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08 Mar 2009

1924. AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. SÉPTIMA PARTE

Escrito por: ameliadiezcuesta el 08 Mar 2009 - URL Permanente

VI Sigo ahora, desde lejos, los síntomas de la reacción provocada por la introducción del psicoanálisis en la nación francesa, durante tanto tiempo refractaria a nuestra disciplina. Este espectáculo actúa en mí como una reproducción de cosas ya vividas; pero presenta, sin embargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto, hasta mí objeciones de increíble ingenuidad, tal como la de que la tosca pedantería de la terminología psicoanalítica repugna a la sensibilidad estética francesa. Ante esta objeción no podemos menos de recordar al inmortal caballero Riccaut de la Marlinière, creado por Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nuestra disciplina presenta un aspecto más fundamental y ha sido acogida por un profesor de Psicología de la Sorbona. Me refiero a la de que para el génie latin resulta insoportable la manera de pensar del psicoanálisis. Este reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos y aliados de Francia, que han aceptado generalmente dicha manera de pensar. Ante tales manifestaciones podría creerse que el génie teutonique ha acogido al psicoanálisis con los brazos abiertos desde su mismo nacimiento.
En Francia han sido los literatos quienes primero se han interesado por el psicoanálisis. Se explica esto recordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la interpretación de los sueños, las fronteras médicas. Entre su aparición en Alemania y su actual introducción en Francia han surgido sus diversas aplicaciones a los dominios de la literatura y del arte, a la historia de las religiones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnografía y la Pedagogía, etc. Todas estas disciplinas tienen poco que ver con la ciencia médica y han sido precisamente enlazadas con ella por el psicoanálisis. No tengo, pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión; pero no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para formarse una representación exacta del valor y de la esencia del psicoanálisis, y, además, la especial naturaleza de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría de estas aplicaciones tiene, en efecto, en mi labor personal su punto de partida. En ocasiones he dado yo también algún paso por este camino para satisfacer dicho interés ajeno a la Medicina. Otros hombres de ciencia han seguido después mis huellas y penetrado más profundamente en tales dominios. Pero como quiero limitarme a exponer mis propias aportaciones a la aplicación del psicoanálisis, no he de presentar al sector sino un esquema muy insuficiente de su extensión e importancia.
El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y la creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su exposición poética, así como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos explican en cuanto nos damos cuenta de que en el poema trágico se halla integrada toda la normatividad de la vida psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesidad interior. El hecho de que el héroe peque sin saberlo y contra su intención, constituye la exacta expresión de la naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De la comprensión de la tragedia provocada por el Destino pasamos a la inteligencia de la tragedia de carácter con el análisis del Hamlet shakespeariano, obra que venía siendo admirada durante trescientos años sin que nadie hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los motivos del poeta. Era singular que este neurótico creado por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de Edipo, como tantos seres reales. El problema que se plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una tercera persona aquellos dos hechos que constituyen el contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya ejecución queda paralizado su brazo por su propio y oscuro sentimiento de culpabilidad. Shakespeare escribió esta tragedia poco después de la muerte de su padre . Mis indicaciones para el análisis de esta obra han sido aplicadas y ampliamente elaboradas después por Ernest Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de partida de sus investigaciones sobre la elección de materia por los poetas dramáticos, demostrando en su libro sobre el motivo del incesto con cuánta frecuencia eligen precisamente los poetas los motivos del complejo de Edipo y persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta materia a través de la literatura mundial.
PdP 1658
De aquí no había más que un paso hasta el análisis de la creación poética y artística. Se reconoció que el reino de la fantasía era un dispositivo creado con ocasión de la dolorosa transición desde el principio del placer al de la realidad para permitir la constitución de un sustitutivo de la satisfacción instintiva a la cual se había tenido que renunciar en la vida real. El artista se había refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico, huyendo de la realidad poco satisfactoria; pero, a diferencia del neurótico, supo hallar el camino del retorno desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad. Sus creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantásticas de deseos inconscientes, análogamente a los sueños con los cuales compartían el carácter de transacción pues tenían también que evitar el conflicto con los poderes de la represión. Pero a diferencia de los productos oníricos, asociales y narcisistas, están destinadas a provocar la participación de otros hombres y pueden reanimar y satisfacer en estos últimos los mismos impulsos optativos inconscientes. Además se sirve del placer de la percepción de la belleza formal como prima de atracción. Los elementos de que el psicoanálisis puede disponer en esta labor son la interrelación de las impresiones de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su constitución y los impulsos instintivos que en él actúan; esto es, lo generalmente humano. Con tal propósito hice a Leonardo de Vinci objeto de un estudio (*527) que reposa sobre un único recuerdo infantil comunicado por él en sus anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación de su cuadro «Santa Ana con la Virgen y el Niño», existente en el Museo del Louvre. Mis amigos y discípulos han emprendido numerosos análisis semejantes de artistas y obras de arte. El placer estético del que gozamos ante una obra de arte no queda disminuido por su comprensión analítica obtenida en esta forma. Mas para aquellos profanos que funden aquí esperanzas excesivas en el psicoanálisis habremos de advertir que hay dos problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que son precisamente los que más pueden interesarle. El análisis no consigue explicar las dotes del artista ni descubrir los medios con los que el mismo trabaja, o sea, los pertenecientes a la técnica artística.
Nota 527
En una pequeña novela, carente en sí de gran valor, La Gradiva, de W. Jensen (*528) pude demostrar que el sueño imaginado literariamente admite igual interpretación que el real, o sea, que en la producción del poeta actúan aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elaboración onírica. Mi libro sobre El chiste y su relación con lo inconsciente, 1905, (*529) parte también de la interpretación de los sueños. El único amigo a quien por entonces interesaban mis trabajos me había hecho observar que mis interpretaciones oníricas hacían con frecuencia una impresión «chistosa». Para aclarar esta impresión emprendí la investigación del chiste y encontré que su esencia residía en sus medios técnicos, los cuales no eran sino los empleados por la elaboración onírica, o sea, la condensación el desplazamiento, etc. A esto se enlazó la investigación económica relativa al nacimiento del placer en el oyente del chiste. La solución de este problema fue la de que dicho placer nacía por la supresión momentánea del esfuerzo de represión provocado por la influencia de una prima de atracción ofrecida (placer preliminar).
Nota 528
Nota 529
Concedo mayor valor que a estos estudios a mis aportaciones a la psicología de la religión iniciadas en 1907 (*530) con el descubrimiento de una sorprendente analogía entre los actos obsesivos y los ritos religiosos. Sin conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religión, de neurosis obsesiva universal. Más tarde, en 1912, indicó Jung las amplias analogías existentes entre las producciones intelectuales de los neuróticos y de los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia dicho tema. En los ensayos reunidos bajo el título de Totem y tabú, 1912-3 (*531)demostré que el horror al incesto es más intenso aún entre los primitivos que en los hombres civilizados, habiendo hecho surgir entre los primeros especiales reglas de defensa, e investigué las relaciones de las prohibiciones tabú, forma primera de las restricciones morales, con la ambivalencia sentimental, descubriendo en la concepción primitiva del mundo, o sea, en el animismo, el principio de la exageración de la realidad anímica, o sea, la omnipotencia de las ideas, sobre la cual se basa la magia. A través de todo esto se establecía una comparación con la neurosis obsesiva y se demostraba que esta singular dolencia entraña aún gran parte de las hipótesis de la vida anímica primitiva. Me atraía, sobre todo, el totemismo, primer sistema de organización de las razas primitivas, en el que los principios del orden social se muestran enlazados con una religión rudimentaria y con el implacable dominio de algunas prohibiciones tabú. El ser adorado es aquí, originariamente siempre, un animal, del cual afirma descender el clan. Por diversos indicios deduje luego que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un más alto nivel de civilización, pasaron un día por este estadio del totemismo.
Nota 530
Nota 531
La fuente literaria principal de estos trabajos está constituida por las conocidas obras de J. G. Frazer (Totemism and Exogamy y The Golden Bough), que constituyen una mina de valiosísimos hechos y puntos de vista. Pero este autor no llega al esclarecimiento del problema del totemismo, habiendo cambiado varias veces de opinión sobre esta materia. Los demás etnólogos e historiadores se muestran también desacordes en esta cuestión. Mi punto de partida fue la singular coincidencia de los dos principios tabú de totemismo, el de no matar al totem y evitar todo contacto sexual con las mujeres del mismo clan totémico, con los dos contenidos del complejo de Edipo, la supresión del padre y la unión sexual con la madre. De este modo fui llevado a equiparar al animal totémico con el padre, tal y como hacían expresamente los primitivos, adorándolo como antepasados del clan. Dos hechos psicoanalíticos vinieron en mi auxilio: una afortunada observación de Ferenczi con un sujeto infantil, observación que permitió hablar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de las tempranas zoofobias de los niños, de los cuales comprobamos que el animal objeto de la fobia era una sustitución del padre, siendo desplazado sobre él el miedo al primero, basado en el complejo de Edipo. De aquí no había más que un paso hasta el reconocimiento del asesinato del padre como nódulo del totemismo y punto de partida de la formación de las religiones.
Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas por la obra de Robertson Smith titulada La religión de los semitas, en la que este genial autor, físico y exegeta bíblico describe una ceremonia esencial de la religión totémica; esto es, la llamada comida totémica. Una vez al año era muerto y comido el animal totémico, adorado y protegido en toda otra ocasión, siendo luego llorado, festividad en la que participaban todos los miembros del clan totémico. Agregando a esto la hipótesis de Darwin de que los hombres vivían primitivamente en hordas, cada una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un único macho, fuerte y violento y celoso, llegué a la hipótesis, o, mejor dicho, a la visión del siguiente proceso. El padre de la horda primitiva habría monopolizado despóticamente a todas las mujeres, expulsando o matando a sus hijos, peligrosos como rivales. Pero un día se reunieron estos hijos, asesinaron al padre, que había sido su enemigo, pero también su ideal, y comiéronse el cadáver. Después de este hecho no pudieron, sin embargo, apoderarse de su herencia, pero surgió entre ellos la rivalidad. Bajo la influencia de este fracaso y del remordimiento, aprendieron a soportarse unos a otros, uniéndose en un clan fraternal, regido por los principios del totemismo, que tendían a excluir la repetición del crimen, y renunciaron todos a la posesión de las mujeres, motivo del asesinato del padre. De este modo surgió la exogamia, íntimamente enlazada con el totemismo. La comida totémica sería la fiesta conmemorativa del monstruoso asesinato, del cual procedería la conciencia humana de la culpabilidad (pecado original), punto de partida de la organización social, la religión y la restricción moral.
Sea o no admisible históricamente tal posibilidad, dejamos aquí situada la formación de las religiones sobre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en él predominante. Una vez abandonada la sustitución del padre por el animal totémico, el padre primitivo, temido, odiado, adorado y envidiado, se convirtió en el prototipo de la divinidad. En la vida psíquica del hijo luchaban de continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo continuas formaciones transaccionales, por medio de las cuales se impugnaban, por un lado, el asesinato, y se afirmaban, por otro, sus ventajas. Esta teoría de la religión arroja viva luz sobre el fundamento psicológico del cristianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno la ceremonia de la comida totémica en el sacramento de la comunión. He de hacer constar que esta comparación no me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de Robertson Smith y de Frazer. Th. Reik y el etnólogo G. Róheim han tomado como punto de partida de varios trabajos importantes las ideas integradas en Totem y tabú, continuándolas, profundizándolas y justificándolas. Por mi parte, he vuelto sobre ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigaciones sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad, tan importante entre los motivos de las neurosis, y asimismo en mis tentativas de enlazar más estrictamente la psicología social y a la psicología individual. (El «yo» y el «Ello», Psicología de las masas y análisis del «yo».) También para la explicación de la susceptibilidad de ser hipnotizado he utilizado la herencia arcaica procedente de las hordas primitivas.
En otras explicaciones del psicoanálisis, muy dignas de interés, es más pequeña mi participación. Partiendo de las fantasías del neurótico, nos conduce un amplio camino a las creaciones fantásticas de las colectividades y de los pueblos, integradas en los mitos, fábulas y leyendas. Otto Rank ha hecho de la Mitología el objeto de su labor, y la interpretación de los mitos, su referencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes y la sustitución de explicaciones astrales por una motivación humana, han sido en muchos casos el resultado de su labor analítica. También el tema del simbolismo ha encontrado numerosos investigadores en el círculo de mis adeptos. El simbolismo ha despertado contra el psicoanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores demasiado tímidos no han podido perdonarle nunca este simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de los sueños. Pero nuestra disciplina no es responsable del descubrimiento del simbolismo, conocido ya desde hacía mucho tiempo en otros dominios (el folklore, la leyenda y el mito), en los que desempeña un papel más importante aún que en el lenguaje de los sueños.
Personalmente no he aportado nada a la aplicación del análisis a la Pedagogía; pero era natural que los descubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de los pedagogos y les mostraran a una nueva luz su labor educadora. En este sentido ha sido un infatigable precursor el pastor protestante O. Pfister, de Zurich, que halló conciliable el psicoanálisis con una religiosidad sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hellmuth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos (#1659). De la aplicación del análisis a la educación de los niños sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desviados en su desarrollo, ha resultado una consecuencia muy importante desde el punto de vista práctico. No es ya posible, en efecto, limitar a los médicos al ejercicio del psicoanálisis y excluir de él a los profanos. En realidad, el médico que no ha hecho un estudio especial es también, a pesar de su título, un profano por lo que respecta al psicoanálisis, y el individuo ajeno a la Medicina puede llevar perfectamente a cabo, mediante una preparación analítica y auxiliado en algún caso por un médico, el tratamiento analítico de las neurosis.
PdP 1659
Por uno de aquellos desarrollos contra cuyo resultado es inútil resistirse ha acabado por integrar varios sentidos la palabra «psicoanálisis». Originariamente no constituía sino el nombre de un método terapéutico especial, pero ahora ha llegado a convertirse en el nombre de una ciencia, de la ciencia de lo psíquico inconsciente. Esta ciencia no es, generalmente, apta para resolver por sí sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las más diversas disciplinas científicas importantísimas aportaciones. El campo de aplicación del psicoanálisis es tan amplio como el de la Psicología, al que agrega un complemento de importantísimo alcance. Así pues, volviendo la vista a la labor de mi vida, puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido otras, de las cuales dispondrá el futuro. Por mí mismo no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser. (Adición de 1935): Sin embargo, puedo expresar una esperanza, de que he abierto un sendero para un avance importante de nuestro conocimiento.

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