08 Mar 2009
POESÍA POESÍA POESÍA. AFORISMOS Y DECIRES. SÉPTIMA PARTE
986. Poesía, más que una danza para ser bailada por todos, una danza que tenga, de todos, el movimiento más preciso.
989. Un hombre solitario no es un hombre. Pero un hombre que construye semejante soledad, semejante fortaleza de palabras unas contra otras, no es un hombre solitario.
991. El hombre es inasible. Se pudre y no se pudre. Muere y canta a la vez. Se deja volar y para caer, pesadamente, corta sus alas.
998. Cuando veía que la realidad se me escapaba de las manos, no hacía nada para retenerla. A veces me quedaba sin nada de realidad y eso era la poesía para mí.
999. Altas cumbres me esperan, pero yo no subiré. Esperaré que las altas cumbres sean desgastadas por el tiempo.
1023. Millones de hombres, millones de pájaros en libertad, hablarán por mí. Yo soy la Poesía.
1024. Yo no tengo nada que solucionar, esta vez el mundo tendrá que detenerse para verme pasar..
1035. A mí ya nadie me reclama nada, sino sólo mis versos y ésa es mi condena.
1036. Cuando me pierdo, sólo es para encontrarla.
1037. Tal vez tengan razón mis escritos, tal vez, rechazando algo pueda gozar de algo.
1067. Abro los ojos y el mundo se ilumina, en esa apertura de mi voz, a los caminos del poema.
1068. Yo mismo caeré y me volveré a levantar otras mil veces y ese latido subterráneo se volverá palabra, remolino sin tiempo, grandiosa oscuridad abierta en finos temblores apocalípticos de luz.
1069. Estoy aquí, para iluminar ese trozo de historia.
1076. La libertad, todo el mundo en libertad, y nadie tendrá nada, porque será todo de la libertad, de la poesía.
1079. Estábamos escapándonos de todo y vino la poesía y puso a cada uno en su lugar.
1086. Ahí, precisamente, en el poema, el hombre se ha entregado totalmente a ser de la palabra. Esa libertad lo convierte en piedra inolvidable, voz inmortal.
1116. Escribe, Bestia, que el amor advendrá por el camino del poema.
1162. Si me aman me rompen. Soy un diamante en libertad. Sólo brillo en el aire. De nadie para nadie y el brillo será eterno.
05 Mar 2009
LA POESÍA. AFORISMOS Y DECIRES. UN LIBRO PARA PENSAR.

Atardecer en el lago
Miguel Oscar menassa
868. Un gran poeta es, por ahora, como se las arreglan las grandes civilizaciones cuando decaen, para que no se diga que todo fue malo.
873. Psicoanálisis y Poesía quier decir psicoanálisis y poesía; si es sólo psicoanálisis, es psicoanálisis, si es sólo poesía, es poesía, quiere decir: no es Grupo Cero.
877. Lo grande sólo asusta a los solitarios.
891. Un pueblo, sometido durante casi medio siglo a las mismas oscuras perversiones, mata su imaginación, su espíritu creativo.
916. La muerte es, para un escritor, un punto y aparte. Y, si es más que eso, el escritor tedrá que psicoanalizarse.
949. Escribir, para ser un escritor, no me parece del todo suficiente.
964. Bastaría por lo tanto un mínimo desvío, casi imperceptible, para que sea todo diferente. Una gran desviación siempre está más cerca de la normalidad que de la poesía.
965. La poesía vaga sin saber, pero sabe.
966. La poesía no nace a la luz, ni proviene de ninguna oscuridad profunda y misteriosa.
967. Es de omnipotentes querer dar cuenta uno mismo y en solitario, de lo que se acaba de escribir. Es como querer arrancar a lo que se escribe la promesa de que , la próxima vez, ella gozará con uno.
968. Imagen que nunca se verifique, exactamente, como tal, en tanto la lógica no es límite de su devenir, sino más bien, condimento indispensable de su producción como imagen. Más que par antitético, donde una puede triunfar sobre otra, par dialéctico, donde, si una desaparece, la otra pierde su sentido como tal.
969. No hay mentes que se adecúen a ciertos mecanismos de creación. Hay mentes creadas por ciertos mecanismos.
970. Para la poesía, no existen los esfuerzos y, menos que menos, los esfuerzos mecánicos y, por otra parte, es absolutamente imposible evadirse de ella o bien sustituirla por monótonos frutos espirituales. Ella no teme a lo desconocido, ni a lo inaudito.
975. La poesía no necesita ni quinientos mil lectores ni ninguna potencia sexual exagerada. Ella se conforma con una hoja en blanco y, si la hoja en blanco es la propia vida del poeta, mejor.
978. Nada se puede revolucionar sin escritura, ni siquiera el amor.
03 Mar 2009
SEXTA PARTE. AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD. (JUNG. ADLER. STEKEL).
V INTERRUMPIENDO la exposición del crecimiento interno del psicoanálisis, volveremos la vista a sus destinos exteriores. Aquello que hasta aquí he comunicado es en grandes rasgos el resultado de mi labor; pero he incluido también en mi exposición descubrimientos posteriores, y no he separado las aportaciones de mis discípulos y adeptos de las mías propias. Durante más de diez años, contados a partir de mi separación de Breuer, no tuve ni un solo partidario, hallándome totalmente aislado. En Viena se me evitaba y el extranjero no tenía noticia alguna de mí. Mi interpretación de los sueños, publicada en 1900, apenas fue mencionada en las revistas técnicas. En mi ensayo sobre la Historia del movimiento psicoanalítico he incluido como ejemplo de la actitud de los círculos psiquiátricos de Viena una conversación que tuve con un médico, autor de un libro contra mis teorías, que me confesó no haber leído mi Interpretación de los sueños. Le habían dicho en la clínica que no merecía la pena. Este individuo, que ha llegado después al puesto de profesor extraordinario, se ha permitido negar el contenido de aquella conversación y, en general, la fidelidad de mi recuerdo de ella. Por mi parte, he de mantener aquí una vez más la exactitud de su reproducción.
Mi susceptibilidad ante la crítica fue disminuyendo conforme comprendía las razones interiores de su actitud. Poco a poco fue terminando también mi aislamiento. Al principio se reunió en Viena, a mi alrededor, un pequeño círculo de discípulos, y después de 1906 se supo que el psiquiatra de Zurich, E. Bleuler; su ayudante, C. G. Jung, y otros médicos suizos se interesaban extraordinariamente por el psicoanálisis. Iniciadas las relaciones personales, los amigos de la naciente disciplina celebraron en 1908 una reunión en Salzburgo, y convinieron la repetición regular de tales congresos privados y la publicación de una revista, que, bajo el título de Jahrbuch für psychopathologische und psychoanalytische Forschungen, sería editada por Jung. Los directores seríamos Bleuler y yo. Esta revista murió al comenzar la guerra europea. Al mismo tiempo que en Suiza comenzó también a surgir en Alemania el interés hacia el psicoanálisis, el cual fue objeto de numerosas exégesis literarias y de vivas discusiones en los congresos científicos. Pero jamás se le acogía benévolamente. Después de un breve examen del psicoanálisis se manifestó la ciencia alemana unánimemente contraria a él.
Naturalmente, no puedo saber hoy cuál será el juicio definitivo de la posteridad sobre el valor del psicoanálisis para la Psiquiatría, la Psicología y las ciencias del espíritu; pero creo que cuando la fase por la que hemos atravesado encuentre su historiador, habrá éste de confesar que la conducta de los críticos anteriores no fue muy honrosa para la ciencia alemana. No me refiero con esto al hecho mismo de la repulsa ni a la ligereza con la que se adoptó tal decisión, pues ambas cosas son fácilmente comprensibles y no pueden arrojar ninguna sombra entre el carácter del adversario; mas para el exceso de orgullo, el desprecio absoluto de la lógica, la grosería y el mal gusto demostrados en los ataques no hay disculpa alguna. Así, cuando años después, y durante la guerra europea, fue acusada Alemania de barbarie por sus enemigos, hubo de serme muy doloroso no hallar en mi propia experiencia razones que me impulsaran a contradecir tal acusación. Uno de mis adversarios se vanagloriaba de que hacía callar a sus pacientes cuando los mismos comenzaban a hablarle de cosas sexuales, y derivaba de esta técnica un derecho a juzgar la importancia etiológica de la sexualidad en las neurosis. Dejando aparte las resistencias afectivas, que la teoría psicoanalítica nos explica perfectamente, me pareció hallar el obstáculo principal a la comprensión de la nueva disciplina en el hecho de que sus adversarios se negaban a ver en ella otra cosa que un producto de mi fantasía especulativa, sin reparar en la paciente y continuada labor, falta de todo antecedente, cuyo resultado era. Dado que, a juicio suyo, el análisis no tenía contacto alguno con la observación ni con la experiencia, se consideraron con derecho a rechazarla sin una propia experiencia contraria. Otros, que no abrigaban una tan segura convicción, repitieron la clásica maniobra de no asomarse al microscopio para no ver aquello que habían discutido. Es singular cuán incorrectamente se conduce la mayoría de los hombres cuando ha de juzgar algo nuevo y original.
Todavía hoy leo en algunos críticos «benévolos» que el psicoanálisis tiene razón hasta determinado punto, pero que a partir de él empieza ya a exagerar o a generalizar injustificadamente. Nada más difícil, sin embargo, que establecer una tal delimitación, sobre todo cuando el que la establece no tenía semanas antes conocimiento ninguno sobre la materia. El anatema oficial contra el psicoanálisis tuvo la consecuencia de hacer más íntima y compacta la unión de los analíticos. En el segundo Congreso, celebrado en Nuremberg (1910), se constituyó a propuesta de S. Ferenczi, la Asociación Psicoanalítica Internacional, dividida en grupos locales, bajo la dirección de un presidente. Esta Asociación ha sobrevivido a la guerra; existe aún hoy en día, y comprende los siguientes grupos: Viena, Berlín, Budapest, Zurich, Londres, Holanda, Nueva York, Panamérica, Moscú y Calcuta. El primer presidente fue, a mi propuesta, C. G. Jung; elección muy desafortunada como después se demostró. El psicoanálisis fundó entonces una segunda revista -Zentralblatt für Psychoanalyse-, redactada por Adler y Stekel, y poco después, una tercera -Imago- , dirigida por los analíticos no médicos H. Sachs y O. Rank, y dedicada a las aplicaciones del análisis a las ciencias espirituales. Poco después publicó Bleuler su escrito en defensa del psicoanálisis (El psicoanálisis de Freud, 1910).
Por muy agradable que me fuese ver entrar por fin en liza a la equidad y a la honrada lógica, el trabajo de Bleuler no llegó a satisfacerme por completo. Aspiraba, en efecto, con exceso, a una apariencia de imparcialidad, recordándome que no en vano debía el psicoanálisis a este autor la introducción del valioso concepto de la ambivalencia. En posteriores trabajos ha observado Bleuler una conducta tan contraria a las teorías analíticas, y ha puesto en duda o rechazado principios tan importantes, que llegué a preguntarme con asombro en qué podía consistir su adhesión a nuestras opiniones. Sin embargo, posteriormente ha hecho manifestaciones muy favorables a la «psicología de las profundidades» y ha fundado en ella su exposición de las esquizofrenias. Bleuler permaneció poco tiempo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional, que abandonó a causa de diferencias de criterio con Jung, y Burghölzl.
La oposición oficial no ha podido evitar la difusión del psicoanálisis en Alemania y en otros países. En otro lugar -Historia del movimiento psicoanalítico- he seguido las etapas de sus progresos y citado a sus principales representantes. En 1909 fuimos invitados Jung y yo por G. Stanley Hall para dar en la Clark University, de Norteamérica, cuyo presidente era, varias conferencias en alemán durante las fiestas con que dicha Universidad celebrada el vigésimo aniversario de su fundación. Hall era un psicólogo y pedagogo muy reputado justificadamente, y había integrado el psicoanálisis en sus enseñanzas hacía ya varios años, pues era muy aficionado a introducir novedades y a elevar sobre el pavés nuevas autoridades, sin perjuicio de derrocarlas después. En Norteamérica encontramos también a James J. Putnam, neurólogo de Harvard, que, a pesar de su avanzada edad, abrigaba un caluroso entusiasmo por el psicoanálisis, y defendió con todo el peso de su personalidad, generalmente respetada, el valor cultural de la nueva disciplina y la pureza de sus intenciones. En este excelente hombre, que como reacción a una disposición a la neurosis obsesiva había adoptado una orientación predominantemente ética, nos contrariaba sólo su deseo de agregar el psicoanálisis a un determinado sistema filosófico y colocarle al servicio de aspiraciones morales. Mi encuentro con el filósofo William James me dejó también una duradera impresión. Yendo un día de paseo con él, se detuvo de repente, me entregó una cartera que llevaba en la mano y me pidió que me adelantase, prometiendo alcanzarme en cuanto dominara el ataque de angina de pecho, que sentía próximo. Un año después moría en uno de estos ataques, y desde entonces me he deseado un análogo valor ante la muerte.
Por entonces tenía yo cincuenta y tres años; me sentía joven y sano, y mi corta estancia en el Nuevo Mundo me tonificó considerablemente, aumentando mi confianza en mí propio. En Europa me parecía sentirme bajo los efectos de una anatema, y en cambio, en América me vi acogido como un igual por aquellos a quienes yo consideraba y respetaba más. Cuando subí a la cátedra de la Universidad de Worcester para pronunciar mis conferencias sobre psicoanálisis creía asistir a la realización de inverosímil fantasía optativa. El psicoanálisis no era ya, pues, un ente de razón, sino una valiosa realidad. Desde mi visita no ha disminuido en América el interés que el psicoanálisis inspiraba ya. Se ha hecho popular entre los profanos y es reconocido por muchos psiquiatras oficiales como un importante elemento de la enseñanza médica. Desgraciadamente, también ha sufrido algunas injustificadas atenuaciones, y algo que nada tiene que ver con él se cubre a veces con su nombre. Cierto es que los médicos americanos carecen en su país de medios de ilustrarse en lo que respecta a la técnica y a la teoría psicoanalíticas. Por último, se tropieza con el behaviourism americano, que se vanagloria ingenuamente de haber suprimido por completo el problema psicológico.
En Europa hubo, de 1911 a 1913, dos movimientos de separación del psicoanálisis, iniciados por personas que hasta entonces habían desempeñado un papel considerable en la recién aparecida ciencia. Me refiero a Alfredo Adler y a C. G. Jung. Ambas defecciones fueron harto peligrosas y agruparon en derredor de sus iniciadores núcleos importantes; pero no debían su fuerza a su contenido propio, sino al deseo de emanciparse de ciertos resultados del psicoanálisis, aun aceptando el material de hechos en el que se basaban. Jung intentó una traducción de los hechos analíticos a lo abstracto e impersonal, traducción por medio de la cual creía ahorrarse el reconocimiento de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo y la necesidad del análisis de la infancia. Adler pareció alejarse aún más del psicoanálisis, negando en absoluto la importancia de la sexualidad, refiriendo la formación del carácter y de las neurosis a la aspiración de poderío de los hombres y a su necesidad de compensar su inferioridad constitucional, y anulando todas las nuevas adquisiciones psicológicas del psicoanálisis. Pero todo lo que entonces rechazó ha forzado luego la entrada de su cerrado sistema, cambiando únicamente de nombre. La crítica fue muy benigna para ambos heréticos, y, por mi parte, sólo pude alcanzar que tanto Adler como Jung renunciaran a dar a sus teorías el nombre de psicoanálisis. Actualmente, transcurridos diez años, puede comprobarse que ninguna de estas dos tentativas ha causado perjuicio alguno al psicoanálisis.
Cuando una comunidad se halla fundada en una coincidencia sobre determinados puntos cardinales es natural que salgan de ella aquellos que han abandonado dicho terreno común. Sin embargo, se ha atribuido con frecuencia la defección de antiguos discípulos míos a mi intolerancia o se ha visto en ella la expresión de una fatalidad especial que sobre mí pesaba. Contra este indicaré exclusivamente que frente a aquellos que me han abandonado, como Jung, Adler, Stekel y otros se alza gran número de personas -tales como Abraham, Eitingon, Ferenczi, Rank, Jones, Brill, Sachs, Pfister, Van Emden, Reik y otros- que me son adeptos desde hace más de quince años, durante los cuales han colaborado fielmente conmigo, y con los que vengo manteniendo una ininterrumpida amistad. Cito aquí únicamente a aquellos discípulos míos más antiguos que se han creado ya un nombre en la literatura del psicoanálisis, y la omisión de otros más modernos no significa en modo alguno una menor estimación, pues entre ellos hay inteligencias en las que pueden fundarse grandes esperanzas. Un hombre intolerante y absorbente no hubiera podido conservar en derredor suyo una tan numerosa legión de personas de alta intelectualidad, sobre todo no poseyendo, como no poseo, medio alguno práctico de atracción.
La guerra europea, que ha destruido tantas otras organizaciones, no pudo nada contra nuestra Asociación. La primera reunión que celebramos después de la guerra tuvo efecto en terreno neutral (La Haya, 1920), quedando reconocidísimos a la acogida que la hospitalidad holandesa dispensó a los hombres de ciencia de la Europa central, empobrecidos y depauperados por la catástrofe mundial. Fue ésta que yo sepa, la primera vez que después de la guerra se sentaron a una misma mesa, unidos por intereses científicos, alemanes e ingleses. La guerra había intensificado en Alemania y en las naciones orientales el interés hacia el psicoanálisis. La observación de las neurosis de guerra había abierto, por fin, los ojos a los médicos sobre la importancia de la psicogénesis en las perturbaciones neuróticas, y algunas de nuestras concepciones psicológicas se hicieron pronto populares. Al Congreso anterior, antes del colapso alemán, celebrado en Budapest en 1918, habían enviado los Gobiernos de la Europa central representantes oficiales, que prometieron el establecimiento de clínicas psicoanalíticas para el tratamiento de los neuróticos de guerra; proyecto que no llegó a la práctica. También los planes de uno de nuestros mejores miembros, el doctor Anton von Freund, que quería crear en Budapest una clínica central para la enseñanza y terapia psicoanalíticas, naufragaron en medio de los trastornos políticos, y luego por la muerte de nuestro insustituible amigo. Parte de ellos fue realizada después por Max Eitingon, que creó en 1920 la Policlínica Psicoanalítica de Berlín.
Durante el corto predominio bolchevique en Hungría pudo desarrollar Ferenczi una fructífera actividad pedagógica como representante oficial del psicoanálisis en la Universidad. Al terminar la guerra se sirvieron anunciar nuestros adversarios que la experiencia había ofrecido un argumento definitivo contra la exactitud de las afirmaciones analíticas. Las neurosis de guerra habían proporcionado, según ellos, una prueba de la superfluidad de los factores sexuales en la etiología de las afecciones neuróticas; pero esto fue un triunfo momentáneo, pues por un lado nadie había podido llevar a cabo el análisis extensivo de un caso de neurosis de guerra, y, por tanto, nada seguro se sabía sobre su motivación ni podía deducirse conclusión alguna de tal ignorancia, y por otro, el psicoanálisis había establecido hacía ya mucho tiempo el concepto del narcisismo y de las neurosis narcisistas, cuyo contenido era la adherencia de la libido al propio yo en lugar de a un objeto. Así, pues, se hacía en general al psicoanálisis el reproche de haber ampliado indebidamente el concepto de la sexualidad; pero cuando en la polémica resultaba cómodo, se olvidaba este reproche y se procedía como si el psicoanálisis no hubiera llevado jamás a cabo tal aplicación.
La historia del psicoanálisis se divide, para mí, en dos períodos, prescindiendo de su prehistoria catártica. En el primero me hallaba totalmente aislado, y tenía que llevar a cabo toda la labor. Este período duró desde 1895-6 a 1906-7. En el segundo, que se extiende desde la última fecha hasta la actualidad, han ido creciendo en importancia las aportaciones de mis discípulos y colaboradores; de manera que hoy, advertido de mi próximo fin por una grave enfermedad, puedo pensar serenamente en el término de mi propio rendimiento. Pero precisamente por tal razón no me es posible tratar en este trabajo de los progresos del psicoanálisis en el segundo período con la misma minuciosidad que he tratado de su paulatina edificación en el primero, lleno exclusivamente de actividad propia. No me siento con derecho a mencionar aquí sino aquellos nuevos descubrimientos en los que me ha correspondido una amplia participación, o sea, los referentes a la teoría de los instintos y a la aplicación de nuestra disciplina a las psicosis. He de añadir que nuestra creciente experiencia nos ha demostrado cada vez con mayor evidencia que el complejo de Edipo constituye el nódulo de la neurosis, siendo el punto culminante de la vida sexual infantil y el foco del que parten todos los desarrollos ulteriores. Esta circunstancia dio fin a la esperanza de hallar por medio del análisis un factor específico de la neurosis, y hubimos de reconocer que las neurosis no poseen ningún contenido especial exclusivamente peculiar a ellas, y que los neuróticos sucumben bajo el peso de circunstancias que los normales logran dominar felizmente. Este descubrimiento no constituyó para nosotros sorpresa alguna, pues se armonizaba perfectamente con el anteriormente realizado de que psicología de las «profundidades», fruto del psicoanálisis, no era sino la psicología de la vida anímica normal. Nos había, pues, sucedido lo que a los químicos cuando comprobaron que las grandes diferencias cualitativas de los productos se reducían a modificaciones cuantitativas en las proporciones de la combinación de los mismos elementos.
En el complejo de Edipo se nos mostró enlazada la libido a la representación de los progenitores del sujeto; pero éste pasó antes por una época en la que carecía de todo objeto. De esta circunstancia dedujimos la existencia de un estado en el que la libido llena el propio yo, habiéndolo tomado como objeto. Este estado podía denominarse «narcisismo», y no era difícil adivinar que en realidad subsiste siempre, y que el yo continúa siendo a través de toda la vida el gran depósito de libido, del cual emanan las cargas de objeto, y al cual puede retornar la libido desde dichos objetos. Así pues, la libido narcisista se transforma continuamente en libido objetal, y viceversa. El enamoramiento sexual o sublimado, que llega hasta el sacrificio del sujeto, nos ofrece un excelente ejemplo de la magnitud que esta transformación puede alcanzar. Hasta este momento sólo habíamos atendido en el proceso de la represión a lo reprimido, pero a partir de él nos fue ya posible llegar al conocimiento de los elementos represores. Sabíamos ya que la represión era efectuada por los instintos de conservación que actuaban en el yo (instintos del «yo»), y recaía sobre los instintos libidinosos. Ahora, al reconocer los instintos de conservación como de naturaleza libidinosa, esto es, como libido narcisista, vemos que el proceso de la represión se desarrolla dentro de la libido misma. La libido narcisista se opone a la libido objetal, y el interés de la propia conservación se defiende contra las exigencias del amor objetivo.
Nada tan necesario en Psicología como la existencia de una teoría básica sobre la que pueda continuarse edificando. Falto de toda base de este orden, ha tenido el psicoanálisis que crear por medio de sucesivos tanteos una teoría de los instintos. Así, estableció primero la antítesis de instintos del yo (conservación-hambre) e instintos libidinosos (amor), sustituyéndola después por la de libido narcisista y libido objetiva. Pero tampoco dijo con esto su última palabra, pues ciertas reflexiones de naturaleza biológica parecían prohibirle satisfacerse con la hipótesis de una única especie de instintos. En los trabajos de mis últimos años (Más allá del principio del placer, Psicología de las masas y análisis del «yo» y El «yo» y el «Ello») he dejado libre curso a mi tendencia a la especulación, contenida durante mucho tiempo, y he intentado una nueva solución del problema de los instintos. He reunido la conservación del individuo y de las especies bajo el concepto de Eros, oponiendo a éste el instinto de muerte o de destrucción, que labora en silencio. El instinto es concebido, en general, como una especie de elasticidad de lo animado; esto es, como una aspiración a reconstituir una situación que existió ya una vez, y fue suprimida por una perturbación exterior.
Esta naturaleza esencialmente conservadora de los instintos queda explicada por los fenómenos de la repetición obsesiva. La colaboración y el antagonismo del Eros con el instinto de muerte constituyen para nosotros la imagen de la vida. La cuestión es que esta construcción teórica se demuestra útil. Aspira esencialmente a fijar una de las representaciones teóricas más importantes del psicoanálisis, pero traspasa considerablemente los límites de esta disciplina. De nuevo he tenido que oír la despectiva afirmación de que no puede confiarse en una ciencia cuyos conceptos superiores son tan poco precisos como el de la libido y el del instinto en el psicoanálisis, pero este reproche se funda en un total desconocimiento de la cuestión. Los conceptos fundamentales claros y las definiciones precisamente delimitadas no son posibles en las disciplinas científicas sino cuando las mismas intentan integrar un conjunto de hechos dentro del cuadro de una construcción sistemática intelectual. En las ciencias naturales, a las cuales pertenece la Psicología, es inútil e imposible llegar a una tal claridad de los conceptos superiores. La Zoología y la Botánica no han comenzado con definiciones correctas y suficientes del animal y de la planta, y la Biología no ha establecido aún un concepto fijo de lo animado. La Física hubiera sacrificado todo su desarrollo si hubiese tenido que esperar, para emprenderlo, a dar claridad y precisión a los conceptos de materia, fuerza y gravitación. Las representaciones básicas o conceptos superiores de las ciencias naturales aparecen siempre al principio muy imprecisos, quedando determinados interinamente por la mera indicación del campo de fenómenos a que pertenecen, y sólo el progresivo análisis ulterior del material de observación llega a darles la precisión deseada. (Adición de 1935): Yo siempre he sentido una gran injusticia que la gente rehuse considerar al psicoanálisis como cualquiera otra ciencia. Este rechazo tiene su expresión en el surgimiento de las objeciones más obstinadas.
Constantemente se le reprocha al psicoanálisis por sus insuficiencias y por ser incompleto, aunque sea claro que una ciencia basada en la observación no tiene otra alternativa que estudiar fragmentariamente sus hallazgos y resolver sus problemas paso a paso. Aún más, cuando me esforcé en darle a la función sexual el reconocimiento que durante tanto tiempo se le había desconocido, se acusó a la teoría psicoanalítica de 'pansexualismo'. Y cuando puse énfasis en la hasta entonces desatendida importancia del rol jugado por las tempranas impresiones traumáticas en la niñez, se me dijo que el psicoanálisis estaba negando los factores constitucionales y hereditarios, lo que nunca soñé hacer. Es un caso de contradecir a cualquier precio y por cualquier método. Ya en fases anteriores de mi producción llevé a cabo la tentativa de alcanzar, partiendo de la observación psicoanalítica, puntos de vista generales. En 1911 acentué en un pequeño trabajo -Formulierungen über die zwei Prinzipien des psychischen Geschehens (*525)-, y de modo ciertamente nada original, el predominio del principio del placer y el displacer en la vida anímica y su sustitución por el llamado «principio de la realidad». Más tarde me atreví a intentar la construcción de una «Matapsicología», dando este nombre a una disciplina en la que cada uno de los procesos psíquicos era considerado conforme a las tres coordenadas: de la dinámica, la tópica y la económica y viendo en ella el fin último asequible a la psicología.
Nota 525
Esta tentativa no llegó a completarse, quedando interrumpida después de varios ensayos (1915-7): 'Los instintos y sus destinos', 'La represión', 'Lo inconsciente', 'Duelo y melancolía'; pues reconocí que no era aún el momento de una tal empresa teórica. En mis últimos trabajos especulativos he intentado descomponer nuestro aparato psíquico basándome en la elaboración analítica de los hechos patológicos, y lo he dividido en un yo, un Ello y un superyó (El «yo» y el «Ello»). El superyó es heredero del complejo de Edipo y el representante de las aspiraciones éticas del hombre. No debe creerse que en este último período he vuelto la espalda a la observación, entregándome por completo a una actividad especulativa. Continúo siempre en íntimo contacto con el material analítico y no he abandonado nunca el estudio de temas especiales clínicos o técnicos. Aun en los casos en que me he alejado de la observación he evitado aproximarme a la Filosofía propiamente dicha. Una incapacidad constitucional me ha facilitado esta abstención. Siempre me han atraído, sin embargo, las ideas de G. Th. Fechner, pensador al que debo interesantísimas sugestiones. Las amplias coincidencias del psicoanálisis con la filosofía de Schopenhauer, el cual no sólo reconoció la primacía de la afectividad y la extraordinaria significación de la sexualidad, sino también el mecanismo de la represión, no pueden atribuirse a mi conocimiento de sus teorías, pues no he leído a Schopenhauer sino en época muy avanzada ya de mi vida. A Nietzsche, otro filósofo cuyos presagios y opiniones coinciden con frecuencia, de un modo sorprendente, con los laboriosos resultados del psicoanálisis, he evitado leerlo durante mucho tiempo, pues más que la prioridad me importaba conservarme libre de toda influencia.
Las neurosis fueron el primero objeto del psicoanálisis, y durante mucho tiempo el único. Para todo analista es evidente que la práctica médica se equivoca al alejar estas afecciones de la psicosis, agregándolas a las enfermedades nerviosas orgánicas. La Neurología pertenece a la Psiquiatría, y es indispensable para penetrar en ella. El estudio analítico de las psicosis pareciera excluido de todo resultado médico, dada la inaccesibilidad terapéutica de estas enfermedades. El enfermo psicótico carece, en general, de la facultad de una transferencla positiva, quedando así embotado el instrumento principal de la técnica analítica; pero, de todos modos, puede llegarse a él por otros caminos. La transferencia no queda excluida, a veces, tan por completo, que no pueda utilizarse durante algún tiempo. En las depresiones cíclicas, en las modificaciones paranoicas leves y en la esquizofrenia hemos conseguido resultados indudables mediante el análisis. Por lo menos, ha sido ventajoso para la ciencia el que en muchos casos puede vacilar el diagnóstico durante mucho tiempo entre la psiconeurosis y la demencia precoz, pues la tentativa terapéutica emprendida nos proporcionó importantes descubrimientos antes de tener que ser interrumpida. Pero lo principal es que en las psicosis resulta evidente aquello que en las neurosis sólo muy trabajosamente se logra extraer a la superficie. Para muchas afirmaciones analíticas ofrece la clínica psiquiátrica excelentes demostraciones. No podía, pues, pasar mucho tiempo sin que el análisis encontrara el camino de los objetos de la observación psiquiátrica. Ya en 1896 descubrí en un caso de demencia paranoica (*526) los mismos factores etiológicos que en las neurosis y la existencia de tales complejos afectivos.
Nota 526
Jung ha explicado enigmáticas estereotipias de sujetos dementes refiriéndolas a sucesos de su vida, y Bleuler ha descubierto en diversas psicosis mecanismos análogos a los que el análisis ha revelado en los neuróticos. Desde entonces no han cesado los esfuerzos de los analistas por llegar a una comprensión de las psicosis. Sobre todo desde que trabajamos con el concepto del narcisismo, se nos va haciendo posible iniciar ciertos descubrimientos. Abraham es el que más ha avanzado por este camino con su explicación de las melancolías. En este dominio no queda aún transformado el conocimiento en poder terapéutico pero también las simples conquistas técnicas son importantes, y esperamos que hallaran algún día su aplicación práctica. Los psiquiatras no podrán resistirse ya mucho tiempo a la fuerza probatoria de sus propias observaciones clínicas. En la psiquiatría alemana tiene efecto actualmente una especie de penetración pacífica de los puntos de vista analíticos. Acentuando constantemente que no son psicoanalistas ni pertenecen a la escuela ortodoxa, cuyas exageraciones no comparten, sobre todo en lo que respecta al poder absoluto del factor sexual, van apropiándose, sin embargo, la mayoría de los jóvenes investigadores esta o aquella parte de la teoría analítica, aplicándolas a su manera. Existen, pues múltiples indicios de un amplio y próximo desarrollo de nuestra disciplina en esta dirección.
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