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23 Feb 2009

AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. QUINTA PARTE.

Escrito por: ameliadiezcuesta el 23 Feb 2009 - URL Permanente

IV Las teorías de la resistencia y de la represión de lo inconsciente, de la significación etiológica de la vida sexual y de la importancia de los sucesos infantiles son los elementos principales del edificio teórico psicoanalítico. Lamento no haber podido descubrirlos aquí sino por separado, sin entrar en su composición y relación; pero es ya tiempo de que dediquemos atención a las modificaciones que poco a poco han ido introduciéndose en la técnica del procedimiento analítico. El vencimiento de la resistencia por medio de la presión ejercida sobre el enfermo fue un primer método indispensable para proporcionar al médico una orientación en la materia; pero a la larga se hacía demasiado penoso, tanto para el médico como para el enfermo, y no parecía libre de ciertos graves defectos. Hubimos, pues, de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido. En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacionado con un tema determinado, le invitamos ahora a abandonarse a la asociación libre, esto es a manifestar todo aquello que acuda a su pensamiento, absteniéndose de toda represión final consciente. Ahora bien: el paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las objeciones críticas que tienden a rechazar algunas de sus ocurrencias por carecer de importancia, de conexión con el tema tratado o de todo sentido. Esta absoluta sinceridad del paciente es condición indispensable de la cura analítica. Puede parecer extraño que este procedimiento de la asociación libre, con observancia de la regla fundamental psicoanalítica, diera el rendimiento que de él se esperaba, llevando a la conciencia los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la asociación libre no entraña realmente una completa libertad. El paciente permanece bajo la influencia de la situación analítica, aun cuando no dirija su actividad mental hacia un tema determinado. Tenemos derecho a suponer que no se le ocurrirá nada que no se halle relacionado con dicha situación. Su resistencia contra la reproducción de lo reprimido se manifestará ahora en dos formas distintas. Ante todo, por aquellas objeciones críticas a las que responde la regla psicoanalítica fundamental; pero si el enfermo logra dominar tales objeciones siguiendo dicha descripción, la resistencia adoptará una segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del paciente no contengan jamás lo reprimido, sino sólo algo como una alusión a ello, y cuanto mayor sea la resistencia, más se alejará la ocurrencia sustitutiva comunicada de los elementos reprimidos buscados. El analítico que escucha recogidamente, pero sin esforzarse, al enfermo puede entonces utilizar en dos formas distintas el material que el mismo le proporciona. Puede, en efecto, conseguir, dada una resistencia no demasiado intensa, adivinar por las ocurrencias del enfermo los elementos reprimidos, y puede también, cuando se trata de una resistencia más enérgica, deducir de las ocurrencias, que parecen alejarse del tema, la naturaleza de dicha resistencia misma, naturaleza que descubrirá entonces al paciente. Este descubrimiento de la resistencia es el primer paso para su vencimiento. Tenemos, pues, dentro del cuadro de la labor analítica, un arte de interpretación, cuyo acertado empleo requiere tacto y costumbre, pero que no es difícil de aprender. El método de la asociación libre presenta grandes ventajas con respecto al anterior, aparte de resultar menos penoso. Impone, en efecto, al analizado una violencia mínima, no pierde jamás el contacto con la realidad presente y ofrece amplias garantías de que en ningún momento puede perder el médico de vista la estructura de la neurosis o integrar en ella algo que no le pertenece. En él se abandona casi por completo al paciente la función de determinar la marcha del análisis y la ordenación de la materia, razón por la cual se hace imposible la elaboración sistemática y aislada de los diversos síntomas y complejos. En oposición a lo que sucede en los métodos hipnóticos o sugestivos, el médico averigua cosas íntimamente enlazadas entre sí en diversos momentos y lugares del tratamiento. Para un espectador -inadmisible en las sesiones de tratamiento- representaría la cura analítica un aspecto totalmente incomprensible. Otra de las ventajas del método es que, en realidad, no puede fallar nunca. Teóricamente tiene que ser siempre posible al enfermo producir una ocurrencia, dado que no se fija ni limita en absoluto la naturaleza de la misma. Sin embargo, esta falta de ocurrencia se presenta siempre en un caso determinado; pero precisamente por tratarse de un caso aislado, resulta también fácilmente interpretable. Llegamos ahora a la descripción de un factor que añade al cuadro del psicoanálisis un rasgo esencial e integra, tanto técnica como teóricamente, la mayor importancia. En todo tratamiento analítico se establece sin intervención alguna del médico una intensa relación sentimental del paciente con la persona del analista, inexplicable por ninguna circunstancia real. Esta relación puede ser positiva o negativa y varía desde el enamoramiento más apasionado y sensual hasta la rebelión y el odio más extremo. Tal fenómeno, al que abreviadamente damos el nombre de «transferencia», sustituye pronto en el paciente el deseo de curación e integra, mientras se limita a ser cariñoso y mesurado, toda la influencia médica, constituyendo el verdadero motor de la labor analítica. Más tarde, cuando se hace apasionado o se transforma en hostilidad, llega a constituir el instrumento principal de la resistencia, y entonces cesan, en absoluto, las ocurrencias del enfermo, poniendo en peligro el resultado del tratamiento. Pero sería insensato querer eludir este fenómeno. Sin la transferencia no hay análisis posible. No debe creerse que el análisis crea la transferencia y que ésta sólo aparece en él. Por el contrario, el análisis se limita a revelar la transferencia y a aislarla. Trátase de un fenómeno generalmente humano que decide el éxito de toda influencia médica, y domina, en general, las relaciones de una persona con las que le rodean. Fácilmente se descubre en él el mismo factor dinámico al que los hipnotizadores han dado el nombre de «sugestibilidad», factor que entraña el rapport hipnótico, y cuya falta de garantías constituía el defecto del método catártico. En los casos en que esta tendencia a la transferencia sentimental falta o ha llegado a ser totalmente negativa, como en la demencia precoz y en la paranoia, desaparece también la posibilidad de ejercer una influencia psíquica sobre el enfermo. Es indudable que también el psicoanálisis labora por medio de la sugestión, como todos los demás métodos psicoterápicos. Pero se diferencia de ellos en que no abandona la decisión del resultado terapéutico a la sugestión o a la transferencia. Por el contrario, es utilizada para mover al enfermo a realizar una labor psíquica -el vencimiento de sus resistencias de transferencia-, labor que significa una duradera modificación de su economía anímica. La transferencia es hecha consciente al enfermo por el analista y queda suprimida, convenciéndole de que en su conducta de transferencia vive de nuevo relaciones sentimentales que proceden de sus más tempranas cargas de objeto realizadas en el período reprimido de su niñez. Por medio de esta labor pasa la transferencia a constituir el mejor instrumento de la cura analítica, después de haber sido el arma más importante de la resistencia. Su aprovechamiento y manejo constituye, de todos modos, la parte más difícil e importante de la técnica analítica. Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y del arte de interpretación a él correspondiente consiguió el psicoanálisis algo que no parecía muy importante desde el punto de vista práctico, pero que en realidad lo condujo a una situación y significación completamente nuevas en los dominios científicos. Se hizo posible demostrar que los sueños poseen un sentido y adivinar éste. Los sueños fueron considerados en la antigüedad clásica como profecías pero la ciencia moderna no quería saber nada de ellos, los abandonaba a la superstición y los declaraba un acto simplemente «somático», una especie de contracción de la vida anímica dormida. Parecía totalmente imposible que alguien que hubiera llevado a cabo un serio trabajo científico pudiera surgir luego como «onirocrítico». Pero desechando una tal ordenación de los sueños tratándolos como un incomprendido síntoma neurótico o como una idea delirante u obsesiva, prescindiendo de su contenido aparente y haciendo objeto de la asociación libre a cada uno de sus diversos cuadros, llegamos a un resultado totalmente distinto. Las numerosas ocurrencias del sujeto del sueño nos llevaron, en efecto, al conocimiento de un producto mental que no podía ya ser calificado de absurdo ni de confuso, producto que equivalía a un rendimiento psíquico completo y del cual no constituía el sueño manifiesto sino una traducción deformada, abreviada y mal interpretada, compuesta generalmente de imágenes visuales. Estas ideas latentes del sueño contenían el sentido mismo, no siendo el contenido manifiesto del sueño sino un engaño, una fachada, que podía ser enlazada con la asociación, pero no con la interpretación. Planteábase así toda una serie de problemas, entre los cuales los más importantes se referían a la existencia de un motivo de la formación de los sueños, a las condiciones en las que la misma se desarrollaba y a los caminos que conducían desde las ideas latentes del sueño, plenas de sentido, al sueño mismo, con frecuencia totalmente insensato. En mi obra 'La interpretación de los sueños' publicada en 1900, he intentado resolver todos estos problemas. Aquí no me cabe dar tales investigaciones. Si examinamos las ideas latentes que el análisis del sueño nos ha revelado encontramos una que resalta decididamente entre las demás, razonables y conocidas por el sujeto. Estas otras ideas son restos de la vida despierta (restos diurnos). En cambio en la idea aislada reconocemos un impulso optativo, muy repulsivo a veces, ajeno a la vida despierta del soñador, el cual niega con asombro o indignación haberlo abrigado nunca. Este impulso es el que ha provocado el sueño, ofreciendo la energía necesaria para su producción y sirviéndose del material constituido por los restos diurnos. El sueño así surgido presenta una situación que integra la satisfacción de tal impulso, constituyendo una realización de deseos. Este proceso no hubiera sido posible si no hubiese habido algo favorable a él en la naturaleza del estado de reposo. La condición psíquica del estado de reposo es la obediencia del yo al deseo de dormir y la sustracción de las cargas de todos los intereses vitales. Dada la simultánea oclusión de los accesos a la motilidad, puede el yo disminuir el esfuerzo, con el que en toda otra ocasión mantiene las represiones. Esta negligencia nocturna de la represión es aprovechada por el impulso inconsciente para llegar a la conciencia por medio del sueño. La resistencia de represión del yo no queda, sin embargo, suprimida durante el estado de reposo, sino simplemente disminuida, y una parte de ella queda en pie, como censura onírica, y prohíbe al impulso optativo inconsciente manifestarse en la forma que le es propia. A causa de la severidad de la censura onírica tiene que presentarse las ideas oníricas latentes a modificaciones y debilitaciones, que disfrazan por completo el prohibido sentido del sueño. Queda explicada así la deformación onírica, a la que debe el sueño manifiesto sus más singulares caracteres. Podemos, pues, decir justificadamente que el sueño es la realización (disfrazada) de un deseo (reprimido), y vemos que se halla construido como un síntoma neurótico, siendo el producto de una transacción entre las aspiraciones de un impulso instintivo reprimido y la resistencia de un poder del yo, que ejerce la censura. A consecuencia de esta identidad de génesis resulta tan incomprensible como el síntoma, y precisa, como él, de una interpretación. No es difícil hallar la función general del sueño. Sirve para anular aquellos estímulos exteriores o interiores que harían despertar al sujeto, protegiendo así el estado de reposo contra tales perturbaciones. El estímulo exterior queda rechazado por medio de una transformación de su sentido y por su inclusión en una cualquiera situación inocente. En cambio, el estímulo interior de la aspiración instintiva es admitido por el durmiente, el cual le permite llegar a la satisfacción por medio de la formación de un sueño siempre que las ideas latentes no intenten eludir la censura. Pero cuando surge tal peligro y el sueño se hace demasiado preciso, lo interrumpe el durmiente, despertando asustado (sueño de angustia). Este mismo fallo de la función onírica surge cuando el estímulo exterior se hace tan intenso que no puede ser ya rechazado. El proceso que transforma con la colaboración de la censura las ideas latentes en el contenido manifiesto ha sido denominado por mí elaboración onírica, y consiste en una elaboración especial del material ideológico preconsciente, por lo cual quedan condensados los componentes de dicho material, desplazados sus acentos psíquicos, transformado su conjunto en imágenes visuales, o sea, dramatizado, y completado por una elaboración secundaria, que lo hace irreconocible. La elaboración onírica es un excelente ejemplo de los procesos que se desarrollan en los más profundos estratos inconscientes de la vida anímica, procesos que se diferencian considerablemente de los procesos intelectuales normales que nos son conocidos. Tal elaboración presenta también una serie de rasgos arcaicos; por ejemplo, el empleo de un simbolismo predominantemente sexual, que ya hemos hallado exento de este carácter en otros dominios de la actividad espiritual. La conexión del impulso instintivo inconsciente del sueño con un resto diurno da al sueño por él provocado un doble valor para la labor analítica. La interpretación muestra, en efecto, que, además de constituir la realización de un deseo reprimido, puede el sueño haber continuado la actividad mental preconsciente diurna e integrar otro contenido cualquiera, dando expresión a un propósito, a una advertencia, a una reflexión o nuevamente a una realización de deseos. El análisis lo utiliza en ambos sentidos, tanto para el conocimiento de los procesos conscientes del analizado como de sus procesos inconscientes, y aprovecha asimismo la circunstancia de que el sueño logra el acceso a los elementos olvidados de la vida infantil para vencer la amnesia infantil por medio de la interpretación onírica. El sueño lleva aquí a cabo una parte de la función que antes encomendábamos al hipnotismo. En cambio, no he hecho jamás la afirmación que con frecuencia se me atribuye de que la interpretación onírica demostraba que todos los sueños poseen un contenido sexual o se refieren a energías instintivas sexuales. Es fácil observar que el hambre, la sed y otras necesidades crean sueños de satisfacción, del mismo modo que cualquier impulso reprimido, sexual o egoísta. Los sueños de los niños pequeños nos ofrecen una fácil demostración de la exactitud de nuestra teoría. En estos sujetos infantiles, en los cuales no se hallan aún precisamente diferenciados los sistemas psíquicos ni desarrolladas profundamente las represiones, comprobamos con frecuencia sueños que no son sino satisfacciones no disfrazadas de impulsos optativos no satisfechos durante el día. Bajo la influencia de necesidades imperativas pueden producir también los adultos tales sueños de tipo infantil Del mismo modo que de la interpretación onírica se sirve el análisis del estudio de los frecuentísimos actos fallidos y sintomáticos de los hombres, actos a los cuales he dedicado una investigación, publicada en 1904 bajo el título de Psicopatología de la vida cotidiana. Esta obra, que ha sido muy leída, integra la demostración de que tales fenómenos no tienen nada de casuales, siendo susceptibles de una explicación que va más allá de lo puramente fisiológico, poseyendo un sentido perfectamente interpretable y reposando en impulsos e intenciones retenidas o reprimidas. Pero el valor principal de la interpretación onírica y de este estudio de los actos fallidos y sintomáticos no consiste en el apoyo que prestan a la labor analítica, sino en otra de sus cualidades. Hasta ahora, el psicoanálisis se había ocupado solamente de la solución de fenómenos patológicos, habiéndose visto obligado a edificar para su esclarecimiento hipótesis, cuyo alcance se hallaba fuera de relación con la importancia de la materia tratada. Pero el sueño, del que se ocupó después, no era ningún síntoma patológico, sino un fenómeno de la vida anímica normal, propio de todo hombre sano. Si el sueño se halla construido como un síntoma, y si su explicación exige las mismas hipótesis, o sea, las referentes a la represión de impulsos instintivos, a la formación de sustituciones y transacciones y a la diferenciación de los sistemas psíquicos para la localización de lo consciente y lo inconsciente, resultará que el psicoanálisis no es ya una ciencia auxiliar de la Psicopatología, sino el principio de una psicología nueva y más fundamental, indispensable también para la comprensión de lo normal. Podemos, pues, transferir sus hipótesis y resultados a otros dominios de lo psíquico, quedándose así abiertos los caminos que conducen al interés general.

18 Ene 2009

IDEA SOBRE LAS NOVELAS II . MARQUÉS DE SADE.

Escrito por: ameliadiezcuesta el 18 Ene 2009 - URL Permanente

Llantos del exilio

Miguel Oscar Menassa

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A finales del mismo siglo, la hija del célebre Poisson (Mme. de Gómez 1684-1770), en un género muy distinto de los escritores de su sexo que la habían precedido, escribió obras que no por ello eran menos agradables, y sus Journées amusantes, así como sus Cent Nouvelles constituirán, a pesar de muchos defectos, el fondo de la biblioteca de todos los aficionados a este género.

Pero volvamos al siglo donde lo hemos dejado, acuciados por alabar a mujeres amables que daban en este género tan buenas lecciones a los hombres.

El epicureísmo de los Ninon de Lenclos, de las Marion de Lorme, del marqués de Sévigné y de La Fare, de los Chaulieu , de los Saint-Evremond , de toda esa sociedad encantadora que, de vuelta de las languideces del Dios de Citerea, comenzaba a pensar , como Buffon, que en el amor no había de bueno más que lo físico, cambió pronto el tono de las novelas. Los escritores que aparecieron luego sintieron que las insulseces no divertirían ya a un siglo pervertido por el Regente, un siglo de vuelta de las locuras caballerescas, de las extravagancias religiosas y de la adoración de las mujeres, y, pareciéndole más sencillo divertir a esas mujeres o corromperlas que servirlas o incensarlas, crearon sucesos, cuadros, conversaciones más a la moda del día; disimularon el cinismo, las inmoralidades, bajo un estilo agradable y festivo, a veces incluso filosófico, y , al menos, agradron si no instruyeron.

Crébillon escribió Le Sopha, Tanzai, etc. Novelas todas que elogiaban el vicio y se alejaban de la virtud, pero que, cuando fueron publicadas, debían pretender los mayores éxitos.

El objetivo de Voltaire fue completamente distinto: sin otro designio que dar cabida a la filosofía en sus novelas, abandonó todo por ese proyecto. ¡Con qué destreza lo logró! Y a pesar de todas las críticas, Candide y Zadig, ¿no serán siempre obras maestras?

Rousseau, a quien la naturaleza había concedido en delicadeza y en sentimiento lo que sólo dio a Voltaire en ingenio, trató la novela de muy distinta manera. ¡Cuánto vigor, cuánta energía en Héloise! Cuando Momo dictaba Candide a Voltaire, el Amor recorría con su llama todas las páginas ardientes de Julie, y se puede decir con razón que este libro sublime no podrá ser igualado jamás. Ojalá esta verdad haga caer la pluma de las manos de esa multitud de escritores efímeros que desde hace treinta años no cesan de darnos malas copias de ese inmortal original.

Mientras tanto, Marmontell (1723-1799) nos daba cuentos que él llamaba morales no porque enseñasen moral sino porque pintaban nuestras costumbres, aunque quizá excesivamente concebidas dentro del género amanerado y lacrimógeno de Marivaux. Por otra parte, ¿qué son esos cuentos? Puerilidades , escritas únicamente para mujeres y niños.

Finalmente, las novelas inglesas, las vigorosas obras de Richardson y de Fielding, vinieron a enseñar a los franceses que no es pintando las fastidiosas languideces del amor o de las aburridas conversaciones de alcoba como se puede obtener éxito en este género; sino trazando caracteres varoniles que, juguetes y víctimas de esa efervescencia del corazón conocida bajo el nombre de amor, nos muestren a la vez tanto los peligros como las desgracias; sólo de ahí pueden obtenerse estos desarrollos, estas pasiones tan bien trazadas en las novelas inglesas.

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Hay que conocer todas las pasiones si se quiere trabajar este género; allí aprendimos que no siempre se interesa haciendo triunfar la virtud; que no es ni siquiera lo que debe guiar nuestro interés; porque cuando la virtud triunfa al ser las cosas como deben de ser, nuestras lágrimas se secan antes de derramarse; más si, tras las más rudas pruebas, vemos, finalmente, a la virtud abatida por el vicio, necesariamente nuestras almas se desgarran y habiéndonos emocionado excesivamente, habiendo ensangrentado nuestros corazones en la desgracia, como decía Diderot, la obra debe producir inevitablemtne interés, que es lo único que asegura los laureles.

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Vinieron luego los escritores de mediados de este siglo: Dorat, tan amanerado como Marivaux, tan frío, tan poco moral como Crébillon, pero escritor más agradable que esos dos a quienes le comparamos; la frivolidad de su siglo disculpa la suya, y, además, poseyó el arte de captarla bien.

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D'Arnaud , emuló a Prévost....

Rétif inunda al público; necesita una imprenta a la cabecera de su cama; afortunadamente , sólo ésta gemirá con sus terribles producciones; un estilo bajo y rastrero, aventuras asqueantes, simpre inspiradas en las peores companías..

Quizá debiéramos analizar aquí esas novelas nuevas, cuyos méritos principales son el sortilegio y la fantasmagoría , situando a su cabeza El Monje...resultó fruto indispensable de las sacudidas revolucionarias de que Europa entera se resentía. Para quien conociera todas las desgracias con que los malvados pueden abrumar a los hombres, la novela resultaba tan difícil de hacer como monótona de leer; no había ningún individuo que, en cuatro o cinco años, no hubiera sufrido más infortunios de los que en un siglo podría pintar el novelista más famoso de la literatura......Pero ¡cuántos inconvenientes presentaba esta manera de escribir!....o hay que desarrollar el sortilegio, y desde ese momento dejáis de interesaros, o no hay que levantar nunca el velo, y héos ahí en la inverosimilitud más horrible. ...

Antes de emprender nuestra tercera y última cuestión: ¿Cuáles son las reglas del arte de escribir novela?, creo que debemos responder a la perpetua objeción de algunos espíritus atrabiliarios que para darse el barniz de una moral de la que a menudo su corazón está muy lejos, no cesan de deciros: ¿Para qué sirven las novelas?

¿Que para qué sirven, hombres hipócritas y perversos? Porque sólo vosotros planteáis esa ridícula cuestión: sirven para pintaros tal como sois. Orgullosos individuos que queréis sustraeros al pincel porque teméis sus efectos: si uno puede expresarse así, por la novela el cuadro de costumbres seculares, es tan esencial como la historia, para el filósofo que quiere conocer al hombre; porque el buril de ésta sólo le pinta cuando se deja ver, y entonces , ya no es él; la ambición, el orgullo cubren su frente con una máscara que sólo nos representan a esas dos pasiones, y no al hombre. El pincel de la novela, por el contrario, capta su interior...lo toma cuando se quita la máscara, y el apunte, mucho más interesante, es al mismo tiempo mucho más verdadero; ésa es la utilidad de las novelas. Fríos censores que no las amáis, os parecéis a aquel lisiado que por eso decía: ¿Para qué sirven los retratos?

Continuará..

04 Ene 2009

ENCORE, AUN, EN CUERPO

Escrito por: ameliadiezcuesta el 04 Ene 2009 - URL Permanente

Retrato de Miguel Oscar Menassa

Carboncillo

Autora: Amelia Díez Cuesta

Hago desaparecer un día de mi vida

mañana, por ejemplo, y sobre ese vacío

que no es sino mi voz, salto

con la firmeza de un cálculo infinito

hacia el futuro.

Vuelvo desde la muerte sobre mí mismo

-honda caverna que hizo posible el salto-

y el ser que nunca fue, desea eso

vivir la vida sin vivir, amar la muerte.

Detrás de lo detrás, no en el espejo

no en la torpeza de la línea

queriendo ser deseo de sus puntos

No en la verdad y, aun, después del cuerpo

Ahí donde el ser es Uno de carencia

Ella es, burbuja extraña e imposible,

pájaro enamorado de los agujeros de su canto.

El cuerpo es ese objeto que se pelea en la historia y su propio inconsciente. Su propio inconsciente quiere su cuerpo para el placer y la historia quiere su cuerpo para el goce y la producción social. Y el cuerpo es esa oscilación entre ser un trozo de carne o ser un trozo de palabra, pero no puede dejar de ser un pedazo, un trozo, no hay completud para el ser humano, no hay verdad totalizadora.

...

Somos millones y millones desde siglos y no ese cuerpo que no sabemos qué soportaría si no estuviese atado a esa cadena.

M.O.M.

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