10 Mar 2009
FRAGMENTO de DIARIO DE UN ESCRITOR. FEDOR DOSTOIEVSKI
Cuadro de Miguel Oscar Menassa
CERVANTES POR DOSTOIEVSKI
Don Quijote es un gran libro; es del número de los eternos, de esos con que sólo de tarde en tarde se ve gratificada la Humanidad. Y observaciones análogas respecto de lo más profundo de nuestra humana naturaleza se hallan en ese libro, en cada página. Ya el solo hecho de que Sancho, esa encarnación de la sana razón, de la prudencia y la áurea medianía, se consagrase a ser amigo y compañero de aventuras del más loco de los hombres, él precisamente y no ningún otro, es notable. Se pasa todo el tiempo engañándolo como un niño y, no obstante, está plenamente convencido del gran talento de su amo; se conmueve hasta lo patético ante su grandeza de alma, cree a pies juntillas en todos los fantásticos sueños del caballero y ni una sola vez pone en duda que aquél habrá de conquistar algún día una ínsula para regalársela. ¡Cuán de desear sería que nuestros jóvenes conociesen esa gran obra! No sé lo que ahora pasará en las escuelas, con la literatura; pero sí sé que ese libro, el más grande y triste de cuantos libros ha creado el genio de los hombres, levantaría el alma de más de un joven con el poder de una gran idea, sembraría en su corazón la semilla de grandes problemas y apartaría su espíritu de la sempiterna adoración del estúpido ideal de la medianía, del orondo amor propio y la vulgar sabiduría práctica.
Ese libro, el más triste de todos, no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final. Y denunciará el más hondo, terrible misterio del hombre y de la Humanidad en el contenido: que la belleza suprema del hombre, su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valor todo y, finalmente su talento más grande, se consumen hartas veces, por desgracia, sin haber reportado a la Humanidad provecho alguno, convirtiéndose en un objeto de irrisión, sólo por faltarle al hombre con tan ricos dones agraciado, un don supremo: el genio necesario para dominar la riqueza y poder de esas dotes, gobernarlas y dirigirlas –esto es lo principal–, no por fantásticos caminos de locura, sino por la senda recta, empleándolos en el bien de la Humanidad. Pero, desgraciadamente, son tan pocos, tan poquísimos los genios concedidos a las razas y pueblos que, con frecuencia, estamos obligados a presenciar esa ironía del Destino: que la actuación del más noble y ferviente filántropo sea blanco de burlas y pedradas, por no atinar en la hora decisiva con el verdadero sentido de las cosas y no encontrar una palabra nueva. Pero este espectáculo del desperdicio de fuerzas más grandes y nobles puede, efectivamente, inducir a desesperación a más de un amigo de los hombres, moviéndolo no a risa, sino a llanto ardiente, emponzoñando para siempre con la duda su hasta entonces crédulo corazón.
Por lo demás, solo he querido aludir a uno solo de los rasgos característicos de Don Quijote, a una de las observaciones incontables que Cervantes ha hecho sobre el corazón del hombre y expuesto de forma magistral.
El hombre fantástico, persuadido hasta la locura de la más fantástica ilusión que pueda imaginarse, se ve de pronto asaltado por la duda que amenaza dar al traste con toda su fe. Y es notable que lo que motiva esa duda no sea la incongruencia de su locura naciente, ni la descripción de aquellos caballeros que corrían aventuras por el bien de la Humanidad, ni el desatino de los sortilegios de los magos, que refieren esos libros tan fidedignos, sino algo completamente secundario, lo que bruscamente suscita su duda. El hombre fantástico siente de pronto el ansia de realismo. No lo desconcierta el hecho de que súbitamente queden tropas enteras encantadas. ¡Oh, eso no le inspira la menor duda! ¿Cómo habrían podido demostrar su heroísmo esos caballeros magníficos si no se hubiesen visto en trances tales, si no hubiesen tenido gigantes y hechiceros malignos y envidiosos de su grandeza? El ideal del caballero andante es tan alto, tan bello y útil, y de modo tal se ha apoderado del corazón de Don Quijote, que se le hace ya imposible renunciar a la creencia incondicional en él, pues eso equivaldría a traicionar el deber y traicionar el amor a Dulcinea y a la Humanidad. Pero cuando, al fin, renunció a todo; cuando se curó de su locura y se convirtió en un hombre listo, no tardó en irse de este mundo, plácidamente y con triste sonrisa en los labios, consolando todavía al lloroso Sancho y amando al mundo con la gran fuerza de aquel amor que en su santo corazón se encerrara, y viendo, sin embargo, que no hacía ya falta alguna en la Tierra. No, lo que lo desconcertaba era, sencillamente, una consideración en todo punto exacta, en todo punto matemática: la de que por más poderoso que un caballero fuese, espada en ristre, a descargar mandobles a diestro y siniestro, había de serle, con todo, imposible vencer a un ejército de cien mil hombres, en el espacio de unas pocas horas, y aunque fuese en un día y, además, no dejando con vida a ningún enemigo. Pero ¡así se dice, no obstante, en esos libros fidedignos! ¿Se tratará de una mentira? Pero ¡sí ésa fuera mentira, todo lo demás lo sería también! ¿Cómo salvar la verdad? Y he aquí que entonces, para salvar la verdad, idea él otra ilusión, dos, tres veces más fantástica, ingenua y disparatada que la primera: imagina cien mil hombres hechizados, con cuerpos de molusco, que la aguda espada del caballero puede traspasar con facilidad y rapidez diez veces mayores de las que consentirían cuerpos de hombres corrientes. De esta suerte queda satisfecho el realismo, salvada la verdad, y él puede seguir creyendo tranquilamente en la ilusión primera y máxima, y todo esto gracias a la ilusión segunda, mucho más absurda todavía, concebida por él sencillamente para salvar el realismo de la primera.
Recojámonos ahora en nosotros mismos y examinémonos:
¿no nos ha ocurrido a cada uno de nosotros otro tanto en la vida, un centenar de veces? Supongamos que te has encariñado con un sueño, una ilusión, una idea, una convicción o un hecho externo que hizo mella en tu ánimo, o finalmente, con una mujer que te encantó. Con toda el alma te consagras al objeto de tu amor. Pero, no obstante estar tan enamorado, pese a toda tu ceguera, si hay en ese objeto de tu amor una mentira, una excelencia, algo que tú mismo exageraste y descubriste en tu primer arrebato de pasión, únicamente para hacer de eso tu ídolo y postrarte ante él, a pesar de todo, en secreto, no dejas de sentir cierto escozor: la duda te atosiga, importuna tu razón, se pasea por tu alma, y no te consiente que vivas tranquilo con tu sueño amado. Pues bien: ¿no recuerdas, no te lo confiesas a ti mismo en tu interior? ¿Qué fue entonces lo que de pronto te sirvió de consuelo? ¿No fuiste y fraguaste un nuevo ensueño, una nueva patraña, acaso horriblemente vulgar, pero en la que te diste prisa a poner tu fe sólo por haber disipado tu primera duda?
09 Mar 2009
MÁS SOBRE EL COLOR. MATISSE
El contorno de tu sonrisa
Autor. Miguel Oscar Menassa
En los Independientes oigo siempre al “padre” Pissarro exclamar, ante una hermosa naturaleza muerta de Cézanne que representa una jarra de agua de cristal tallado, estilo Napoleón III, toda una armonía azul: “Es como un Ingres”.
Algunos pintores de mi generación han visitado y frecuentado a los Maestros del Louvre, donde fueron guiados por Gustave Moreau antes de haber tenido contacto con los Impresionistas. Sólo más tarde fueron a la rue Laffite, y fueron para ver, sobre todo, en lo de Durand-Ruel, la célebre Vista de Toledo y la Ascensión al Calvario del Greco; también estudiaban algunos retratos de Goya e incluso admiraban el David y Saúl de Rembrandt. Es de destacar que Cézanne, al igual que Gustave Moreau, haya hablado de los Maestros del Louvre. Cézanne se pasaba sus tardes dibujando en el Louvre, en la época en que le hacía el retrato a Vollard. Al anochecer volvía a su casa, y cuando pasaba por la rue Laffite le decía a Vollard: “Creo que la sesión de mañana va a ser buena, ya que estoy contento con lo que he hecho esta tarde en el Louvre”. Esas visitas al Louvre enriquecían las observaciones de cada mañana, cuando el artista enfrentaba nuevamente el trabajo y juzgaba lo realizado en la sesión de la víspera.
En lo de Durand-Ruel vi dos hermosísimas naturalezas muertas de Cézanne, bizcochos, lecheras, frutas de azules apagados. Fui a verlas por indicación del padre Durand, a quien yo mostraba mis naturalezas muertas: “Vea estos Cézannes –me decía–, que no puedo vender. Trate de pintar interiores con figuras como este trabajo o de la calidad de aquél”.
Como hoy, el camino de la pintura parecía completamente bloqueado a las nuevas generaciones; los Impresionistas acaparaban toda la atención.
Van Gogh y Gauguin eran ignorados. Fue necesario derribar un muro para pasar.
A propósito de las diferentes corrientes modernas, pienso en Ingres y en Delacroix a quienes en su época todo parecía separar; y de tal manera que los respectivos discípulos hubieran podido organizar dos bandas rivales si ellos se lo hubieran propuesto. Y, sin embargo, es fácil ver sus similitudes.
Los dos se expresaban a través del arabesco y del color. Ingres, por su color casi “compartimentado” y “entero” fue llamado “un chino perdido en París”. Ambos forjaron los mismos eslabones de la cadena. Sólo los matices impiden confundirlos.
Gauguin y Van Gogh, años después, darán la impresión de haber vivido el mismo tiempo: arabescos y color también. La influencia que siente Gauguin parece haber sido más directa que la de Van Gogh. Incluso Gauguin parece salir de Ingres.
El joven pintor que no puede desprenderse de la influencia de la generación precedente va hacia un estancamiento.
Y para salvarse del hechizo de la obra de sus mayores inmediatos, que por otra parte aprecia, trata de buscar nuevas fuentes de inspiración en las producciones de diferentes civilizaciones, y de acuerdo también con sus propias afinidades. Cézanne se inspiró en Poussin.
Si es sensible, un artista no puede perder, rechazar, ni negar el aporte de la generación anterior, pues a pesar de él mismo toda esa carga va a gravitar en su aporte. Sin embargo, es necesario que él se libere para dar de sí en su momento una cosa nueva y algo de fresca inspiración.
“Desconfíen ustedes del maestro influyente”, decía Cézanne.
Un pintor joven, que sabe que no va a inventarlo todo, debe ordenar su cabeza para poder conciliar los diferentes puntos de vista, tanto de las obras hermosas que lo impresionen como de las interrogaciones que haga a la naturaleza.
Tras haber tomado conocimiento de sus medios de expresión, el pintor debe preguntarse: “¿Qué es lo que yo quiero?”, e ir en su búsqueda de lo simple a lo complejo para tratar de descubrirlo.
Si sabe conservar su sinceridad frente a su sentimiento íntimo, sin trampas ni autocomplacencias, su curiosidad no lo abandonará nunca, como tampoco lo abandonará, ni siquiera al final de su vida, el entusiasmo ante el trabajo arduo y aquella necesidad de aprender que tuvo en su juventud.
¡Qué puede existir más hermoso que esto!
París, 30 de agosto de 1945
Función y modalidades del color
Decir que el color ha vuelto a ser expresivo es hacer su historia. Durante mucho tiempo no fue sino un complemento del dibujo. Rafael, Mantegna o Durero, como todos los pintores del Renacimiento, construyeron a través del dibujo y le agregaron luego el color local.
Por el contrario, los primitivos italianos y sobre todo los orientales habían hecho del color un medio de expresión. Se tuvo alguna razón cuando se bautizó a Ingres como un chino ignorado en París, ya que iba a ser el primero en usar colores francos, limitándolos sin desnaturalizarlos.
De Delacroix a Van Gogh y sobre todo Gauguin, pasando por los Impresionistas que hacen una limpieza, sin olvidar a Cézanne, que da un impulso definitivo e introduce los volúmenes coloreados, se puede seguir esta rehabilitación de la función del color, y la restitución de su poder emotivo.
Los colores tienen una belleza propia que hay que tratar de preservar, así como en música hay que tratar de conservar los timbres. Cosa de organización, de construcción, para no alterar esta hermosa frescura del color.
Los ejemplos no faltaban. Teníamos, delante de nosotros, no sólo pintores sino también el arte popular y las telas japonesas que se vendían entonces. Para mí, el fovismo fue también la prueba de los medios: ubicar los colores, el uno al lado del otro, unir de manera expresiva y constructiva un azul, un rojo, un verde. Era el fruto de una necesidad que nacía en mí y no el resultado de un acto voluntario, de una deducción o un razonamiento donde la pintura no tiene nada que hacer.
Lo que cuenta con mayor fuerza en el mundo de los colores son las relaciones. Gracias a ellas y a esos colores en sí, un dibujo puede ser intensamente coloreado sin que sea necesario poner color.
Sin duda, hay mil maneras de trabajar el color, pero cuando se lo compone, como el músico compone sus armonías, se trata simplemente de hacer valer las diferencias.
En verdad, música y color no tienen nada en común, pero siguen líneas paralelas. Siete notas con ligeras modificaciones alcanzan para escribir un mundo de partituras. ¿Por qué no ha de ser lo mismo en plástica?
El color no es jamás cuestión de cantidad sino de elección. En sus orígenes, los ballets rusos y en especial Scheherazade, de Bakst, rebosaban color. Profusión sin medida. Se podría haber dicho que el color había sido repartido indiscriminadamente. El conjunto era alegre por la materia, pero no por la organización. Sin embargo, los ballets han sido campo de ensayo de medios novedosos, que a la vez los han enriquecido ampliamente.
Un alud de colores no tiene fuerza. La culminación del color sólo se da cuando está organizado, cuando responde a la intensidad emocional del artista.
En el dibujo, incluso en el de una sola línea, se puede dar, en cualquier zona que esa línea encierre, una infinidad de matices. La proporción desempeña una función primordial.
No es posible separar dibujo y color. Puesto que el color no ha sido jamás aplicado a la ventura, desde el momento que hay límites y sobre todo proporciones, hay escisión. Es allí donde interviene la creación y la personalidad del pintor. El dibujo cuenta mucho, también. Es la expresión de la posesión de los objetos. Cuando uno conoce a fondo un objeto puede contornearlo con un trazo exterior que lo va a definir por completo. Ingres decía sobre este punto que el dibujo es como una canasta a la que no se le puede arrancar una tirilla de mimbre sin hacer un agujero.
Todo, incluso el color, debe ser creación. Primero analizo mi sentimiento antes de llegar al objeto. Y luego hay que recrear todo. Tanto el objeto como el color.
Si los medios empleados por los pintores han sido atrapados por la moda, pierden su honda significación. Esos medios no disponen ya de ningún poder sobre el espíritu. Su influencia no modifica sino la experiencia de las cosas. Cambia solamente matices.
El color contribuye a expresar la luz, no el fenómeno físico sino la luminosidad que existe como hecho, la que está en el cerebro del artista.
Cada época aporta su propia luz, su sentimiento particular del espacio, como una necesidad. Nuestra civilización, incluso para aquellos que no hayan viajado en avión, ha traído una nueva comprensión del ciclo, de la superficie, del espacio. Y hoy se ha llegado a exigir una posesión total de este espacio.
Suscitados y sostenidos por lo Divino, todos los elementos se encuentran en la naturaleza. El creador, ¿no es él mismo la naturaleza?
Llamado y alimentado por la materia, recreado por el espíritu, el color podrá traducir la esencia de cada cosa y responder al mismo tiempo a la intensidad del choque emotivo. Pero dibujo y color no son sino una sugestión. A través de la ilusión que despierten, deben provocar en el espectador la posesión de las cosas. Y la medida del artista estará dada por su posibilidad de sugestionarse y trasladar esa sugestión a su obra, y de allí al espíritu del espectador. Un viejo proverbio chino dice: “Cuando se dibuja un árbol, se debe sentir poco a poco que uno se eleva”.
El color, sobre todo, es tal vez, más aún que el dibujo, una liberación. La liberación es el abandono de las convenciones; son los medios antiguos reemplazados por los aportes de las nuevas generaciones.
Como el dibujo y el color son medios de expresión, son modificados. De ahí la extrañeza que provocan los nuevos medios, ya que ellos se refieren a cosas diferentes de las que interesaban a las generaciones anteriores.
Finalmente, el color es suntuosidad y reclamo. Y he ahí el privilegio del artista: transformar en precioso al más humilde de los objetos y ennoblecerlo.
Reflexiones 1945
El negro es un color
El negro, como color, tiene el mismo derecho que los otros colores: el amarillo, el azul o el rojo.
Los orientales han empleado el negro como color, sobre todo los japoneses en las estampas. Más cercano a nosotros, tengo presente un cuadro de Manet, en el que recuerdo que la chaqueta de terciopelo negro del hombre joven con sombrero de paja es de un color negro franco y luminoso.
En el retrato de Zacarías Astuc, hecho por Manet, hay una nueva chaqueta de terciopelo también expresado por un negro decidido e intenso. En mi panel de los Marroquíes, ¿no hay acaso una zona grande y con tanta luminosidad como los otros colores del cuadro?
1946.
El camino del color
El color existe en sí, posee una belleza propia. Fueron los géneros japoneses que comprábamos por monedas en la rue de Saine, los que nos lo revelaron. Comprendí, entonces, que se podía trabajar con colores expresivos, que no son obligatoriamente colores descriptivos. Por cierto que los originales eran sin duda decepcionantes. Pero, la elocuencia, ¿no es acaso más poderosa y más directa cuando los medios son más burdos? Van Gogh también se entusiasmaba con aquellos géneros japoneses.
Una vez liberado el ojo, limpiado por las telas japonesas, me sentí preparado para recibir verdaderamente a los colores en función de su poder emotivo. Si admiraba instintivamente a los primitivos del Louvre, y después al arte oriental, en particular la extraordinaria exposición de Munich, fue porque encontré allí una nueva confirmación. Las miniaturas persas, por ejemplo, me mostraban toda la posibilidad de mis sensaciones. Yo podía volver a encontrar en la naturaleza cómo esas sensaciones deben venir. Por lo accesorio, este arte sugiere un espacio más amplio, un verdadero espacio plástico. Eso me ayudó a salir de la pintura intimista.
La revelación, pues, me vino del Oriente. Fue años más tarde cuando comprendí y me emocionó la pintura bizantina frente a los iconos de Moscú. Uno se libera tanto más cuando ve sus esfuerzos conformados por una tradición, por antigua que esa tradición sea. Y ella nos ayuda a saltar el foso.
Había que salir de la imitación, incluso de la imitación de la luz. Se puede provocar la luz por la invención de colores lisos, como se estila con los acordes musicales. Yo empleé el color como medio de expresión de mi emoción y no como elemento de transcripción de la naturaleza. Utilizo los colores más simples. Yo mismo no los transformo. Son las relaciones que se establecen las que se encargan de hacerlo. Se trata solamente de hacer valer las diferencias, de hacerlas resaltar, de acusarlas. Nada impide componer con sólo algunos colores, la música fue elaborada únicamente sobre siete notas.
Basta con inventar signos. Cuando se siente auténticamente la naturaleza, se pueden crear signos que establezcan una equivalencia entre el artista y el espectador.
En los primeros ballets rusos, Bakst ponía enormes cantidades de color. Era magnífico, pero sin expresión. Porque no es la cantidad lo que cuenta sino la elección, la organización. La única ventaja que se obtuvo fue que el color, súbitamente, tuviera carta de ciudadanía y entrada hasta en las grandes tiendas.
A pesar de nosotros mismos, hemos hecho esa elección; fue imposible escapar a ella, era una fatalidad. Por eso, la elección del color representa tan profundamente el espíritu de una época. Pero no hay necesidad de quedarse en eso, hay que avanzar, continuar, ir más lejos.
Reflexiones 1947.
26 Feb 2009
NOTAS SOBRE EL COLOR. MATISSE
Un paso más
Autor: Miguel Oscar Menassa
1972 En pintura, los colores tienen su fuerza y elocuencia cuando se los emplea en estado puro, cuando su brillo y pureza no son alterados, rebajados por mezclas extrañas a su naturaleza (el azul y el amarillo, que hacen el verde, pueden yuxtaponerse, pero no mezclarse; si no, se puede emplear el verde tal como la industria nos lo fabrica. Lo mismo que para el color naranja, la mezcla del rojo y amarillo sólo da un tono sin pureza, ni vibración). Es evidente que los colores empleados en estado de pureza o degradados con blanco pueden dar más que puras sensaciones retinianas, ya que esos colores son el producto del aprovechamiento de la riqueza cerebral de quien les dio vida. Los colores pueden ser multiplicados por las gradaciones con el blanco o con el negro. Hay una diferencia entre un negro mezclado con azul de Prusia y un negro mezclado con azul de ultramar. El mezclado con ultramar tiene la calidez de las noches tropicales, mientras que el otro posee la frescura de los ventisqueros... Lo mismo que la modificación de la expresión musical puede provenir de una fruslería, ya que hay tanta diferencia entre el modo mayor y el menor como la que hay entre el sol y la sombra, ocurre lo mismo con el color; pues la disminución, en un acorde de muchos colores, de uno solo de sus elementos que permita que otro se destaque, cambia la expresión del acorde, altera la relación, suponiendo desde ya que ese acorde ha sido establecido por el pintor, que tiene la posibilidad de imprimir un carácter expresivo a la reunión de varias superficies coloreadas. Desde ya que el color puro, con su intensidad y sus reacciones sobre las cantidades vecinas, es un medio difícil. Las vidrieras de colores como en el caso de las de Chartres, que son las más hermosos, son raras. No es que las materias de los componentes sean particulares sino que es la proporción del color lo que hace la calidad. Pero no hay que confundir vidriera y superficie pintada. La vidriera está aclarada por transparencia y la tela está pintada directamente. Una superficie pintada puede dar la sensación de ser iluminada desde dentro; cosa que está mal, ya que debe ofrecer al ojo la resistencia de una superficie; sin esa condición, esa superficie es insoportable.
1962 El color exige enorme precisión en cuanto a los aportes de las distintas partes componentes y exige también que su acción sea empleada de la manera más directa y más completa. De esta manera se obtiene firmeza; las relaciones vagas dan como resultado expresiones vagas y blandas. La mutua influencia de los colores es esencial para el colorista, y los tintes más hermosos, más fijos, más inmateriales se obtienen sin que sean materialmente expresados esos colores. Por ejemplo: el blanco puro se transforma en liláceo, rosado ibis, verde veronés o azul angélico gracias a la vecindad de sus contrarios. Signac decía: “Es simple, sólo que nosotros sabemos demasiado para actuar”. Sí, en efecto, es muy simple. Como es simple el violín: cuatro cuerdas en un determinado punto de tensión, algunas crines de caballo colocadas en un arco. Y agregaba: “Sólo la divina proporción lo hace todo”.
22 Feb 2009
J.A.D. INGRES. EL DIBUJO. ILUSTRACIÓN Y ROMANTICISMO.
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El dibujo es la probidad del arte.
Dibujar no equivale simplemente a reproducir unos contornos; el dibujo no consiste simplemente en el trazo: el dibujo, por el contrario, es la expresión, la forma interior, el plano, el modelado. ¡Ya me diréis qué queda aparte de esto! El dibujo comprende las tres cuartas partes y media de lo que constituye la pintura. Si yo tuviera que poner un reclamo encima de mi puerta, escribiría: Escuela de dibujo, y estoy seguro de que formaría pintores.
El dibujo lo comprende todo, a excepción de la tinta.
Cuanto más simples son las líneas y las formas, más belleza y más fuerza tienen.
Para construir una figura no procedáis por partes. Llevadlo a cabo todo al mismo tiempo y dibujad el “conjunto”, como suele decirse.
Nosotros no trabajamos materialmente como los escultores, pero debemos hacer pintura escultórica.
La expresión, parte esencial del arte, está íntimamente ligada a la forma. La perfección del colorido tiene tan poco que ver con el asunto, que los pintores de expresiones excelentes no han tenido como coloristas un talento equivalente. Quien se lo reproche es que apenas sabe de arte. No se puede exigir a un mismo hombre cualidades contradictorias. Por otra parte, la rapidez de ejecución que exige el color para mantener su prestigio no se acomoda con el profundo estudio que exige una gran pureza de las formas.
En un cuadro, es preciso que la luz incida con fuerza en alguna parte y que la atención del espectador se vea atraída por ese punto. Algo así podemos decir de las figuras, cuyo efecto debe irradiar de un punto central; es esto lo que produce las degradaciones. En cuanto a la forma, es preciso también que un fragmento domine sobre los demás y atraiga la mirada de inmediato. Aquí radica uno de los rasgos principales del carácter en el dibujo.
Soy partidario de que se conozca bien el esqueleto, puesto que los huesos constituyen la estructura del cuerpo, cuyas longitudes determinan, y son constantes puntos de referencia para el dibujo. Lo soy menos del conocimiento anatómico de los músculos. El exceso de conocimiento al respecto perjudica la sinceridad del dibujo y puede apartarnos de la expresión característica, acabando en una imagen trivial de la forma. Sin embargo, es preciso conocer el orden y disposición relativa de los músculos, con el fin de evitar errores de construcción en ese terreno.
Llámanse tipos de belleza los resultados de la observación frecuente de modelos bellos. Por ejemplo: un cuello largo se encuentra quince veces de veinte entre los hombres bien constituidos; en consecuencia, se puede considerar como una de las condiciones de la belleza. Sin embargo, si vuestro modelo tiene un cuello delgado, no se lo hagáis más grueso, pero tampoco exageréis su pequeñez. Para expresar el carácter es tolerable alguna exageración, a veces incluso es necesaria, sobre todo cuando se trata de destacar y hacer sobresalir algún rasgo de belleza.
Nada de maniquíes. Una vez que se ha dado con un hermoso motivo de paños, es preciso corregirlo del natural, revestir al modelo de esos paños preconcebidos y anotar sobre él el movimiento de los pliegues y la indicación de los detalles.
El color contribuye al ornato de la pintura, pero sólo es su dama de compañía, puesto que su papel es simplemente el de hacer más atractivas las verdaderas perfecciones del arte.
Rubens y Van Dyck pueden complacer a los ojos, pero los engañan. Son de una mala escuela de coloristas, la escuela de la mentira. En Tiziano es donde se encuentran el color verdadero, la naturaleza sin exageraciones, sin brillos forzados: el equilibrio.
El modo de pintar a la veneciana me fue revelado por un boceto del pintor inglés Lewis. Este boceto había sido realizado a partir del hermoso Tiziano que hay en nuestro Museo: El entierro de Cristo. Para conseguir imitar al maestro, nuestro artista ha pintado sobre una tela sin otra preparación que una ligera tinta con cola, tal y como parece que han hecho todos los pintores, extendiendo por lo general esa tinta sobre cutí. Se ha dado cuenta de que para conseguir transparencias y hermosos tonos cálidos era preciso pintarlo todo por medio de glacis de color, es decir, pintar la base en un gris más o menos matizado, como una especie de camafeo monocromo.
Las carnes claras en un gris violeta muy suave; las oscuras en un gris más intenso y los cabellos también.
Los paños verdes en amarillo, los azules en blanco y los rojos y los cielos del mismo modo.
Generalmente es preciso pintar con dureza y buscando contrastes violentos, sin titubear. Se puede abocetar muy ligeramente, pero siempre de esa manera. En una segunda fase será preciso contrastar y empastar generosamente.
Una vez así preparado, el cuadro debe expresar, pese a su monotonía, un sentimiento de color. Se le deja entonces secar no menos de un mes y cuando se vuelve sobre él para concluirlo, se pinta todo por medio de glacis de color, a excepción de los paños blancos.
No es preciso romperse la cabeza con los temas: un pintor puede hacer oro con cuatro perras. Yo gané mi reputación con un ex voto y todos los temas se pueden convertir en poemas. Tampoco debe uno preocuparse demasiado por los accesorios; hay que sacrificarlos a lo esencial, y lo esencial es la construcción, el contorno y el modelado de las figuras. Los accesorios deben jugar en un cuadro el mismo papel que los confidentes en las tragedias. Los autores los ponen allí para flanquear a los héroes y hacerlos destacar. Nosotros los pintores debemos también rodear a nuestras figuras, pero de suerte que ese contorno fije la atención sobre ellas y sirva para enriquecerlas con todo el lustre que sacamos de lo que las rodea.
Lo que se llama toque es un abuso de ejecución. Es tan sólo la virtud de los falsos talentos, de los falsos artistas, que se alejan de la imitación de la naturaleza para mostrar su destreza. El toque, por muy hábil que sea, nunca debe ser evidente, porque de lo contrario, bloquea la ilusión y lo inmoviliza todo. En lugar del objeto representado deja ver el procedimiento; en lugar de la idea denuncia la mano.
Para tener éxito en un retrato es preciso, en primer lugar, familiarizarme con el rostro que se va a pintar, contemplarlo largo tiempo, con atención, y desde todos los puntos de vista, consagrando incluso a esto la primera sesión.
Con frecuencia, a un retrato le falta parecido porque el modelo ha sido mal situado, porque se le ha colocado en tan mala disposición de luces y de sombras que él mismo sería incapaz de reconocerse si se viera en el lugar donde fue pintado.
Hay retratos que será más conveniente pintar de frente, otros de tres cuartos o de lado y otros, en fin, de perfil. Algunos exigen mucha luz, otros causan mayor efecto entre sombras. Son sobre todo los rostros delgados los que necesitan sombra en las cuencas de los ojos, pues una cabeza cobra mayor efecto y carácter. Para ello, es preciso que la luz del sol venga de lo alto y en pequeña cantidad.
En los retratos es preciso disponer un gran fondo por encima de las cabezas; una parte de ese fondo será clara y la otra sombría.
01 Feb 2009
LA POESÍA : Aforismos y decires
Blanca extranjera mía
Cuadro de Miguel Oscar Menassa
507. La droga es sustituto de lo que me niego a resolver. Estudio, amor, poesía, sexo y, si fuera necesario y lo hubiera, trabajo.
511. No tengo ninguna ilusión y ésa es toda mi destreza. No era de esperar que floreciera y floreció.
512. La verdad se construye
el dinero circula
el pene no lo tiene nadie
el falo no tiene existencia reflejable
la poesía es producto efecto de un trabajo.
526. En poesía, no sólo quiero dejar una gran herencia, sino que quiero gozar, yo también, de esa herencia. Comenzar a gozar, ya mismo, de mi poesía y ese goce será aprte de la herencia.
528. Poesía, joya descuartizada para que a todos tocara su milagro.
531. En poesía siempre estoy perdido, verdaderamente perdido y, a la vez, seguro de estar en el camino correcto.
541. El poeta viaja por lo más sublime del hombre, lo que el hombre nunca podrá vivir del todo: su deseo, su escritura.
556. Cuando se trata de la poesía, no hay que detenerse aunque se ensombrezcan los rostros más bellos.
557. Para un poeta, sólo una apuesta. Saber elegir entre los mejores, los mejores.
569. El poeta se ocupa del aire, de lo que vuela, de lo que no se puede embalsamar.
573. ¡Parar la máquina, parar la máquina! Todo el mundo me lo dice, lo que no saben es que la máquina que manejo se llama poesía y se construyó para ir siempre para adelante. Detenerla es romperla.
578: Allá voy, poesía, a entregártelo todo, que ya casi no tengo.
582. Tengo que poder deslizarme lentamente, sobre todas las cosas, como un verdadero poeta.
585. Una página en blanco y un deseo, a veces, pueden más que mil personas todas juntas.
595. La poesía es ese revuelo de pájaros altisonantes, reina unificante de vuelos y caídas.
596. No hay razón que se imponga, en cuestiones de poesía todo paso es fértil.
01 Feb 2009
MATISSE por GUILLAUME APOLLINAIRE
He aquí un tímido ensayo sobre un artista en quien se combinan, creo, las más tiernas calidades de la fuerza de su simplicidad y la dulzura de sus claridades.
No hay relación entre la pintura y la literatura y he tratado en este aspecto de no provocar confusión alguna. Es que en Matisse la expresión plástica es la meta, así como para el poeta lo es la expresión lírica. Cuando yo vine hacia usted, Matisse, la gente lo miraba y, como ellos reían, usted sonrió.
Veían un monstruo, ahí donde se elevaba una maravilla.
Yo lo interrogaba y sus respuestas traducían las causas del equilibrio de su arte razonable.
“Yo trabajé –me dijo usted– para enriquecer mi cerebro satisfaciendo las diferentes curiosidades de mi espíritu. Me esforzaba en conocer los distintos pensamientos de maestros antiguos y modernos de la plástica. El trabajo fue también material porque trataba al mismo tiempo de comprender su técnica.”
Después, luego de servirme ese vino fuerte que sustrajo de Collioure, quiso volver al tema de las peripecias de ese peligroso viaje hacia el descubrimiento de la personalidad. Se va de la ciencia a la conciencia, es decir el olvido completo de todo lo que no estaba en usted mismo. ¡Qué dificultad! El tacto y el gusto son aquí los únicos gendarmes que pueden alejar para siempre lo que no hay que volver a encontrar en el camino. El instinto no guía. Se ha alejado, y se está en su búsqueda.
“Después –usted decía–, crecí al considerar mis primeras obras. Raramente engañan. Encontré en ellas una similitud que al principio tomé por una repetición, que sólo agregaba monotonía a mis cuadros. Era la manifestación de mi personalidad, que aparecía, cualesquiera que fuesen los diversos estados de ánimo por los que pasaba.”
El instinto resurgía. Usted sometía, finalmente, su conciencia humana a la inconsciencia natural. Pero esta operación se producía en determinado momento.
¡Qué imagen para un artista: los dioses omnipotentes, todopoderosos, pero sometidos al destino!
Usted me dijo: “Yo me he esforzado en desarrollar esta personalidad contando sobre todo con mi instinto y volviendo a menudo a los principios, y me decía a mí mismo cuando las dificultades me arredraban: ‘Tengo colores y una tela, y debo expresarme con pureza’. Debería hacerlo sumariamente poniendo, por ejemplo, cuatro o cinco manchas de colores, trazando cuatro o cinco líneas, que dieran una expresión plástica”.
Muchas veces se le reprochó esa expresión sumaria, mi querido Matisse, sin pensar que usted había realizado así uno de los trabajos más difíciles: dar existencia plástica a los cuadros sin el concurso del objeto, salvo para provocar sensaciones.
La elocuencia de sus obras proviene, ante todo, de la combinación de colores y líneas. Esa combinación es la que constituye el arte del pintor y no, como lo creen aún ciertos espíritus artificiales, la simple reproducción del objeto.
Henri Matisse bosqueja sus concepciones, construye sus cuadros mediante colores y líneas hasta darles vida a sus combinaciones, hasta que sean lógicas y formen una composición cerrada, donde no se podría quitar ni un color ni una línea sin reducir el conjunto a la búsqueda azarosa de algunas líneas y algunos colores.
Ordenar un caos, he ahí la creación. Y si la meta del artista es crear, hace falta un orden, en el que el instinto será la medida.
A quien trabaje así, la influencia de otras personalidades no podrá anularlo. Sus certezas son íntimas. Provienen de su sinceridad y las dudas que lo angustiarán pasarán a ser la razón de su curiosidad.
“Jamás he evitado la influencia de los otros –me dijo Matisse–. Yo habría considerado esa actitud como una cobardía y una falta de sinceridad frente a mí mismo. Creo que la personalidad del artista se desenvuelve, se afirma, por las luchas que tiene que librar contra otras personalidades. Si el combate le es fatal, si su personalidad sucumbe, ése y no otro era su destino.”
En consecuencia todas las escrituras plásticas, los egipcios hieráticos, los griegos refinados, los camboyanos voluptuosos, las producciones de los antiguos peruanos, las estatuillas de los negros africanos, proporcionadas de acuerdo con las pasiones que los han inspirado, pueden interesar a un artista y ayudarlo a la vez a desarrollar su personalidad. Al confrontar sin cesar su arte con las otras concepciones artísticas, al no cerrar su espíritu a las manifestaciones vecinas a las artes plásticas, Henri Matisse, cuya personalidad tan rica habría podido crecer tal vez aisladamente, se enriqueció y adquirió esa grandiosidad, esa dignidad que lo distingue.
Pero, curioso de conocer las capacidades artísticas de todas las razas humanas, Matisse permaneció antes que nada devoto de la belleza de Europa.
Europeos, nuestro patrimonio va de los jardines bañados por el Mediterráneo a los mares sólidos del Norte. Encontramos allí los alimentos que amamos y las sustancias aromáticas de otras partes del mundo sólo son especias para nuestro espíritu. Así Matisse consideró a Giotto, a Piero Della Francesca, a los primitivos sieneses, a Duccio, menos poderosos en volumen pero más ricos en espíritu. Y en seguida meditó sobre Rembrandt. Y colocándose en este punto de confrontación de la pintura, se observó a sí mismo para conocer el camino que habría de seguir confiadamente su instinto triunfador.
No estamos en presencia de una tentativa desmedida: lo propio del arte de Matisse es ser razonable. Que esta razón sea a veces apasionada, a veces tierna, no impide que se exprese con tanta pureza como para que se la entienda. La conciencia de Matisse es el resultado del conocimiento de otras conciencias artísticas. Matisse debe la novedad de su plástica a su instinto o a su propio conocimiento.
Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de ella, y que debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un árbol, un cielo o una idea. Ya que hay una relación entre nosotros y el resto del universo, podemos descubrirla y posteriormente no intentar sobrepasarla.
29 Ene 2009
AFORISMOS Y DECIRES sobre POESÍA
Cuadro de Miguel Oscar Menassa
347. Los libros pueden, a veces, con la vida del hombre.
382. La escritura es lo menos nuestro que tenemos, es ella entera, toda para el futuro.
395. Navegar por navegar no es mi oficio,
arrancar trozos de la nada y unirlos en conjuro,
ése es mi oficio silencioso y tenaz, como de versos,
mi oficio no se puede aprender, no sabe, es ciego.
397. Deletro tu nombre,
empecinadamente,
doy vueltas tu nombre,,
hago con tu nombre
una bella canción.
402. Las relaciones del dinero con el tiempo y con la escritura deben ser pensadas en varios sentidos y con todos los instrumentos a nuestro alcance. hasta encontrar la articulación que lo haga posible para nosotros. Es decir, para nuestra inteligencia, para nuestras fuerzas.
406. Escribir sin conciencia de estar haciéndolo, eso es lo que mejor escribe.
416. Vendrán, seguramente, los intelectuales a decirnos que el hombre necesita algo de pan, algo de vergüenza, algo de dignidad. Pero nosotros sabemos que, si se tratara de un fuergo, sería el incendio de las pasiones. No las incendiadas pasiones, sino las incendiadas pasiones quemadas por el fuego del símbolo, de la poesía.
421. Por eso soy feliz, porque lo debo todo. Fui amado por millones de seres. ¡Qué razón más poderosa de ser tienen mis versos!
431. Escribir tiene que ser un oficio secreto, como una gran amante que nadie conoce y todo el mundo la quiere amar. ¿A quién se le ocurre, si no es un tonto, decir que él sí puede con ella?
454. No soy, exactamente, la poesía, sólo algunas de sus permanencias: Una rosa no cuando se abre, sino cuando se recontra-abre y cae.
458.Nada en mí supone verdad, por eso es todo tan creativo en mí.
461. Estoy enamorado de la poesía y estoy enamoradao de la pintura y vivo enamorado de la mujer. De aquí a que me sienta engañado, pasarán más de doscientos años.
480. Ser nada es una tontería frente al juego que propongo. Diluirse en otros sin tener ninguna filosofía de la dilución. Pero, todavía, no es eso,tampoco es algo más.
No es un suspiro ni el viento que lo traza. Tal vez la nostalgia de un suspiro que no fue trazado.
No hubo viento, pero algo se movió en el mundo.
Fue el no de lo que es, ni vivo, ni muerto. Un abismo entre ambos. Un no tocado por la muerte.
Pero no es exactamente así, sino de sesgo o, bien, envuelto en torbellinos, donde la fuerza, la brutalidad del viento impide toda marca.
481. Soy un registro imposible.
Un rayo de luz que no se registra como luz.
Un velo que se cruza definitivamente antes que ocurra nada .
Después alguien imagina lo ocurrido que nunca ocurrirá y nadie considera verdadero ningún momento, sino aquél que nunca ocurrió.
491. Un grupo es un estallido, un instante. El resto, las ilusiones de los participantes que, ya institución, ya escritura, quieren seguir siendo jóvenes. Y, por ser un instante, un estallido como el amor, como la poesía, puede ocurrir en cualquier momento y con quien menos pensábamos.
20 Ene 2009
IDEA SOBRE LAS NOVELAS (MARQUÉS DE SADE) 1670
Cuadro de Miguel Oscar Menassa
Se llama novela a la obra fabulosa compuesta a partir de las aventuras más singulares de la vida de los hombres.
Pero, ¿por qué lleva el nombre de novela este género de obra?
¿En qué pueblo debemos buscar su fuente, cuáles son las más célebres?
Y, ¿Cuáles son, en fin, las reglas que hay que seguir para alcanzar la perfección del arte de escribirla?
He aquí las tres cuestiones que nos proponemos tratar....
.......
No ocurre lo mismo con los españoles, instruidos en el arte de la ficción por los moros, que a su vez la tenían de los griegos, cuyas obras, todas, de ese género poseían traducidas al árabe; hicieron deliciosas novelas, imitadas por nuestros escritores; luego volveremos sobre ello.
.......
Permítaseme retroceder un instante para cumplir la promesa que acabamos de hacer de echar una ojeada sobre España.
Desde luego, si la caballería había inspirado a nuestros novelistas en Francia, ¡hasta qué grado no había calentado igualmente los cascos allende los montes! El catálogo de la biblioteca de don Quijote, graciosamente hecho por Miguel de Cervantes, lo demuestran con toda evidencia; pero sea ello como fuere, el célebre autor de las memorias del mayor loco que haya podido venir a la mente de un novelista no tuvo ciertamente rivales. Su inmortal obra, conocida por toda la tierra, traducida a todas las lenguas, y que debe considerarse como la primera de todas las novelas, domina, sin duda, más que ninguna otra el arte de narrar, de entremezclar agradablemente las aventuras, y particularmente el de instruir deleitando. Este libro, decía Saint Evremond “es el único que releo sin aburrirme, y el único que quisiera haber hecho”. Las doce novelitas del mismo autor, llenas de interés, de sal y de finura, acaban por colocar en el primer rango a este escritor español, sin el que quizá nosotros no hubiéramos tenido ni la encantadora obra de Scarron ni la mayoría de las de Le Sage.
DEspués de D’Urfé y de sus imitadores, después de las Ariadna, las Cleopatra, los Faramundo, los Polixandro, de todas esas obras, en fin, en que el héroe, suspirando durante nueve volúmenes, se sentía muy feliz de casarse en el décimo; después, digo, de todo ese fárrago , hoy ininteligible, apareció Mme. de la Fayette (María-Madeleine Pioche de la Vergne, condesa de la Fayette (1634-1692) autora de La Princesa de Clêves , editada sin nombre de autor, en 1678), quien aunque seducida por el lánguido tono que encontró establecido en quienes la precedían, no obstante, abrevió mucho; y al hacerse más concisa, se volvió más interesante.
Apareció Fenelon , y creyó volverse interesante dictando poéticamente una lección a soberanos que jamás la siguieron.
..... Continuará....
18 Ene 2009
IDEA SOBRE LAS NOVELAS II . MARQUÉS DE SADE.
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Llantos del exilio
Miguel Oscar Menassa
...
A finales del mismo siglo, la hija del célebre Poisson (Mme. de Gómez 1684-1770), en un género muy distinto de los escritores de su sexo que la habían precedido, escribió obras que no por ello eran menos agradables, y sus Journées amusantes, así como sus Cent Nouvelles constituirán, a pesar de muchos defectos, el fondo de la biblioteca de todos los aficionados a este género.
Pero volvamos al siglo donde lo hemos dejado, acuciados por alabar a mujeres amables que daban en este género tan buenas lecciones a los hombres.
El epicureísmo de los Ninon de Lenclos, de las Marion de Lorme, del marqués de Sévigné y de La Fare, de los Chaulieu , de los Saint-Evremond , de toda esa sociedad encantadora que, de vuelta de las languideces del Dios de Citerea, comenzaba a pensar , como Buffon, que en el amor no había de bueno más que lo físico, cambió pronto el tono de las novelas. Los escritores que aparecieron luego sintieron que las insulseces no divertirían ya a un siglo pervertido por el Regente, un siglo de vuelta de las locuras caballerescas, de las extravagancias religiosas y de la adoración de las mujeres, y, pareciéndole más sencillo divertir a esas mujeres o corromperlas que servirlas o incensarlas, crearon sucesos, cuadros, conversaciones más a la moda del día; disimularon el cinismo, las inmoralidades, bajo un estilo agradable y festivo, a veces incluso filosófico, y , al menos, agradron si no instruyeron.
Crébillon escribió Le Sopha, Tanzai, etc. Novelas todas que elogiaban el vicio y se alejaban de la virtud, pero que, cuando fueron publicadas, debían pretender los mayores éxitos.
El objetivo de Voltaire fue completamente distinto: sin otro designio que dar cabida a la filosofía en sus novelas, abandonó todo por ese proyecto. ¡Con qué destreza lo logró! Y a pesar de todas las críticas, Candide y Zadig, ¿no serán siempre obras maestras?
Rousseau, a quien la naturaleza había concedido en delicadeza y en sentimiento lo que sólo dio a Voltaire en ingenio, trató la novela de muy distinta manera. ¡Cuánto vigor, cuánta energía en Héloise! Cuando Momo dictaba Candide a Voltaire, el Amor recorría con su llama todas las páginas ardientes de Julie, y se puede decir con razón que este libro sublime no podrá ser igualado jamás. Ojalá esta verdad haga caer la pluma de las manos de esa multitud de escritores efímeros que desde hace treinta años no cesan de darnos malas copias de ese inmortal original.
Mientras tanto, Marmontell (1723-1799) nos daba cuentos que él llamaba morales no porque enseñasen moral sino porque pintaban nuestras costumbres, aunque quizá excesivamente concebidas dentro del género amanerado y lacrimógeno de Marivaux. Por otra parte, ¿qué son esos cuentos? Puerilidades , escritas únicamente para mujeres y niños.
Finalmente, las novelas inglesas, las vigorosas obras de Richardson y de Fielding, vinieron a enseñar a los franceses que no es pintando las fastidiosas languideces del amor o de las aburridas conversaciones de alcoba como se puede obtener éxito en este género; sino trazando caracteres varoniles que, juguetes y víctimas de esa efervescencia del corazón conocida bajo el nombre de amor, nos muestren a la vez tanto los peligros como las desgracias; sólo de ahí pueden obtenerse estos desarrollos, estas pasiones tan bien trazadas en las novelas inglesas.
....
Hay que conocer todas las pasiones si se quiere trabajar este género; allí aprendimos que no siempre se interesa haciendo triunfar la virtud; que no es ni siquiera lo que debe guiar nuestro interés; porque cuando la virtud triunfa al ser las cosas como deben de ser, nuestras lágrimas se secan antes de derramarse; más si, tras las más rudas pruebas, vemos, finalmente, a la virtud abatida por el vicio, necesariamente nuestras almas se desgarran y habiéndonos emocionado excesivamente, habiendo ensangrentado nuestros corazones en la desgracia, como decía Diderot, la obra debe producir inevitablemtne interés, que es lo único que asegura los laureles.
...
Vinieron luego los escritores de mediados de este siglo: Dorat, tan amanerado como Marivaux, tan frío, tan poco moral como Crébillon, pero escritor más agradable que esos dos a quienes le comparamos; la frivolidad de su siglo disculpa la suya, y, además, poseyó el arte de captarla bien.
..
D'Arnaud , emuló a Prévost....
Rétif inunda al público; necesita una imprenta a la cabecera de su cama; afortunadamente , sólo ésta gemirá con sus terribles producciones; un estilo bajo y rastrero, aventuras asqueantes, simpre inspiradas en las peores companías..
Quizá debiéramos analizar aquí esas novelas nuevas, cuyos méritos principales son el sortilegio y la fantasmagoría , situando a su cabeza El Monje...resultó fruto indispensable de las sacudidas revolucionarias de que Europa entera se resentía. Para quien conociera todas las desgracias con que los malvados pueden abrumar a los hombres, la novela resultaba tan difícil de hacer como monótona de leer; no había ningún individuo que, en cuatro o cinco años, no hubiera sufrido más infortunios de los que en un siglo podría pintar el novelista más famoso de la literatura......Pero ¡cuántos inconvenientes presentaba esta manera de escribir!....o hay que desarrollar el sortilegio, y desde ese momento dejáis de interesaros, o no hay que levantar nunca el velo, y héos ahí en la inverosimilitud más horrible. ...
Antes de emprender nuestra tercera y última cuestión: ¿Cuáles son las reglas del arte de escribir novela?, creo que debemos responder a la perpetua objeción de algunos espíritus atrabiliarios que para darse el barniz de una moral de la que a menudo su corazón está muy lejos, no cesan de deciros: ¿Para qué sirven las novelas?
¿Que para qué sirven, hombres hipócritas y perversos? Porque sólo vosotros planteáis esa ridícula cuestión: sirven para pintaros tal como sois. Orgullosos individuos que queréis sustraeros al pincel porque teméis sus efectos: si uno puede expresarse así, por la novela el cuadro de costumbres seculares, es tan esencial como la historia, para el filósofo que quiere conocer al hombre; porque el buril de ésta sólo le pinta cuando se deja ver, y entonces , ya no es él; la ambición, el orgullo cubren su frente con una máscara que sólo nos representan a esas dos pasiones, y no al hombre. El pincel de la novela, por el contrario, capta su interior...lo toma cuando se quita la máscara, y el apunte, mucho más interesante, es al mismo tiempo mucho más verdadero; ésa es la utilidad de las novelas. Fríos censores que no las amáis, os parecéis a aquel lisiado que por eso decía: ¿Para qué sirven los retratos?
Continuará..
13 Ene 2009
UN LIBRO PARA PENSAR
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Cuadro de Miguel Oscar Menassa
Este libro abarca 50 años de producción escrita y muestra en 1560 aforismos y decires una manera de pensar en acto, un pensamiento en movimiento. Y aunque sea un libro de 1560 aforismos y decires y escritos a lo largo de 50 años, lo que sorprende es la unidad que de él se desprende.
Su seriedad es ser cierre de la serie de libros producidos que llevan la marca Miguel Oscar Menassa y apertura de los próximos.
Presentar un libro es dejar que el libro se haga presencia, es hablar desde él y que nos conduzca hasta él. En este libro hablan aforismos y decires, hablan de los seres hablantes y se dirigen a los seres hablantes, generando cada uno de ellos su propio silencio. Hablar de un libro es ponerse de camino, no para llegar y establecernos sino para encaminarse y abrir caminos.
Aforismos y decires, donde los aforismos se abren hacia los decires, pues los decires no se dejan capturar en ningún enunciado, sino que se mantienen en el rango de la enunciación. Los efectos de los decires agitan, remueven y conmueven a los seres que hablan. El aforismo se mantiene como una afirmación definicional o sentencia, renunciando al orden preconcebido y tiene el don de impactar por su evidencia.
“El aforismo trabaja políticamente”, podemos decir que es el arte de hacer posible lo imposible, es para todos, habla de algo para todos, “el aforismo puede conducir o salvar una vida”. El decir trabaja poéticamente, es el arte de hacer imposible lo imposible, habla de todos para algunos, “los decires pueden liberar una parte del mundo”. Los aforismos hablan de la humanidad, los decires hablan del sujeto, ambos son actuales, ambos tienen el poder de transformar el pasado y el futuro.
Decir es mostrar, dejar aparecer, dejar ver y oír, donde lo presente y lo ausente se dice, se muestra o se ausenta.
Detrás de este libro hay un pensamiento que nos habla, pero sabemos que no hay posibilidad de acceder a un pensamiento sin trabajo, sin trabajo de lectura y sin el trabajo de transformación necesario para hacerse el lector capaz de esa lectura.
En este libro lo particular y lo universal se cruzan sin encontrarse y sin perder el anudamiento que los sostiene como tales
Un sujeto desplegado en aforismos y decires, un sujeto que se muestra inevitable, estructurado como lenguaje, capaz de apropiarse de lo que le produce. Un sujeto que no se define, ni navega entre lo positivo y lo negativo como si fuera un átomo individual, sino un sujeto grupal, un sujeto que depende de sus relaciones sociales. El aforismo 1535 lo expresa así: “El desgaste no es de las células nerviosas, el desgaste es de lo que rodea la célula nerviosa, es decir, de las relaciones sociales”. O bien el aforismo 942 que dice: “Nuevas relaciones para que se rompan los espejos. Un grupo es, en tanto consiga ser una cadena humana inagotable”. O bien el decir 295, “Soy un grupo, una partícula de luz. Cuando miro, me incluyo en la mirada”.
En el prólogo podemos leer “la inteligencia del escritor tiene el don del desplazamiento”, el don de la metonimia, porque la metonimia del deseo es el corazón de la realidad más seria, la de los humanos, la única seria, la metáfora del sujeto.
El psicoanálisis es el pensamiento más moderno que se ha alcanzado hasta la actualidad y en estos aforismos y decires está presente como trabajo de interpretación.
Y esto se muestra claramente en estos aforismos:
1478 _La lástima es un dique incestuoso
1481_ El problema no es que alguien no sirva, sino que no deje servir a nadie.
1066_ Antes de la luz, no fue la oscuridad, fue la ceguera.
308_Todos los hombres tienen mujeres inolvidables. Todas las mujeres, siempre, se encuentran con un hombre y lo olvidan todo.
Y también en estos decires:
1458_ Alejo de mí toda venganza, dejo el rencor para los pobres , la vergüenza para las almas puras.
778- Un encuentro entre un hombre y una mujer , debería ser un encuentro sin esperanzas y, sin embargo, Ella ambiciona que él transforme su deseo , y Él ambiciona que ella hable de su deseo. Ambos saben que no podrán.
La doble otredad, la Otredad del lenguaje, es decir la Otredad del inconsciente , y la otredad del semejante, están presentes en el pensamiento que se sostiene y sostienen estos aforismos y decires.
Lo podemos observar en estos:
782. Un pedante es un hombre que tiene más de lo que es.
826- La poesía es de todos, y darme cuenta de esto me hará bien
842. Si soy poeta, algo habré de decir, algún día, que hiera la sensibilidad de los poderosos.
Y termino con el decir 873 que aunque es una enunciación define aforísticamente lo más característico del escritor Miguel Oscar Menassa, en tanto él mismo pertenece al pensamiento Psicoanálisis y Poesía, y todas sus producciones como poeta, psicoanalista, pintor, editor, cineasta, director de Escuela, están inmersas en esa manera de pensar.
“Psicoanálisis y Poesía quiere decir psicoanálisis y poesía; si es sólo psicoanálisis, es psicoanálisis, si es sólo poesía, es poesía, quiero decir: no es Grupo Cero”
Gracias por tu deseo puesto en tu trabajo incesante en la producción de poetas, psicoanalistas, actores, pintores, hombres, mujeres, y también porque tu escritura al tocar la vejez ha hecho que la podamos pensar de una manera diferente y nueva.
AFORISMOS Y DECIRES 1958-2008
MIGUEL OSCAR MENASSA
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