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23 Feb 2009

AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. QUINTA PARTE.

Escrito por: ameliadiezcuesta el 23 Feb 2009 - URL Permanente

IV Las teorías de la resistencia y de la represión de lo inconsciente, de la significación etiológica de la vida sexual y de la importancia de los sucesos infantiles son los elementos principales del edificio teórico psicoanalítico. Lamento no haber podido descubrirlos aquí sino por separado, sin entrar en su composición y relación; pero es ya tiempo de que dediquemos atención a las modificaciones que poco a poco han ido introduciéndose en la técnica del procedimiento analítico. El vencimiento de la resistencia por medio de la presión ejercida sobre el enfermo fue un primer método indispensable para proporcionar al médico una orientación en la materia; pero a la larga se hacía demasiado penoso, tanto para el médico como para el enfermo, y no parecía libre de ciertos graves defectos. Hubimos, pues, de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido. En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacionado con un tema determinado, le invitamos ahora a abandonarse a la asociación libre, esto es a manifestar todo aquello que acuda a su pensamiento, absteniéndose de toda represión final consciente. Ahora bien: el paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las objeciones críticas que tienden a rechazar algunas de sus ocurrencias por carecer de importancia, de conexión con el tema tratado o de todo sentido. Esta absoluta sinceridad del paciente es condición indispensable de la cura analítica. Puede parecer extraño que este procedimiento de la asociación libre, con observancia de la regla fundamental psicoanalítica, diera el rendimiento que de él se esperaba, llevando a la conciencia los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la asociación libre no entraña realmente una completa libertad. El paciente permanece bajo la influencia de la situación analítica, aun cuando no dirija su actividad mental hacia un tema determinado. Tenemos derecho a suponer que no se le ocurrirá nada que no se halle relacionado con dicha situación. Su resistencia contra la reproducción de lo reprimido se manifestará ahora en dos formas distintas. Ante todo, por aquellas objeciones críticas a las que responde la regla psicoanalítica fundamental; pero si el enfermo logra dominar tales objeciones siguiendo dicha descripción, la resistencia adoptará una segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del paciente no contengan jamás lo reprimido, sino sólo algo como una alusión a ello, y cuanto mayor sea la resistencia, más se alejará la ocurrencia sustitutiva comunicada de los elementos reprimidos buscados. El analítico que escucha recogidamente, pero sin esforzarse, al enfermo puede entonces utilizar en dos formas distintas el material que el mismo le proporciona. Puede, en efecto, conseguir, dada una resistencia no demasiado intensa, adivinar por las ocurrencias del enfermo los elementos reprimidos, y puede también, cuando se trata de una resistencia más enérgica, deducir de las ocurrencias, que parecen alejarse del tema, la naturaleza de dicha resistencia misma, naturaleza que descubrirá entonces al paciente. Este descubrimiento de la resistencia es el primer paso para su vencimiento. Tenemos, pues, dentro del cuadro de la labor analítica, un arte de interpretación, cuyo acertado empleo requiere tacto y costumbre, pero que no es difícil de aprender. El método de la asociación libre presenta grandes ventajas con respecto al anterior, aparte de resultar menos penoso. Impone, en efecto, al analizado una violencia mínima, no pierde jamás el contacto con la realidad presente y ofrece amplias garantías de que en ningún momento puede perder el médico de vista la estructura de la neurosis o integrar en ella algo que no le pertenece. En él se abandona casi por completo al paciente la función de determinar la marcha del análisis y la ordenación de la materia, razón por la cual se hace imposible la elaboración sistemática y aislada de los diversos síntomas y complejos. En oposición a lo que sucede en los métodos hipnóticos o sugestivos, el médico averigua cosas íntimamente enlazadas entre sí en diversos momentos y lugares del tratamiento. Para un espectador -inadmisible en las sesiones de tratamiento- representaría la cura analítica un aspecto totalmente incomprensible. Otra de las ventajas del método es que, en realidad, no puede fallar nunca. Teóricamente tiene que ser siempre posible al enfermo producir una ocurrencia, dado que no se fija ni limita en absoluto la naturaleza de la misma. Sin embargo, esta falta de ocurrencia se presenta siempre en un caso determinado; pero precisamente por tratarse de un caso aislado, resulta también fácilmente interpretable. Llegamos ahora a la descripción de un factor que añade al cuadro del psicoanálisis un rasgo esencial e integra, tanto técnica como teóricamente, la mayor importancia. En todo tratamiento analítico se establece sin intervención alguna del médico una intensa relación sentimental del paciente con la persona del analista, inexplicable por ninguna circunstancia real. Esta relación puede ser positiva o negativa y varía desde el enamoramiento más apasionado y sensual hasta la rebelión y el odio más extremo. Tal fenómeno, al que abreviadamente damos el nombre de «transferencia», sustituye pronto en el paciente el deseo de curación e integra, mientras se limita a ser cariñoso y mesurado, toda la influencia médica, constituyendo el verdadero motor de la labor analítica. Más tarde, cuando se hace apasionado o se transforma en hostilidad, llega a constituir el instrumento principal de la resistencia, y entonces cesan, en absoluto, las ocurrencias del enfermo, poniendo en peligro el resultado del tratamiento. Pero sería insensato querer eludir este fenómeno. Sin la transferencia no hay análisis posible. No debe creerse que el análisis crea la transferencia y que ésta sólo aparece en él. Por el contrario, el análisis se limita a revelar la transferencia y a aislarla. Trátase de un fenómeno generalmente humano que decide el éxito de toda influencia médica, y domina, en general, las relaciones de una persona con las que le rodean. Fácilmente se descubre en él el mismo factor dinámico al que los hipnotizadores han dado el nombre de «sugestibilidad», factor que entraña el rapport hipnótico, y cuya falta de garantías constituía el defecto del método catártico. En los casos en que esta tendencia a la transferencia sentimental falta o ha llegado a ser totalmente negativa, como en la demencia precoz y en la paranoia, desaparece también la posibilidad de ejercer una influencia psíquica sobre el enfermo. Es indudable que también el psicoanálisis labora por medio de la sugestión, como todos los demás métodos psicoterápicos. Pero se diferencia de ellos en que no abandona la decisión del resultado terapéutico a la sugestión o a la transferencia. Por el contrario, es utilizada para mover al enfermo a realizar una labor psíquica -el vencimiento de sus resistencias de transferencia-, labor que significa una duradera modificación de su economía anímica. La transferencia es hecha consciente al enfermo por el analista y queda suprimida, convenciéndole de que en su conducta de transferencia vive de nuevo relaciones sentimentales que proceden de sus más tempranas cargas de objeto realizadas en el período reprimido de su niñez. Por medio de esta labor pasa la transferencia a constituir el mejor instrumento de la cura analítica, después de haber sido el arma más importante de la resistencia. Su aprovechamiento y manejo constituye, de todos modos, la parte más difícil e importante de la técnica analítica. Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y del arte de interpretación a él correspondiente consiguió el psicoanálisis algo que no parecía muy importante desde el punto de vista práctico, pero que en realidad lo condujo a una situación y significación completamente nuevas en los dominios científicos. Se hizo posible demostrar que los sueños poseen un sentido y adivinar éste. Los sueños fueron considerados en la antigüedad clásica como profecías pero la ciencia moderna no quería saber nada de ellos, los abandonaba a la superstición y los declaraba un acto simplemente «somático», una especie de contracción de la vida anímica dormida. Parecía totalmente imposible que alguien que hubiera llevado a cabo un serio trabajo científico pudiera surgir luego como «onirocrítico». Pero desechando una tal ordenación de los sueños tratándolos como un incomprendido síntoma neurótico o como una idea delirante u obsesiva, prescindiendo de su contenido aparente y haciendo objeto de la asociación libre a cada uno de sus diversos cuadros, llegamos a un resultado totalmente distinto. Las numerosas ocurrencias del sujeto del sueño nos llevaron, en efecto, al conocimiento de un producto mental que no podía ya ser calificado de absurdo ni de confuso, producto que equivalía a un rendimiento psíquico completo y del cual no constituía el sueño manifiesto sino una traducción deformada, abreviada y mal interpretada, compuesta generalmente de imágenes visuales. Estas ideas latentes del sueño contenían el sentido mismo, no siendo el contenido manifiesto del sueño sino un engaño, una fachada, que podía ser enlazada con la asociación, pero no con la interpretación. Planteábase así toda una serie de problemas, entre los cuales los más importantes se referían a la existencia de un motivo de la formación de los sueños, a las condiciones en las que la misma se desarrollaba y a los caminos que conducían desde las ideas latentes del sueño, plenas de sentido, al sueño mismo, con frecuencia totalmente insensato. En mi obra 'La interpretación de los sueños' publicada en 1900, he intentado resolver todos estos problemas. Aquí no me cabe dar tales investigaciones. Si examinamos las ideas latentes que el análisis del sueño nos ha revelado encontramos una que resalta decididamente entre las demás, razonables y conocidas por el sujeto. Estas otras ideas son restos de la vida despierta (restos diurnos). En cambio en la idea aislada reconocemos un impulso optativo, muy repulsivo a veces, ajeno a la vida despierta del soñador, el cual niega con asombro o indignación haberlo abrigado nunca. Este impulso es el que ha provocado el sueño, ofreciendo la energía necesaria para su producción y sirviéndose del material constituido por los restos diurnos. El sueño así surgido presenta una situación que integra la satisfacción de tal impulso, constituyendo una realización de deseos. Este proceso no hubiera sido posible si no hubiese habido algo favorable a él en la naturaleza del estado de reposo. La condición psíquica del estado de reposo es la obediencia del yo al deseo de dormir y la sustracción de las cargas de todos los intereses vitales. Dada la simultánea oclusión de los accesos a la motilidad, puede el yo disminuir el esfuerzo, con el que en toda otra ocasión mantiene las represiones. Esta negligencia nocturna de la represión es aprovechada por el impulso inconsciente para llegar a la conciencia por medio del sueño. La resistencia de represión del yo no queda, sin embargo, suprimida durante el estado de reposo, sino simplemente disminuida, y una parte de ella queda en pie, como censura onírica, y prohíbe al impulso optativo inconsciente manifestarse en la forma que le es propia. A causa de la severidad de la censura onírica tiene que presentarse las ideas oníricas latentes a modificaciones y debilitaciones, que disfrazan por completo el prohibido sentido del sueño. Queda explicada así la deformación onírica, a la que debe el sueño manifiesto sus más singulares caracteres. Podemos, pues, decir justificadamente que el sueño es la realización (disfrazada) de un deseo (reprimido), y vemos que se halla construido como un síntoma neurótico, siendo el producto de una transacción entre las aspiraciones de un impulso instintivo reprimido y la resistencia de un poder del yo, que ejerce la censura. A consecuencia de esta identidad de génesis resulta tan incomprensible como el síntoma, y precisa, como él, de una interpretación. No es difícil hallar la función general del sueño. Sirve para anular aquellos estímulos exteriores o interiores que harían despertar al sujeto, protegiendo así el estado de reposo contra tales perturbaciones. El estímulo exterior queda rechazado por medio de una transformación de su sentido y por su inclusión en una cualquiera situación inocente. En cambio, el estímulo interior de la aspiración instintiva es admitido por el durmiente, el cual le permite llegar a la satisfacción por medio de la formación de un sueño siempre que las ideas latentes no intenten eludir la censura. Pero cuando surge tal peligro y el sueño se hace demasiado preciso, lo interrumpe el durmiente, despertando asustado (sueño de angustia). Este mismo fallo de la función onírica surge cuando el estímulo exterior se hace tan intenso que no puede ser ya rechazado. El proceso que transforma con la colaboración de la censura las ideas latentes en el contenido manifiesto ha sido denominado por mí elaboración onírica, y consiste en una elaboración especial del material ideológico preconsciente, por lo cual quedan condensados los componentes de dicho material, desplazados sus acentos psíquicos, transformado su conjunto en imágenes visuales, o sea, dramatizado, y completado por una elaboración secundaria, que lo hace irreconocible. La elaboración onírica es un excelente ejemplo de los procesos que se desarrollan en los más profundos estratos inconscientes de la vida anímica, procesos que se diferencian considerablemente de los procesos intelectuales normales que nos son conocidos. Tal elaboración presenta también una serie de rasgos arcaicos; por ejemplo, el empleo de un simbolismo predominantemente sexual, que ya hemos hallado exento de este carácter en otros dominios de la actividad espiritual. La conexión del impulso instintivo inconsciente del sueño con un resto diurno da al sueño por él provocado un doble valor para la labor analítica. La interpretación muestra, en efecto, que, además de constituir la realización de un deseo reprimido, puede el sueño haber continuado la actividad mental preconsciente diurna e integrar otro contenido cualquiera, dando expresión a un propósito, a una advertencia, a una reflexión o nuevamente a una realización de deseos. El análisis lo utiliza en ambos sentidos, tanto para el conocimiento de los procesos conscientes del analizado como de sus procesos inconscientes, y aprovecha asimismo la circunstancia de que el sueño logra el acceso a los elementos olvidados de la vida infantil para vencer la amnesia infantil por medio de la interpretación onírica. El sueño lleva aquí a cabo una parte de la función que antes encomendábamos al hipnotismo. En cambio, no he hecho jamás la afirmación que con frecuencia se me atribuye de que la interpretación onírica demostraba que todos los sueños poseen un contenido sexual o se refieren a energías instintivas sexuales. Es fácil observar que el hambre, la sed y otras necesidades crean sueños de satisfacción, del mismo modo que cualquier impulso reprimido, sexual o egoísta. Los sueños de los niños pequeños nos ofrecen una fácil demostración de la exactitud de nuestra teoría. En estos sujetos infantiles, en los cuales no se hallan aún precisamente diferenciados los sistemas psíquicos ni desarrolladas profundamente las represiones, comprobamos con frecuencia sueños que no son sino satisfacciones no disfrazadas de impulsos optativos no satisfechos durante el día. Bajo la influencia de necesidades imperativas pueden producir también los adultos tales sueños de tipo infantil Del mismo modo que de la interpretación onírica se sirve el análisis del estudio de los frecuentísimos actos fallidos y sintomáticos de los hombres, actos a los cuales he dedicado una investigación, publicada en 1904 bajo el título de Psicopatología de la vida cotidiana. Esta obra, que ha sido muy leída, integra la demostración de que tales fenómenos no tienen nada de casuales, siendo susceptibles de una explicación que va más allá de lo puramente fisiológico, poseyendo un sentido perfectamente interpretable y reposando en impulsos e intenciones retenidas o reprimidas. Pero el valor principal de la interpretación onírica y de este estudio de los actos fallidos y sintomáticos no consiste en el apoyo que prestan a la labor analítica, sino en otra de sus cualidades. Hasta ahora, el psicoanálisis se había ocupado solamente de la solución de fenómenos patológicos, habiéndose visto obligado a edificar para su esclarecimiento hipótesis, cuyo alcance se hallaba fuera de relación con la importancia de la materia tratada. Pero el sueño, del que se ocupó después, no era ningún síntoma patológico, sino un fenómeno de la vida anímica normal, propio de todo hombre sano. Si el sueño se halla construido como un síntoma, y si su explicación exige las mismas hipótesis, o sea, las referentes a la represión de impulsos instintivos, a la formación de sustituciones y transacciones y a la diferenciación de los sistemas psíquicos para la localización de lo consciente y lo inconsciente, resultará que el psicoanálisis no es ya una ciencia auxiliar de la Psicopatología, sino el principio de una psicología nueva y más fundamental, indispensable también para la comprensión de lo normal. Podemos, pues, transferir sus hipótesis y resultados a otros dominios de lo psíquico, quedándose así abiertos los caminos que conducen al interés general.

08 Feb 2009

III AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. EL SENTIDO DE LOS SÍNTOMAS. LOS MECANISMOS PSÍQUICOS Y LOS FENÓMENOS HISTÉRICOS. NEURASTENIA Y NEUROSIS DE ANGUSTIA

Escrito por: ameliadiezcuesta el 08 Feb 2009 - URL Permanente

II COMPLETANDO la exposición que precede, añadiré que desde un principio me serví del hipnotismo para un fin distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la génesis de sus síntomas, sobre la cual no podía muchas veces proporcionarme dato alguno hallándose en estado normal. Este procedimiento, a más de entrañar una mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones de la sugestión, satisfacía la curiosidad científica del médico, el cual poseía un indiscutible derecho a averiguar algo del origen del fenómeno, cuya desaparición intentaba lograr por medio del monótono procedimiento de la sugestión. A este otro procedimiento llegué del modo siguiente: Hallándome aún en el laboratorio de Brücke conocí al doctor José Breuer, uno de los médicos de cabecera más considerados de Viena, que poseía además un pasado científico, pues era autor de varios valiosos trabajos sobre la fisiología de la respiración y sobre el órgano del equilibrio. Era Breuer un hombre de inteligencia sobresaliente, catorce años mayor que yo. Nuestras relaciones se hicieron pronto íntimas, y Breuer llevó su amistad hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Durante muchos años compartimos todo interés científico, siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio beneficiaba más. El desarrollo del psicoanálisis me costó después su amistad. Muy difícil me fue prescindir de ella, pero resultó inevitable. Antes de mi viaje a París me había comunicado ya Breuer un caso de histeria, sometido por él desde 1880 a 1882 a un tratamiento especial, por medio del cual había conseguido penetrar profundamente en la motivación y significación de los síntomas histéricos. Esto sucedía en una época en la que los trabajos de Janet pertenecían aún al futuro. Breuer me leyó varias veces fragmentos del historial clínico de dicho caso, que me dieron la impresión de constituir un progreso decisivo en la inteligencia de las neurosis. Durante mi estancia en París di cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero el maestro no demostró interesarse por ellos. De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase más detalladamente sus observaciones. La paciente era una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes, cuya dolencia había comenzado a manifestarse en ocasión de hallarse dedicada al cuidado de su padre, gravemente enfermo. Cuando acudió a la consulta de Breuer, ofrecía un variado cuadro sintomático: parálisis, con contracciones, inhibiciones y estado de perturbación psíquica. Una observación casual reveló al médico que la paciente podía ser libertada de tales perturbaciones de la conciencia cuando se le hacia dar una expresión verbal a la fantasía afectiva que de momento la dominaba. De este descubrimiento dedujo Breuer un método terapéutico. Sumiendo a la sujeto en un profundo sueño hipnótico, la hacía relatar lo que en aquellos instantes oprimía su ánimo. Dominados así los accesos de perturbación depresiva, empleó el mismo procedimiento para provocar la desaparición de las inhibiciones y de los trastornos somáticos. Durante el estado de vigilia, la paciente era tan incapaz como otros enfermos de indicar la génesis de sus síntomas y no encontraba conexión alguna entre ellos y algunas impresiones de su vida. Pero en la hipnosis hallaba inmediatamente el enlace buscado. Resultó así que todos sus síntomas se hallaban relacionados con intensas impresiones, recibidas durante el tiempo que pasó cuidando a su padre, enfermo, y que, por tanto, poseían un sentido, correspondiendo a restos o reminiscencias de tales situaciones afectivas. Generalmente resultaba que en ocasión de hallarse junto al lecho de su padre había tenido que reprimir un pensamiento o un impulso, en cuyo lugar y representación había luego aparecido el síntoma. Mas, por lo regular, cada síntoma no constituía el residuo de una sola escena «traumática», sino el resultado de la adición de numerosas situaciones análogas. Cuando luego en la hipnosis recordaba la sujeto alucinatoriamente una tal situación y realizaba a posteriori el acto psíquico antes reprimido, dando libre curso al afecto correspondiente, desaparecía definitivamente el síntoma. Por medio de este procedimiento consiguió Breuer, después de una larga y penosa labor, libertar a la enferma de todos sus síntomas. La sujeto quedó así curada, y no volvió a experimentar perturbación alguna del orden histérico, habiéndose demostrado luego capaz de importantes rendimientos intelectuales. Pero el desenlace del tratamiento quedaba envuelto para mi en una cierta oscuridad, que Breuer no quiso nunca disipar. También me era imposible comprender por qué había mantenido secreto durante tanto tiempo su descubrimiento, que yo consideraba inestimable, en lugar de hacerlo público, en provecho de la ciencia. La única objeción admisible era la de si debía generalizar un hecho comprobado tan sólo en un único caso, pero las circunstancias descubiertas me parecían de naturaleza tan fundamental, que, una vez demostradas en un caso de histeria, tenían, a mi juicio, que aparecer integradas en todo enfermo de este orden. Ahora bien: siendo ésta una cuestión que sólo la experiencia podía decidir, comencé a repetir con mis pacientes las investigaciones de Breuer, no empleando con ellos método ninguno distinto, sobre todo después que mi visita a Bernheim en 1889 me hubo revelado los límites eficaces de la sugestión hipnótica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hallé un solo caso de histeria que siendo accesible a dicho método no confirmase los descubrimientos de Breuer, habiendo reunido un importante material de observaciones análogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo común sobre la materia, cosa a la que comenzó por resistirse tenazmente. Por último, cedió a mis instancias cuando ya Janet se había adelantado, publicando en sus trabajos una parte de los resultados anteriormente obtenidos por Breuer; esto es, la referencia de los síntomas histéricos a impresiones de la vida del sujeto y su supresión por medio de la reproducción hipnótica in statu nascendi. Así, pues, dimos a la estampa en 1893 una «comunicación interna», titulada Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos, y en 1895, nuestro libro Estudios sobre la histeria (*522). Nota 522 El contenido de este libro es, en su parte esencial, de Breuer, circunstancia que siempre he declarado honradamente y que hago constar aquí una vez más. En la teoría que en él se intenta elaborar trabajé en una medida cuya determinación no es ya hoy posible. Esta teoría se mantiene dentro de límites modestísimos, no yendo mucho más allá de una expresión inmediata de las observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza de la histeria, sino tan sólo esclarecer la génesis de sus síntomas. En esta labor acentúa la significación de la vida afectiva y la importancia de la distinción entre actos psíquicos inconscientes y conscientes (o mejor, capaces de conciencia) e introduce un factor dinámico, haciendo nacer el síntoma del estancamiento de un afecto y un factor económico, considerando al mismo síntoma como el resultado de la transformación de un montante de energía, utilizado normalmente de un modo distinto (la llamada «conversión»). Breuer dio a nuestro método el calificativo de «catártico», y declaró que su síntoma terapéutico era el de hacer que el montante de afecto usado para mantener el síntoma y estancado en vías erradas, y sea llevado a la descarga (o abreación) por vías normales. Este método catártico alcanzó excelentes resultados. Los defectos que más tarde demostró entrañar son los inherentes a todo tratamiento hipnótico. Todavía actualmente hay muchos psicoterapeutas que continúan empleando este método tal y como Breuer lo empleaba. En el tratamiento de las neurosis de guerra en el Ejército alemán durante la conflagración europea, lo ha utilizado E. Simmel con éxito satisfactorio como procedimiento curativo abreviado. La sexualidad no desempeñaba en la teoría de la catarsis papel importante alguno. En los historiales clínicos aportados por mí a los Estudios sobre la histeria intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas. De su primera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad, cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorprendentemente poco desarrollado. Por los Estudios sobre la histeria no sería fácil adivinar la importancia de la sexualidad en la etiología de las neurosis. He descrito ya varias veces tan detalladamente el estadio inmediato de nuestra disciplina, o sea, el paso desde la catarsis al psicoanálisis propiamente dicho, que ha de serme difícil consignar aquí nada nuevo. El suceso que inició esta transición fue el retraimiento de Breuer de nuestra colaboración, quedando desde este momento en mis manos la administración de su herencia. Ya anteriormente habían surgido entre nosotros algunas diferencias de opinión; pero no habían sido suficientes para separarnos. Para el problema de cuándo se hace patógeno un proceso anímico, esto es, de cuándo queda excluido de un desenlace normal, prefería Breuer una teoría que pudiéramos calificar de fisiológica. Opinaba que los procesos que escapaban a su destino normal eran aquellos que nacían en estados anímicos extraordinarios (estados «hipnoides»). Pero esta solución no hacía sino plantear un nuevo problema: el de cuál podría ser el origen de tales estados hipnoides. Por mi parte, suponía, en cambio, la existencia de un juego de fuerzas, esto es, del efecto de intenciones y tendencias análogas a las observables en la vida anormal, oponiendo así a la «histeria hipnoide» de Breuer la «neurosis de defensa». Pero estas y otras diferencias no hubieran llevado nunca a Breuer a abandonar sus trabajos si no hubiesen venido a agregarse a ellas otros factores. En primer lugar, su extensa clientela le impedía dedicar como yo, toda su actividad a la labor catártica, y, además, influyó sobre él la mala acogida que nuestro libro obtuvo. Su confianza en sí mismo y su capacidad de resistencia no se hallaban a la altura de su restante organización espiritual. Cuando, por ejemplo, dedica Strümpell una durísima crítica a nuestro libro, pude yo dejarla resbalar sobre mí, dándome cuenta de la absoluta incomprensión del exegeta; pero Breuer se irritó y comenzó a sentirse descorazonado. De todos modos, lo que más contribuyó a su decisión fue la imposibilidad de familiarizarse con la nueva orientación que tomaron mis trabajos. La teoría que habíamos intentado edificar en los Estudios era muy incompleta. Sobre todo, apenas habíamos rozado el problema de la etiología, o sea el de la base del proceso patógeno. Posteriormente hube de comprobar con mayor evidencia cada vez que detrás de las manifestaciones de la neurosis no actuaban excitaciones afectivas de naturaleza indistinta, sino precisamente de naturaleza sexual, siendo siempre conflictos sexuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pasados. He de hacer constar que no me hallaba preparado a tal descubrimiento, totalmente inesperado para mí, que no llevó a la investigación de los sujetos neuróticos prejuicio alguno de este orden. Cuando en 1914 escribí la Historia del movimiento psicoanalítico surgió en mí el recuerdo de algunos dichos de Breuer, Charcot y Chrobak, que podían haberme orientado en este camino. Mas por entonces no comprendí bien lo que tales autoridades querían decir, y sus afirmaciones dormitaron en mí hasta que, con ocasión de las investigaciones catárticas, resurgieron bajo la forma de descubrimiento propio. Tampoco sabía en aquella época que al referir la histeria a la sexualidad había retrocedido a los tiempos más antiguos de la Medicina y me había agregado a un juicio de Platón. Esto último me lo reveló mucho después la lectura de un trabajo de Havelock Ellis. Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento di un paso que ha tenido amplias consecuencias. Traspasé los límites de la histeria y comencé a investigar la vida sexual de los enfermos llamados neurasténicos, que acudían en gran número a mi consulta. Este experimento me costó gran parte de mi clientela; pero me procuró diversas convicciones, que hoy día, cerca de treinta años después, conservan toda su fuerza. Era, desde luego, necesario vencer la infinita hipocresía con la que se encubre todo lo referente a la sexualidad; pero una vez conseguido esto, se hallaban en la mayoría de estos enfermos importantes desviaciones de la función sexual. Dada la gran frecuencia tanto de dichas desviaciones como de la neurastenia, no presentaba su coincidencia gran fuerza probatoria; pero posteriores observaciones, más penetrantes, me hicieron descubrir en la abigarrada colección de cuadros patológicos, reunida bajo el concepto de neurastenia, dos tipos fundamentalmente diferentes que podían surgir, mezclados en muy variadas proporciones, pero que también se ofrecían aislados a la observación. En uno de estos tipos era el ataque de angustia el fenómeno central, con sus equivalentes formas rudimentarias y síntomas sustitutivos crónicos, por todo lo cual le di el nombre de neurosis de angustia, limitando al otro tipo la denominación de neurastenia. Una vez hecho esto, fue fácil determinar que a cada uno de estos tipos correspondía una distinta anormalidad de la vida sexual como factor etiológico (coitus interruptus, excitación frustrada y abstinencia sexual en un caso, y masturbación excesiva y poluciones frecuentes en el otro). En algunos casos, especialmente instructivos, en los que tenía efecto una sorprendente transición del cuadro patológico desde uno de los dos tipos al otro, conseguí demostrar que dicha transición se hallaba basada en un cambio correlativo del régimen sexual. Cuando se lograba hacer cesar la anormalidad y sustituirla por una actividad sexual normal, mejoraba considerablemente el estado del sujeto. De este modo llegué a considerar las neurosis, en general, como perturbaciones de la función sexual, siendo las llamadas neurosis actuales una expresión tóxica directa de dichas perturbaciones, y las psiconeurosis, una expresión psíquica de las mismas. Mi conciencia médica quedó satisfecha con este resultado, pues esperaba haber llenado una laguna de la Medicina, la cual no admitía, con relación a una función tan importante biológicamente como ésta, otras perturbaciones que las causadas por una infección o por una grosera lesión anatómica. Aparte de esto, mi teoría se hallaba de acuerdo con la opinión médica de que la sexualidad no es simplemente algo psíquico, sino que tiene también su faceta somática, debiéndose atribuirle un quimismo especial y derivar la excitación sexual de la presencia de determinadas materias aún desconocidas. El hecho de que las neurosis espontáneas, propiamente dichas, no mostrasen tanta analogía con ningún grupo de enfermedades como con los fenómenos de intoxicación y abstinencia provocados por la introducción o sustracción de ciertas materias tóxicas o con la enfermedad de Basedow, cuya dependencia del producto de la glándula tiroides es generalmente conocida, tenía también que poseer algún fundamento. Posteriormente no he tenido ocasión de volver sobre las investigaciones de las neurosis actuales. No ha habido tampoco nadie que haya continuado esta parte de mi labor. Volviendo hoy la vista a los resultados entonces obtenidos, reconozco en ello una primera y burda esquematización de un estado de cosas probablemente mucho más complicado; pero continúo considerándolos exactos. Me hubiera complacido someter al análisis psicoanalítico en épocas posteriores del desarrollo de nuestra disciplina otros casos de neurastenia pura, juvenil; pero, como ya indiqué antes, no he tenido ocasión para ello. Para evitar equivocadas interpretaciones haré constar que estoy muy lejos de negar la existencia del conflicto psíquico y de los complejos neuróticos en la neurastenia. Me limito a afirmar que los síntomas de estos enfermos no se hallan determinados psíquicamente ni son susceptibles de supresión por medio del análisis, debiendo ser considerados como consecuencias tóxicas directas de la perturbación del quimismo sexual. Cuando en los años siguientes a la publicación de los Estudios llegué a estos resultados referentes al papel etiológico de la sexualidad en las neurosis, los expuse en varias conferencias, tropezando con la general incredulidad y oposición. Breuer intentó una vez más apoyarme con todo el peso de su autoridad personal; pero nada consiguió, tanto más cuanto que no era difícil adivinar que la aceptación de la etiología sexual era también contraria a sus inclinaciones. Hubiera podido desorientarme y dar armas a la crítica alegando el caso de su primera paciente, en la que no parecía haber intervenido para nada el factor sexual. Pero jamás utilizó tal argumento, circunstancia que no llegué a comprender hasta que algún tiempo después pude interpretar acertadamente dicho caso y reconstruir el punto de partida de su tratamiento basándome en las observaciones que sobre él me había comunicado Breuer. Terminada la labor de «amor de transferencia», y no acertando Breuer a relacionar dicho estado en la enfermedad, hubo de cortar, lleno de confusión, su trato con la sujeto, resultándole desde aquel momento muy penoso todo lo que le recordaba este incidente, al que consideraba como una infortunada casualidad. Su conducta para conmigo osciló repentinamente entre el reconocimiento de mis afirmaciones y su más acerba crítica. Luego surgieron, como siempre en estas situaciones, circunstancias fortuitas que acabaron provocando nuestra separación. Mi estudio de las formas de la nerviosidad general me llevó asimismo a modificar la técnica catártica. Abandoné la hipnosis e intenté sustituirla por otro método, buscando superar la limitación del tratamiento a los estados histeriformes. Además, había comprobado dos graves insuficiencias del empleo del hipnotismo, incluso en su aplicación a la catarsis. En primer lugar, los resultados terapéuticos obtenidos desaparecían ante la menor perturbación de la relación personal entre médico y enfermo. Volvían ciertamente a aparecer una vez conseguida la reconciliación; pero se demostraba así que la relación personal afectiva -factor imposible de dominar- era más poderosa que la labor catártica. Además, llegó un día en el que me fue dado comprobar algo que sospechaba ya desde mucho tiempo atrás. Una de mis pacientes más dóciles, con la cual había obtenido por medio del hipnotismo los más favorables resultados, me sorprendió, un día que había logrado libertarla de un doloroso acceso refiriéndolo a su causa inicial, echándome los brazos al cuello al despertar del sueño hipnótico. Una criada que llamó a la puerta en aquellos momentos nos evitó una penosa explicación; pero desde tal día renunciamos, por un acuerdo tácito, a la continuación del tratamiento hipnótico. Suficientemente modesto para no atribuir aquel incidente a mis atractivos personales, supuse haber descubierto con él la naturaleza del elemento místico que actuaba detrás del hipnotismo. Para suprimirlo o, por lo menos, aislarlo tenía que abandonar el procedimiento hipnótico. Pero el hipnotismo había prestado al tratamiento catártico extraordinarios servicios, ampliando el campo de la conciencia del sujeto y proporcionándole un conocimiento del que carecía en estado de vigilia. No parecía, pues nada fácil hallar con qué sustituirlo. En esta perplejidad, recordé un experimento del que había sido testigo durante mi visita a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo recuerdo de lo sucedido durante dicho estado. Pero Bernheim afirmaba que sabía perfectamente cuándo había pasado, y cuando le invitaba a recordarlo, insistiendo en que nada de ello ignoraba, debiendo decirlo, y colocaba la mano sobre la frente del sujeto, acababan por surgir los recuerdos olvidados, vacilantemente primero y luego con absoluta fluidez y claridad. Decidí, pues, emplear este mismo procedimiento. Mis pacientes tenían también que «saber» lo que antes les hacía accesible la hipnosis, y mi insistencia en este sentido había de tener el poder de llevar a la conciencia los hechos y conexiones olvidados. Este procedimiento habría de ser más trabajoso que el hipnótico, pero también más instructivo. Abandoné, pues, el hipnotismo y sólo conservé de él la colocación del paciente en decúbito supino sobre un lecho de reposo, situándome yo detrás de él de manera a verle sin ser visto.

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