08 Mar 2009
1924. AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. SÉPTIMA PARTE
VI Sigo ahora, desde lejos, los síntomas de la reacción provocada por la introducción del psicoanálisis en la nación francesa, durante tanto tiempo refractaria a nuestra disciplina. Este espectáculo actúa en mí como una reproducción de cosas ya vividas; pero presenta, sin embargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto, hasta mí objeciones de increíble ingenuidad, tal como la de que la tosca pedantería de la terminología psicoanalítica repugna a la sensibilidad estética francesa. Ante esta objeción no podemos menos de recordar al inmortal caballero Riccaut de la Marlinière, creado por Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nuestra disciplina presenta un aspecto más fundamental y ha sido acogida por un profesor de Psicología de la Sorbona. Me refiero a la de que para el génie latin resulta insoportable la manera de pensar del psicoanálisis. Este reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos y aliados de Francia, que han aceptado generalmente dicha manera de pensar. Ante tales manifestaciones podría creerse que el génie teutonique ha acogido al psicoanálisis con los brazos abiertos desde su mismo nacimiento.
En Francia han sido los literatos quienes primero se han interesado por el psicoanálisis. Se explica esto recordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la interpretación de los sueños, las fronteras médicas. Entre su aparición en Alemania y su actual introducción en Francia han surgido sus diversas aplicaciones a los dominios de la literatura y del arte, a la historia de las religiones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnografía y la Pedagogía, etc. Todas estas disciplinas tienen poco que ver con la ciencia médica y han sido precisamente enlazadas con ella por el psicoanálisis. No tengo, pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión; pero no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para formarse una representación exacta del valor y de la esencia del psicoanálisis, y, además, la especial naturaleza de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría de estas aplicaciones tiene, en efecto, en mi labor personal su punto de partida. En ocasiones he dado yo también algún paso por este camino para satisfacer dicho interés ajeno a la Medicina. Otros hombres de ciencia han seguido después mis huellas y penetrado más profundamente en tales dominios. Pero como quiero limitarme a exponer mis propias aportaciones a la aplicación del psicoanálisis, no he de presentar al sector sino un esquema muy insuficiente de su extensión e importancia.
El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y la creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su exposición poética, así como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos explican en cuanto nos damos cuenta de que en el poema trágico se halla integrada toda la normatividad de la vida psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesidad interior. El hecho de que el héroe peque sin saberlo y contra su intención, constituye la exacta expresión de la naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De la comprensión de la tragedia provocada por el Destino pasamos a la inteligencia de la tragedia de carácter con el análisis del Hamlet shakespeariano, obra que venía siendo admirada durante trescientos años sin que nadie hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los motivos del poeta. Era singular que este neurótico creado por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de Edipo, como tantos seres reales. El problema que se plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una tercera persona aquellos dos hechos que constituyen el contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya ejecución queda paralizado su brazo por su propio y oscuro sentimiento de culpabilidad. Shakespeare escribió esta tragedia poco después de la muerte de su padre . Mis indicaciones para el análisis de esta obra han sido aplicadas y ampliamente elaboradas después por Ernest Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de partida de sus investigaciones sobre la elección de materia por los poetas dramáticos, demostrando en su libro sobre el motivo del incesto con cuánta frecuencia eligen precisamente los poetas los motivos del complejo de Edipo y persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta materia a través de la literatura mundial.
PdP 1658
De aquí no había más que un paso hasta el análisis de la creación poética y artística. Se reconoció que el reino de la fantasía era un dispositivo creado con ocasión de la dolorosa transición desde el principio del placer al de la realidad para permitir la constitución de un sustitutivo de la satisfacción instintiva a la cual se había tenido que renunciar en la vida real. El artista se había refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico, huyendo de la realidad poco satisfactoria; pero, a diferencia del neurótico, supo hallar el camino del retorno desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad. Sus creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantásticas de deseos inconscientes, análogamente a los sueños con los cuales compartían el carácter de transacción pues tenían también que evitar el conflicto con los poderes de la represión. Pero a diferencia de los productos oníricos, asociales y narcisistas, están destinadas a provocar la participación de otros hombres y pueden reanimar y satisfacer en estos últimos los mismos impulsos optativos inconscientes. Además se sirve del placer de la percepción de la belleza formal como prima de atracción. Los elementos de que el psicoanálisis puede disponer en esta labor son la interrelación de las impresiones de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su constitución y los impulsos instintivos que en él actúan; esto es, lo generalmente humano. Con tal propósito hice a Leonardo de Vinci objeto de un estudio (*527) que reposa sobre un único recuerdo infantil comunicado por él en sus anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación de su cuadro «Santa Ana con la Virgen y el Niño», existente en el Museo del Louvre. Mis amigos y discípulos han emprendido numerosos análisis semejantes de artistas y obras de arte. El placer estético del que gozamos ante una obra de arte no queda disminuido por su comprensión analítica obtenida en esta forma. Mas para aquellos profanos que funden aquí esperanzas excesivas en el psicoanálisis habremos de advertir que hay dos problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que son precisamente los que más pueden interesarle. El análisis no consigue explicar las dotes del artista ni descubrir los medios con los que el mismo trabaja, o sea, los pertenecientes a la técnica artística.
Nota 527
En una pequeña novela, carente en sí de gran valor, La Gradiva, de W. Jensen (*528) pude demostrar que el sueño imaginado literariamente admite igual interpretación que el real, o sea, que en la producción del poeta actúan aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elaboración onírica. Mi libro sobre El chiste y su relación con lo inconsciente, 1905, (*529) parte también de la interpretación de los sueños. El único amigo a quien por entonces interesaban mis trabajos me había hecho observar que mis interpretaciones oníricas hacían con frecuencia una impresión «chistosa». Para aclarar esta impresión emprendí la investigación del chiste y encontré que su esencia residía en sus medios técnicos, los cuales no eran sino los empleados por la elaboración onírica, o sea, la condensación el desplazamiento, etc. A esto se enlazó la investigación económica relativa al nacimiento del placer en el oyente del chiste. La solución de este problema fue la de que dicho placer nacía por la supresión momentánea del esfuerzo de represión provocado por la influencia de una prima de atracción ofrecida (placer preliminar).
Nota 528
Nota 529
Concedo mayor valor que a estos estudios a mis aportaciones a la psicología de la religión iniciadas en 1907 (*530) con el descubrimiento de una sorprendente analogía entre los actos obsesivos y los ritos religiosos. Sin conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a la neurosis obsesiva de religión privada desfigurada, y a la religión, de neurosis obsesiva universal. Más tarde, en 1912, indicó Jung las amplias analogías existentes entre las producciones intelectuales de los neuróticos y de los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia dicho tema. En los ensayos reunidos bajo el título de Totem y tabú, 1912-3 (*531)demostré que el horror al incesto es más intenso aún entre los primitivos que en los hombres civilizados, habiendo hecho surgir entre los primeros especiales reglas de defensa, e investigué las relaciones de las prohibiciones tabú, forma primera de las restricciones morales, con la ambivalencia sentimental, descubriendo en la concepción primitiva del mundo, o sea, en el animismo, el principio de la exageración de la realidad anímica, o sea, la omnipotencia de las ideas, sobre la cual se basa la magia. A través de todo esto se establecía una comparación con la neurosis obsesiva y se demostraba que esta singular dolencia entraña aún gran parte de las hipótesis de la vida anímica primitiva. Me atraía, sobre todo, el totemismo, primer sistema de organización de las razas primitivas, en el que los principios del orden social se muestran enlazados con una religión rudimentaria y con el implacable dominio de algunas prohibiciones tabú. El ser adorado es aquí, originariamente siempre, un animal, del cual afirma descender el clan. Por diversos indicios deduje luego que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un más alto nivel de civilización, pasaron un día por este estadio del totemismo.
Nota 530
Nota 531
La fuente literaria principal de estos trabajos está constituida por las conocidas obras de J. G. Frazer (Totemism and Exogamy y The Golden Bough), que constituyen una mina de valiosísimos hechos y puntos de vista. Pero este autor no llega al esclarecimiento del problema del totemismo, habiendo cambiado varias veces de opinión sobre esta materia. Los demás etnólogos e historiadores se muestran también desacordes en esta cuestión. Mi punto de partida fue la singular coincidencia de los dos principios tabú de totemismo, el de no matar al totem y evitar todo contacto sexual con las mujeres del mismo clan totémico, con los dos contenidos del complejo de Edipo, la supresión del padre y la unión sexual con la madre. De este modo fui llevado a equiparar al animal totémico con el padre, tal y como hacían expresamente los primitivos, adorándolo como antepasados del clan. Dos hechos psicoanalíticos vinieron en mi auxilio: una afortunada observación de Ferenczi con un sujeto infantil, observación que permitió hablar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de las tempranas zoofobias de los niños, de los cuales comprobamos que el animal objeto de la fobia era una sustitución del padre, siendo desplazado sobre él el miedo al primero, basado en el complejo de Edipo. De aquí no había más que un paso hasta el reconocimiento del asesinato del padre como nódulo del totemismo y punto de partida de la formación de las religiones.
Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas por la obra de Robertson Smith titulada La religión de los semitas, en la que este genial autor, físico y exegeta bíblico describe una ceremonia esencial de la religión totémica; esto es, la llamada comida totémica. Una vez al año era muerto y comido el animal totémico, adorado y protegido en toda otra ocasión, siendo luego llorado, festividad en la que participaban todos los miembros del clan totémico. Agregando a esto la hipótesis de Darwin de que los hombres vivían primitivamente en hordas, cada una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un único macho, fuerte y violento y celoso, llegué a la hipótesis, o, mejor dicho, a la visión del siguiente proceso. El padre de la horda primitiva habría monopolizado despóticamente a todas las mujeres, expulsando o matando a sus hijos, peligrosos como rivales. Pero un día se reunieron estos hijos, asesinaron al padre, que había sido su enemigo, pero también su ideal, y comiéronse el cadáver. Después de este hecho no pudieron, sin embargo, apoderarse de su herencia, pero surgió entre ellos la rivalidad. Bajo la influencia de este fracaso y del remordimiento, aprendieron a soportarse unos a otros, uniéndose en un clan fraternal, regido por los principios del totemismo, que tendían a excluir la repetición del crimen, y renunciaron todos a la posesión de las mujeres, motivo del asesinato del padre. De este modo surgió la exogamia, íntimamente enlazada con el totemismo. La comida totémica sería la fiesta conmemorativa del monstruoso asesinato, del cual procedería la conciencia humana de la culpabilidad (pecado original), punto de partida de la organización social, la religión y la restricción moral.
Sea o no admisible históricamente tal posibilidad, dejamos aquí situada la formación de las religiones sobre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en él predominante. Una vez abandonada la sustitución del padre por el animal totémico, el padre primitivo, temido, odiado, adorado y envidiado, se convirtió en el prototipo de la divinidad. En la vida psíquica del hijo luchaban de continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo continuas formaciones transaccionales, por medio de las cuales se impugnaban, por un lado, el asesinato, y se afirmaban, por otro, sus ventajas. Esta teoría de la religión arroja viva luz sobre el fundamento psicológico del cristianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno la ceremonia de la comida totémica en el sacramento de la comunión. He de hacer constar que esta comparación no me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de Robertson Smith y de Frazer. Th. Reik y el etnólogo G. Róheim han tomado como punto de partida de varios trabajos importantes las ideas integradas en Totem y tabú, continuándolas, profundizándolas y justificándolas. Por mi parte, he vuelto sobre ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigaciones sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad, tan importante entre los motivos de las neurosis, y asimismo en mis tentativas de enlazar más estrictamente la psicología social y a la psicología individual. (El «yo» y el «Ello», Psicología de las masas y análisis del «yo».) También para la explicación de la susceptibilidad de ser hipnotizado he utilizado la herencia arcaica procedente de las hordas primitivas.
En otras explicaciones del psicoanálisis, muy dignas de interés, es más pequeña mi participación. Partiendo de las fantasías del neurótico, nos conduce un amplio camino a las creaciones fantásticas de las colectividades y de los pueblos, integradas en los mitos, fábulas y leyendas. Otto Rank ha hecho de la Mitología el objeto de su labor, y la interpretación de los mitos, su referencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes y la sustitución de explicaciones astrales por una motivación humana, han sido en muchos casos el resultado de su labor analítica. También el tema del simbolismo ha encontrado numerosos investigadores en el círculo de mis adeptos. El simbolismo ha despertado contra el psicoanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores demasiado tímidos no han podido perdonarle nunca este simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de los sueños. Pero nuestra disciplina no es responsable del descubrimiento del simbolismo, conocido ya desde hacía mucho tiempo en otros dominios (el folklore, la leyenda y el mito), en los que desempeña un papel más importante aún que en el lenguaje de los sueños.
Personalmente no he aportado nada a la aplicación del análisis a la Pedagogía; pero era natural que los descubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de los pedagogos y les mostraran a una nueva luz su labor educadora. En este sentido ha sido un infatigable precursor el pastor protestante O. Pfister, de Zurich, que halló conciliable el psicoanálisis con una religiosidad sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hellmuth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos (#1659). De la aplicación del análisis a la educación de los niños sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desviados en su desarrollo, ha resultado una consecuencia muy importante desde el punto de vista práctico. No es ya posible, en efecto, limitar a los médicos al ejercicio del psicoanálisis y excluir de él a los profanos. En realidad, el médico que no ha hecho un estudio especial es también, a pesar de su título, un profano por lo que respecta al psicoanálisis, y el individuo ajeno a la Medicina puede llevar perfectamente a cabo, mediante una preparación analítica y auxiliado en algún caso por un médico, el tratamiento analítico de las neurosis.
PdP 1659
Por uno de aquellos desarrollos contra cuyo resultado es inútil resistirse ha acabado por integrar varios sentidos la palabra «psicoanálisis». Originariamente no constituía sino el nombre de un método terapéutico especial, pero ahora ha llegado a convertirse en el nombre de una ciencia, de la ciencia de lo psíquico inconsciente. Esta ciencia no es, generalmente, apta para resolver por sí sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las más diversas disciplinas científicas importantísimas aportaciones. El campo de aplicación del psicoanálisis es tan amplio como el de la Psicología, al que agrega un complemento de importantísimo alcance. Así pues, volviendo la vista a la labor de mi vida, puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido otras, de las cuales dispondrá el futuro. Por mí mismo no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser. (Adición de 1935): Sin embargo, puedo expresar una esperanza, de que he abierto un sendero para un avance importante de nuestro conocimiento.
05 Mar 2009
PRIMER MANIFIESTO INTERNACIONAL GRUPO CERO
1977 -MADRID
ENTRE TANTAS UNA MANERA DE COMENZAR
Soy,
un grupo
y todo
en el exacto
borde del abismo.
Y si todo está ocurriendo en España
(novísima esperanza para el decadentismo europeo)
y no
en las orillas sangrantes
de algún río del sur,
se debe,
simplemente
a las combinaciones de las palabras,
que,
como ustedes saben,
son infinitas.
Sabemos
sin embargo,
que,
hay una historia
que no perdona:
la historia del conocimiento.
Ahora,
le toca a las ciencias,
en general,
del hombre,
esas,
que casi,
no existen,
tan conjeturales
ellas,
tan parecidas
a las conversaciones entre amigos.
Somos,
esta materialidad,
lo fin de siglo.
El último suspiro,
de narciso,
frente al espejo.
Hijos
del hongo atómico,
sabemos,
haber participado,
en la creación
de nuestro universo.
Todo,
estaba destruido,
cuando nacimos.
Partícula
contra partícula.
Hombre
contra hombre.
Crecimos,
para ser,
un tiempo novedoso,
donde la biología y la razón,
perderán
definitivamente
sus sentidos.
Oriente y Occidente se unen,
el hilo de plata
es,
la locura.
Somos,
queremos decir,
los bárbaros modernos.
Atentar,
atentamos,
contra toda escritura,
contra toda ideología,
anterior a nosotros.
Somos,
un grupo,
una manera
de mirar
portentosa.
Cuando miramos,
quedamos incluidos
en la mirada.
De hambre
y soledad,
ya hemos muerto.
Ahora
nos toca,
el más allá,
en vida.
Todo,
es empezar,
sabemos;
el amor,
viene solo.
Sabemos también,
que las nociones y conceptos,
de los sistemas ideológicos,
son,
lectura y padecimiento,
comprensión y fe.
La fe,
hechos,
ciega acción,
transformándose,
en pasiva carne,
destinada,
a la reproducción de sentidos.
La comprensión,
actos,
donde los hechos,
fueron transformados por las palabras,
ordenados,
en una relación social
y son ahora,
herramienta,
para leer,
en las ideologías,
instrumento,
para la construcción,
de nuevos modelos ideológicos,
en general,
nuevas maneras de vivir.
El hombre
que transforme su fe en comprensión,
(y comprenderán sólo aquellos,
decididos a vivir,
en un mundo
poblado
de otros hombres,
además,
de él mismo y sus quimeras)
robará
a su ceguera,
fugaces estallidos de colores.
Dejará
de ver la parcialidad
que,
sus circunstancias históricas,
le imponen,
para ver
el resplandor,
de la universalidad de su ser,
que las mismas
circunstancias históricas,
le permiten.
Un hombre, una mujer,
una particular,
combinación arbitraria,
de relaciones y materia, puede,
de algún modo,
elegir.
Digamos:
el poeta
ama la libertad.
Elige
cuando permite que lo externo,
rasgue,
aunque más no sea,
el andamiaje ideológico,
ordenador de su mirada.
Una especie de vacilación mortal
y después,
somos hombres.
Una mirada decimos,
que suponga simultáneamente que en su orden ideológico,
haya ocurrido,
una fractura,
en el exacto,
tiempo de mirar,
un corrimiento.
Corrimiento,
sin el cual,
siempre se tratará,
de un todo unitario,
cualquiera,
haya sido el polo,
que dominó el movimiento.
La famosa dialéctica,
no se sostiene sola. (Un número dos intachable,
o su consecuencia lógica,
el número tres,
o bien,
como todos sabemos,
la conocida detención mortal,
en el número cuatro.
Cifras,
-que aunque lo parezcan-
no van más allá de la familia cristiana,
y sin exagerar,
y gozando de los beneficios,
del ejercicio ético,
decimos:
todo eso, está mal.)
Instante y mirada,
condensación,
de todos los elementos que la constituyeron,
constitución de una síntesis,
un cambio,
no de nivel,
-como habitualmente se dice-
sino más bien,
un verdadero cambio de mundo.
Como el generado,
en la combinación de elementos diversos,
que generan,
una explosión atómica.
Un hombre,
irreductible,
a la totalidad de sus sentidos.
Un ser,
inacabable,
digámoslo,
inaprensible.
Un hombre
estallando en actos -comprensiones-
nuevos sentidos,
floreciendo en su cuerpo,
-ahora social-
produce,
espectrales conceptos -ideas-
que ambicionan volar,
ser,
nuestro movimiento.
El enemigo:
yo mismo.
Enjuto, solitario,
-y sin nombrar lo humano-
más cerca de lo inanimado,
que de lo animal.
Soy también,
esa flor marchita que aborrecemos.
Esa dureza,
desprovista de sentidos.
Quiero decir,
el estallido,
traerá conflictos.
Un algo,
que se erige como opuesto a,
un algo.
Un sentido,
y su posibilidad de movimiento,
contra la nada,
contra la carne,
pasivamente sujeta.
Dolor,
habrá siempre,
pero sólo,
se lo reconocerá como tal,
sólo podrá iniciar su metamorfosis,
cuando,
la más pequeña llama de placer,
surque el espacio,
del dolor permanente,
o bien,
del tiempo cristiano para el hombre,
una especie,
de culpabilidad insostenible,
y nada más,
que por vivir,
por haber nacido Hombre.
Si dominar,
es,
gobernar la materia con las ideas,
las ideas inocuas,
no existen.
Ya que si se trata de convencer,
lo que se resiste,
es,
nuestro propio cuerpo.
Lo que se hace carne en mí,
son,
las ideas dominantes.
Mi cuerpo,
campo de batalla del encuentro,
preciado botín del vencedor,
único,
y verdadero enemigo de una nueva idea.
Un cuerpo,
mirando y haciendo,
según el color,
del cristal ideológico que lo cobija.
Un hombre,
que hace a su imagen y semejanza.
Es decir,
un poderoso dios,
judío-cristiano,
todo lo que produce,
lleva su nombre.
Y como sabemos,
el uso de un producto,
reproduce,
la ideología del productor.
O sea,
que la técnica del uso,
carece,
de la «objetividad» que se le atribuye.
¿La ciencia no será, acaso, una concepción ideológica del saber?
¿Una absolutización de la verdad?
Preguntamos,
cuando no sabemos qué decir,
y no se trata,
de destruirlo todo,
sabemos:
la poesía,
no basta.
Sólo queremos,
reconocer,
la inocencia no existe.
El hombre,
en la opacidad de su ceguera seguirá,
viendo,
siempre lo mismo,
hasta que estalle en actos,
hasta que cambien,
las circunstancias correspondientes a la ideología,
que habla en su cuerpo.
Sin explosiones,
la ética perdura.
Todo producto del trabajo humano,
tendrá,
el signo del sistema,
en el cual se genera,
y su uso,
produce al hombre que lo produjo,
al imponerle,
los hábitos de consumo,
como sabemos,
única forma de apropiación.
Nada,
queda librado al azar,
el sistema,
da su sentido,
a todo lo que abarca.
La ausencia del vacío,
irreductible a la materia,
lleva también,
los emblemas con los cuales,
el sistema,
unifica el mundo.
Tengamos cuidado,
seguir ciegos,
no conviene a nadie.
Y estas palabras son,
tan conjeturales y tan polémicas,
-debemos decirlo alguna vez-
como la ley de los números naturales,
tan conjeturales y tan polémicas,
como el término medio de vida,
en los países industrializados,
tan conjeturales y tan polémicas,
como la fórmula del agua,
o bien,
la moderna existencia,
de los tensores temporales.
Mi experiencia,
más evidente,
la de mis sentidos,
es,
simplemente,
ilusoria,
y no como se dice,
por ilusoria,
menos humana.
Será,
experiencia ideológica,
propia vida humana de los sujetos.
Hubo de haber habido,
entonces,
antes de las ciencias,
vida humana.
El privilegio de las ciencias,
es,
un privilegio contemporáneo,
y sin embargo,
en el tiempo humano actual,
todo,
no se reduce a las ciencias,
toda la práctica humana no se agota en las ciencias,
y aunque la ciencia,
pueda proclamarse,
capaz,
de teorizar todo concepto,
toda realidad,
también la poesía,
y no sólo ella,
tendrá que ver con todo esto.
La teoría,
no puede anular,
la experiencia perceptiva,
y tampoco,
sus productos.
Y como sabemos,
la experiencia perceptiva,
puede generar,
como posibilidad,
lo peor,
queremos decir:
una nueva teoría.
El sujeto,
reconoce la alienación,
reconoce,
que desde hace algunos siglos,
se vienen instalando en él,
-más allá de su deseo-
modos y modales,
que tendrá que padecer,
vivir,
de esa manera o de ninguna otra.
Que desde hace siglos,
se viene haciendo carne en él,
se viene mezclando con su sangre,
-contra su propia voluntad-
una ética.
Que,
cuando tenga que elegir,
elegirá estar de acuerdo,
con la inmoralidad del sistema,
para la propia,
eternización,
del sistema como tal,
en contra,
de cualquier recorrido histórico,
pretendidamente humano.
El sistema,
determina para el sujeto,
que,
sólo podrá mantener su lugar,
si en el mismo momento,
que,
reconoce su pertenencia al sistema,
desconoce simultáneamente,
las determinaciones que posibilitaron,
su ser sujeto.
Sujeto-sujetado,
al paroxismo
de leyes inviolables,
por ser,
aquello que prohíben,
imposible de realidad,
para el sujeto
y precisamente,
en esa imposibilidad del sujeto,
encuentra el sistema,
el punto exacto de su reproducción.
Violar las leyes,
y de esto todos tenemos conocimiento,
significa,
terminar con dicho sistema.
Y esto acontece,
en el camino que recorren los seres llamados normales
y también,
en el camino que recorren lo seres llamados anormales.
Toda desviación,
en cualquiera de los dos caminos,
determinará para el sujeto, una nueva existencia como ser.
Una especie de puesta a prueba del sentido común.
Una especie de pregunta acerca del destino del hombre,
o del sujeto doblemente encadenado.
¿El psicoanálisis es acaso en sí mismo una ciencia nueva,
es decir una ciencia de un objeto nuevo: el inconsciente
o bien es simplemente una irrupción (sobrecogedora)
en una teoría del sujeto, que de nacer,
nació con el marxismo?
Un sujeto, torpemente sujetado.
Doblemente encadenado.
Un superalienado,
un verdadero,
hombre moderno.
Un pobre hombre,
que ama lo que ama su patrón.
Un pobre hombre,
que desea lo que desea su madre.
El hombre padece una doble alteridad,
insisto, por lo menos,
una doble determinación,
económicas ambas:
política la una,
libidinal la otra.
Y al pasar me pregunto,
si el psicoanálisis legisla,
la vida de un hombre solitario,
estúpido,
chiquito,
inexistente,
muerto,
o bien,
el psicoanálisis hará sus verdaderos estragos,
en el campo donde reina la ideología.
El campo,
donde ocurren,
los fenómenos de la vida,
el campo,
donde se desarrolla,
la ética de los poderosos.
Vale decir,
en esta época,
el campo donde acontecen,
las relaciones sociales.
Que no por ser sociales,
-determinadas y determinantes-
que no por estar sometidas a las transformaciones
de su propio tiempo -el futuro anterior-
que no por todo eso,
quiero decir, son menos sexuales.
Relaciones sexuales,
que no por ser productos del trabajo inconsciente,
y por ello,
estar sometidas a las transformaciones,
discontinuas de su propio tiempo -el futuro anterior-
que no por todo eso,
quiero decir,
son menos sociales.
Un entrecruzamiento mortal,
temí morir,
dos veces en el mismo momento,
entregué mi vida,
por lo menos dos veces,
para no morir.
Tengo,
una doble marca,
una redoblada esclavitud:
un otro de mí,
que roba,
el sentido de mi trabajo,
un otro de mí,
que roba,
el sentido de mi deseo.
Producto y realización,
vuelan de nuestras manos.
Por ahora pongamos,
marxismo, psicoanálisis,
y las dos palabras en cuestión,
«valor», «falo»,
que como sabemos son dos conceptos
y como tales,
objetos suprasensibles,
materiales,
pero no corpóreos.
Invariantes sistémicas, que ocupan,
como todo dios,
el vértice del triángulo que dominan
y que por no formar parte del cuerpo de aquello que regulan,
-toda relación en la base del triángulo-
se transforman,
en objeto del deseo de todo el sistema.
Vivimos
y morirnos,
tras el vacío perfume de dos ilusiones:
tener el valor,
tener el falo.
Revolucionar este estado de cosas,
tendrá que ver con alguna toma de algún poder,
no quiero poner en duda semejante verdad,
sólo quiero decir:
que más allá de la verdad,
el poder,
no existe.
Que tomar el poder no debe alcanzar,
estoy casi seguro,
para que el hombre pueda,
participar en la elección,
del destino para el producto de su trabajo.
Para que el hombre pueda,
gozar de lo producido,
por la realización de sus propios deseos.
Decimos que la desalienación,
no tendrá que ver,
con devolverle nada a nadie.
Habrá por el contrario,
que extirpar del hombre,
todo aquello que por impuesto,
le restaba humanidad.
Sin importarnos si las imposiciones,
fueron sociales o sexuales.
Una manera de relacionarse,
de tener hijos,
de educar esos hijos,
quiero decir,
una específica manera de amar,
reglamentada,
por las mismas leyes que rigen el mercado:
la oferta
y
la demanda.
Podríamos pensar entonces,
el psicoanálisis como la única arma, por ahora,
contra el verdadero poder del estado burgués,
sus modelos ideológicos:
la familia,
la religión,
la creación,
la medicina,
las formas del ocio,
todo aquello,
que nos forma para ser dominados,
es producto,
de una filosofía de la conciencia,
una filosofía,
como sabemos,
que no ve más allá de sus propios ojos,
que no ve,
más allá de su propio pedazo de tierra.
Un hombre,
que sólo puede,
lo que pueden sus sentidos.
Un hombre empobrecido,
una filosofía,
destinada a crear idiotas,
vale decir,
un error del hombre.
Una razón,
empecinada en sus razones,
siempre,
una violencia contra el hombre,
una especie,
de burocracia del amor,
del deseo.
Razón,
que para sobrevivir como tal
debió crear,
sin que nadie se lo pidiera,
su polo dialéctico,
es decir,
el principio de su fin:
la locura.
Una clase,
empecinada en sus privilegios,
siempre,
una violencia contra otros.
Clase,
que para sobrevivir como tal,
debió crear,
sin que nadie se lo pidiera,
su polo dialéctico,
es decir,
el principio de su fin:
el proletariado.
Psicoanálisis, marxismo,
detonantes históricos cuyo destino,
es,
simplemente,
levantar los velos,
abrir los ojos,
terminar con la ceguera,
o bien,
psicoanálisis, marxismo,
dos prácticas endemoniadas,
que en su torbellino,
se llevan por delante,
la propia vida del practicante,
su propia ideología.
Prácticas,
donde los practicantes,
quedan envueltos en la determinación,
ya
que sus métodos no completan
todas las posibilidades,
en el hallazgo de verdad,
sino,
que alcanzan su plenitud,
su verdadera juventud,
en la transformación de dicha verdad.
No sólo la descripción,
más o menos acertada,
más o menos articulada,
más o menos verdadera,
de las formaciones sociales
o
de las formaciones del inconsciente
sino más bien,
una desviación,
definitiva,
en esas formaciones,
un cambio de destino,
un hecho,
claramente histórico,
una verdadera transformación.
Psicoanálisis, marxismo,
intentos destinados a subvertir,
el estado burgués
y su filosofía de sostén.
Lo que no querrá decir en ningún caso,
como dicen algunos,
que el próximo paso,
tenga que ver exactamente,
con la dictadura
del proletariado, o bien,
con la dictadura,
de la locura.
Quisiera pensar,
si ustedes me permiten,
que el proletariado
como la locura,
existen como tales,
en presencia de sus respectivos,
polos dialécticos.
En un caso,
la burguesía,
en el otro,
la razón.
Subvertir el estado burgués,
subvertir la razón,
querrá decir,
entonces,
modificarle definitivamente,
el destino al hombre,
ya,
que ser proletario,
o ser loco,
perderá,
su «razón» de ser.
Quiero imaginarme,
que cambiarle definitivamente,
el destino al hombre,
no tendrá que ver,
con ninguna dictadura.
Ni ciencias,
ni fusiles,
ni poesía,
ni amor,
lo que necesitamos es,
lo digo simplemente,
una transformación.
El cuerpo,
como vimos,
no existe.
La palabra,
tampoco.
Se trata,
de una combinación,
somos:
un grupo.
Octubre 1977- Mayo 1978
04 Ene 2009
ENCORE, AUN, EN CUERPO

Retrato de Miguel Oscar Menassa
Carboncillo
Autora: Amelia Díez Cuesta
Hago desaparecer un día de mi vida
mañana, por ejemplo, y sobre ese vacío
que no es sino mi voz, salto
con la firmeza de un cálculo infinito
hacia el futuro.
Vuelvo desde la muerte sobre mí mismo
-honda caverna que hizo posible el salto-
y el ser que nunca fue, desea eso
vivir la vida sin vivir, amar la muerte.
Detrás de lo detrás, no en el espejo
no en la torpeza de la línea
queriendo ser deseo de sus puntos
No en la verdad y, aun, después del cuerpo
Ahí donde el ser es Uno de carencia
Ella es, burbuja extraña e imposible,
pájaro enamorado de los agujeros de su canto.
El cuerpo es ese objeto que se pelea en la historia y su propio inconsciente. Su propio inconsciente quiere su cuerpo para el placer y la historia quiere su cuerpo para el goce y la producción social. Y el cuerpo es esa oscilación entre ser un trozo de carne o ser un trozo de palabra, pero no puede dejar de ser un pedazo, un trozo, no hay completud para el ser humano, no hay verdad totalizadora.
...
Somos millones y millones desde siglos y no ese cuerpo que no sabemos qué soportaría si no estuviese atado a esa cadena.
M.O.M.
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