de inocentes y el crédito de los buenos fieles. El hecho religioso no debe significar “ausentarse” de sus responsabilidades civiles por un lado y obtener todas las dádivas divinas por otro. Ya dijo San Pablo que “mejor casarse, que abrasarse”. Y yo añadiría “mejor hacerse un nudillo, que hacer llorar a un niño”.

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