16 May 2009
CINCO TESIS PARA UNA TEORÍA SOBRE LA AGRESIVIDAD
Entretiempo
Amelia Díez Cuesta
Tesis I: La agresividad se manifiesta en una experiencia que es subjetiva por su constitución misma.
Tesis II: La agresividad, en la experiencia, nos es dada como intención de agresión y como imagen de dislocación corporal, y es bajo tales modos como se demuestra eficiente.
Tesis III: Los resortes de la agresividad adeciden de las razones que motivan la técnica del análisis.
Tesis IV: La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo.
Tesis V: Semejante noción de la agresividad como de una de las coordenadas intencionales del yo humano, y especialmente relativa a la categoría del espacio, hace concebir su papel en la neurosis moderna y en el malestar en la civilización.
La agresividad en relación con la dimensión del espacio viene a traslaparse con la de la angustia que se desarrolla en la diemsnión temporal.
Entre estas dos tensiones asume el sujeto su desgarramiento original, por el cual ouede decirse que a cada instante constituye su mundo por medio de la pulsión de muerte.
El sujeto "liberado" muestra sus cuarteaduras , con las neurosis de autocastgo, con los síntomas histérico-hipocondriacos de sus inhibiciones funcionales, con las formas psicasténicas de sus desrealizaciones del prójimo y del mundo, con sus secuencias sociales de fracaso y de crimen.
El psicoanálisis abre la vía de su sentido en una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales.
10 Mar 2009
FRAGMENTO de DIARIO DE UN ESCRITOR. FEDOR DOSTOIEVSKI
Cuadro de Miguel Oscar Menassa
CERVANTES POR DOSTOIEVSKI
Don Quijote es un gran libro; es del número de los eternos, de esos con que sólo de tarde en tarde se ve gratificada la Humanidad. Y observaciones análogas respecto de lo más profundo de nuestra humana naturaleza se hallan en ese libro, en cada página. Ya el solo hecho de que Sancho, esa encarnación de la sana razón, de la prudencia y la áurea medianía, se consagrase a ser amigo y compañero de aventuras del más loco de los hombres, él precisamente y no ningún otro, es notable. Se pasa todo el tiempo engañándolo como un niño y, no obstante, está plenamente convencido del gran talento de su amo; se conmueve hasta lo patético ante su grandeza de alma, cree a pies juntillas en todos los fantásticos sueños del caballero y ni una sola vez pone en duda que aquél habrá de conquistar algún día una ínsula para regalársela. ¡Cuán de desear sería que nuestros jóvenes conociesen esa gran obra! No sé lo que ahora pasará en las escuelas, con la literatura; pero sí sé que ese libro, el más grande y triste de cuantos libros ha creado el genio de los hombres, levantaría el alma de más de un joven con el poder de una gran idea, sembraría en su corazón la semilla de grandes problemas y apartaría su espíritu de la sempiterna adoración del estúpido ideal de la medianía, del orondo amor propio y la vulgar sabiduría práctica.
Ese libro, el más triste de todos, no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final. Y denunciará el más hondo, terrible misterio del hombre y de la Humanidad en el contenido: que la belleza suprema del hombre, su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valor todo y, finalmente su talento más grande, se consumen hartas veces, por desgracia, sin haber reportado a la Humanidad provecho alguno, convirtiéndose en un objeto de irrisión, sólo por faltarle al hombre con tan ricos dones agraciado, un don supremo: el genio necesario para dominar la riqueza y poder de esas dotes, gobernarlas y dirigirlas –esto es lo principal–, no por fantásticos caminos de locura, sino por la senda recta, empleándolos en el bien de la Humanidad. Pero, desgraciadamente, son tan pocos, tan poquísimos los genios concedidos a las razas y pueblos que, con frecuencia, estamos obligados a presenciar esa ironía del Destino: que la actuación del más noble y ferviente filántropo sea blanco de burlas y pedradas, por no atinar en la hora decisiva con el verdadero sentido de las cosas y no encontrar una palabra nueva. Pero este espectáculo del desperdicio de fuerzas más grandes y nobles puede, efectivamente, inducir a desesperación a más de un amigo de los hombres, moviéndolo no a risa, sino a llanto ardiente, emponzoñando para siempre con la duda su hasta entonces crédulo corazón.
Por lo demás, solo he querido aludir a uno solo de los rasgos característicos de Don Quijote, a una de las observaciones incontables que Cervantes ha hecho sobre el corazón del hombre y expuesto de forma magistral.
El hombre fantástico, persuadido hasta la locura de la más fantástica ilusión que pueda imaginarse, se ve de pronto asaltado por la duda que amenaza dar al traste con toda su fe. Y es notable que lo que motiva esa duda no sea la incongruencia de su locura naciente, ni la descripción de aquellos caballeros que corrían aventuras por el bien de la Humanidad, ni el desatino de los sortilegios de los magos, que refieren esos libros tan fidedignos, sino algo completamente secundario, lo que bruscamente suscita su duda. El hombre fantástico siente de pronto el ansia de realismo. No lo desconcierta el hecho de que súbitamente queden tropas enteras encantadas. ¡Oh, eso no le inspira la menor duda! ¿Cómo habrían podido demostrar su heroísmo esos caballeros magníficos si no se hubiesen visto en trances tales, si no hubiesen tenido gigantes y hechiceros malignos y envidiosos de su grandeza? El ideal del caballero andante es tan alto, tan bello y útil, y de modo tal se ha apoderado del corazón de Don Quijote, que se le hace ya imposible renunciar a la creencia incondicional en él, pues eso equivaldría a traicionar el deber y traicionar el amor a Dulcinea y a la Humanidad. Pero cuando, al fin, renunció a todo; cuando se curó de su locura y se convirtió en un hombre listo, no tardó en irse de este mundo, plácidamente y con triste sonrisa en los labios, consolando todavía al lloroso Sancho y amando al mundo con la gran fuerza de aquel amor que en su santo corazón se encerrara, y viendo, sin embargo, que no hacía ya falta alguna en la Tierra. No, lo que lo desconcertaba era, sencillamente, una consideración en todo punto exacta, en todo punto matemática: la de que por más poderoso que un caballero fuese, espada en ristre, a descargar mandobles a diestro y siniestro, había de serle, con todo, imposible vencer a un ejército de cien mil hombres, en el espacio de unas pocas horas, y aunque fuese en un día y, además, no dejando con vida a ningún enemigo. Pero ¡así se dice, no obstante, en esos libros fidedignos! ¿Se tratará de una mentira? Pero ¡sí ésa fuera mentira, todo lo demás lo sería también! ¿Cómo salvar la verdad? Y he aquí que entonces, para salvar la verdad, idea él otra ilusión, dos, tres veces más fantástica, ingenua y disparatada que la primera: imagina cien mil hombres hechizados, con cuerpos de molusco, que la aguda espada del caballero puede traspasar con facilidad y rapidez diez veces mayores de las que consentirían cuerpos de hombres corrientes. De esta suerte queda satisfecho el realismo, salvada la verdad, y él puede seguir creyendo tranquilamente en la ilusión primera y máxima, y todo esto gracias a la ilusión segunda, mucho más absurda todavía, concebida por él sencillamente para salvar el realismo de la primera.
Recojámonos ahora en nosotros mismos y examinémonos:
¿no nos ha ocurrido a cada uno de nosotros otro tanto en la vida, un centenar de veces? Supongamos que te has encariñado con un sueño, una ilusión, una idea, una convicción o un hecho externo que hizo mella en tu ánimo, o finalmente, con una mujer que te encantó. Con toda el alma te consagras al objeto de tu amor. Pero, no obstante estar tan enamorado, pese a toda tu ceguera, si hay en ese objeto de tu amor una mentira, una excelencia, algo que tú mismo exageraste y descubriste en tu primer arrebato de pasión, únicamente para hacer de eso tu ídolo y postrarte ante él, a pesar de todo, en secreto, no dejas de sentir cierto escozor: la duda te atosiga, importuna tu razón, se pasea por tu alma, y no te consiente que vivas tranquilo con tu sueño amado. Pues bien: ¿no recuerdas, no te lo confiesas a ti mismo en tu interior? ¿Qué fue entonces lo que de pronto te sirvió de consuelo? ¿No fuiste y fraguaste un nuevo ensueño, una nueva patraña, acaso horriblemente vulgar, pero en la que te diste prisa a poner tu fe sólo por haber disipado tu primera duda?
09 Mar 2009
MÁS SOBRE EL COLOR. MATISSE
El contorno de tu sonrisa
Autor. Miguel Oscar Menassa
En los Independientes oigo siempre al “padre” Pissarro exclamar, ante una hermosa naturaleza muerta de Cézanne que representa una jarra de agua de cristal tallado, estilo Napoleón III, toda una armonía azul: “Es como un Ingres”.
Algunos pintores de mi generación han visitado y frecuentado a los Maestros del Louvre, donde fueron guiados por Gustave Moreau antes de haber tenido contacto con los Impresionistas. Sólo más tarde fueron a la rue Laffite, y fueron para ver, sobre todo, en lo de Durand-Ruel, la célebre Vista de Toledo y la Ascensión al Calvario del Greco; también estudiaban algunos retratos de Goya e incluso admiraban el David y Saúl de Rembrandt. Es de destacar que Cézanne, al igual que Gustave Moreau, haya hablado de los Maestros del Louvre. Cézanne se pasaba sus tardes dibujando en el Louvre, en la época en que le hacía el retrato a Vollard. Al anochecer volvía a su casa, y cuando pasaba por la rue Laffite le decía a Vollard: “Creo que la sesión de mañana va a ser buena, ya que estoy contento con lo que he hecho esta tarde en el Louvre”. Esas visitas al Louvre enriquecían las observaciones de cada mañana, cuando el artista enfrentaba nuevamente el trabajo y juzgaba lo realizado en la sesión de la víspera.
En lo de Durand-Ruel vi dos hermosísimas naturalezas muertas de Cézanne, bizcochos, lecheras, frutas de azules apagados. Fui a verlas por indicación del padre Durand, a quien yo mostraba mis naturalezas muertas: “Vea estos Cézannes –me decía–, que no puedo vender. Trate de pintar interiores con figuras como este trabajo o de la calidad de aquél”.
Como hoy, el camino de la pintura parecía completamente bloqueado a las nuevas generaciones; los Impresionistas acaparaban toda la atención.
Van Gogh y Gauguin eran ignorados. Fue necesario derribar un muro para pasar.
A propósito de las diferentes corrientes modernas, pienso en Ingres y en Delacroix a quienes en su época todo parecía separar; y de tal manera que los respectivos discípulos hubieran podido organizar dos bandas rivales si ellos se lo hubieran propuesto. Y, sin embargo, es fácil ver sus similitudes.
Los dos se expresaban a través del arabesco y del color. Ingres, por su color casi “compartimentado” y “entero” fue llamado “un chino perdido en París”. Ambos forjaron los mismos eslabones de la cadena. Sólo los matices impiden confundirlos.
Gauguin y Van Gogh, años después, darán la impresión de haber vivido el mismo tiempo: arabescos y color también. La influencia que siente Gauguin parece haber sido más directa que la de Van Gogh. Incluso Gauguin parece salir de Ingres.
El joven pintor que no puede desprenderse de la influencia de la generación precedente va hacia un estancamiento.
Y para salvarse del hechizo de la obra de sus mayores inmediatos, que por otra parte aprecia, trata de buscar nuevas fuentes de inspiración en las producciones de diferentes civilizaciones, y de acuerdo también con sus propias afinidades. Cézanne se inspiró en Poussin.
Si es sensible, un artista no puede perder, rechazar, ni negar el aporte de la generación anterior, pues a pesar de él mismo toda esa carga va a gravitar en su aporte. Sin embargo, es necesario que él se libere para dar de sí en su momento una cosa nueva y algo de fresca inspiración.
“Desconfíen ustedes del maestro influyente”, decía Cézanne.
Un pintor joven, que sabe que no va a inventarlo todo, debe ordenar su cabeza para poder conciliar los diferentes puntos de vista, tanto de las obras hermosas que lo impresionen como de las interrogaciones que haga a la naturaleza.
Tras haber tomado conocimiento de sus medios de expresión, el pintor debe preguntarse: “¿Qué es lo que yo quiero?”, e ir en su búsqueda de lo simple a lo complejo para tratar de descubrirlo.
Si sabe conservar su sinceridad frente a su sentimiento íntimo, sin trampas ni autocomplacencias, su curiosidad no lo abandonará nunca, como tampoco lo abandonará, ni siquiera al final de su vida, el entusiasmo ante el trabajo arduo y aquella necesidad de aprender que tuvo en su juventud.
¡Qué puede existir más hermoso que esto!
París, 30 de agosto de 1945
Función y modalidades del color
Decir que el color ha vuelto a ser expresivo es hacer su historia. Durante mucho tiempo no fue sino un complemento del dibujo. Rafael, Mantegna o Durero, como todos los pintores del Renacimiento, construyeron a través del dibujo y le agregaron luego el color local.
Por el contrario, los primitivos italianos y sobre todo los orientales habían hecho del color un medio de expresión. Se tuvo alguna razón cuando se bautizó a Ingres como un chino ignorado en París, ya que iba a ser el primero en usar colores francos, limitándolos sin desnaturalizarlos.
De Delacroix a Van Gogh y sobre todo Gauguin, pasando por los Impresionistas que hacen una limpieza, sin olvidar a Cézanne, que da un impulso definitivo e introduce los volúmenes coloreados, se puede seguir esta rehabilitación de la función del color, y la restitución de su poder emotivo.
Los colores tienen una belleza propia que hay que tratar de preservar, así como en música hay que tratar de conservar los timbres. Cosa de organización, de construcción, para no alterar esta hermosa frescura del color.
Los ejemplos no faltaban. Teníamos, delante de nosotros, no sólo pintores sino también el arte popular y las telas japonesas que se vendían entonces. Para mí, el fovismo fue también la prueba de los medios: ubicar los colores, el uno al lado del otro, unir de manera expresiva y constructiva un azul, un rojo, un verde. Era el fruto de una necesidad que nacía en mí y no el resultado de un acto voluntario, de una deducción o un razonamiento donde la pintura no tiene nada que hacer.
Lo que cuenta con mayor fuerza en el mundo de los colores son las relaciones. Gracias a ellas y a esos colores en sí, un dibujo puede ser intensamente coloreado sin que sea necesario poner color.
Sin duda, hay mil maneras de trabajar el color, pero cuando se lo compone, como el músico compone sus armonías, se trata simplemente de hacer valer las diferencias.
En verdad, música y color no tienen nada en común, pero siguen líneas paralelas. Siete notas con ligeras modificaciones alcanzan para escribir un mundo de partituras. ¿Por qué no ha de ser lo mismo en plástica?
El color no es jamás cuestión de cantidad sino de elección. En sus orígenes, los ballets rusos y en especial Scheherazade, de Bakst, rebosaban color. Profusión sin medida. Se podría haber dicho que el color había sido repartido indiscriminadamente. El conjunto era alegre por la materia, pero no por la organización. Sin embargo, los ballets han sido campo de ensayo de medios novedosos, que a la vez los han enriquecido ampliamente.
Un alud de colores no tiene fuerza. La culminación del color sólo se da cuando está organizado, cuando responde a la intensidad emocional del artista.
En el dibujo, incluso en el de una sola línea, se puede dar, en cualquier zona que esa línea encierre, una infinidad de matices. La proporción desempeña una función primordial.
No es posible separar dibujo y color. Puesto que el color no ha sido jamás aplicado a la ventura, desde el momento que hay límites y sobre todo proporciones, hay escisión. Es allí donde interviene la creación y la personalidad del pintor. El dibujo cuenta mucho, también. Es la expresión de la posesión de los objetos. Cuando uno conoce a fondo un objeto puede contornearlo con un trazo exterior que lo va a definir por completo. Ingres decía sobre este punto que el dibujo es como una canasta a la que no se le puede arrancar una tirilla de mimbre sin hacer un agujero.
Todo, incluso el color, debe ser creación. Primero analizo mi sentimiento antes de llegar al objeto. Y luego hay que recrear todo. Tanto el objeto como el color.
Si los medios empleados por los pintores han sido atrapados por la moda, pierden su honda significación. Esos medios no disponen ya de ningún poder sobre el espíritu. Su influencia no modifica sino la experiencia de las cosas. Cambia solamente matices.
El color contribuye a expresar la luz, no el fenómeno físico sino la luminosidad que existe como hecho, la que está en el cerebro del artista.
Cada época aporta su propia luz, su sentimiento particular del espacio, como una necesidad. Nuestra civilización, incluso para aquellos que no hayan viajado en avión, ha traído una nueva comprensión del ciclo, de la superficie, del espacio. Y hoy se ha llegado a exigir una posesión total de este espacio.
Suscitados y sostenidos por lo Divino, todos los elementos se encuentran en la naturaleza. El creador, ¿no es él mismo la naturaleza?
Llamado y alimentado por la materia, recreado por el espíritu, el color podrá traducir la esencia de cada cosa y responder al mismo tiempo a la intensidad del choque emotivo. Pero dibujo y color no son sino una sugestión. A través de la ilusión que despierten, deben provocar en el espectador la posesión de las cosas. Y la medida del artista estará dada por su posibilidad de sugestionarse y trasladar esa sugestión a su obra, y de allí al espíritu del espectador. Un viejo proverbio chino dice: “Cuando se dibuja un árbol, se debe sentir poco a poco que uno se eleva”.
El color, sobre todo, es tal vez, más aún que el dibujo, una liberación. La liberación es el abandono de las convenciones; son los medios antiguos reemplazados por los aportes de las nuevas generaciones.
Como el dibujo y el color son medios de expresión, son modificados. De ahí la extrañeza que provocan los nuevos medios, ya que ellos se refieren a cosas diferentes de las que interesaban a las generaciones anteriores.
Finalmente, el color es suntuosidad y reclamo. Y he ahí el privilegio del artista: transformar en precioso al más humilde de los objetos y ennoblecerlo.
Reflexiones 1945
El negro es un color
El negro, como color, tiene el mismo derecho que los otros colores: el amarillo, el azul o el rojo.
Los orientales han empleado el negro como color, sobre todo los japoneses en las estampas. Más cercano a nosotros, tengo presente un cuadro de Manet, en el que recuerdo que la chaqueta de terciopelo negro del hombre joven con sombrero de paja es de un color negro franco y luminoso.
En el retrato de Zacarías Astuc, hecho por Manet, hay una nueva chaqueta de terciopelo también expresado por un negro decidido e intenso. En mi panel de los Marroquíes, ¿no hay acaso una zona grande y con tanta luminosidad como los otros colores del cuadro?
1946.
El camino del color
El color existe en sí, posee una belleza propia. Fueron los géneros japoneses que comprábamos por monedas en la rue de Saine, los que nos lo revelaron. Comprendí, entonces, que se podía trabajar con colores expresivos, que no son obligatoriamente colores descriptivos. Por cierto que los originales eran sin duda decepcionantes. Pero, la elocuencia, ¿no es acaso más poderosa y más directa cuando los medios son más burdos? Van Gogh también se entusiasmaba con aquellos géneros japoneses.
Una vez liberado el ojo, limpiado por las telas japonesas, me sentí preparado para recibir verdaderamente a los colores en función de su poder emotivo. Si admiraba instintivamente a los primitivos del Louvre, y después al arte oriental, en particular la extraordinaria exposición de Munich, fue porque encontré allí una nueva confirmación. Las miniaturas persas, por ejemplo, me mostraban toda la posibilidad de mis sensaciones. Yo podía volver a encontrar en la naturaleza cómo esas sensaciones deben venir. Por lo accesorio, este arte sugiere un espacio más amplio, un verdadero espacio plástico. Eso me ayudó a salir de la pintura intimista.
La revelación, pues, me vino del Oriente. Fue años más tarde cuando comprendí y me emocionó la pintura bizantina frente a los iconos de Moscú. Uno se libera tanto más cuando ve sus esfuerzos conformados por una tradición, por antigua que esa tradición sea. Y ella nos ayuda a saltar el foso.
Había que salir de la imitación, incluso de la imitación de la luz. Se puede provocar la luz por la invención de colores lisos, como se estila con los acordes musicales. Yo empleé el color como medio de expresión de mi emoción y no como elemento de transcripción de la naturaleza. Utilizo los colores más simples. Yo mismo no los transformo. Son las relaciones que se establecen las que se encargan de hacerlo. Se trata solamente de hacer valer las diferencias, de hacerlas resaltar, de acusarlas. Nada impide componer con sólo algunos colores, la música fue elaborada únicamente sobre siete notas.
Basta con inventar signos. Cuando se siente auténticamente la naturaleza, se pueden crear signos que establezcan una equivalencia entre el artista y el espectador.
En los primeros ballets rusos, Bakst ponía enormes cantidades de color. Era magnífico, pero sin expresión. Porque no es la cantidad lo que cuenta sino la elección, la organización. La única ventaja que se obtuvo fue que el color, súbitamente, tuviera carta de ciudadanía y entrada hasta en las grandes tiendas.
A pesar de nosotros mismos, hemos hecho esa elección; fue imposible escapar a ella, era una fatalidad. Por eso, la elección del color representa tan profundamente el espíritu de una época. Pero no hay necesidad de quedarse en eso, hay que avanzar, continuar, ir más lejos.
Reflexiones 1947.
07 Mar 2009
LA VIDA. PSICOANÁLISIS DEL AMOR. 1975. MENASSA. POESÍA
Soy,
lo que se dice,
un hombre aniquilado por los papeles.
Mi vida va pasando,
entre leves escrituras,
leves trámites burocráticos.
Mi vida,
va pasando con el tiempo.
Comer.
Dormir.
Desesperarme alguna que otra vez por el amor.
Ir huyendo de a poco de la vida,
temer de todo.
Del ronco aliento del mar,
de las poderosas letras de la máquina.
De mis palabras
y de tus besos mi amor,
tus besos,
tu boca abierta,
incansable y abierta,
manantial,
agua fresca,
tus besos.
Te confieso:
ser,
quise ser,
un hombre normal.
Todo me salió mal,
y tengo miedo de que la justicia se dé cuenta que poseo,
los últimos secretos del amor.
Las bombas contra las bombas.
Cada palabra contra toda palabra:
Soy inmune,
heterosexual
y poeta.
Lo reconozco,
no soy moderno.
A veces,
siento mi corazón despedazado y loco,
un cuerpo sin razón,
sin límites precisos.
En esos instantes,
amo todos los cuerpos.
En esos instantes,
mejor es dejarse llevar,
ir olvidándose de todo.
Vivir no es fácil,
a veces una ráfaga infernal se lleva todo por delante,
a veces ocurre,
fatal e inevitable,
la torpeza.
A veces el amor,
roza sin par,
la algarabía por vivir.
Tardes y noches y soledades,
apretujándose unas contra otras,
para ser,
instante único,
vuelo final.
A veces entre sueños,
conquisto mi libertad,
pintarrajeada
y vestida con sedas para la fiesta,
descansa,
ahora sobre mi pecho,
entre mis genitales.
Necesitaba,
un poco de amor,
se parece a la muerte.
Y si canto por las mañanas,
será tal vez,
que el mundo es agradable,
vivir,
ameno,
comerse una ciruela en pleno verano,
fresco.
Hacer el amor,
entretenido.
Morir,
natural,
y todo en perfecto orden,
como ustedes pueden imaginarse,
un hombre,
totalmente encaminado,
un hombre serio,
respetado,
un muerto en vida.
Una palabra estampada hace siglos,
una vejez permanente desde la infancia,
lo que se dice,
-algunos libros escritos por algunos hombres-
el peso de la historia.
Escribo por lo tanto,
no para ser histórico,
sino más bien con el intento
y no es poco decir,
de transformar el pequeño hombrecito,
que nos permiten,
las históricas leyes.
Insisto,
algunos libros escritos,
por algunos hombres.
Para empezar,
quiero empezar por el principio:
Vivir,
no es,
eso que usted tanto defiende.
Eso,
que usted argumenta con tanta pasión
que no se lo permiten,
eso,
eso es morir.
Vivir,
es siempre,
una apsión contra uno mismo.
Un levantarse todas las mañanas,
terco,
empecinado,
voluptuoso,
contra el día anterior.
Contra mi propia manera de ser,
contra mi famosa personalidad,
mis ritos.
Vivir,
os digo,
una flor que se abre,
cada mañana,
diferente.
Cada mañana
un movimiento nuevo para el amor,
cada mañana
una circulación diferente.
La familia no existe.
Mi madre,
también es una historia.
Mi padre,
esas palabras,
otros padres.
Vendavales de furia,
orgías de locas enredaderas,
creciendo hacia lo alto,
hacia la nada,
embriagan mi ser.
Me recuerdan,
la primitiva ceguera donde el hombre,
pequeño y despiadado animal,
mataba para comer.
Os digo:
el amor,
es lo que vive en el propio centro de las tripas,
el resto,
enseñanzas de la primera escolaridad,
aquel inolvidable padre nuestro,
rezado,
en brazos de mi madre,
chupándole las tetas.
En el amor,
nadie entrega,
y nadie recibe nada.
Todo es invisible,
maceración sin huellas,
sangre olvidada,
en el amor,
el crimen es perfecto.
Limpio,
inolvidable,
y no,
por la algarabía de su reinado que no existe,
sino más bien,
por el olor,
el simple olor de carne humana,
madura.
Fui,
la fuga fugaz.
Una ilusión,
poder partir,
alejarse del mundo.
Sólo entre los recuerdos
y algunas relaciones familiares,
conquisté el universo.
Todo lujuria y vértigo,
todo palabra.
Grandes espejos, disfrazados de conchas marinas,
mostrando entre sus vlavas abiertas desmesuradamente,
el ojo,
violento del amor,
clavado en mi mirada.
Y todo era luz,
ceguera y luz.
Estábamos,
lo recuerdo,
tomados de la mano,
extendidos sobre la arena,
muertos.
Vendrán los tiempos,
donde no habrá precisamente,
ni furia,
ni sonido.
Y te lo prometo,
en un tiempo más,
los niños y los poetas,
cagarán en el baño.
Y los ruidos orgánicos,
por decreto,
cambiarán sus sórdidos sonidos de cloacas,
por música de Bach.
Compuestos y almidonados,
con el pene,
-planchado por mi madre-
de los días domingo,
haremos el amor.
Y habrá fiesta,
en el corazón sublime de la esperanza,
y ese día,
nos miraremos a los ojos.
Y mi cuerpo tendrá la arrogancia,
de saberse un hombre de bien,
y recitándote al oído,
mi último poema,
"el amor existe"
hago estallar,
precisamente a medianoche,
tu culo,
en mil fragmentos ambarinos,
catarata de amor,
aguas dulces del orinoco sobre el mundo,
entre tus blasfemias.
De mi padre,
soy lo más brusco,
quiero decir,
lo permanente.
Varias mujeres,
hacen la mujer.
Varios hombres,
la guerra.
Una manera de decir,
los encuentros son raros,
las dimensiones incomparables.
Un hombre,
una mujer,
son,
quiero decirlo,
el borde de un abismo,
todavía prohibido.
De mi madre,
soy,
todo lo que vuela.
Lo que desaparece.
El milenario rimmel,
negro en sus ojos.
El carmín,
en sus labios,
y el frenético temblor de sus tetas frente a mi sonrisa,
de niño enamorado,
amante de la libertad,
contaba empecinadamente el tiempo de su cautiverio.
Reloj de sangre.
MIGUEL OSCAR MENASSA
26 Feb 2009
NOTAS SOBRE EL COLOR. MATISSE
Un paso más
Autor: Miguel Oscar Menassa
1972 En pintura, los colores tienen su fuerza y elocuencia cuando se los emplea en estado puro, cuando su brillo y pureza no son alterados, rebajados por mezclas extrañas a su naturaleza (el azul y el amarillo, que hacen el verde, pueden yuxtaponerse, pero no mezclarse; si no, se puede emplear el verde tal como la industria nos lo fabrica. Lo mismo que para el color naranja, la mezcla del rojo y amarillo sólo da un tono sin pureza, ni vibración). Es evidente que los colores empleados en estado de pureza o degradados con blanco pueden dar más que puras sensaciones retinianas, ya que esos colores son el producto del aprovechamiento de la riqueza cerebral de quien les dio vida. Los colores pueden ser multiplicados por las gradaciones con el blanco o con el negro. Hay una diferencia entre un negro mezclado con azul de Prusia y un negro mezclado con azul de ultramar. El mezclado con ultramar tiene la calidez de las noches tropicales, mientras que el otro posee la frescura de los ventisqueros... Lo mismo que la modificación de la expresión musical puede provenir de una fruslería, ya que hay tanta diferencia entre el modo mayor y el menor como la que hay entre el sol y la sombra, ocurre lo mismo con el color; pues la disminución, en un acorde de muchos colores, de uno solo de sus elementos que permita que otro se destaque, cambia la expresión del acorde, altera la relación, suponiendo desde ya que ese acorde ha sido establecido por el pintor, que tiene la posibilidad de imprimir un carácter expresivo a la reunión de varias superficies coloreadas. Desde ya que el color puro, con su intensidad y sus reacciones sobre las cantidades vecinas, es un medio difícil. Las vidrieras de colores como en el caso de las de Chartres, que son las más hermosos, son raras. No es que las materias de los componentes sean particulares sino que es la proporción del color lo que hace la calidad. Pero no hay que confundir vidriera y superficie pintada. La vidriera está aclarada por transparencia y la tela está pintada directamente. Una superficie pintada puede dar la sensación de ser iluminada desde dentro; cosa que está mal, ya que debe ofrecer al ojo la resistencia de una superficie; sin esa condición, esa superficie es insoportable.
1962 El color exige enorme precisión en cuanto a los aportes de las distintas partes componentes y exige también que su acción sea empleada de la manera más directa y más completa. De esta manera se obtiene firmeza; las relaciones vagas dan como resultado expresiones vagas y blandas. La mutua influencia de los colores es esencial para el colorista, y los tintes más hermosos, más fijos, más inmateriales se obtienen sin que sean materialmente expresados esos colores. Por ejemplo: el blanco puro se transforma en liláceo, rosado ibis, verde veronés o azul angélico gracias a la vecindad de sus contrarios. Signac decía: “Es simple, sólo que nosotros sabemos demasiado para actuar”. Sí, en efecto, es muy simple. Como es simple el violín: cuatro cuerdas en un determinado punto de tensión, algunas crines de caballo colocadas en un arco. Y agregaba: “Sólo la divina proporción lo hace todo”.
20 Feb 2009
PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XXXIII
Suelo por las tardes tenderme sobre páginas blancas. Comienzo mi baile con contorsiones infinitas como de danzas. Corazones distorsionados por pasiones mal-habidas y crueldad. Pasiones exaltadas y antiguas se refugian en tu mirada.
Son los dioses de la bondad y la tristeza en tu piel.
Como si las serpientes bellas de la noche en el enjambre de la dicha en los encuentros nocturnos y la realización de algún deseo infantil y el olor a pan quemándose para que todos oliéramos a pan. Ahora, una gran guerra se desencadena sobre las vertientes más claras del amor. Allí, precisamente, donde la nieve es Ella.
Aunque no deje de besarla, sus ojos se desploman, llegan hasta mis pies sedientos, casi sin mirada, y para despedirme te recuerdo que nunca sé, exactamente, qué debo hacer. Estoy parado en el centro del habla. Cuando camino se mueven todos los sentidos. Cuando escribo, nada es seguro de ser, ni nuestro amor.
Músicas, totalmente, perpendiculares a mi fortuita manera de amar.
19 Feb 2009
PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XXXII
Homenaje artístico a las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Fueron cuatro horas de canciones y poemas, casi una orgía sangrienta, donde muerte y canción, también, eran el viento.
Fuimos torturados y muertos varias veces en esas cuatro horas. También nosotros, matamos sin cesar. Yo, como siempre me pasa en esos casos terminé alucinado.
Cuando volví a casa le dije a Ella que el mundo es una mierda y que nosotros no habíamos entendido casi nada de la vida y que estábamos todos, en verdad, un poco locos. Ella trató de despertarse sin conseguirlo del todo y entre sueños dijo dos o tres veces ¡viva Perón! y ¡Evita Montonera! Yo la sacudí, suavemente, y le dije, no te hagas la dormida, nena, que te quiero decir que el mundo se hunde, se desploma, que ya quedan muy pocos en el mundo, que ya estamos ¡tan solos!
Vení me dijo Ella, poné tu loca cabezita entre mis piernas, no ves que tu mirada me hace temblar.
Dejáme, nena. Quiero decirte, que tengo la cabeza llena de personas muertas y descuartizadas. Manos cortadas en el momento de pulsar una guitarra, gargantas arrancadas en en momento de cantar, pechos destrozados en el momento de dar de mamar. Te digo, nena, tengo la cabeza reventada de sangre y de pus. Niños asesinados a patadas antes de nacer. Hombres y mujeres muertos, o mutilados, o inmensamente tristes a punto de morir.
Ella, mientras yo moría mil veces sin morir y lloraba como un maricón en los renglones anteriores, había apoyado con cierta firmeza sus nalgas contra mi pubis, yo amaba esas nalgas, ese culito de papá, como tantas veces se lo había hecho. Nalgas abiertas sin escrúpulos y recordé que por ese culo yo había dado más de la mitad de mi vida, pero justo en ese momento. A mí la muerte me había helado el alma y se lo dije: Mi amor, hoy 30.000 desaparecidos tironean de mi pija para abajo, para los túneles secretos, para abajo, querida, para las tumbas secretas, para abajo, querida, una caída, te digo, donde la muerte te hiela la sangre.
Hoy los vi morir, una vez más a todos. Tocáme, le dije para que no desconfiara, en semejante cementerio, querida, el sexo no existe. Y ella, me tocó; suavemente, primero con el dorso de la mano jugueteó con mi pelo pubiano casi hasta la risa o hasta la excitación, después, con la palma de la mano me acariciaba por debajo de los huevos, haciendo llegar, muy delicadamente, sus dedos más finos y largos hasta mi pequeño culo, cerrado por el terror y, sin tocarme la pija, directamente, me la chupó.
Y mientras su lengua se movía desesperadamente contra la muerte, llegué a pensar que esta vez, ella era la que tenía razón. Me dejé llevar por el ritmo que marcaba su lengua contra las heladas sombras de mi noche y comencé a moverme lentamente. Ella, agradecida, se abalanzó con su boca contra mi boca me besó largamente, después entre gemidos y llantos se apretaba fuertemente a mí y me decía, también fue mi patria, yo, también, estoy muerta; ¡ámame! La abracé fuertemente, y así nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente me levanté pensando en una gran clínica psiquiátrica, con lugar para todo el mundo, también, para los muertos.
Metido en un infierno trato de hacer llegar algún poeta estas palabras de mi fuego.
La cabeza está a punto de estallarme en sí misma, los llantos de toda la humanidad se concentran hoy en mis manos. El dolor perfecto de un billón de madres llorando a sus hijos muertos para siempre, la tierra entera ensangrentada, llorando desesperanzada por la violencia sin límites de sus hijos.
Mi desesperación no tiene límites. Me dejo caer en los brazos de un tango y la caída llega hasta la tumba de mi padre.
Aquí estoy, padre, he venido a develar los últimos secretos del ser de la poesía. Me recuesto a tu lado y soy esa ceniza gris que vuela entre mis versos camino de la verdad. Este cielo mío, que padezco. Un cielo sin Dios, sin paraíso, sin retorno.
Acontezco en tu ser como una antigua momia egipcia, y me desvenezco entre olores de jazmines y anices palaciegos. Busco en tu nombre el recuerdo de alguna grandeza y me encuentro conmigo mismo en el centro de tu corazón.
Toda historia que salía de tus labios era para sostener mi nombre en el espacio. Un hombre alto fuerte, hermoso, por esas cosas de la poesía, todo el desierto estará en su mirada. Toda ciudad, toda guerra se aferrará a su escritura para no morir. Este fin de siglo se escribirá un poema que tendrá que ser vivido durante dos mil años para comprender su esencia de futuro.
Ha pasado la tarde y los gusanos piden su lugar en la tumba de mi padre, beso por última vez los labios de mi padre cayéndose y, con elegancia, parto sin destino hacia tus brazos.
13 Feb 2009
PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XVIII
Encuentro estos momentos de nuestra relación propicios para comenzar a decirte cómo es que a mí me gustarían las cosas entre nosotros. Y, sin embargo, elijo el silencio entrecortado de mis versos para no decirte del todo, para dar cabida, una vez más, a tu frondosa imaginación, sin la cual, debo reconocerlo, ya me sería muy difícil seguir viviendo.
Soy, mi querida señora, el que quiso matar la paloma de la paz. El buitre ensangrentado lleno de furia por haber sido maltratado en el amor desde pequeño. Por eso, en los encuentros mortales, en la desavenencia nocturna del alba, allí puedo decirle los olores de las tristes mariposas muertas antes de volar verdaderamente. Esas almas sin destino.
Voladoras para recreación de algún espíritu volador , Quisiera, junto contigo, amada, ser el estruendo mortal de la ineficacia.
Portero de la nada, del viento contra el viento, Embelesado de no saber volver a ningún sitio, Envuelto en ramas, sacrificando algún olor, conteniendo la ira y el miedo, el amor ha permanecido en mí, inalterable. Lo sé, en los odios y las envidias más fuertes, en los desgarros más profundos, ahí, anida la poesía
No es a un imbécil liberado a quien se le entrega la poesía. sino a quien le costó la vida liberarse, es a quien se le entrega la poesía
Me ama cuando le muestro mi rostro ensangrentado. Cuando en mi cara aparece la mueca de la muerte, me adora
sin nada para ellas en ese arte de volar.
un ser confundido con las más airadas protestas de libertad.
abierto después de la tremenda ineficacia, en llamas multicolores, envuelto entre las razones de su odio, la espero. Malherido, lleno de horror por lo inevitable.
01 Feb 2009
MATISSE por GUILLAUME APOLLINAIRE
He aquí un tímido ensayo sobre un artista en quien se combinan, creo, las más tiernas calidades de la fuerza de su simplicidad y la dulzura de sus claridades.
No hay relación entre la pintura y la literatura y he tratado en este aspecto de no provocar confusión alguna. Es que en Matisse la expresión plástica es la meta, así como para el poeta lo es la expresión lírica. Cuando yo vine hacia usted, Matisse, la gente lo miraba y, como ellos reían, usted sonrió.
Veían un monstruo, ahí donde se elevaba una maravilla.
Yo lo interrogaba y sus respuestas traducían las causas del equilibrio de su arte razonable.
“Yo trabajé –me dijo usted– para enriquecer mi cerebro satisfaciendo las diferentes curiosidades de mi espíritu. Me esforzaba en conocer los distintos pensamientos de maestros antiguos y modernos de la plástica. El trabajo fue también material porque trataba al mismo tiempo de comprender su técnica.”
Después, luego de servirme ese vino fuerte que sustrajo de Collioure, quiso volver al tema de las peripecias de ese peligroso viaje hacia el descubrimiento de la personalidad. Se va de la ciencia a la conciencia, es decir el olvido completo de todo lo que no estaba en usted mismo. ¡Qué dificultad! El tacto y el gusto son aquí los únicos gendarmes que pueden alejar para siempre lo que no hay que volver a encontrar en el camino. El instinto no guía. Se ha alejado, y se está en su búsqueda.
“Después –usted decía–, crecí al considerar mis primeras obras. Raramente engañan. Encontré en ellas una similitud que al principio tomé por una repetición, que sólo agregaba monotonía a mis cuadros. Era la manifestación de mi personalidad, que aparecía, cualesquiera que fuesen los diversos estados de ánimo por los que pasaba.”
El instinto resurgía. Usted sometía, finalmente, su conciencia humana a la inconsciencia natural. Pero esta operación se producía en determinado momento.
¡Qué imagen para un artista: los dioses omnipotentes, todopoderosos, pero sometidos al destino!
Usted me dijo: “Yo me he esforzado en desarrollar esta personalidad contando sobre todo con mi instinto y volviendo a menudo a los principios, y me decía a mí mismo cuando las dificultades me arredraban: ‘Tengo colores y una tela, y debo expresarme con pureza’. Debería hacerlo sumariamente poniendo, por ejemplo, cuatro o cinco manchas de colores, trazando cuatro o cinco líneas, que dieran una expresión plástica”.
Muchas veces se le reprochó esa expresión sumaria, mi querido Matisse, sin pensar que usted había realizado así uno de los trabajos más difíciles: dar existencia plástica a los cuadros sin el concurso del objeto, salvo para provocar sensaciones.
La elocuencia de sus obras proviene, ante todo, de la combinación de colores y líneas. Esa combinación es la que constituye el arte del pintor y no, como lo creen aún ciertos espíritus artificiales, la simple reproducción del objeto.
Henri Matisse bosqueja sus concepciones, construye sus cuadros mediante colores y líneas hasta darles vida a sus combinaciones, hasta que sean lógicas y formen una composición cerrada, donde no se podría quitar ni un color ni una línea sin reducir el conjunto a la búsqueda azarosa de algunas líneas y algunos colores.
Ordenar un caos, he ahí la creación. Y si la meta del artista es crear, hace falta un orden, en el que el instinto será la medida.
A quien trabaje así, la influencia de otras personalidades no podrá anularlo. Sus certezas son íntimas. Provienen de su sinceridad y las dudas que lo angustiarán pasarán a ser la razón de su curiosidad.
“Jamás he evitado la influencia de los otros –me dijo Matisse–. Yo habría considerado esa actitud como una cobardía y una falta de sinceridad frente a mí mismo. Creo que la personalidad del artista se desenvuelve, se afirma, por las luchas que tiene que librar contra otras personalidades. Si el combate le es fatal, si su personalidad sucumbe, ése y no otro era su destino.”
En consecuencia todas las escrituras plásticas, los egipcios hieráticos, los griegos refinados, los camboyanos voluptuosos, las producciones de los antiguos peruanos, las estatuillas de los negros africanos, proporcionadas de acuerdo con las pasiones que los han inspirado, pueden interesar a un artista y ayudarlo a la vez a desarrollar su personalidad. Al confrontar sin cesar su arte con las otras concepciones artísticas, al no cerrar su espíritu a las manifestaciones vecinas a las artes plásticas, Henri Matisse, cuya personalidad tan rica habría podido crecer tal vez aisladamente, se enriqueció y adquirió esa grandiosidad, esa dignidad que lo distingue.
Pero, curioso de conocer las capacidades artísticas de todas las razas humanas, Matisse permaneció antes que nada devoto de la belleza de Europa.
Europeos, nuestro patrimonio va de los jardines bañados por el Mediterráneo a los mares sólidos del Norte. Encontramos allí los alimentos que amamos y las sustancias aromáticas de otras partes del mundo sólo son especias para nuestro espíritu. Así Matisse consideró a Giotto, a Piero Della Francesca, a los primitivos sieneses, a Duccio, menos poderosos en volumen pero más ricos en espíritu. Y en seguida meditó sobre Rembrandt. Y colocándose en este punto de confrontación de la pintura, se observó a sí mismo para conocer el camino que habría de seguir confiadamente su instinto triunfador.
No estamos en presencia de una tentativa desmedida: lo propio del arte de Matisse es ser razonable. Que esta razón sea a veces apasionada, a veces tierna, no impide que se exprese con tanta pureza como para que se la entienda. La conciencia de Matisse es el resultado del conocimiento de otras conciencias artísticas. Matisse debe la novedad de su plástica a su instinto o a su propio conocimiento.
Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de ella, y que debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un árbol, un cielo o una idea. Ya que hay una relación entre nosotros y el resto del universo, podemos descubrirla y posteriormente no intentar sobrepasarla.
20 Ene 2009
IDEA SOBRE LAS NOVELAS (MARQUÉS DE SADE) 1670
Cuadro de Miguel Oscar Menassa
Se llama novela a la obra fabulosa compuesta a partir de las aventuras más singulares de la vida de los hombres.
Pero, ¿por qué lleva el nombre de novela este género de obra?
¿En qué pueblo debemos buscar su fuente, cuáles son las más célebres?
Y, ¿Cuáles son, en fin, las reglas que hay que seguir para alcanzar la perfección del arte de escribirla?
He aquí las tres cuestiones que nos proponemos tratar....
.......
No ocurre lo mismo con los españoles, instruidos en el arte de la ficción por los moros, que a su vez la tenían de los griegos, cuyas obras, todas, de ese género poseían traducidas al árabe; hicieron deliciosas novelas, imitadas por nuestros escritores; luego volveremos sobre ello.
.......
Permítaseme retroceder un instante para cumplir la promesa que acabamos de hacer de echar una ojeada sobre España.
Desde luego, si la caballería había inspirado a nuestros novelistas en Francia, ¡hasta qué grado no había calentado igualmente los cascos allende los montes! El catálogo de la biblioteca de don Quijote, graciosamente hecho por Miguel de Cervantes, lo demuestran con toda evidencia; pero sea ello como fuere, el célebre autor de las memorias del mayor loco que haya podido venir a la mente de un novelista no tuvo ciertamente rivales. Su inmortal obra, conocida por toda la tierra, traducida a todas las lenguas, y que debe considerarse como la primera de todas las novelas, domina, sin duda, más que ninguna otra el arte de narrar, de entremezclar agradablemente las aventuras, y particularmente el de instruir deleitando. Este libro, decía Saint Evremond “es el único que releo sin aburrirme, y el único que quisiera haber hecho”. Las doce novelitas del mismo autor, llenas de interés, de sal y de finura, acaban por colocar en el primer rango a este escritor español, sin el que quizá nosotros no hubiéramos tenido ni la encantadora obra de Scarron ni la mayoría de las de Le Sage.
DEspués de D’Urfé y de sus imitadores, después de las Ariadna, las Cleopatra, los Faramundo, los Polixandro, de todas esas obras, en fin, en que el héroe, suspirando durante nueve volúmenes, se sentía muy feliz de casarse en el décimo; después, digo, de todo ese fárrago , hoy ininteligible, apareció Mme. de la Fayette (María-Madeleine Pioche de la Vergne, condesa de la Fayette (1634-1692) autora de La Princesa de Clêves , editada sin nombre de autor, en 1678), quien aunque seducida por el lánguido tono que encontró establecido en quienes la precedían, no obstante, abrevió mucho; y al hacerse más concisa, se volvió más interesante.
Apareció Fenelon , y creyó volverse interesante dictando poéticamente una lección a soberanos que jamás la siguieron.
..... Continuará....
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