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23 Jun 2009

Psicoanalizar no es aplicar el psicoanálisis.

Escrito por: ameliadiezcuesta el 23 Jun 2009 - URL Permanente

Autor: Amelia Díez Cuesta

Melancolia

El complejo de Edipo existe en la infancia de todo ser humano, experimenta considerables modificaciones en el curso del desarrollo y en muchos individuos subsiste con variable intensidad aun en la edad madura. Sus caracteres esenciales, su universalidad, su contenido, sus vicisitudes mismas, han sido reconocidos, mucho antes de que surgiera el psicoanálisis, por un pensador tan agudo como Diderot. Así lo atestigua un pasaje de su renombrado diálogo, Le neveu de Romeau, cuya traducción por Goethe en el tomo XLV de la Sophienausgabe dice en la página 136 lo siguiente: «Si el pequeño salvaje quedase librado a sí mismo y si conservase toda su imbecilidad; si uniera a la escasa razón de un niño de pecho la violencia de las pasiones de un hombre de treinta años, por cierto que le retorcería el cuello al padre y deshonraría a la madre.» Si se hubiese demostrado objetivamente que Philipp Halsmann mató a su padre, tendríase, en efecto, el derecho de invocar el complejo de Edipo para motivar una acción incomprensible de otro modo. Dado que tal prueba, empero, no ha sido producida, la mención del complejo de Edipo sólo puede inducir a confusión, y en el mejor de los casos es ociosa. Cuanto la instrucción ha revelado en la familia Halsmann con respecto a conflictos y desavenencias entre padre e hijo no basta en modo alguno para fundamentar la presunción de una mala relación paterna en el hijo. Sin embargo, aunque así no fuera, cabría aducir que falta un largo trecho para llegar a la motivación de semejante acto. Precisamente por su existencia universal, el complejo de Edipo no se presta para derivar conclusiones sobre la culpabilidad. De hacerlo, llegaríase fácilmente a la situación admitida en una conocida anécdota: ha habido un robo con fractura; se condena a un hombre por haber hallado en su poder una ganzúa. Leída la sentencia, se le pregunta si tiene algo que alegar, y sin vacilar exige ser condenado además por adulterio, pues también tendría en su poder la herramienta para el mismo.

La importancia de la formación del psicoanalista se muestra aquí evidente, pues psicoanalizar no es aplicar el psicoanálisis.

18 Feb 2009

PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XXI

Escrito por: ameliadiezcuesta el 18 Feb 2009 - URL Permanente

Despedirme de la familia. Volver a escribir, para volver a sentir que soy un hombre, por eso quiero escribir. No un hombre atado a ninguna conciencia repleta de poder, sino, esta vez. un hombre en libertad JA-JA-JA.

Con el tiempo tendré que confesarlo todo. Soy un nuevo estilo y, eso, debe ser explicado por alguien; quién mejor que yo, me pregunto, cuando todavía no sabría ni cómo comenzar.

A mi izquierda Shakespeare, a mi derecha Camarón de la Isla, la confusión, a veces, quiere ser extrema. Un tango en la radio me lo dice claramente: estoy en Madrid, la capital del reino y, al mismo tiempo, la catedral del tango. ..El tango y yo somos una cosa seria; yo sé que algunos se dan con cada cosa para poder escribir algunos versos, que me avergüenza mi falta de modernidad cuando quiero decir que el tango, no sólo me apasiona, sino que me sirve de droga; yo escucho un tango y, enseguidita, me pongo a escribir. Cuanto más sentido el tango mejor escribo. El tango actúa sobre mí, como una droga alucinógena. Por empezar se me calienta la sangre, veo todo rojo, no caben en mí, en esos momentos, más que los colores de la pasión, entre que todo se nubla, porque cuando escucho un tango siempre bordeo la muerte, y las ganas que yo tengo de dejarme caer desde hace diez años, claro, la realidad se transforma. Por ejemplo, para no insistir en esta historia. La realidad, de golpe, cuando escucho tangos, tiene colores los hombres y las mujeres son hermosos y la elegancia me persigue hasta en los sueños. En definitiva. lo digo, mi droga: EL TANGO, mi único amor la poesía. Después también me gusta vivir la vida como los hombres normales, fumar, una que otra vez emborracharme, hacer el amor con las mujeres. Soy un genio en todo.

TANGO, mi único amor la poesía. Después también me gusta vivir la vida como los hombres normales, fumar, una que otra vez emborracharme, hacer el amor con las mujeres. Soy un genio en todo.

Alrededor de quince mujeres, sin contar a las que yo, propiamente, amo, cuidan que no se desgaste mi existencia. A veces, claro, se producen tales encuentros, que se libera una cantidad tan grande de energía, que se produce desgaste en lugar de cuidado. No quiero dar ningún ejemplo aunque la realidad me tienta; siempre, un ejemplo a tiempo, me digo, puede ahorrarle varios años a un montón de personas y enseguida, me digo, también puede equivocar la vida de varias personas, haciéndoles perder mucho tiempo; mejor no ejemplificar nada, sino simplemente diciendo que satisfacer a casi 20 mujeres no es algo que dependa solamente del sexo, sino fundamentalmente de la imaginación. No se deberá ser ni brutal, ni dogmático. Si una hace bien el amor, eso no quiere decir que todas tienen, ahora que hacer el amor. Si una de ellas goza escribiendo de manera repetida y continúa su propio nombre o bien la primera letra de su nombre, esto no significa, ahora, que tengamos que exigirle a todas las otras que se transformen en escritoras. Nada de eso. No se trata de que un hombre esté de alguna u otra manera con 20 mujeres, sino que se trata de que un hombre al borde de varias modalidades diferentes para hacer el amor, haga el amor con lo que de 20 mujeres goza, o es capaz de gozar, y haciendo la cuenta total, no se llega a dos o tres mujeres. Es decir, 20 mujeres se terminarán reuniendo en dos o tres conjuntos para el goce, aunque sean mil, siempre serán las formas que las sociedades actuales permiten, es decir, a lo sumo dos o tres. Si se trata de la pasión, ella es ardiente o frígida (más veces frígida que ardiente) y, después, claro, hay formas intermedias, mujeres normales o, bien, lesbianas decepcionadas. A las ardientes se las obliga a ser inteligentes, sociales, A las frígidas se las obliga a pasarse todo el día haciendo el amor. Al principio fracasarán y se quejarán de no ser amadas lo suficiente. Se les mostrará en ese momento que el grupo de las normales, se conforma con poder un poco de cada cosa. Se dan cuenta entonces de que son dos exageradas.

A las normales, explicarles que ser normales en realidad es ser mediocres. Ellas, ahora, no se pondrán de acuerdo casi nunca, todo lo que le debería tocar a una de ellas es ambicionado por cada una de las otras, y así sucesivamente. Todas envidian a todas. Ocupadas todo el día y gran parte de la noche en eso, yo a veces, me encuentro por casualidad con algunas de ellas (en tardes memorables hasta con dos) y, entonces, hacemos el amor.

Debido a las circunstancias expuestas, queda claro que no tengo que hacer el amor tan seguido como podíamos habernos imaginado al principio y es por eso, que cada vez que hago el amor con algunas de ellas siempre soy genial. Erección prolongada en todos los casos, juegos amorosos múltiples (por cantidad de fantasías acumuladas de tanto pasearme entre ellas para llamarles la atención) , semen en abundancia como si hiciera veinte años que no hago el amor. Después, aún, aunque el encuentro sea breve, me gusta besarles en la boca y hablarles de amor, esto último las enloquece. Envidiosas y locas, nunca consiguen comportarse como a mí me gustaría, y, claro, los encuentros son raros. Y, a decir verdad, fáciles de sobrellevar.

Alguien en mí, me dicta siempre, de una manera ilógica al contexto y al tiempo, lo que debo hacer. Nunca consigo llevarme bien con nadie. Cuando todo el mundo va para arriba, yo voy para el costado. Cuando todos caen, yo asciendo, como si elevarse fuera lo único posible. Cuando todo el mundo se detiene, doy un paso más. Cuando todos corren, me fumo, tranquilamente, un cigarrillo. A veces parece que lo hiciera todo a propósito, pero quiero explicar que esas conductas se me imponen, con tal grado de grandeza, que casi nunca puedo liberarme de ser esa diferencia. Esa soledad.

Cuando a nadie se le ocurre hacer el amor, a mí se me ocurre. Cuando ella está a punto de morir porque hoy ya nadie se dará cuenta de su deseo, yo le salvo la vida y casi sin darme cuenta y ella tiene conmigo ahora el compromiso de recordarme con ternura y eso le hace feliz. Cuando taponada por su propia moral y el mundo la condena a esa parálisis. Yo soy el asesino que mata delante de sus ojos al demonio y con mi pene en erección permanente, la llevo de la mano hacia la bondad. En
el propio centro de la bondad introduzco mi pene en su corazón, mezclo con desesperación y alegría mi semen con su sangre y la increíble combinación, estalla, diamantes y pólvoras enamoradas y la energía del amor librada a su propia arbitrariedad la devuelve de nuevo al movimiento. Al lento caminar entre amapolas, o bien, rodeada de rufianes que, enterados del milagro, quieren gozar su goce. Este tipo de situación, más complejo que todos los anteriores, hace que la mujer no sólo quede agradecida y me recuerde con ternura, sino que cree deberme la nueva vida que tiene, con lo cual las cosas se complican hasta no saber dónde. A partir del milagro, ya será difícil no encontrarme a cada instante con ella, tratando de devolverme el favor y nunca lo conseguirá. Terminará reprochándome que no le dejo devolverme el favor para tenerla sometida. Yo le explico que su sometimiento me sale muy caro y ella, entonces, dice que no la amo, le recuerdo entre besos y sonrisas que ayer estaba muerta. Me contesta que no sea fanfarrón, que al fin y al cabo la que estaba preparada para no morir era ella, que cualquier hombre hubiera podido lo que yo. ..El silencio es para preguntarme en voz baja si su maldad es congénita o estoy otra vez metido, sin saber, en uno de sus feroces juegos de amor. Intentaré saber de qué se trata, la próxima grosería que me diga le pegaré. Ella se habría dado cuenta de algo, ya que en lugar de hablar, se tiró al suelo y llorando se cogía de mis pantalones y parecía que los rompería; frente al peligro que eso significaba me los quité. Ella se abrazó a mis piernas con fuerza y me hizo caer de espaldas al suelo, con algo de mala suerte, ya que di mi cabeza con el borde de la cama haciéndome una pequeña herida. Mientras ella ahora, sin decir palabra, trataba de comerme el pene, yo trataba de verificar con mi mano derecha el tamaño de la herida y mientras comprobaba, se manchaban mis dedos de sangre fresca y yo me limpiaba la sangre en sus espaldas y el culo hasta donde llegara mi mano; era incómodo meterle el dedo en el culo, por lo tanto, me contentaba en ese momento con pintarla de sangre y apretarle con furor, siempre contenido, porque soy un caballero, sus nalgas.

A mí, hacer el amor me gustaba más que discutir con ella, pero, sin embargo, insistí, y le dije: te gusta hacer el amor conmigo y ella, que ese día estaba horrible, me contestó ¿con vos? vete a la mierda y se dio media vuelta y se quedó dormida. Yo esperé media hora y me la follé, como dios manda, por la vagina y ella, creyendo que era sólo un sueño, gozó como una loca y mientras se corría, me dijo que me amaba. A la mañana siguiente le dije que la noche anterior habíamos hecho el amor casi dormidos y que ella había gozado mucho y que yo también, y ella me dijo que lo único que me faltaba, que ya era lo último, que ahora, también la violaba, aprovechándome de su sueño profundo. Después, nos fuimos los dos a trabajar, en el trabajo a ella le dijeron que estaba luminosa y a mí, que estaba tranquilo.

A la noche, cuando nos encontramos, le dije que éramos dos farsantes, que teníamos engañados a todos creyendo que nos amábamos profundamente y ella, anonadada, casi sin voz, me dijo, ¿y qué?, acaso no es cierto que me amas, y enseguida agregó, para que yo no tuviera tiempo de contestar, o acaso que yo muera de vez en cuando es suficiente para pensar que yo no te amo. Pensé ir hasta la cocina a buscar un cuchillo y clavárselo en la panza, después me detuve en los posibles gritos de dolor que ella pegaría y el escándalo que se produciría entre el vecindario y estos pensamientos me convencieron de que mejor era dejar la conversación para otro día. Encendí un cigarrillo y me serví una copa de vino de Málaga. Ella entró en el baño e hizo ruidos como de estar bañándose y lavándose la cabeza y poniéndose perfumes. Yo me fui desnudando lentamente, mientras fumaba y saboreaba pequeños tragos de vino. Cuando ella volvió a la habitación, lo hizo envuelta en una toalla de las grandes, pero a pesar de todo, la tapaba solamente desde la mitad de sus pechos hasta unos centímetros por debajo del coño, yo estaba esperándola totalmente desnudo, con el cigarrillo apagado entre los labios y leyendo «Los crímenes del amor» de Sade. De cualquier manera, ella estaba más excitante que yo. Cada movimiento en cualquier dirección hacía que la toalla, moviéndose para un lado o para otro, fuera dejando al descubierto para mi mirada, una vez el culo, otra vez el vello pubiano, sus piernas fuertes y torneadas, cortadas a pique por la toalla, se transformaban en dos puentes de luz. Te lavaste la cabeza, le pregunté haciéndome el distraído, y también, el culo, me contestó ella, esta vez con una sonrisa, ¿Qué lees? La manera de matarte sin que me declaren culpable. Si serás hijo de puta, me dijo ella y se recostó, con suavidad a mi lado.

¿Quieres que te lea algunas páginas del libro? No, contestó
ella, quiero que me leas un poema tuyo. Eso no me lo esperaba y balbuceé un agradecimiento y me dispuse a leerle un poema. Cogí uno de mis libros publicados y comencé a buscar el poema. Ella, al ver lo que yo estaba haciendo, se levantó de un salto de la cama, dejó caer la toalla que le tapaba la mitad del cuerpo y parada en el centro de la habitación, con las tetas erguidas, el pecho palpitante, las piernas y los labios apenas entreabiertos (parecía un ídolo de oro macizo) ,me dijo, cortante y agresiva, no te pedí que me leyeras un poema publicado, te dije que me leyeras un poema para mí, un poema especial, un poema que hable de mis encantos, o bien, de tu gran amor por mí. ¡A ver! un poema para mí, algo que puedas, además de poseerme, frente a mi cuerpo desnudo, todo para vos. Yo con ella, a cada rato, me quería morir o la quería matar.

Tiré el libro en el cual estaba tratando de encontrar un poema y la miré a los ojos, después fui bajando mi vista por el centro de su cuerpo, me detuve largamente en su cuello, hasta que ella comenzó a temblar y se llevó apresuradamente sus dos manos a su garganta y al borde de la desesperación me gritó: te dije un poema, quiero un poema, un poema para mí.

Salté con mi vista a un punto medio equidistante entre sus dos tetas. Y al principio no veía nada; comencé a girar mi cabeza de derecha a izquierda hasta ver perfectamente entre dos montañas de arena, un valle de sal. Te partiré en mil pedazos, le dije alucinado. Quiero que me leas un poema, ella cada vez gritaba más fuerte, seguramente, hoy, terminarán viniendo los vecinos para ver qué pasa. Un poema, gritaba, quiero que me recites un poema. Yo, tratando de convencer al vecino de que no pasaba nada, de que simplemente ella, a veces, sueña en voz alta y claro, parece que la están matando, pero no ocurre nada, pensé furtivamente algunas frases (Te mataré, te haré añicos cuerpo de arena y de sal. Tu hermosura me tiene encandilado. Tus tetas como dos soles que me enceguecen para siempre. Tu voz, salvaje entre los soles. Canto de aguasmarinas y topacios, sangrante murmullo lleno de porvenir. Tus piernas como sables hundiéndose en el mundo, tus muslos como cántaros, tu sexo como agua, tu sexo como agua, tu sexo como agua. ..) .Ella, avergonzada ahora por lo del vecino, me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no, que ahora estaba más tranquilo, que estaba tratando de ver con todas mis fuerzas, de decirle el poema que ella me pedía. Está bien, dijo ella mientras se volvía a recostar en la cama a mi lado, eso del poema podemos dejarlo para mañana, pero me puedes decir, ¿en qué estabas pensando? y yo le dije: Hubo una vez sobre la tierra un hombre que no podía más y, sin embargo, ¡Eh, pero vos siempre hablando de vos mismo! Amor, le dije apretándole el cuello con las dos manos y le besé la boca entreabierta y dejé que mis manos perdieran la violencia contra su propio sexo. Ella no hacía otra cosa que llorar, reírse, gritar, revolcarse (como si revolcarse fuera un entretenimiento) , pidiéndome entre contorsiones y suspiros que no la deje sola, que la perdone, que la esclavice para siempre, que la mate, que la quiera, aún un poco más, que la reviente.

En esos momentos, separo un poco su cuerpo de mi cuerpo y enciendo un cigarrillo, para que ella no piense que lo único que yo quiero de ella es garchármela. Le pregunto si quiere un vaso de agua y aparento estar muy inquieto por no poder crear un poema sólo para su cuerpo.

Ella, en estos casos, queda como mimosa, con una excitación que se muere, pero su «dignidad» le aconseja el camino del diálogo tranquilizador. Te dije que no importa, que puede ser mañana. Yo hago como que no la escucho y me voy acercando, lentamente, a la máquina de escribir.

De camino hacia la máquina, le acaricio los cabellos y apoyo delicadamente, pero con firmeza. su cara contra mis genitales. Ella tiembla. Yo enchufo la máquina y escribo lo siguiente:

Bienamada, esta noche, te escribiré un poema
y eso, será el amor.
Verás cómo tu carne antaño silenciosa
canta más alto, aún, que tus propios sentidos.
Verás cómo mis huesos se parten en tus brazos,
cómo mi sangre vuela para calmar tu sed.
Verás, te lo aseguro, fuego por todos lados,
brasas ardientes, estrellas, luciérnagas feroces,
pequeños soles embrutecidos por el calor.
Verás, amor, mi bien amada, incendios fulgurantes,
cruces y pequeños caprichos pasajeros, arderán.
En un poema de amor, quiero decirte. verás todo el
infierno.
Cataratas de fuego purificado.
Torrentes de fuego, amplios y abiertos como la
pureza.
Como si toda la carne fuera nuestra y, todavía,
más.

Seguramente, le dije, no te conformará del todo, y ella acurrucada: vení, mi amor, dejá de tonterías, me estoy muriendo de frío. ¡Estoy helada!

14 Feb 2009

PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XIX

Escrito por: ameliadiezcuesta el 14 Feb 2009 - URL Permanente

A medida que voy entendiendo lo que nos pasó. Lo que hice que pasara con mi vida en Madrid estos diez años pasados, me quiero morir, cada vez más y, sin embargo, sé que no lo haré y con el tiempo terminaré recordando con cariño y benevolencia a mis torturadores. Algún poema rendirá homenaje, también, al mal.

Ya verás, cuando termine de desnudarme, también saldrán
corriendo, pero esta vez impactados por mi pureza.

Nunca he sido tocado sino por mí mismo.

Cuando ella me besaba, en realidad besaba la imagen que yo proyectaba, amándome, sobre ella.

Siempre mentí, querida, siempre engañé, nunca dije, exactamente, una verdad, a nadie. Ni a mi madre, ni a Dios.

Y si ahora quieres que te diga la verdad te la digo:
He mentido siempre

Y no puedo ya sino mentir.

El no decir del todo. El decir a medias. Decirlo, pero
metafóricamente. Decir, diciendo otra cosa. Enredar, enrrollar, des realizar, forma parte fundamental de mi estilo.
La palabra me había comido el corazón.
Llegué a ser una llanura infinita de sinsentidos.

Habían desaparecido las normas que mantenían unidas unas palabras a otras. La precisión dependía de imponderables. La belleza del azar.

Después, me encontré con un montón de cocodrilos y les dije, cómo era que se hacían los versos y los cocodrilos me dijeron que sí y se comieron todos los frutos que yo había conseguido reunir cerca de mí.

Después, pretendieron escribir y se hundieron, sin más, en sus remordimientos de cocodrilos.

¡estoy vivo! ¡Estoy vivo! y eso es lo que cantaré.

13 Feb 2009

PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XVII

Escrito por: ameliadiezcuesta el 13 Feb 2009 - URL Permanente

Me encuentro a placer en esta situación de escribirte; comido, bebido, fumado, con la música a todo lo que da y sin poder escuchar, aunque lo deseara, otro ruido que el que producen, secamente, las letras de la máquina contra el tambor de negro humo contra el cual las estrello.

Alguien dirá, él fue las letras de pasión.
Nadie en él moría cuando entonaba los poemas de amor.

Vuelvo desesperado los ojos, querida,
para ver tanto cadáver inerte a mi alrededor y me pienso, con
la crueldad que las guerras piensan a sus hombres.

En el vientre sagrado de la poesía, ahí, deseo refugiarme para siempre.

En su vientre feroz, aunque me dejen sin comida, en su vientre feroz donde nadie habrá vivido sino un instante.

Quiero decirte, querida, que un sistema tan pequeño como es la vida de cada sujeto y sus encadenamientos, gasta mucho más la ambición que la locura. La locura es para familias mediocres, aunque después haya grandes locos. Una familia holgada es aquella que permite la ambición en sus miembros en lugar de la locura.

Y nosotros, querida, hemos sido una gran familia y hemos sido una familia mediocre. Así que tendremos en nuestra familia, grandes locos y grandes ambiciosos.

Hoy como en los grandes momentos me despido besándote con ternura.

11 Feb 2009

PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XVI

Escrito por: ameliadiezcuesta el 11 Feb 2009 - URL Permanente

El impacto que te produjeron mis primeras cartas, me hizo dudar acerca de seguir escribiendo de nuestra apasionante aventura, por temor a dañar tu sensibilidad, tu orgullo.

Tu silencio es aún más hondo, tu disociación más extrema.

Tratando de ayudarte te diré, que las últimas veces hablamos del dinero, de la relación entre el dinero y tu cuerpo, yeso, siempre te perturba de alguna manera espectacular.

Tú hubieses preferido que fuese todo por amor.

Si hubiese sido todo por amor, mi pequeña, ahora no habría ninguna necesidad de separarnos. Pero quiero recordarle, querida, que usted llegó hasta mí para volar y no para morir, como a veces parece que usted quisiera, pequeña, y muerta de miedo entre mis piernas.

«No me deje, doctor, espere un tiempo más, todavía no pude ni escribirle un poema a mi madre. Yo vine a usted, es cierto, porque quería ser como las grandes escritoras que no temen, a nada. Esas escritoras que no mueren en la guerra, esas escritoras que no sucumben frente a ningún amor, esas que se ponen a llorar, sólo, en presencia de un poema bien escrito. No me deje, doctor, justo ahora, que había comprendido que usted no era el bramido del viento, llamándome a la muerte, ni la superficie helada de los vientos donde, al anochecer, plasmaba mi locura.»

No dije que se fuera, sólo que el tiempo se abre camino entre nosotros.

«Sí, el tiempo, doctor, claro... nuestro adiós, la propia muerte de nuestras cosas, doctor, nosotros y el tiempo.»

09 Feb 2009

PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XV

Escrito por: ameliadiezcuesta el 09 Feb 2009 - URL Permanente

A veces, tu egoísmo me parte el corazón y, sin embargo, sigo ambicionando esta maravillosa, a mi entender, conversación contigo, aunque para que eso sea posible, yo tenga que llegar al borde mismo de la soledad.

A veces, quiero decirte, te veo más obligada que apasionada. Como si nuestra conversación fuese un paso necesario, obligatorio para tu vida y no una terrible, tremenda decisión.

A pesar de haber clamado con todas tus fuerzas por una situación semejante a la que estamos construyendo, ahora, te pasa como si no pudieras soportar bien la cristalización de tus propíos deseos.

Tu destino antes de conocerme estaba sellado.
Un día después de muchos intentos, lograrías enamorarte de un hombre y ese mismo hombre, propiamente enamorado de vos, te mataría.

Quiero decirle, que usted sabe que de mí puede enamorarse sin temores. Soy el hambre que ha decidido no matar. Ahora, claro está, usted, para que nuestro amor sea posible, tiene que abandonar la idea de suicidarse entre mis brazos.

Salvados estos deseos absurdos de matarte y matarte, la conversación podría llegar hasta el mismo centro de la filosofía.

Quiero decirle que tendremos tiempo para todo.

Nos pasaremos dando vueltas alrededor de lo mismo durante largos años, hasta que un día la luz ilumine tus ojos y cierre los ojos de tu madre, mis ojos, para siempre. Mis ojos, aquellos ojos inmensamente abiertos, escrutadores y felinos, ¿ te imaginas? , cerrados para siempre.

Para que tú puedas volar, querida, el universo se quedará sin una luz.

No blasfemes. mi amor, no blasfemes, contra esta virtud inmaculada que te ofrezco. Aprieta contra mis palabras tus últimas esperanzas. Vamos a saltar hacia adelante, hacia un futuro que el hombre en general, todavía, no puede.

Todo circula a velocidades más allá del sol. Un mundo donde todo retrocede, porque más allá, sólo el vacío negro del sol agonizando.

Un mundo. querida, donde todo el pasado se hace carne viviente, ¿te das cuenta? ,un mundo donde los viejos amores vengan constantemente a instalarse en nosotros, donde nos persiguen los viejos fantasmas, donde la vieja humanidad nos sobrecoje cada vez. Un mundo, querida, donde nadie podrá perder sus sentidos, porque los sentidos ya fueron perdidos.


03 Feb 2009

PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XII

Escrito por: ameliadiezcuesta el 03 Feb 2009 - URL Permanente

Hoy soy el vientre amable de la locura, hoy tendré que molestarte, evidentemente, con mis cosas.

Lo del coche me tiene mal, no es tan fácil comprarlo como me hicieron creer en principio mis amigos españoles, me meten de por medio demasiadas pegas y, la verdad, yo no tengo las energías necesarias, para demostrar que soy pudiente. Ahorrar , parece mentira, según el gerente del banco, es lo único que puede dar sentido a mi vida.

Me llamaron de la financiera para decirme que una otra persona que yo, es decir, una persona con alguna propiedad que le permita ser, debería salirme de aval. Primero casi me desmayo después pensé que el gerente del banco tenía sus razones. Tengo que ahorrar. ¡Viva el ahorro!

Intento nuevamente pedirte disculpas, debo dejarte, debo ir a mi casa para decir: Queridos hijos, por ahora no habrá automóvil, vuestro padre, es decir, yo mismo, y desconociendo los motivos, soy considerado, por el banco, la financiera, y el resto de los habitantes de España, un insolvente.

Y ellos me preguntarán a coro, pero papá tú no eres médico psicoanalista. Sí, les contestaré yo, pero, también, poeta.

Hoy nuestro desencuentro fue espectacular, cuando volví de hablar de mi aparente pobreza con mis hijos, nadie supo decirme dónde estabas, ni siquiera, ella, tu madre, sabía de ti.

Intenté recordar la última vez que estuvimos juntos y te vi imitando a gritos los aullidos de un lobo amante y criminal, a la vez. Y quisiste clavar en mi propia carne las garras de la locura. Te separé de mí un poco bruscamente. Reaccionaste al empujón, bestia amante de la sangre, como una niña candorosa y comenzaste a gritar. Hijo de puta, usted a mí no me va a tocar, mi voz son los rituales efímeros de su cuerpo. No me toque, porque en mí sólo encontrará un vacío altisonante y hueco.

Querida, mi pequeña, encuentras siempre dentro de ti, aún para tu mal, lo que debería ser buscado en los confines de mundos lejanos y desconocidos. Cuando llegue a nosotros la soledad de ser, seremos como albatros volando en cualquier dirección, de un lado para otro y no sabremos en ese momento encontrar una palabra que nos anime a seguir un camino.

En ese instante tendremos culpa de no haber sido durante el recorrido totalmente virtuosos y que ya haya pasado la peor parte.

Ya verás, seremos encantadores compañeros de viaje, nuestro pasado comenzará en nosotros, llegaremos a sentir haber nacido uno del otro. Llegaremos a saber que será absolutamente imposible separarnos. Si por fin somos capaces de amar tanto encadenamiento, acontecerá entre nosotros la belleza, la poesía, fundirá nuestro cuerpo con el cuerpo del mundo, nuestro amor con el amor del universo. Hoy, claramente, hubiera preferido encontrarte.

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