23 Jun 2009
Psicoanalizar no es aplicar el psicoanálisis.
Autor: Amelia Díez Cuesta
Melancolia
El complejo de Edipo existe en la infancia de todo ser humano, experimenta considerables modificaciones en el curso del desarrollo y en muchos individuos subsiste con variable intensidad aun en la edad madura. Sus caracteres esenciales, su universalidad, su contenido, sus vicisitudes mismas, han sido reconocidos, mucho antes de que surgiera el psicoanálisis, por un pensador tan agudo como Diderot. Así lo atestigua un pasaje de su renombrado diálogo, Le neveu de Romeau, cuya traducción por Goethe en el tomo XLV de la Sophienausgabe dice en la página 136 lo siguiente: «Si el pequeño salvaje quedase librado a sí mismo y si conservase toda su imbecilidad; si uniera a la escasa razón de un niño de pecho la violencia de las pasiones de un hombre de treinta años, por cierto que le retorcería el cuello al padre y deshonraría a la madre.» Si se hubiese demostrado objetivamente que Philipp Halsmann mató a su padre, tendríase, en efecto, el derecho de invocar el complejo de Edipo para motivar una acción incomprensible de otro modo. Dado que tal prueba, empero, no ha sido producida, la mención del complejo de Edipo sólo puede inducir a confusión, y en el mejor de los casos es ociosa. Cuanto la instrucción ha revelado en la familia Halsmann con respecto a conflictos y desavenencias entre padre e hijo no basta en modo alguno para fundamentar la presunción de una mala relación paterna en el hijo. Sin embargo, aunque así no fuera, cabría aducir que falta un largo trecho para llegar a la motivación de semejante acto. Precisamente por su existencia universal, el complejo de Edipo no se presta para derivar conclusiones sobre la culpabilidad. De hacerlo, llegaríase fácilmente a la situación admitida en una conocida anécdota: ha habido un robo con fractura; se condena a un hombre por haber hallado en su poder una ganzúa. Leída la sentencia, se le pregunta si tiene algo que alegar, y sin vacilar exige ser condenado además por adulterio, pues también tendría en su poder la herramienta para el mismo.
La importancia de la formación del psicoanalista se muestra aquí evidente, pues psicoanalizar no es aplicar el psicoanálisis.
16 May 2009
CINCO TESIS PARA UNA TEORÍA SOBRE LA AGRESIVIDAD
Entretiempo
Amelia Díez Cuesta
Tesis I: La agresividad se manifiesta en una experiencia que es subjetiva por su constitución misma.
Tesis II: La agresividad, en la experiencia, nos es dada como intención de agresión y como imagen de dislocación corporal, y es bajo tales modos como se demuestra eficiente.
Tesis III: Los resortes de la agresividad adeciden de las razones que motivan la técnica del análisis.
Tesis IV: La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo.
Tesis V: Semejante noción de la agresividad como de una de las coordenadas intencionales del yo humano, y especialmente relativa a la categoría del espacio, hace concebir su papel en la neurosis moderna y en el malestar en la civilización.
La agresividad en relación con la dimensión del espacio viene a traslaparse con la de la angustia que se desarrolla en la diemsnión temporal.
Entre estas dos tensiones asume el sujeto su desgarramiento original, por el cual ouede decirse que a cada instante constituye su mundo por medio de la pulsión de muerte.
El sujeto "liberado" muestra sus cuarteaduras , con las neurosis de autocastgo, con los síntomas histérico-hipocondriacos de sus inhibiciones funcionales, con las formas psicasténicas de sus desrealizaciones del prójimo y del mundo, con sus secuencias sociales de fracaso y de crimen.
El psicoanálisis abre la vía de su sentido en una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales.
14 Abr 2009
LEYENDO PSICOANÁLISIS
Freud avanzaba en una investigación que no estaba marcada con el mismo estilo que las otras investigaciones científicas. Su campo es la verdad del sujeto. La investigación de la verdad no puede reducirse enteramente a la investigación objetiva, o incluso objetivamente, del método científico habitual. Se trata de la realización de la verdad del suejto, como dimensión propia que ha de ser aislada en su originalidad en relación a la noción misma de realidad.
Freud estaba comprometido en la investigación de una verdad que le concernía a él, hasta en su persona, y por tanto también en su presencia ante el enfermo, en su actividad de psicoanalista, lo cual confirió a las relaciones con los pacientes un carácter absolutamente singular.
El psicoanálisis como ciencia es siempre una ciencia de lo particular, aún cuando estos casos particulares, en el momento en que hay más de un psicoanalista, se presten, de todos modos, a cierta generalidad. Con Freud la experiencia psicoanalítica representa la singularidad llevada a su límite, ya que él estaba construyendo y verificando el psicoanálisis mismo. No podemos borrar este hecho, era la primera vez que se hacía un análisis. El método se deduce a partir de allí, pero sólo es método para los demás.
El psicoanálisis es una experiencia de lo particular. La experiencia verdaderamente original de este particular adquiere un valor aún más singular. La diferencia que existe entre esta PRIMERA VEZ y todo lo que ha venido después - nosotros no nos interesamos tanto en la verdad como en la constitución de las vías de acceso a esta verdad- es fundamental para estudiar psicoanálisis.
05 Abr 2009
EROTISMO Y AGRESIVIDAD. Sigmund Freud.
Aquellas personas en las que tal sentimiento inconsciente de culpabilidad entraña intensidad predominante lo delatan así en el análisis con la reacción terapéutica negativa, de tan ingrato pronóstico. Cuando les comunicamos la solución de un síntoma, a la cual debería seguir una desaparición, por lo menos temporal, del síntoma correspondiente, observamos, por el contrario, en ellas una intensificación del síntoma y de la dolencia. A veces basta alabar su conducta en la cura o una palabra esperanzada sobre el progreso del análisis para provocar un recrudecimiento de su enfermedad. Los no analíticos dirían que tales personas carecen de «voluntad de curar», los analíticos vemos en esta conducta una manifestación del sentimiento inconsciente de culpabilidad, al cual satisface la enfermedad con sus dolores y sus sentimientos. Los problemas que el sentimiento inconsciente de culpabilidad ha planteado, sus relaciones con la moral, la pedagogía y la criminología son actualmente el tema preferido de los analíticos. Donde menos lo esperábamos hemos emergido, desde el mundo psíquico abisal, a campo abierto. No puedo yo guiaros en estos nuevos dominios; pero quiero exponeros, antes de terminar por hoy, un razonamiento. Solemos decir que nuestra cultura ha sido instaurada a costa de tendencias sexuales que, coartadas por la sociedad y reprimidas en parte, han sido también en parte aprovechadas para otros fines. No obstante el orgullo que nos inspiran nuestras conquistas culturales, hemos confesado que no nos es nada fácil satisfacer las exigencias de esta cultura y sentirnos a gusto en ella, porque las restricciones impuestas a nuestros instintos suponen una pesada carga psíquica. Ahora bien: lo que así hemos reconocido en los instintos sexuales es aplicable en igual o mayor medida a los instintos de agresión
Estos instintos son, sobre todo, los que dificultan la vida en común de los hombres y amenazan su perduración; la restricción de su agresividad es el sacrificio primero y quizá más duro que la sociedad exige al individuo. Hemos visto en qué ingeniosa forma se lleva a cabo esta doma de lo rebelde. La instauración del superyó, que atrae a sí los peligrosos impulsos agresivos, sitúa, además, una guarnición en los lugares inclinados a la rebeldía. Mas, por otro lado, desde un punto de vista puramente psicológico, hemos de reconocer que el yo no se siente a gusto cuando se ve sacrificado así a las necesidades de la sociedad, cuando se tiene que someter a las tendencias destructoras de la agresión, las cuales le hubiera gustado desarrollar con otros. Es como una continuación en los dominios psíquicos de aquel dilema de comer o ser comido, que domina el mundo de la vida orgánica. Por fortuna los instintos de agresión no aparecen nunca aislados, sino en aleación con los eróticos. Estos últimos tienen mucho que mitigar y precaver en las condiciones de la cultura creada por el hombre.
23 Feb 2009
AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. QUINTA PARTE.
19 Feb 2009
PSICOANÁLISIS DE UNA PSICOANALISTA XXXII
Homenaje artístico a las MADRES DE PLAZA DE MAYO
Fueron cuatro horas de canciones y poemas, casi una orgía sangrienta, donde muerte y canción, también, eran el viento.
Fuimos torturados y muertos varias veces en esas cuatro horas. También nosotros, matamos sin cesar. Yo, como siempre me pasa en esos casos terminé alucinado.
Cuando volví a casa le dije a Ella que el mundo es una mierda y que nosotros no habíamos entendido casi nada de la vida y que estábamos todos, en verdad, un poco locos. Ella trató de despertarse sin conseguirlo del todo y entre sueños dijo dos o tres veces ¡viva Perón! y ¡Evita Montonera! Yo la sacudí, suavemente, y le dije, no te hagas la dormida, nena, que te quiero decir que el mundo se hunde, se desploma, que ya quedan muy pocos en el mundo, que ya estamos ¡tan solos!
Vení me dijo Ella, poné tu loca cabezita entre mis piernas, no ves que tu mirada me hace temblar.
Dejáme, nena. Quiero decirte, que tengo la cabeza llena de personas muertas y descuartizadas. Manos cortadas en el momento de pulsar una guitarra, gargantas arrancadas en en momento de cantar, pechos destrozados en el momento de dar de mamar. Te digo, nena, tengo la cabeza reventada de sangre y de pus. Niños asesinados a patadas antes de nacer. Hombres y mujeres muertos, o mutilados, o inmensamente tristes a punto de morir.
Ella, mientras yo moría mil veces sin morir y lloraba como un maricón en los renglones anteriores, había apoyado con cierta firmeza sus nalgas contra mi pubis, yo amaba esas nalgas, ese culito de papá, como tantas veces se lo había hecho. Nalgas abiertas sin escrúpulos y recordé que por ese culo yo había dado más de la mitad de mi vida, pero justo en ese momento. A mí la muerte me había helado el alma y se lo dije: Mi amor, hoy 30.000 desaparecidos tironean de mi pija para abajo, para los túneles secretos, para abajo, querida, para las tumbas secretas, para abajo, querida, una caída, te digo, donde la muerte te hiela la sangre.
Hoy los vi morir, una vez más a todos. Tocáme, le dije para que no desconfiara, en semejante cementerio, querida, el sexo no existe. Y ella, me tocó; suavemente, primero con el dorso de la mano jugueteó con mi pelo pubiano casi hasta la risa o hasta la excitación, después, con la palma de la mano me acariciaba por debajo de los huevos, haciendo llegar, muy delicadamente, sus dedos más finos y largos hasta mi pequeño culo, cerrado por el terror y, sin tocarme la pija, directamente, me la chupó.
Y mientras su lengua se movía desesperadamente contra la muerte, llegué a pensar que esta vez, ella era la que tenía razón. Me dejé llevar por el ritmo que marcaba su lengua contra las heladas sombras de mi noche y comencé a moverme lentamente. Ella, agradecida, se abalanzó con su boca contra mi boca me besó largamente, después entre gemidos y llantos se apretaba fuertemente a mí y me decía, también fue mi patria, yo, también, estoy muerta; ¡ámame! La abracé fuertemente, y así nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente me levanté pensando en una gran clínica psiquiátrica, con lugar para todo el mundo, también, para los muertos.
Metido en un infierno trato de hacer llegar algún poeta estas palabras de mi fuego.
La cabeza está a punto de estallarme en sí misma, los llantos de toda la humanidad se concentran hoy en mis manos. El dolor perfecto de un billón de madres llorando a sus hijos muertos para siempre, la tierra entera ensangrentada, llorando desesperanzada por la violencia sin límites de sus hijos.
Mi desesperación no tiene límites. Me dejo caer en los brazos de un tango y la caída llega hasta la tumba de mi padre.
Aquí estoy, padre, he venido a develar los últimos secretos del ser de la poesía. Me recuesto a tu lado y soy esa ceniza gris que vuela entre mis versos camino de la verdad. Este cielo mío, que padezco. Un cielo sin Dios, sin paraíso, sin retorno.
Acontezco en tu ser como una antigua momia egipcia, y me desvenezco entre olores de jazmines y anices palaciegos. Busco en tu nombre el recuerdo de alguna grandeza y me encuentro conmigo mismo en el centro de tu corazón.
Toda historia que salía de tus labios era para sostener mi nombre en el espacio. Un hombre alto fuerte, hermoso, por esas cosas de la poesía, todo el desierto estará en su mirada. Toda ciudad, toda guerra se aferrará a su escritura para no morir. Este fin de siglo se escribirá un poema que tendrá que ser vivido durante dos mil años para comprender su esencia de futuro.
Ha pasado la tarde y los gusanos piden su lugar en la tumba de mi padre, beso por última vez los labios de mi padre cayéndose y, con elegancia, parto sin destino hacia tus brazos.
08 Feb 2009
III AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. EL SENTIDO DE LOS SÍNTOMAS. LOS MECANISMOS PSÍQUICOS Y LOS FENÓMENOS HISTÉRICOS. NEURASTENIA Y NEUROSIS DE ANGUSTIA
II COMPLETANDO la exposición que precede, añadiré que desde un principio me serví del hipnotismo para un fin distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la génesis de sus síntomas, sobre la cual no podía muchas veces proporcionarme dato alguno hallándose en estado normal. Este procedimiento, a más de entrañar una mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones de la sugestión, satisfacía la curiosidad científica del médico, el cual poseía un indiscutible derecho a averiguar algo del origen del fenómeno, cuya desaparición intentaba lograr por medio del monótono procedimiento de la sugestión. A este otro procedimiento llegué del modo siguiente: Hallándome aún en el laboratorio de Brücke conocí al doctor José Breuer, uno de los médicos de cabecera más considerados de Viena, que poseía además un pasado científico, pues era autor de varios valiosos trabajos sobre la fisiología de la respiración y sobre el órgano del equilibrio. Era Breuer un hombre de inteligencia sobresaliente, catorce años mayor que yo. Nuestras relaciones se hicieron pronto íntimas, y Breuer llevó su amistad hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Durante muchos años compartimos todo interés científico, siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio beneficiaba más. El desarrollo del psicoanálisis me costó después su amistad. Muy difícil me fue prescindir de ella, pero resultó inevitable. Antes de mi viaje a París me había comunicado ya Breuer un caso de histeria, sometido por él desde 1880 a 1882 a un tratamiento especial, por medio del cual había conseguido penetrar profundamente en la motivación y significación de los síntomas histéricos. Esto sucedía en una época en la que los trabajos de Janet pertenecían aún al futuro. Breuer me leyó varias veces fragmentos del historial clínico de dicho caso, que me dieron la impresión de constituir un progreso decisivo en la inteligencia de las neurosis. Durante mi estancia en París di cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero el maestro no demostró interesarse por ellos. De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase más detalladamente sus observaciones. La paciente era una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes, cuya dolencia había comenzado a manifestarse en ocasión de hallarse dedicada al cuidado de su padre, gravemente enfermo. Cuando acudió a la consulta de Breuer, ofrecía un variado cuadro sintomático: parálisis, con contracciones, inhibiciones y estado de perturbación psíquica. Una observación casual reveló al médico que la paciente podía ser libertada de tales perturbaciones de la conciencia cuando se le hacia dar una expresión verbal a la fantasía afectiva que de momento la dominaba. De este descubrimiento dedujo Breuer un método terapéutico. Sumiendo a la sujeto en un profundo sueño hipnótico, la hacía relatar lo que en aquellos instantes oprimía su ánimo. Dominados así los accesos de perturbación depresiva, empleó el mismo procedimiento para provocar la desaparición de las inhibiciones y de los trastornos somáticos. Durante el estado de vigilia, la paciente era tan incapaz como otros enfermos de indicar la génesis de sus síntomas y no encontraba conexión alguna entre ellos y algunas impresiones de su vida. Pero en la hipnosis hallaba inmediatamente el enlace buscado. Resultó así que todos sus síntomas se hallaban relacionados con intensas impresiones, recibidas durante el tiempo que pasó cuidando a su padre, enfermo, y que, por tanto, poseían un sentido, correspondiendo a restos o reminiscencias de tales situaciones afectivas. Generalmente resultaba que en ocasión de hallarse junto al lecho de su padre había tenido que reprimir un pensamiento o un impulso, en cuyo lugar y representación había luego aparecido el síntoma. Mas, por lo regular, cada síntoma no constituía el residuo de una sola escena «traumática», sino el resultado de la adición de numerosas situaciones análogas. Cuando luego en la hipnosis recordaba la sujeto alucinatoriamente una tal situación y realizaba a posteriori el acto psíquico antes reprimido, dando libre curso al afecto correspondiente, desaparecía definitivamente el síntoma. Por medio de este procedimiento consiguió Breuer, después de una larga y penosa labor, libertar a la enferma de todos sus síntomas. La sujeto quedó así curada, y no volvió a experimentar perturbación alguna del orden histérico, habiéndose demostrado luego capaz de importantes rendimientos intelectuales. Pero el desenlace del tratamiento quedaba envuelto para mi en una cierta oscuridad, que Breuer no quiso nunca disipar. También me era imposible comprender por qué había mantenido secreto durante tanto tiempo su descubrimiento, que yo consideraba inestimable, en lugar de hacerlo público, en provecho de la ciencia. La única objeción admisible era la de si debía generalizar un hecho comprobado tan sólo en un único caso, pero las circunstancias descubiertas me parecían de naturaleza tan fundamental, que, una vez demostradas en un caso de histeria, tenían, a mi juicio, que aparecer integradas en todo enfermo de este orden. Ahora bien: siendo ésta una cuestión que sólo la experiencia podía decidir, comencé a repetir con mis pacientes las investigaciones de Breuer, no empleando con ellos método ninguno distinto, sobre todo después que mi visita a Bernheim en 1889 me hubo revelado los límites eficaces de la sugestión hipnótica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hallé un solo caso de histeria que siendo accesible a dicho método no confirmase los descubrimientos de Breuer, habiendo reunido un importante material de observaciones análogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo común sobre la materia, cosa a la que comenzó por resistirse tenazmente. Por último, cedió a mis instancias cuando ya Janet se había adelantado, publicando en sus trabajos una parte de los resultados anteriormente obtenidos por Breuer; esto es, la referencia de los síntomas histéricos a impresiones de la vida del sujeto y su supresión por medio de la reproducción hipnótica in statu nascendi. Así, pues, dimos a la estampa en 1893 una «comunicación interna», titulada Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos, y en 1895, nuestro libro Estudios sobre la histeria (*522). Nota 522 El contenido de este libro es, en su parte esencial, de Breuer, circunstancia que siempre he declarado honradamente y que hago constar aquí una vez más. En la teoría que en él se intenta elaborar trabajé en una medida cuya determinación no es ya hoy posible. Esta teoría se mantiene dentro de límites modestísimos, no yendo mucho más allá de una expresión inmediata de las observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza de la histeria, sino tan sólo esclarecer la génesis de sus síntomas. En esta labor acentúa la significación de la vida afectiva y la importancia de la distinción entre actos psíquicos inconscientes y conscientes (o mejor, capaces de conciencia) e introduce un factor dinámico, haciendo nacer el síntoma del estancamiento de un afecto y un factor económico, considerando al mismo síntoma como el resultado de la transformación de un montante de energía, utilizado normalmente de un modo distinto (la llamada «conversión»). Breuer dio a nuestro método el calificativo de «catártico», y declaró que su síntoma terapéutico era el de hacer que el montante de afecto usado para mantener el síntoma y estancado en vías erradas, y sea llevado a la descarga (o abreación) por vías normales. Este método catártico alcanzó excelentes resultados. Los defectos que más tarde demostró entrañar son los inherentes a todo tratamiento hipnótico. Todavía actualmente hay muchos psicoterapeutas que continúan empleando este método tal y como Breuer lo empleaba. En el tratamiento de las neurosis de guerra en el Ejército alemán durante la conflagración europea, lo ha utilizado E. Simmel con éxito satisfactorio como procedimiento curativo abreviado. La sexualidad no desempeñaba en la teoría de la catarsis papel importante alguno. En los historiales clínicos aportados por mí a los Estudios sobre la histeria intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas. De su primera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad, cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorprendentemente poco desarrollado. Por los Estudios sobre la histeria no sería fácil adivinar la importancia de la sexualidad en la etiología de las neurosis. He descrito ya varias veces tan detalladamente el estadio inmediato de nuestra disciplina, o sea, el paso desde la catarsis al psicoanálisis propiamente dicho, que ha de serme difícil consignar aquí nada nuevo. El suceso que inició esta transición fue el retraimiento de Breuer de nuestra colaboración, quedando desde este momento en mis manos la administración de su herencia. Ya anteriormente habían surgido entre nosotros algunas diferencias de opinión; pero no habían sido suficientes para separarnos. Para el problema de cuándo se hace patógeno un proceso anímico, esto es, de cuándo queda excluido de un desenlace normal, prefería Breuer una teoría que pudiéramos calificar de fisiológica. Opinaba que los procesos que escapaban a su destino normal eran aquellos que nacían en estados anímicos extraordinarios (estados «hipnoides»). Pero esta solución no hacía sino plantear un nuevo problema: el de cuál podría ser el origen de tales estados hipnoides. Por mi parte, suponía, en cambio, la existencia de un juego de fuerzas, esto es, del efecto de intenciones y tendencias análogas a las observables en la vida anormal, oponiendo así a la «histeria hipnoide» de Breuer la «neurosis de defensa». Pero estas y otras diferencias no hubieran llevado nunca a Breuer a abandonar sus trabajos si no hubiesen venido a agregarse a ellas otros factores. En primer lugar, su extensa clientela le impedía dedicar como yo, toda su actividad a la labor catártica, y, además, influyó sobre él la mala acogida que nuestro libro obtuvo. Su confianza en sí mismo y su capacidad de resistencia no se hallaban a la altura de su restante organización espiritual. Cuando, por ejemplo, dedica Strümpell una durísima crítica a nuestro libro, pude yo dejarla resbalar sobre mí, dándome cuenta de la absoluta incomprensión del exegeta; pero Breuer se irritó y comenzó a sentirse descorazonado. De todos modos, lo que más contribuyó a su decisión fue la imposibilidad de familiarizarse con la nueva orientación que tomaron mis trabajos. La teoría que habíamos intentado edificar en los Estudios era muy incompleta. Sobre todo, apenas habíamos rozado el problema de la etiología, o sea el de la base del proceso patógeno. Posteriormente hube de comprobar con mayor evidencia cada vez que detrás de las manifestaciones de la neurosis no actuaban excitaciones afectivas de naturaleza indistinta, sino precisamente de naturaleza sexual, siendo siempre conflictos sexuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pasados. He de hacer constar que no me hallaba preparado a tal descubrimiento, totalmente inesperado para mí, que no llevó a la investigación de los sujetos neuróticos prejuicio alguno de este orden. Cuando en 1914 escribí la Historia del movimiento psicoanalítico surgió en mí el recuerdo de algunos dichos de Breuer, Charcot y Chrobak, que podían haberme orientado en este camino. Mas por entonces no comprendí bien lo que tales autoridades querían decir, y sus afirmaciones dormitaron en mí hasta que, con ocasión de las investigaciones catárticas, resurgieron bajo la forma de descubrimiento propio. Tampoco sabía en aquella época que al referir la histeria a la sexualidad había retrocedido a los tiempos más antiguos de la Medicina y me había agregado a un juicio de Platón. Esto último me lo reveló mucho después la lectura de un trabajo de Havelock Ellis. Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento di un paso que ha tenido amplias consecuencias. Traspasé los límites de la histeria y comencé a investigar la vida sexual de los enfermos llamados neurasténicos, que acudían en gran número a mi consulta. Este experimento me costó gran parte de mi clientela; pero me procuró diversas convicciones, que hoy día, cerca de treinta años después, conservan toda su fuerza. Era, desde luego, necesario vencer la infinita hipocresía con la que se encubre todo lo referente a la sexualidad; pero una vez conseguido esto, se hallaban en la mayoría de estos enfermos importantes desviaciones de la función sexual. Dada la gran frecuencia tanto de dichas desviaciones como de la neurastenia, no presentaba su coincidencia gran fuerza probatoria; pero posteriores observaciones, más penetrantes, me hicieron descubrir en la abigarrada colección de cuadros patológicos, reunida bajo el concepto de neurastenia, dos tipos fundamentalmente diferentes que podían surgir, mezclados en muy variadas proporciones, pero que también se ofrecían aislados a la observación. En uno de estos tipos era el ataque de angustia el fenómeno central, con sus equivalentes formas rudimentarias y síntomas sustitutivos crónicos, por todo lo cual le di el nombre de neurosis de angustia, limitando al otro tipo la denominación de neurastenia. Una vez hecho esto, fue fácil determinar que a cada uno de estos tipos correspondía una distinta anormalidad de la vida sexual como factor etiológico (coitus interruptus, excitación frustrada y abstinencia sexual en un caso, y masturbación excesiva y poluciones frecuentes en el otro). En algunos casos, especialmente instructivos, en los que tenía efecto una sorprendente transición del cuadro patológico desde uno de los dos tipos al otro, conseguí demostrar que dicha transición se hallaba basada en un cambio correlativo del régimen sexual. Cuando se lograba hacer cesar la anormalidad y sustituirla por una actividad sexual normal, mejoraba considerablemente el estado del sujeto. De este modo llegué a considerar las neurosis, en general, como perturbaciones de la función sexual, siendo las llamadas neurosis actuales una expresión tóxica directa de dichas perturbaciones, y las psiconeurosis, una expresión psíquica de las mismas. Mi conciencia médica quedó satisfecha con este resultado, pues esperaba haber llenado una laguna de la Medicina, la cual no admitía, con relación a una función tan importante biológicamente como ésta, otras perturbaciones que las causadas por una infección o por una grosera lesión anatómica. Aparte de esto, mi teoría se hallaba de acuerdo con la opinión médica de que la sexualidad no es simplemente algo psíquico, sino que tiene también su faceta somática, debiéndose atribuirle un quimismo especial y derivar la excitación sexual de la presencia de determinadas materias aún desconocidas. El hecho de que las neurosis espontáneas, propiamente dichas, no mostrasen tanta analogía con ningún grupo de enfermedades como con los fenómenos de intoxicación y abstinencia provocados por la introducción o sustracción de ciertas materias tóxicas o con la enfermedad de Basedow, cuya dependencia del producto de la glándula tiroides es generalmente conocida, tenía también que poseer algún fundamento. Posteriormente no he tenido ocasión de volver sobre las investigaciones de las neurosis actuales. No ha habido tampoco nadie que haya continuado esta parte de mi labor. Volviendo hoy la vista a los resultados entonces obtenidos, reconozco en ello una primera y burda esquematización de un estado de cosas probablemente mucho más complicado; pero continúo considerándolos exactos. Me hubiera complacido someter al análisis psicoanalítico en épocas posteriores del desarrollo de nuestra disciplina otros casos de neurastenia pura, juvenil; pero, como ya indiqué antes, no he tenido ocasión para ello. Para evitar equivocadas interpretaciones haré constar que estoy muy lejos de negar la existencia del conflicto psíquico y de los complejos neuróticos en la neurastenia. Me limito a afirmar que los síntomas de estos enfermos no se hallan determinados psíquicamente ni son susceptibles de supresión por medio del análisis, debiendo ser considerados como consecuencias tóxicas directas de la perturbación del quimismo sexual. Cuando en los años siguientes a la publicación de los Estudios llegué a estos resultados referentes al papel etiológico de la sexualidad en las neurosis, los expuse en varias conferencias, tropezando con la general incredulidad y oposición. Breuer intentó una vez más apoyarme con todo el peso de su autoridad personal; pero nada consiguió, tanto más cuanto que no era difícil adivinar que la aceptación de la etiología sexual era también contraria a sus inclinaciones. Hubiera podido desorientarme y dar armas a la crítica alegando el caso de su primera paciente, en la que no parecía haber intervenido para nada el factor sexual. Pero jamás utilizó tal argumento, circunstancia que no llegué a comprender hasta que algún tiempo después pude interpretar acertadamente dicho caso y reconstruir el punto de partida de su tratamiento basándome en las observaciones que sobre él me había comunicado Breuer. Terminada la labor de «amor de transferencia», y no acertando Breuer a relacionar dicho estado en la enfermedad, hubo de cortar, lleno de confusión, su trato con la sujeto, resultándole desde aquel momento muy penoso todo lo que le recordaba este incidente, al que consideraba como una infortunada casualidad. Su conducta para conmigo osciló repentinamente entre el reconocimiento de mis afirmaciones y su más acerba crítica. Luego surgieron, como siempre en estas situaciones, circunstancias fortuitas que acabaron provocando nuestra separación. Mi estudio de las formas de la nerviosidad general me llevó asimismo a modificar la técnica catártica. Abandoné la hipnosis e intenté sustituirla por otro método, buscando superar la limitación del tratamiento a los estados histeriformes. Además, había comprobado dos graves insuficiencias del empleo del hipnotismo, incluso en su aplicación a la catarsis. En primer lugar, los resultados terapéuticos obtenidos desaparecían ante la menor perturbación de la relación personal entre médico y enfermo. Volvían ciertamente a aparecer una vez conseguida la reconciliación; pero se demostraba así que la relación personal afectiva -factor imposible de dominar- era más poderosa que la labor catártica. Además, llegó un día en el que me fue dado comprobar algo que sospechaba ya desde mucho tiempo atrás. Una de mis pacientes más dóciles, con la cual había obtenido por medio del hipnotismo los más favorables resultados, me sorprendió, un día que había logrado libertarla de un doloroso acceso refiriéndolo a su causa inicial, echándome los brazos al cuello al despertar del sueño hipnótico. Una criada que llamó a la puerta en aquellos momentos nos evitó una penosa explicación; pero desde tal día renunciamos, por un acuerdo tácito, a la continuación del tratamiento hipnótico. Suficientemente modesto para no atribuir aquel incidente a mis atractivos personales, supuse haber descubierto con él la naturaleza del elemento místico que actuaba detrás del hipnotismo. Para suprimirlo o, por lo menos, aislarlo tenía que abandonar el procedimiento hipnótico. Pero el hipnotismo había prestado al tratamiento catártico extraordinarios servicios, ampliando el campo de la conciencia del sujeto y proporcionándole un conocimiento del que carecía en estado de vigilia. No parecía, pues nada fácil hallar con qué sustituirlo. En esta perplejidad, recordé un experimento del que había sido testigo durante mi visita a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo recuerdo de lo sucedido durante dicho estado. Pero Bernheim afirmaba que sabía perfectamente cuándo había pasado, y cuando le invitaba a recordarlo, insistiendo en que nada de ello ignoraba, debiendo decirlo, y colocaba la mano sobre la frente del sujeto, acababan por surgir los recuerdos olvidados, vacilantemente primero y luego con absoluta fluidez y claridad. Decidí, pues, emplear este mismo procedimiento. Mis pacientes tenían también que «saber» lo que antes les hacía accesible la hipnosis, y mi insistencia en este sentido había de tener el poder de llevar a la conciencia los hechos y conexiones olvidados. Este procedimiento habría de ser más trabajoso que el hipnótico, pero también más instructivo. Abandoné, pues, el hipnotismo y sólo conservé de él la colocación del paciente en decúbito supino sobre un lecho de reposo, situándome yo detrás de él de manera a verle sin ser visto.
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