05 Abr 2009
EROTISMO Y AGRESIVIDAD. Sigmund Freud.
Aquellas personas en las que tal sentimiento inconsciente de culpabilidad entraña intensidad predominante lo delatan así en el análisis con la reacción terapéutica negativa, de tan ingrato pronóstico. Cuando les comunicamos la solución de un síntoma, a la cual debería seguir una desaparición, por lo menos temporal, del síntoma correspondiente, observamos, por el contrario, en ellas una intensificación del síntoma y de la dolencia. A veces basta alabar su conducta en la cura o una palabra esperanzada sobre el progreso del análisis para provocar un recrudecimiento de su enfermedad. Los no analíticos dirían que tales personas carecen de «voluntad de curar», los analíticos vemos en esta conducta una manifestación del sentimiento inconsciente de culpabilidad, al cual satisface la enfermedad con sus dolores y sus sentimientos. Los problemas que el sentimiento inconsciente de culpabilidad ha planteado, sus relaciones con la moral, la pedagogía y la criminología son actualmente el tema preferido de los analíticos. Donde menos lo esperábamos hemos emergido, desde el mundo psíquico abisal, a campo abierto. No puedo yo guiaros en estos nuevos dominios; pero quiero exponeros, antes de terminar por hoy, un razonamiento. Solemos decir que nuestra cultura ha sido instaurada a costa de tendencias sexuales que, coartadas por la sociedad y reprimidas en parte, han sido también en parte aprovechadas para otros fines. No obstante el orgullo que nos inspiran nuestras conquistas culturales, hemos confesado que no nos es nada fácil satisfacer las exigencias de esta cultura y sentirnos a gusto en ella, porque las restricciones impuestas a nuestros instintos suponen una pesada carga psíquica. Ahora bien: lo que así hemos reconocido en los instintos sexuales es aplicable en igual o mayor medida a los instintos de agresión
Estos instintos son, sobre todo, los que dificultan la vida en común de los hombres y amenazan su perduración; la restricción de su agresividad es el sacrificio primero y quizá más duro que la sociedad exige al individuo. Hemos visto en qué ingeniosa forma se lleva a cabo esta doma de lo rebelde. La instauración del superyó, que atrae a sí los peligrosos impulsos agresivos, sitúa, además, una guarnición en los lugares inclinados a la rebeldía. Mas, por otro lado, desde un punto de vista puramente psicológico, hemos de reconocer que el yo no se siente a gusto cuando se ve sacrificado así a las necesidades de la sociedad, cuando se tiene que someter a las tendencias destructoras de la agresión, las cuales le hubiera gustado desarrollar con otros. Es como una continuación en los dominios psíquicos de aquel dilema de comer o ser comido, que domina el mundo de la vida orgánica. Por fortuna los instintos de agresión no aparecen nunca aislados, sino en aleación con los eróticos. Estos últimos tienen mucho que mitigar y precaver en las condiciones de la cultura creada por el hombre.
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