10 Ago 2008
Entrega 120. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Fin)
Aunque me faltan la necesaria experiencia y conocimiento porque no soy más que una débil mujer, sin embargo me gustaría, en la medida de mis capacidades, reunir aquí una especie de recordatorio de los sucesos que han marcado mi vida y ofreceros algo que os ayude a recordarlos. Y ruego a Dios aparte de mí la presunción al emprender una tarea para la que soy tan inepta. Vuestra autoridad, amabilidad y la gracia de Dios me han dispuesto a describir las maravillas del Verbo encarnado, aquel que vivió en este mundo, padeció y resucitó por nosotros. No parecía conveniente dejar que todas esas cosas cayeran en el olvido, ni mantenerse callado acerca de las que Dios ha mostrado a su sierva en nuestros días.
Bien conozco que parecerá mucho atrevimiento de mi parte el escribir este relato cuando son tantos los santos sacerdotes que lo harían mucho mejor, mas como humilde obedezco a mis mejores. Con la esperanza, pues, de que me excusaréis y concedáis gentilmente vuestra benevolencia, confiada también en la gracia de Dios, os ofrezco esta narración escrita con tinta y dedicada a la gloria de Dios, de quien todo procede.
Ante todo diré acerca de los primeros años de esta pecadora: como entró en este mundo y vivió sus años primeros, como se sometió a la disciplina de la vida monástica, cómo siguió el ejemplo de los santos y como observó e imitó su modo de vida. Hablaré de su juventud, el tiempo de su madurez y su ancianidad, incluso los años últimos sobre la tierra, combinando y ordenando los datos y entretejiéndolos en un hilo continuo.
Amén.
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Se acabó de escribir este libro el 17 de febrero de 2006
09 Ago 2008
Entrega 119. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
Un día, por su misericordia, envió a que se me apareciese santa Liduvina, que al igual que yo había vivido largos años de padecimientos y martirio, la cual me dijo: “Dios, al árbol que más quiere, y para que produzca mayor fruto, más lo poda, y a los hijos que más ama, más los hace padecer”. Y luego me aconsejó que pusiera ante la cama un crucifijo, y que de cuando en cuando mirara a Jesús crucificado y me comparara con él, y pensara que si Cristo había soportado tantos padecimientos, debía de ser porque a través del dolor se alcanza la santidad.
Al principio me resistí a seguir el consejo de la santa, y después huía de mirar el crucifijo y lloraba y me sentía muy infeliz. Pero de pronto empecé a fijar en él los ojos y a meditar en las heridas de Cristo, en sus angustias y tormentos y en su Santísima Pasión y recordando los sufrimientos de Jesús cambió totalmente mi modo de pensar y de padecer. En adelante ya no pedí a Dios que apartara de mí el cáliz de amargura que me había preparado, sino que me dediqué a rogarle me diera valor y amor para sufrir como Jesús por la conversión de los pecadores y la salvación de las almas.
Llegué a amar de tal manera mis padecimientos que repetía: "Si para evitar el dolor bastara con rezar una pequeña oración, no la rezaría".
Hallé mi verdadera "vocación", mediante mis penas convertir a los pecadores. Y para ello me dediqué a meditar con todas las fuerzas en la Pasión y Muerte de Jesús. En adelante los sufrimientos se me convirtieron en una fuente de gozo espiritual y en otras tantas "armas" y "redes" con las que apartaría del camino al infierno a los malos y los encaminaría al cielo.
La Sagrada Comunión y la meditación en la Pasión de Nuestro Señor me concedían valor, alegría y paz.
Entonces recibí de Dios nuevamente los dones de anunciar el futuro a muchas personas y de curar a numerosos enfermos orando por ellos. A los 2 meses de la concepción del ser que llevaba en el vientre, redoblaron en mí los éxtasis y visiones a los que ya estaba acostumbrada. Únicamente ahora se volvían más recios. Mientras el cuerpo quedaba como abandonado y sin vida, conversaba yo transportada con Dios, con la santísima Virgen y con mi ángel de la guarda. Unas veces Dios me mostraba los sufrimientos que Jesucristo padeció en su Santísima Pasión. Otras, me permitía contemplar los tormentos de las almas del Purgatorio, y en ocasiones, algunos de los goces que nos esperan en el cielo.
Después de cada éxtasis me afirmaba más y más en la dedicación a salvar las almas por medio del sufrimiento ofrecido a Dios, y al finalizar las visiones crecía en mí la angustia que me producía el sentir como mi embarazo llegaba a término, pero aumentaba también el amor con el que ofrecía todo por Nuestro Señor.
Poco a poco lo que llevaba en el seno se me fue imponiendo, sin sentirlo me invadía. Por fortuna dadas las vestiduras papales holgadas nadie se daba cuenta de mi estado interesante, que en otro caso hubiese causado un escándalo imposible. Pese a mi situación angustiosa, nadie me veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz, por penar por amor a Cristo y para convertir a los pobres pecadores. Y cosa rara, pese a que mi mal me resultaba tan agobiante, desprendía yo a mi alrededor un aroma embriagador con el que todos los que me rodeaban sentían el alma colmada de deseos ardientes de rezar y meditar.
Y el 14 de abril de 857, día de Pascua de Resurrección poco antes de las tres de la tarde, tuve una visión; contemplé como en la eternidad se me tejía una hermosa corona de premios; pero faltaba todavía un pedacito para terminarla. Eran los días últimos anteriores al parto. Con mucha paciencia ofrecí todo a Dios y luego oí una voz que me decía: "con tantos sufrimientos como todavía te faltan se completará la corona. Y ya podrás dar a luz tranquilamente".
Me pareció entonces oir el rumor como de una multitud que de pronto invadiera mis aposentos, los pasos de un ejército de gente, el roce de su calzado con las losas del suelo, el vuelo de sus amplias vestiduras que movían el aire a mi alrededor, y cuando me aprestaba a llamar a mis servidores y a pedirles cuentas de aquel inesperado tumulto, caí en la cuenta de que formaban aquella muchedumbre gozosa de caballeros y damas vestidos con el máximo esplendor diez mil mártires que escogidos de entre los innumerables de ellos venían a prepararme primero para la pasión y a convidarme después a compartir su eterno goce en el cielo.
La calle es mi Gólgota.
Las calles que recorro son mi vía crucis.
Y como me hubieran sacado en una procesión de rogaciones, yendo a caballo, revestida de los ornamentos pontificales, seguíame gran multitud de pueblo y de mujeres, y según que iba avanzando, tendían sus mantos en el suelo, para que mi cabalgadura los hollase, y toda la muchedumbre de los gozosos asistentes comenzó con grandes voces a alabar a Dios por toda la grandeza con que había revestido a su representante en la Tierra, y decían: “¡Bendito sea el Pontífice que viene en nombre del Señor!” “¡Paz en el cielo y gloria en las alturas supremas!”
Algunos miembros de la curia, a los que el desorden asustaba más que la injusticia, trataban de frenar los entusiasmos, y me pedían que hiciera callar a los que así exultaban, a lo que yo tuve que tranquilizarlos con estas palabras: “En verdad os digo que si estos callaran, las piedras clamarían”. De modo que de nuevo silenciosos, me dejaron seguir.
Las mujeres lloraban de emoción. Y volviéndome a ellas, les dije: “Mujeres de Roma, no lloréis sobre mí, sino sobre vosotras y sobre vuestros hijos. Porque no están lejos los días en que se ha de decir: “Dichosas las estériles y los vientres que no concibieron y los pechos que no amamantaron”.
Y cuando el cortejo llegaba ya cerca de la basílica de San Clemente, me asaltaron los dolores de parto, tan grandes, que sin poderlo evitar solté las riendas y caí del caballo, al tiempo que exclamaba: ¡Señor, Señor! ¿Por qué me has abandonado? Lanzaba horribles gritos, hasta que, en medio de la confusión y el revuelo, en medio de mis descompuestas vestiduras di a luz un niño.
Me internan en un convento
Como ya he dicho, escribo esta confesión por mandato de mis superiores. Al principio, ante el papel, no he sabido qué decir ni cómo comenzar. Me faltaban palabras y pensaba que mi vida estaba a la vista de todos y que fuera excusado contar lo que ya todos sabían. Me sentía como esos pájaros a los que alguien enseña a hablar, que luego demuestran no saber más que lo aprendido, y lo repiten una y otra vez. Mas después he pensado que el Señor pondría en los puntos de mi pluma lo que Él me dictase, de modo que si en algo he acertado, se entenderá que no ha sido mío, pues no habrá habido causa para ello, ya que mi poco entendimiento y habilidad para cosas semejantes de nada valdrían si el Señor, por su misericordia no supliera la carencia. Por fin Él me tranquilizó y animó a que escribiera. Se me apareció y me mostró el plan de la obra en forma de un laberinto de cristal hermosísimo, a la manera de un templo, con nueve entradas y aposentos, y en el último, que remataba el conjunto, estaba el Rey de la Gloria, con grandísimo resplandor.
En otra ocasión escribía a solas en mi celda cuando llegó el carcelero y me distrajo. Me sentí de pronto arrebatada en éxtasis, y cuando todo pasó, las páginas antes en blanco estaban ahora llenas de fina escritura.
A los venerables sacerdotes, diáconos, abades y amados hermanos en Cristo, a quienes nuestro santo obispo, en tanto que dirigente bueno y tierno padre, ha nombrado por toda la diócesis para ser sacerdotes, castos levitas, monjes y novicios, a todos los que viven bajo la observancia religiosa, yo, miserable hija de origen sajón, la última y la menor en la vida tanto como en las maneras, me atrevo a escribir por el bien de la posteridad y de la actualidad a vosotros que sois religiosos y predicadores del Evangelio el relato de mi vida que el pecado ha marcado. (Terminará)
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08 Ago 2008
Entrega 118. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
Así fue. De pronto me pareció que un soplo de viento sutil entraba quedo en la habitación. Me soñé al mismo tiempo desnuda. Fue como si de súbito dejase de sentir en el cuerpo el tacto de la ropa. Estaba aún vestida, pero me vestía una materia incorpórea, impalpable, como una tela de araña, infinitamente fina, infinitamente leve, inmaterial. Me sentía a un tiempo vestida y desnuda; sin embargo la certeza de hallarme vestida bastaba para impedirme tuviera conciencia de estar expuesta a la vista de todos tal como viniera al mundo. Mi pudor no padecía. Inmersa en el trance de gozo y suspense, levitando en el aire, hecha yo misma espíritu sin perder la materia, sentí una dulcísima voz que decía: “Alégrate, Juana, porque has hallado gracia a los ojos de Dios. He aquí que por obra del Espíritu santo concebirás un hijo, al que darás el nombre que mejor te parezca. Será motivo de escándalo; mas por él, tú, su madre, jamás serás olvidada. Pasados los siglos, se hablará de ti, por ser la primera de tu género que habrás presidido la Iglesia y representado a Dios en la Tierra”.
Así habló aquella voz. Me sentí poseída por el ángel de Dios. Y añadió: “Para pagar tus pecados y convertir a los pecadores, tendrás que escoger qué prefieres. ¿Los nueve meses que durará el embarazo y la vergüenza y humillación que padecerás cuando nazca tu hijo, o padecer 38 horas las penas del Purgatorio? Y yo le respondí: "prefiero 38 horas en el Purgatorio". Y sentí que me moría, iba al Purgatorio y empezaba a sufrir.
Pasaron 38 horas y 380 y 3.800 y mi martirio no terminaba, y al fin pregunté, "¿Por qué Nuestro Señor no me habrá cumplido el contrato que hicimos? Me dijo que me viniera 38 horas al Purgatorio y ya llevo en él 3.800".
Se me dio esta respuesta: "¿Cuántas horas crees haber estado en el Purgatorio?" ¡Pues 3.800! –dije. “¿Sabes cuánto tiempo ha transcurrido desde que escogiste entre lo que se te proponía? ¡No han pasado aún cinco minutos, y ya imaginas que van 3.800 horas!". Al oír tales palabras, me asusté y grité: Dios mío, prefiero entonces terminar la gestación y dar a luz a la vista de todos. Y aquella voz sentenció: “Bien, pues lo has querido, padecerás aquí abajo, vivirás la pasión como antes la ha padecido Jesús. Sentirás el oprobio con que la multitud de los necios habrá de cubrirte, te escupirán y te golpearán; te aterrarán sus gritos de odio; pero no debes temer. Dios lo ha dispuesto y estará siempre contigo”.
Aquí se calló de veras la Voz del Señor. Sentí que todo volvía a ser como era. Ya no soplaba el viento. En la habitación todo se había calmado y de nuevo el aposento era vulgar. Y yo ya no levitaba suspensa en el aire. Me arrodillaba en el reclinatorio al pie de la cama, como si nada hubiera pasado. Pero no lo había soñado. Al sentirse existente en carne y sangre mortales, el niño que albergaba ya en el seno dio muestras de gozo. Y supe que lo anunciado se había cumplido.
Por fin en su infinita dulzura y providencia Dios había atendido a mis súplicas; me concedía el don de hacer milagros, don que tanto había deseado. Iba a dar a luz un hijo, y no hay milagro comparable al de la concepción. A su lado, los que hasta el momento había ido realizando eran menos que nada. ¿Qué eran el convertir el agua en vino, con cinco panes dar de comer a una multitud o incluso resucitar a un leproso, ante el prodigio de dar vida a un ser vivo? Dios nunca hubiera podido hacerme un regalo mayor.
Mas por de pronto y pasadas las horas se impuso la realidad concreta. No todos iban a compartir necesariamente mi entusiasmo ante tal don. Durante nueve meses tendría que disimular mi nueva condición, hacer como si nada hubiera pasado. Era preciso que nadie supiese lo ocurrido. Puesto que se me había asegurado que Él estaría siempre conmigo, llegada le fecha del inevitable parto, Dios proveería.
Mas el pensamiento de lo que inevitablemente se me había venido encima me colmó de angustia. Así como Jesucristo había padecido en el huerto de los olivos, también yo padecí. Llegada la noche y al igual que Él, sudé agua y sangre. Sudé de temor y congoja y tras arrodillarme en las losas de mármol del frío pavimento oré diciendo: “Dios Todopoderoso, si quieres, traspasa de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la Tuya”. Entonces venido directamente del cielo se me apareció un ángel que me confortaba. Y entré en agonía, y oré más intensamente. Y el sudor se me hizo como gotas de sangre que caían al suelo. Y queriendo llamar a mis asistentes, hallé que en la cámara de al lado dormían, descuidados de lo que me habría de sobrevenir. Y entre dientes los felicité, porque sobre ellos no pesaba la responsabilidad que pesaba sobre mí. Mas ellos siguieron durmiendo.
Transcurridas al fin aquellas oscuras horas de triste ansiedad y llegado el nuevo día con su vigorizante resplandor, a solas conmigo misma meditaba en la rueda de la vida. Se repetía la historia. Nada nuevo había bajo el sol. Así como había fecundado a mi madre el viento del norte o aquilón en que el santo Espíritu se había materializado, ahora me fecundaba a mí. Así como yo había nacido de madre virgen, no poseída por varón de carne, nacería de madre intocada mi hijo, por la voluntad y el efecto de Dios.
Hablé antes del milagro y maravilla que suponía el concebir a un ser viviente. Del mismo modo lo era el concebirlo sin recurrir a las fastidiosas relaciones, y aun más cuando la edad ya era avanzada, pues entre afanes e inquietudes también a mí se me habían ido pasando sin sentir los días de la fertilidad. Aunque todavía no era una anciana, pues todo lo que aquí relato sucedía a mis 32 años cumplidos, ya hacía tiempo que se me había pasado la edad de la prometedora juventud primera.
No era yo la primera y ciertamente no sería la última a quien tales prodigios sucedían. Pues dejando aparte a la santísima Virgen, de quien había nacido Jesús, a santa Isabel, su prima, a santa Ana, su madre, a Sara, la mujer de Abraham, todas las cuales habían concebido de manera incomún, unas cuando ya no tenían esperanza de hacerlo, otras sin intervención de varón, también a santa Ilduara, mujer ya de edad avanzada, un ángel impalpable había anunciado que por obra del Espíritu santo había quedado preñada de un hijo que luego había de ser san Rosendo, de bendita memoria.
Ocupada con estos pensamientos me vino de pronto a las mientes la idea de que siempre un ángel anunciaba los prodigios, y nunca “una” ángel, así como siempre tentaba a las gentes un demonio, y no “una” demonio. Es decir, se daba por supuesto que para servirlo y cantar sus alabanzas Dios había creado seres espirituales de un solo género, equiparables en todo caso a los varones, lo que muy bien cupiera interpretar como ejemplo de incomprensible discriminación por parte del Altísimo. Si bien y como era sabido “los ángeles no tienen sexo”, la cuestión era curiosa.
También era curiosa la historia de origen gnóstico si no recuerdo mal, según la cual en una ocasión tres ángeles se habían enamorado de tres mujeres mortales. ¿Cómo podrían haberse enamorado si no tenían sexo? Daba que pensar.
No sé hasta que punto los que me rodeaban habrían considerado heréticos tales pensamientos. En todo caso me consolé con la idea de que dada la infalibilidad que generalmente se me reconocía, la Fe no era algo que estuviese dado de antemano: yo hacía la Fe.
Volviendo a lo práctico de todos los días, comenzó para mí un horroroso martirio. Cada vez me aquejaban más incómodas molestias. Sentía náuseas continuas, aborrecía muchos manjares que antes me habían complacido, padecía jaquecas interminables, no hallaba posición en la cama que me permitiera dormir cómoda, tenía fiebre y mi sed era insaciable.
Por suerte nadie imaginaba siquiera lo que ante sus ojos estaba sucediendo.
Pasaban los días y yo no acababa de aceptar el destino que Dios me había señalado. Cuando inmóvil en la cama oía el ajetreo de tantos como en palacio se entregaban afanosamente a sus tareas, despreocupados de otra cosa, me ponía a llorar y preguntaba al Señor por qué me había escogido para tan amarga pasión.(Continuará)
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07 Ago 2008
Entrega 117. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
Entonces corría por el convento bramando como una ménade y gritaba: «¡amor, amor, amor, ah, no más amor, ya basta!». En el jardín, según su confesor, arrancaba «todo lo que caía en sus manos» y, ya fuera verano o invierno, a causa «de la gran llama de amor celestial que la consumía» y que ella a veces apagaba en el pozo vertiendo agua «sobre sus pechos», se desgarraba el vestido. «Se movía con increíble rapidez» y el 3 de mayo, en el coro de la capilla en la fiesta de la Invención de la Cruz, saltó nueve metros de altura para agarrarse a un crucifijo. Luego soltó el santo cuerpo, se descubrió los senos y los ofreció al Señor para que las monjas lo besaran.
«Amor vincit omnia»: el Amor todo lo vence.
Ángela de Foligno, que como ya he dicho se bebía el agua de lavar a los leprosos, no saltaba hacia Jesús, sino que Él mismo la perseguía enamorado. «¡Mi dulce, mi amada hija, mi amada, mi templo!» languidecía por ella. «Toda tu vida, tu alimento, tu bebida, tu sueño, sí, toda tu vida me agrada. Haré grandes cosas a través de ti a los ojos de todos. Amada hija, mi dulce esposa, ¡te amo tanto! El Dios Omnipotente te ha dado mucho amor, más que a ninguna otra mujer de esta ciudad. Se ha deleitado por ti.
En Silesia, región alemana, el cantor clerical Ángelus Silesius había escrito un opúsculo y lo había titulado 'Placer santo de almas o églogas espirituales de la Psique enamorada de Dios': « ¡Alma enamorada! Aquí te entrego las églogas espirituales y ansias amorosas de la esposa de Cristo a su Esposo, con lo cual te complacerás a tu gusto, y en los desiertos de este mundo suspirarás por tu amado Jesús, tu tesoro, íntima y amorosamente, como una casta tortolita».
Los libros de cánticos de iglesia rebosaban de poemas como « ¡Oh, Rosamunda, ven y bésame!» «Estrella polar de las almas enamoradas». «Que yo esté enamorado, tu juicio enamorado lo provoca». «Príncipe de las Alturas, que me prometiste matrimonio» y otros similares.
Un poema de iglesia (que se cantaba con la melodía de «Jesús de mi corazón, contento mío») comenzaba:
Ven, paloma mía, placer purísimo,
ven, que nuestro lecho está floreciendo.
Fogoso placer, oh, casto lecho, en él mi amor me encuentra,
del dulce matrimonio el yugo entre nosotros dispones:
por eso te ofreces, por eso penetras, mi espíritu quiere que lo atravieses, y sólo tu juego al fin padecer (...)
En otro Libro de Cánticos brillaban las estrofas:
Te busco en el lecho hasta la mañana,
oculta en la alcoba de mi corazón:
te callo o te llamo, recorro el gentío
y me ven perseguirte, Jesús, por amor.
Le tengo, le retengo, y no quiero perderle,
deseo que me acoja y deseo abrazarle,
quisiera introducirlo en la alcoba de la madre;
así disfrutaré de todas sus mercedes,
Otros escritos edificantes irradiaban el mismo espiritual arrullo:
Amor mío, tesoro mío, Esposo mío, me tiendo en tu regazo,
penetro en tu corazón, tú nunca te desprenderás de mí;
quiero estar embarazada de ti (...)
Y así otros muchos.
Algunas metáforas daban que pensar: Más adentro, más adentro, al costadito se allega un pajarillo que acaba de venir para cantar exultante «pleurae gloria» y en la dulce herida acomodarse. Lo atrae el imán primigenio, en un tierno arrobo se mantiene erguido y no hay para él bien mayor en estima que aquel cuerpo amado del que está prendido.
La herida del costado de Jesús era «herida-ahejilla», «herida-pañito», «herida-pececillo»; y se leía: «se desliza en el huequecito del costado», «hurga en él», «roe», «lo lame».
Ay, al hueco de la lanza, acerca tu boca, que besado, besado ha de ser.
Y se ensalzaba el falo como «miembro secretísimo» de los «ungüentos conyugales».
El prepucio de Jesús atrajo la curiosidad de numerosos siervos y siervas de Dios.
Los Padres de la Iglesia se habían preguntado si se había podrido; si se había vuelto demasiado pequeño o había crecido milagrosamente; si se fabricó el Señor uno nuevo; si lo tenía en la última Cena, cuando convirtió el pan en su cuerpo; si en el Cielo tenía prepucio y era adecuado a su grandeza; cuál era la relación de su divinidad y el prepucio; si también se extendía al prepucio la divinidad al prepucio; y en cuanto a la reliquia, si podía ser auténtica; si se la debía adorar, como otras reliquias, o simplemente venerar.
Al menos trece lugares se vanagloriaban de poseer el prepucio verdadero de Jesús: la iglesia de Letrán, la de Charroux (junto a Poitiers), en Amberes, París, Brujas, Bolonia, Besançon, Nancy, Metz. Le Puy, Conques, Hildesheim, y Cálcala. Un ángel se lo había entregado a Carlomagno y él lo había llevado a Roma.
Un monje exaltaba el prepucio de Jesús como anillo de compromiso para sus esposas. «Según ha dejado escrito una doncella tenida por santa –decía aquel santo varón- en el misterio de la circuncisión, Jesús envía a sus esposas el anillo de carne de su preciosísimo prepucio. No es duro; enrojecido con sardónice, lleva la leyenda 'por la sangre derramada', y otra inscripción recuerda el amor, es decir, el nombre de Jesús. Fabricó este anillo el Espíritu Santo, en el taller del purísimo útero de María. El anillo es blando y si te lo pones en el dedo adecuado, hará de un corazón de piedra uno de carne compasivo. Es resplandeciente y rojo porque nos vuelve capaces de derramar nuestra sangre y de resistir al pecado, y porque nos convierte en seres puros y piadosos».
Santa Catalina de Siena, que rodaba por el suelo gritando, suplicando los «abrazos» de su «dulcísimo y amadísimo joven Jesús, llevaba en el dedo el prepucio (invisible) de Cristo, que Él mismo le había regalado. Y a menudo y con muchísima timidez declaraba a su confesor que veía el anillo constantemente, que no había un solo momento en que no lo notara; y una vez muerta, diversas personas piadosas que rezaban ante sus restos también veían el anillo, aunque era invisible para el resto. La misma gracia se le había concedido a dos jóvenes de la Aquitania francesa que tenían los estigmas, Célestine Fenouil y Marie Julie Jahenny; en esta última, catorce hombres vieron cómo el anillo que llevaba se hinchaba y enrojecía bajo la piel.
También una monja vienesa, Agnes Blannbekin, había sabido del prepucio divino.
Casi desde la adolescencia, había echado de menos esa parte que Jesús había perdido: el ilocalizable pellejo del pene. Siempre que llegaba la fiesta de la Circuncisión, solía llorar con íntima y muy sincera compasión que Cristo hubiera derramado su sangre desde el mismo comienzo de su vida. Y en una de estas fiestas, justo después de la comunión, lo sintió en la lengua. Mientras lloraba y me compadecía de Cristo –relataba ella- comencé a pensar en dónde estaría el Prepucio; y de pronto sentí en la lengua un pellejito, como la película de la cáscara de un huevo, de una dulzura superlativa, y me lo tragué. Apenas lo había tragado, de nuevo sentí en la lengua el dulce pellejo, y una vez más me lo tragué. Y lo hice unas cien veces... Y se me reveló que el Prepucio había resucitado con el Señor el día de la Resurrección. Tan grande fue el dulzor cuando me tragué el pellejo, que sentí en todos los miembros una dulce transformación.
Concibo por obra del viento del norte.
Puesto que renunciando al amor profano me había privado adrede de la cópula ordinaria, si no quería morir estéril y sin descendencia no me quedaba otro recurso que poner en manos de un espíritu la concepción del retoño.
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Entonces corría por el convento bramando como una ménade y gritaba: «¡amor, amor, amor, ah, no más amor, ya basta!». En el jardín, según su confesor, arrancaba «todo lo que caía en sus manos» y, ya fuera verano o invierno, a causa «de la gran llama de amor celestial que la consumía» y que ella a veces apagaba en el pozo vertiendo agua «sobre sus pechos», se desgarraba el vestido. «Se movía con increíble rapidez» y el 3 de mayo, en el coro de la capilla en la fiesta de la Invención de la Cruz, saltó nueve metros de altura para agarrarse a un crucifijo. Luego soltó el santo cuerpo, se descubrió los senos y los ofreció al Señor para que las monjas lo besaran.
«Amor vincit omnia»: el Amor todo lo vence.
Ángela de Foligno, que como ya he dicho se bebía el agua de lavar a los leprosos, no saltaba hacia Jesús, sino que Él mismo la perseguía enamorado. «¡Mi dulce, mi amada hija, mi amada, mi templo!» languidecía por ella. «Toda tu vida, tu alimento, tu bebida, tu sueño, sí, toda tu vida me agrada. Haré grandes cosas a través de ti a los ojos de todos. Amada hija, mi dulce esposa, ¡te amo tanto! El Dios Omnipotente te ha dado mucho amor, más que a ninguna otra mujer de esta ciudad. Se ha deleitado por ti.
En Silesia, región alemana, el cantor clerical Ángelus Silesius había escrito un opúsculo y lo había titulado 'Placer santo de almas o églogas espirituales de la Psique enamorada de Dios': « ¡Alma enamorada! Aquí te entrego las églogas espirituales y ansias amorosas de la esposa de Cristo a su Esposo, con lo cual te complacerás a tu gusto, y en los desiertos de este mundo suspirarás por tu amado Jesús, tu tesoro, íntima y amorosamente, como una casta tortolita».
Los libros de cánticos de iglesia rebosaban de poemas como « ¡Oh, Rosamunda, ven y bésame!» «Estrella polar de las almas enamoradas». «Que yo esté enamorado, tu juicio enamorado lo provoca». «Príncipe de las Alturas, que me prometiste matrimonio» y otros similares.
Un poema de iglesia (que se cantaba con la melodía de «Jesús de mi corazón, contento mío») comenzaba:
Ven, paloma mía, placer purísimo,
ven, que nuestro lecho está floreciendo.
Fogoso placer, oh, casto lecho, en él mi amor me encuentra,
del dulce matrimonio el yugo entre nosotros dispones:
por eso te ofreces, por eso penetras, mi espíritu quiere que lo atravieses, y sólo tu juego al fin padecer (...)
En otro Libro de Cánticos brillaban las estrofas:
Te busco en el lecho hasta la mañana,
oculta en la alcoba de mi corazón:
te callo o te llamo, recorro el gentío
y me ven perseguirte, Jesús, por amor.
Le tengo, le retengo, y no quiero perderle,
deseo que me acoja y deseo abrazarle,
quisiera introducirlo en la alcoba de la madre;
así disfrutaré de todas sus mercedes,
Otros escritos edificantes irradiaban el mismo espiritual arrullo:
Amor mío, tesoro mío, Esposo mío, me tiendo en tu regazo,
penetro en tu corazón, tú nunca te desprenderás de mí;
quiero estar embarazada de ti (...)
Y así otros muchos.
Algunas metáforas daban que pensar: Más adentro, más adentro, al costadito se allega un pajarillo que acaba de venir para cantar exultante «pleurae gloria» y en la dulce herida acomodarse. Lo atrae el imán primigenio, en un tierno arrobo se mantiene erguido y no hay para él bien mayor en estima que aquel cuerpo amado del que está prendido.
La herida del costado de Jesús era «herida-ahejilla», «herida-pañito», «herida-pececillo»; y se leía: «se desliza en el huequecito del costado», «hurga en él», «roe», «lo lame».
Ay, al hueco de la lanza, acerca tu boca, que besado, besado ha de ser.
Y se ensalzaba el falo como «miembro secretísimo» de los «ungüentos conyugales».
El prepucio de Jesús atrajo la curiosidad de numerosos siervos y siervas de Dios.
Los Padres de la Iglesia se habían preguntado si se había podrido; si se había vuelto demasiado pequeño o había crecido milagrosamente; si se fabricó el Señor uno nuevo; si lo tenía en la última Cena, cuando convirtió el pan en su cuerpo; si en el Cielo tenía prepucio y era adecuado a su grandeza; cuál era la relación de su divinidad y el prepucio; si también se extendía al prepucio la divinidad al prepucio; y en cuanto a la reliquia, si podía ser auténtica; si se la debía adorar, como otras reliquias, o simplemente venerar.
Al menos trece lugares se vanagloriaban de poseer el prepucio verdadero de Jesús: la iglesia de Letrán, la de Charroux (junto a Poitiers), en Amberes, París, Brujas, Bolonia, Besançon, Nancy, Metz. Le Puy, Conques, Hildesheim, y Cálcala. Un ángel se lo había entregado a Carlomagno y él lo había llevado a Roma.
Un monje exaltaba el prepucio de Jesús como anillo de compromiso para sus esposas. «Según ha dejado escrito una doncella tenida por santa –decía aquel santo varón- en el misterio de la circuncisión, Jesús envía a sus esposas el anillo de carne de su preciosísimo prepucio. No es duro; enrojecido con sardónice, lleva la leyenda 'por la sangre derramada', y otra inscripción recuerda el amor, es decir, el nombre de Jesús. Fabricó este anillo el Espíritu Santo, en el taller del purísimo útero de María. El anillo es blando y si te lo pones en el dedo adecuado, hará de un corazón de piedra uno de carne compasivo. Es resplandeciente y rojo porque nos vuelve capaces de derramar nuestra sangre y de resistir al pecado, y porque nos convierte en seres puros y piadosos».
Santa Catalina de Siena, que rodaba por el suelo gritando, suplicando los «abrazos» de su «dulcísimo y amadísimo joven Jesús, llevaba en el dedo el prepucio (invisible) de Cristo, que Él mismo le había regalado. Y a menudo y con muchísima timidez declaraba a su confesor que veía el anillo constantemente, que no había un solo momento en que no lo notara; y una vez muerta, diversas personas piadosas que rezaban ante sus restos también veían el anillo, aunque era invisible para el resto. La misma gracia se le había concedido a dos jóvenes de la Aquitania francesa que tenían los estigmas, Célestine Fenouil y Marie Julie Jahenny; en esta última, catorce hombres vieron cómo el anillo que llevaba se hinchaba y enrojecía bajo la piel.
También una monja vienesa, Agnes Blannbekin, había sabido del prepucio divino.
Casi desde la adolescencia, había echado de menos esa parte que Jesús había perdido: el ilocalizable pellejo del pene. Siempre que llegaba la fiesta de la Circuncisión, solía llorar con íntima y muy sincera compasión que Cristo hubiera derramado su sangre desde el mismo comienzo de su vida. Y en una de estas fiestas, justo después de la comunión, lo sintió en la lengua. Mientras lloraba y me compadecía de Cristo –relataba ella- comencé a pensar en dónde estaría el Prepucio; y de pronto sentí en la lengua un pellejito, como la película de la cáscara de un huevo, de una dulzura superlativa, y me lo tragué. Apenas lo había tragado, de nuevo sentí en la lengua el dulce pellejo, y una vez más me lo tragué. Y lo hice unas cien veces... Y se me reveló que el Prepucio había resucitado con el Señor el día de la Resurrección. Tan grande fue el dulzor cuando me tragué el pellejo, que sentí en todos los miembros una dulce transformación.
Concibo por obra del viento del norte.
Puesto que renunciando al amor profano me había pri-vado adrede de la cópula ordinaria, si no quería morir estéril y sin descendencia no me quedaba otro recurso que poner en manos de un espíritu la concepción del retoño.
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06 Ago 2008
Entrega 116. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
María ofrecía el pecho a numerosos devotos. Del beato Alano de la Roche, célebre predicador de la Bretaña francesa, se decía admirado: «De tal manera correspondió María a su amor que, ante el mismo Hijo de Dios acompañado de muchos ángeles y almas escogidas, tomó por esposo a Alano y con su boca virginal le dio un beso de paz eterna, le dio a beber de sus castos pechos y como señal de matrimonio le puso en el dedo un anillo y al cuello una gargantilla hecha de sus propios cabellos (los de la Virgen, que al parecer los tenía ensortijados).
La Virgen sentía por él especial predilección pues lo visitaba a menudo, al parecer para instruirlo acerca de la manera de salvarse y convertirse en un buen sacerdote y perfecto religioso, además de perfecto imitador de Jesucristo. En cierta ocasión le había dicho: “En tu juventud pecabas sin tasa, pero obtuve de mi Hijo que te convirtieras, he intercedido por ti ante Él y de ser posible hubiera deseado padecer toda clase de penas para salvarte, pues me glorío de los pecadores a los que llevo a dolerse de sus yerros pasados”.
La Virgen nos daba aquí un ejemplo de lo que es amar de verdad. En otra ocasión los demonios atormentaban horriblemente a aquel santo varón y lo tentaban, con lo que lo reducían a la mayor de las tristezas y poco menos que a la desesperación, pero ella, la Virgen, lo consolaba y con su presencia disipaba todas aquellas tinieblas y nubes.
San Bernardo de Claraval había gozado igualmente de los favores íntimos de Nuestra Señora. Según él mismo decía «este santo ósculo (que él daba a María) es de efectos tan violentos que la Novia recibe al punto lo que de ella surge, y sus pechos se hinchan y rebosan de leche». Cuando no la besaba, los ángeles lo rociaban con la leche de los pechos de María. Y rogaba a la madre de Dios: «Monstra te esse matrem», con lo que ella, inmediatamente, descubría su pecho y amamantaba al orante: «monstro me esse matrem». Ya en su infancia, él había contemplado en una visión cómo el niño Jesús surgía «ex útero matris virginis». El útero de María lo fascinaba.
En cuanto a las santas, la beata Margarita Ebner dormía junto a una cuna en la que había una imagen de palo del Niño Jesús. Un día oyó que el Señor le decía: ¿me amas sobre todas las cosas? Y como ella callase al parecer desconcertada, él añadía: pues si no me amamantas me apartaré de ti. Obediente al fin, Margareta había acercado a su pecho desnudo la imagen, con lo que había sentido un placer inenarrable. Pero Jesús no se había calmado, la importunaba, se le aparecía hasta en sueños, de modo que ella lo amonestaba: «'¿por qué no eres más considerado y me dejas dormir?' Mas él le respondía mimoso: 'no quiero dejarte dormir, tienes que cogerme'. De modo que, ansiosa y contenta -dice ella- lo cogí de la cuna y me lo coloqué en el regazo. Era un niño de carne y hueso. Entonces le dije: 'bésame, para que olvide que me has quitado la tranquilidad'. Con lo que él me abrazó, me agarró del cuello y me besó. Después le pedí que me dejara ver la santa circuncisión. Y él me la enseñó».
También Elisabeth Beckün gozaba del amor de Jesús, que se le acercaba «muy en secreto» y se sentaba en un banco frente a ella. «Entonces ella saltó llena de gozo, como fuera de sí, y se lo acercó y lo tomó en su regazo y se sentó en el lugar que Él había ocupado y lo piropeó, aunque no se atrevía a besarlo, hasta que, arrebatada de anhelo, con amor sincero le habló de este modo: 'ay, corazón mío, ¿osaré besarte acaso?'. Y Él le respondió: 'sí, por el ansia de tu corazón, tanto como tú quieras'». Así ha quedado escrito.
Otra esposa de Jesús cantaba a su Amado: “ungüento derramado, infatigable y complaciente bullidor, que me enciendes y me consumes con el más amable de los fuegos. Las delectaciones de mi alma quieren derramarse hacia el exterior o hacia la parte inferior, pero el espíritu envía todo hacia arriba”.
En el monasterio de Helfta (junto a Eisleben), Matilde de Magdeburgo se encendía y consumía en el lecho del amor. Tenía que amar con todos los miembros: «hay que amar y hay que amar / y nada distinto se puede empezar»; no podía rechazar nunca más el amor, tenía que manar amor. «A mí, indigna pecadora, a mis doce años, estando sola, me besó el Espíritu Santo, en flujo sobremanera dichoso» -confesaba. Y cada vez fluía con mayor frecuencia, tanto si cantaba: «Amor manar, / dulce regar» o bien: «¡Oh Dios, que fluyes en Tu amor!», o si se sentía «campo seco» y suplicaba: Ea, amadísimo Jesucristo, envíame ahora la dulce lluvia de Tu humanidad. Mientras tanto, aseveraba constantemente que quería vivir y fluir inmaculada y pura.
No sólo ella andaba tras el Señor; también Él la codiciaba y estaba enfermo de amor. «Señor, Tú estás todo el tiempo enfermo de amor por mí» -revelaba la santa. Y Él entonaba dulcemente: «tienes que sentir dolor sin fin / en tu cuerpo»; «eres mi almohada», «mi lecho de amor»; «siente el arroyo de Mi ardor»; y fluía a su vez, y de nuevo la hacía fluir.
Si Yo brillo, debes quemar, si Yo fluyo, debes manar.
La «roca excelsa» -así lo llamaba ella- quería «vivir con ella, como esposo», le prometía «un dulce beso en la boca», y la apremiaba para que «le concediese enfriar en ella el ardor de Su Divinidad, el anhelo de Su Humanidad y el gozo del Espíritu Santo» Repetidamente, las Tres Personas se la disputaban y hacían muy variado su deleite; a la hora de recibir ella a Nuestro Señor, los tres, Padre, Hijo y Espíritu santo, fogosamente, desde lo alto intervenían: Era la energía de la Santísima Trinidad y el bendito fuego celestial, tan cálido.
Matilde suspiraba:
Oh, Señor, mimas demasiado mi encenagado calabozo.
Y el divino Esposo replicaba:
Amado corazón, reina mía, ¿qué atormenta tus impacientes sentidos? Si te hiero hasta lo más profundo, al momento, con todo mi amor te unjo.
A menudo, con todo su poder, Dios la consolaba en el lecho del amor.
Algunas doncellas amaban hasta perder el sentido. Gerburga de Herkenheim, a quien la dulzura del cielo penetraba en el interior del cuerpo como una fuente efervescente de vida, era presa de tal ardor que se desplomaba inconsciente.
De Elisabeth von Weiler escribía una compañera: “Su mirada era tan elevada y tan tamizada de gracia que quedaba tendida a menudo uno, dos, tres días, de modo que sus sentidos exteriores nada percibían. En cierta ocasión en que yacía en tal estado, llegó al convento una mujer de la nobleza. Como no quería creer que nuestra hermana había perdido el sentido merced a la gracia, se le acercó y le hundió una aguja en los talones. Mas debido a su ardiente amor, Elisabeth nada sintió”.
También santa Catalina de Siena quedaba tendida durante horas en un «estado de muerte aparente» y aunque se la sometía igualmente a la prueba de las agujas, «el sentimiento de amor» sujetaba «todos sus miembros».
A sus 26 años santa Catalina de Génova no soportaba el ardor. «Toda el agua del mundo –gritaba- no me refrescaría lo más mínimo». Y se arrojaba por tierra: «amor, amor, no puedo más». Un fuego sobrenatural la consumía. Metía las manos en el agua y la hacía hervir; hasta el vaso se recalentaba. También la alcanzaban afilados dardos «de amor celestial». En una ocasión la hirieron tan profundamente que perdió el habla y la vista durante tres horas. Con señas daba a entender que tenazas al rojo le apretaban el corazón y otros órganos internos. Y arrodillada ante su confesor sentía en el corazón la herida del inconmensurable amor de Dios.
Igual que ella, madame Guyon, a los diecinueve años, notó «en el momento en que conoció a su confesor», «una profunda herida que me colmó de amor y de embeleso, una herida tan dulce que deseaba que nunca sanara».
Santa María Magdalena dei Pazzi, que solía flagelarse y lacerarse con espinas, a menudo se mantenía de pie, inmóvil, «hasta que el derramamiento amoroso llegaba y con él un nuevo amor penetraba en sus miembros». Con frecuencia saltaba de la cama, agarraba con frenesí a una hermana y exclamaba: «ven y corre conmigo para llamar al amor».
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04 Ago 2008
Entrega 115. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
“Mientras el rey se hallaba en su diván, mi nardo dio su fragancia. Bolsita de mirra es para mí mi amado, que entre mis pechos descansa. Racimo de flor de Chipre es para mí mi ama-do en las viñas de En-gaddí. ¡Eres bello, mi amado! ¡Cuán agradable! Ciertamente nuestro lecho verdea.
¡Yo soy narciso de Sarón, lirio de los valles! Cual manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre todos. A su sombra estoy sentada, como deseé, y su fruto es dulce a mi paladar. Me condujo a la sala del convite, mientras enarbolaba sobre mí el pendón del amor. Restablecedme con pasteles de pasas, reanimadme con manzanas, porque enferma estoy de amor. Su izquierda está bajo mi cabeza y su diestra me abraza amorosa.
¡La voz de mi amado! He aquí que él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados. Es mi amado como la gacela o el cervatillo. Vedle que está ya detrás de nuestros muros, mira por las ventanas, atisba por entre las celosías. Mi amado habló, y me dijo: “Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven, pues el invierno ha pasado, la lluvia ha cesado, desapareció. Se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola. La higuera ha echado sus higos y las vides en cierne dieron olor. Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes. Muéstrame el semblante, hazme oír tu voz. Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu semblante”.
Dormía yo, y estaba mi corazón velando; y he aquí la voz de mi amado, que llama y dice: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi inmaculada: porque está llena de rocío mi cabeza y del relente de la noche mis cabellos. Y respondíle: Ya me despojé de mi túnica.
El amor es una virtud, el amor sabe elevarse naturalmente a celestiales pensamientos.
¡Cuán digna de amor es la que recorre los senderos de la vida! ¡Qué bellos son sus pies y cómo resplandece su rostro!
Mi hice obediente hasta el aniquilamiento más extremo. Me entregué mansamente en rendimiento blando y absoluto.
No sólo me resigné, sino que gustosamente me dejé estrujar destilando óleo de paz, bálsamo de humildad.
Es la revancha de Dios. Es el éxito de su gracia. Paso a paso, renuncia tras renuncia, porque la santidad es bordado lento y despacioso, me he ido adentrando en el amor de Aquel que merece todo el sacrificio de nuestro "yo" y que, después de aniquilarlo en su germen vicioso, lo torna criatura nueva, recién nacida del Agua, del Espíritu y de la Sangre.
Desde los diecisiete años busqué sólo un sitio adecuado para amar, pero Jesús encontró en mí un alma a propósito para redimir.
Y me introdujo por unos caminos muy penosos a mi afán de verismo, a mi sensibilidad ante todo lo ridículo, a mi franca concepción de la vida. Pero Él ha firmado sus planes.
Un día vi a mi lado izquierdo en forma corporal un ángel. Era pequeño antes que grande, muy hermoso, tan encendido el rostro que parecía el de un querubín, de los que más de cerca contemplan a Dios. Traía en las manos un dardo de oro, largo, al que lamían las llamas. Sentí que con él me penetraba el corazón no una, sino varias veces, hasta las mismas entrañas. Cuando lo sacaba me parecía que se las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en indecible amor de Dios. Era tan grande el dolor que no podía menos que quejarme, y tan inefable su suavidad que lejos de desear se me fuera, quisiera bien que durase, pues no se contenta el alma con menos que Dios. Aunque el cuerpo participaba en cierta medida, no se trataba de un dolor corporal, sino espiritual. Era un requiebro tan agradable entre el alma y Dios que para todos lo deseé.
Cuando así me veía traspasada y abrasada por el amor divino, andaba como embobada, no quisiera ver, ni hablar, sino abrasarme con su fuego, que para mí era mayor gloria que cuantas hay en todo lo creado.
Tuve tres clases de visiones de mí misma, pero a todas superaba la que tenía lugar "por vía de comunicación".
Mi amado me daba repetidos "ósculos de amor", hasta que se estableció entre nosotros la Unión transformante. La fuerza del éxtasis me arrebataba y levantaba del suelo. Sentía bajo los pies una fuerza que me elevaba, con un ímpetu tan acelerado y tan fuerte, que era como si una nube o un águila me cogieran y llevaran con ellos.
Un buen día, el 25 de junio del año 854 estaba como siempre sin hacer nada en mis aposentos del palacio cuando de pronto noté que el éxtasis me sobrecogía. Empecé a sentirme rara, a sentirme rara y en unos instantes me hallé transportada al paraíso. Perdí la conciencia del lugar donde me hallaba. Me vi en medio de una multitud que vestía ropajes preciosos, que desprendía luz nunca vista, todos parecían transparentes y sin embargo corpóreos, sonaba una música dulcísima, una música que enaltecía al alma hasta el séptimo cielo, que no estaba producida por instrumentos vulgares, groseramente sensibles, sino ellos mismos etéreos, todo irradiaba un celeste resplandor, todo se hallaba inmerso en una atmósfera hecha al mismo tiempo de luz impalpable y de impalpables sonidos. Y simultáneamente se sentía la presencia de Dios. Dios se conservaba invisible, pero no cabía duda de que estaba allí. Dios en sus tres personas, era una presencia Una y Trina al mismo tiempo. Se sentía la presencia de Un solo Dios verdadero y al mismo tiempo la de sus Tres personas divinas.
Aquello era el arrobo. No era el primero que me inunda-ba de gozo. Pero el de aquel día parecía ser único. Insensiblemente me fui elevando del suelo. A los pocos instantes ya me hallaba a un metro de él. Todo estaba tranquilo.
Me hallaba entregada, rendida, confiada, sin esperar nada malo.
Otros me habían precedido en el Amor a los seres divinos
En lo de preferir amar a Dios antes que a nadie no he sido original; innumerables otros me habían precedido. Es así que los santos varones se enamoraban ante todo de María, mientras las santas mujeres se enamoraban de Jesús. Este Amor era espiritual y místico ante todo, pero difícilmente se descartaría de él el amor corporal, aunque no me corresponda a mí reconocerlo. Un aspirante a Padre de la Iglesia había dicho agudamente que “así como nadie elimina de una relación el componente sexual, tampoco se lo elimina de la relación con la divinidad”. Lo que en palabras profanas vertió luego un espíritu libre añadiendo que si bien sin Dios se disfruta del sexo, sin sexo no se disfruta de Dios. Volviendo al asunto, el amor de los santos varones se expresaba habitualmente con el beso en el pecho de Nuestra Señora, en tanto que el de las santas mujeres se expresaba con el coito, más o menos disimulado, con el Esposo Espiritual.
En innumerables leyendas, María aparecía excitante y tentadora y concedía a sus amantes satisfacciones sensuales además de las espirituales, cubriéndolos de leche, dejándose cortejar y acariciar, forzando a sus devotos a abandonar a sus novias terrenas y entrar en un convento.
Así por ejemplo y según se contaba, el abad Odilón se echaba al suelo cada vez que en su presencia se pronunciaba el nombre de María; le daba como una especie de sublime ataque epiléptico, al parecer placentero; y en el monasterio de Steinfeld, el monje Hermann había vivido en total intimidad amorosa con la Virgen santísima.
Este Hermann había sido hijo de padres ricos venidos a menos hasta casi caer en la miseria, y desde los siete años había manifestado extraordinaria devoción por la Virgen. En los momentos libres se iba a la iglesia y se ponía a contemplar con arrobo una imagen de Nuestra Señora. En una ocasión a la hora de comer se privó del postre, que era una simple manzana, y se la ofreció al Niño Jesús, que la aceptó complacido. Otra vez y como llegara descalzo a adorarla, la Virgen lo proveyó de calzado adecuado a la estación. También se contaba que ante el altar de María permanecía horas postrado en el mayor de los éxtasis. (Continuará)
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03 Ago 2008
Entrega 114. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
En ese día no tomaba yo ningún alimento hasta las tres de la tarde, y daba a un pobre lo que solía tomar ya cerca de la noche. Jesús me había comparado con María Magdalena cuando me había dicho que “a ella la tuve por amiga mientras estuve en la Tierra; a ti te tengo ahora que estoy en el cielo”.
Una mañana, en la comunión, el sacerdote que me la daba partió la Forma sagrada para que con ella comulgase también otro hermano. Yo le había dicho que me gustaba recibirla entera. No porque creyese que Nuestro Señor no estuviese también completo en cualquier trozo, por pequeño que fuese, tal como Él mismo me lo había dado a entender en otra ocasión. El caso es que esta mañana se me apareció Jesús en forma imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, alargó la mano derecha, para que se la viese, y me dijo: “Mira la herida que me hizo aquel clavo, es señal de que desde hoy serás mi esposa; hasta este momento no te lo habías ganado, mas de aquí en adelante, no sólo como Creador, Rey y Dios tendrás en cuenta mi honra, sino también como Esposa mía verdadera. Mi honra está en tus manos, como en las mías está la tuya”.
Estos desposorios difieren de los habituales entre hombre y mujer. En las bodas con Dios jamás hay cosa que no sea espiritual, porque todo es amor con amor y sus operaciones son limpísimas y tan delicadísimas y suaves que no se las alcanza a describir con acierto, mas el Señor sabe darlas muy bien a sentir. Nada más alejado de ellas que el goce corpóreo, y de los transportes espirituales y los gustos que da el Señor, al que deben tener los que se casan vulgarmente, hay un abismo que no se alcanzara a medir.
Las bodas espirituales fueron una fiesta celestial y grandiosa a la que asistieron multitud de ángeles y arcángeles.
Desde ese momento el que se manifestara a mi lado en cualquier circunstancia, mientras comía o dormía, mientras rezaba o caminaba, se convirtió en algo habitual, un acontecimiento cotidiano de la vida del esposo y la esposa.
¡Nos amábamos hacía ya tantos años! ¡Ambos habíamos padecido tanto, habíamos luchado tanto el uno por el otro, el uno junto al otro! E incluso en la lucha, ¡habíamos compartido tantas alegrías! Nuestra unión había fructificado en obras prodigiosas. Nunca dejé de hablar a mi esposo con pura adoración confiada. Me parecía bien lo que bien le parecía; lo que Él quería, quería yo; e ignoraba en que acabaría aquel encantamiento.
Llegada a este punto, mi alma vivía ya en estrecha intimidad con Dios, pero al mismo tiempo no dejaba de desearlo. Dios me hablaba y me arrebataba en éxtasis, me elevaba y me atraía a sí, y cómo cuando el ámbar levanta a una paja, yo sentía una herida muy sabrosa de la que nunca querría ser sanada.
A la esposa regala el Rey sus joyas más preciosas, la conciencia de la grandeza de Dios, el cabal conocimiento de sí misma y la perfecta humildad, el menosprecio de las cosas terrenas si no hubieren de valer para servirlo. Sin que me importasen nada las burlas, yo hubiese querido gritar ante el mundo las maravillas de este gran Dios de los cielos.
¡Oh, qué buena locura! Ya no temía el infierno, no pensaba en la eterna salvación o la condenación eterna, porque lo único importante era el amor. El alma y el espíritu son una misma cosa, como lo son el sol y sus rayos.
Prosiguiendo en lo mismo, el alma y Dios eran como si dos velas se juntasen tan íntimamente que toda la luz fuera una, o que el pabilo y la luz y la cera fuesen todo uno. Finalmente el alma está en Dios y Dios en el alma, como cuando del cielo cae agua en el mar o en un río y ya todo es una agua única y no se podrá dividir ni apartar la que ha caído y la que ya estaba, como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase la luz, que aunque entra dividida, se hace toda una luz sola.
Tal es la íntima unión del matrimonio espiritual en la cámara secreta donde reina Su Majestad. En este templo de Dios, en esta morada suya, sólo Él y el alma se gozan con grandísimo silencio.
Las fuerzas de la esposa se redoblan, no para gozar, sino para servir.
Me impresionó de tal forma esta entrega de Dios que no cabía ya en mí y me sentí como alelada, de forma que rogué al Señor que una de dos, o me hiciese digna de los desposorios o me librase de ellos; porque no me sentía capaz de sobrellevarlo si seguía siendo la que era. Todo el día me duró la emoción. Me sentí después inundada de gracia y al mismo tiempo confusa y afligida, consciente de que no estoy a la altura de semejantes dones.
Como la mártir santa Teodota, quise que mi corazón no estuviese, en adelante, sino en el de Jesús y el de María, o que los Corazones de Jesús y María estuviesen en el mío, para que ellos le comunicasen sus movimientos; y que el mío no se agitase ni se moviese, sino conforme a la impresión que de ellos recibía.
Como santa Paula, fui una enamorada del verbo Encarnado y de todas sus divinas palabras, y me sabía de memoria las Escrituras.
Desde mi más tierna infancia llevaba dentro de lo más profundo de mi ser, mamado con la leche de mi madre, el nombre de mi Salvador, el Hijo unigénito de Dios; lo guardé en lo más recóndito de mi corazón; y todo lo que ante mí se presentaba sin ese Divino Nombre, aunque fuese elegante, estuviera bien escrito e incluso repleto de verdades, no fue bastante para arrebatarme de Él.
Ofrecí al Señor mi corazón y lo introduje en el Suyo. Nuestro Señor trocó con el suyo mi corazón y le dio la gloria eterna".
En una ocasión, maravillado de mis rasgos angelicales, uno de mis asistentes me dijo: “Nunca he visto una sonrisa así; revela un estado de arrobo total.”
Un día tuve una experiencia más que milagrosa que me cambió la vida. Estaba sentada en una terraza que daba sobre el río, en el que había inmóvil una barca. De pronto el aire se llenó de una música cuyo igual no he oído jamás. Era a un mismo tiempo melancólica y extraña, y no obstante tenía una melodía oculta de alegría, como el movimiento del agua profunda. Me levanté, me dirigí a la barca y remé en dirección al sonido. Y así llegué a unas rocas donde la música parecía más próxima, pero no más alta que la oída a distancia. Como en un trance, escalé la roca hacia un joven allí reclinado, que creaba aquel son, aunque no tenía ningún instrumento y sus labios no se movían. Yo tenía la impresión de que él era la música. Me cogió en sus brazos y la música seguía sonando a nuestro alrededor y yo gusté de un deleite que supera los límites de la imaginación. Me uní a él y logré una etérea perfección de unidad, frente a la cual cualquier unión sexual ordinaria no es más que una obscena, indefinida representación de la realidad. Digo un joven, pero por supuesto no era algo humano, sino un espíritu, un elfo, la plenitud de todo lo que se puede desear. Hicimos el amor mientras el sol se ponía en el occidente, y mientras duró la oscuridad y hasta que salió otra vez en un cielo moteado de rosa, detrás de las montañas. Y la música no cesó de sonar. Entonces él cerró mis ojos con un beso y murmuró que sería parte de mi vida para siempre y que de nuevo volveríamos a reunirnos. Y yo desperté, cuando el sol caía de plano en la roca y no había más sonido que el mar, y me hallé sola. Los erizos de mar saben a él, porque él pertenece al mar, y al mar se volvió. Un día me llamará desde allí. A nadie sorprenderá pues que como desprecio a los gallos que se tiran sobre las gallinas en el corral, desprecie yo las uniones sexuales comunes.
Transida de amor por el todopoderoso, le decía arrobada: “Bésame de los besos de tu boca, pues mejores que vino son tus amores. Gratos son al olfato tus perfumes; perfume que se expande es tu nombre; por eso te aman las doncellas. ¡Llévame tras de ti; corramos a donde nadie nos vea! Introdúceme, oh, rey, en tu cámara secreta; jubilaremos y nos alegraremos, celebraremos más que el vino tus amores. Justamente te aman. Aunque me quede mal el decirlo, soy hermosa, ¡oh, hijas de Roma!, como las tiendas de Quedar, cual los pabellones de Salomón. Indícame tú, a quien ama mi alma, donde apacientas, donde al mediodía sesteas.”
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02 Ago 2008
Entrega 113. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
Ahora quiero pues hablar del amor. En un mundo en el que a veces con el nombre de Dios se justifica la venganza e incluso la obligación de odiar y la violencia, el amor es más necesario que nunca. No hay mejor remedio que el amor. Lo que necesitas es amor.
Dios nos colma de él y debemos comunicarlo. Yo no quería otra cosa que amar. Arrebatada de amor quise poner por escrito lo que tal sentimiento me inspiraba; por de pronto redacté un opúsculo que titulé Conceptos del amor de Dios. Mas tuve escrúpulos y consulté con la curia si debería publicarlo. Se me disuadió, por lo cual lo guardé en la gaveta de un bargueño y lo olvidé. Más tarde sin embargo una santa escribió algo parecido y se llevó los laureles que me hubiesen correspondido.
Tras el amor a Dios, el amor sexual supera a los otros amores: el amor a la patria, a la profesión, al trabajo, a la familia o a los amigos. En él intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y se promete al ser humano una felicidad aparentemente irresistible.
Es preciso oponerse al mal uso del nombre de Dios y a la ambigüedad de la noción del amor.
Con Ángela de Foligno creía yo que la pasión y muerte de Cristo es la muestra más grande de amor que el Hijo de Dios ha podido dar a la especie humana. Como en el caso de aquella santa, era tal la devoción que sentía yo hacia la cruz, que, si me cuadraba contemplar una estampa o un cuadro en que se representaba alguna escena de la pasión, se apoderaba de mis miembros la fiebre y caía enferma.
Un día, al pasar por el oratorio papal, vi el busto de un Ecce Homo que alguien acababa de dejar allí. Era una imagen de Cristo muy llagado, y tan al natural que, mientras la miraba, me turbé extremadamente de verlo tal, porque representaba bien lo que por nosotros había pasado. Sentí de tal modo lo mal que yo había agradecido aquellas llagas, que el corazón me pareció como si se me partiese, y derramando más lágrimas que las que en pareja situación hubiese derramado la Magdalena, me arrojé sobre él y le supliqué que de una vez por todas me fortaleciese para no ofenderlo ya nunca más.
Aquella efigie grisácea que las heridas lastimaban y los surcos de sangre horadaban, aquel semblante sanguinolento bajo la corona de espinas, aquella mirada turbia y dolorida de unos ojos angustiados, me revelaron mi pequeñez.
Comprendí que el amor de Jesús sobrepasa a todos los gozos de la Tierra, a todos los deleites y a todos los contentos.
En la meditación de la pasión conocía yo con más viveza la gravedad de mis pecados pasados y los lloraba con mayor dolor. “En esta contemplación de la cruz ardía en tal fuego de amor y de compasión que, estando junto a la cruz, tomé el propósito de despojarme de todas las cosas y ya libre de ellas consagrarme por entero a Cristo” –podría yo haber dicho imitando a una santa que en tales sentimientos me había precedido. Junto a la cruz, aprendí a ser la gran confidente del Señor.
Un día en que contemplaba un crucifijo, fui de repente penetrada de un amor tan ardiente hacia el Sagrado Corazón, que lo sentía en todos los miembros. Produjo en mí ese sentimiento delicioso el ver que con sus dos brazos desclavados de la cruz el salvador me abrazaba el alma. Parecióme también en la dulzura inefable de aquel abrazo divino que mi alma entraba en la suya”.
Otras veces se me aparecía el sagrado Corazón para invitarme a que acercase los labios a su costado y bebiese de la sangre que de él manaba. Abrasada en esta hoguera de amor, me derretía en ardientes deseos de padecer martirio por Cristo.
También inflamaba mi ardor la experiencia que había vivido san Juan de Carintia. Un día, al ver una imagen de Cristo con la cruz a cuestas, se sintió tan transportado que corrió, tambaleándose, a abrazarse a una cruz de palo negra que destacaba sobre el blanco muro del claustro de su monasterio, y allí mismo un éxtasis lo embargó.
En el momento de la consagración o durante la adora-ción de la sagrada hostia, el Señor me recreaba con numerosísimas visiones. Nunca se encarecerá lo bastante la conveniencia de acercarse con frecuencia a ese sacramento, seguro de que si uno medita en el grande amor que en él se contiene, sentirá inmediatamente transformada en ese mismo divino amor su alma.
La mía conocía las inefables experiencias místicas, los admirables raptos y la contemplación del misterio de la santísima Trinidad. Mis éxtasis eran para dar escalofríos incluso a personas más fuertes que yo. En ellos trataba íntimamente con la divinidad, que me confiaba secretos celestiales. Gustaba yo las inefables dulzuras nacidas del contacto íntimo con Dios.
Hablaré ahora del arrobamiento o elevación, que otros llaman también vuelo del espíritu, arrebatamiento y éxtasis.
La unión con Dios en la oración contemplativa produce efectos solamente internos, pero los de la elevación son internos tanto como externos.
En el arrobo me sucedía como si la nube de la Majestad divina hubiese bajado a la Tierra, y sorbiendo el alma, como las nubes aspiran los vapores de la tierra, la levantara; y asciende al cielo la nube, y lleva consigo el alma, y le comienza a mostrar cosas del reino que le ha prometido.
Parece que no está el alma en el cuerpo, al que falta el calor natural, de modo que se va enfriando, aunque con grandísima suavidad y deleite.
El arrobo es como una pena grande sin dolor, sin saber de qué y sabrosísima; como una herida que en el alma produce el amor de Dios, no se sabe dónde, ni cómo, ni si es herida, ni qué es, sino que se siente un dolor agradable, que nos hace quejarnos:
Sin herir, dolor hacéis y sin dolor deshacéis el amor de las criaturas.
Porque cuando de veras está el alma tocada con este amor de Dios, sin pena ninguna se va el que se siente por las criaturas.
No cabe aquí el resistirse. En la oración contemplativa, si se resiste uno, basta con esforzarse y sufrir la pena que causa. Mas aquí casi nunca hay remedio, sino que viene un ímpetu tan fuerte y repentino, que se ve y se siente levantarse esta nube o águila caudal y que con sus alas nos coge. Se da uno cuenta de que se lo lleva no se sabe adónde, porque si bien es placentero, al principio se siente temor; y hay que tener ánimo para arriesgarlo todo, venga lo que viniere, y dejarse en las manos de Dios, e ir de buen grado a donde nos llevaren, pues nos llevan aunque nos pese.
Un día, estando en maitines, me vino el arrobo, en presencia de gran número de gentes, y lo hubiese querido más disimulado. No sirve de nada el resistirse y no cabe esconderse. Es más fuerte que uno. Se siente tal embarazo que no sabe una donde meterse para que nadie la vea. No quisiera estas manifestaciones externas y con gusto me contentara con la común oración. De todos modos no cabe otra cosa que alabar al Señor por el uno y la otra.
Yo me encogía y lloraba por esos dones tanto como por mis pecados, pero nada me cabía hacer. No buscaba los arrobos y visiones, no pedía voces ni consuelos, pero Dios me amaba, me había escogido y atraído bruscamente cuando aún vacilaba, antes de consagrarle mi virginidad, hacía ya luengos años, y era incapaz de evitar esos raptos espirituales tanto como el agua de que el sol la evapore y la convierta en nube.
El pasado domingo de Ramos me sentí arrebatada de tal suerte que no podía tragar la sagrada forma. Cuando recobré el conocimiento tenía llena de sangre la boca. Era sangre redentora y me inundaba de gozo, pues el Señor en el rapto me acababa de decir: “Hija, quiero que mi sangre te aproveche. Con muchos dolores yo la derramé; ahora gózala tú con tan grande deleite como sientes; te pago el convite que me has hecho este día.”
Pues hacía años que yo solía comulgar siempre el domingo de Ramos para que mi alma sirviese de morada al Señor. Me parecía que los judíos habían sido muy crueles con Jesús, pues después del gran recibimiento que le habían hecho y los cánticos de hosanna lo habían dejado ir a buscar de comer lejos, de modo que yo le ofrecía quedarse conmigo.
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01 Ago 2008
Entrega 112. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 9. Juana es Papa, ama a Dios, queda preñada, da a luz a un niño. (Sigue)
Mientras tanto el cielo parecía acreditar con muchas maravillas el gozo que le tocaba en la unción de la primera mujer que era Papa. Debido al inmenso gentío que llenaba la plaza, el portador del sagrado crisma no pudo penetrar en la basílica, por lo que el obispo de Ostia, que oficiaba la coronación, suplicó al Señor se dignase remediar aquella falta, y en el aire límpido de aquella fría mañana al punto se dejó ver una paloma azul que llevaba en el pico una ampolleta llena de un bálsamo milagroso, y revoloteando blandamente la puso en manos del clérigo, que la tomó con humilde acción de gracias y con aquel óleo celestial me ungió y consagró. Con el nombre de “santa Ampolla” se guarda en san Pedro ad vincula esta botellita bajada del cielo, y se ha propuesto consagrar con aquel milagroso óleo a todos los papas de Roma venideros.
El arcipreste Eustatio también llamado primicerio por-que en la institución ocupaba el rango más alto, recitó la bendición final: Dios Todopoderoso, extiende Tu mano diestra, bendice con ella a Tu siervo Joannes Anglicus y derrama sobre su cabeza el don de tu gracia, amén.
Un paje se adelantó con un cojín de seda en el que portaba la triple corona de mi dignidad; el obispo de Ostia la tomó y tras alzarla en el aire me la puso sobre la cabeza.
Larga vida a nuestro ilustre señor Joannes Anglicus, por decreto de Dios obispo de Roma y Papa de la cristiandad –cantó Eustatio.
Y mientras el coro entonaba el Laudes, me volví de cara a los allí reunidos.
Ya era Papa.
Salí a la escalinata y la multitud reunida me aclamó. Miles de personas habían aguantado a pie firme mientras se me consagraba. Habían querido que llevara yo la corona. Ahora entusiasmados gritaban: ¡Papa Juan! ¡Papa Juan! ¡Papa Juan! ¡Viva nuestro Papa Juan!
Alcé los brazos y me sentí transportada. Dios lo había querido. Cualquier duda y temor que hubiera sentido, aquella mañana se desvanecieron.
Debo contar aquí algo que había soñado antes de que todo esto hubiera sucedido. En una visión de las que solía tener en mi soledad, el Señor se me había aparecido y tras mostrarme un rosal me había dicho: “Cuándo este florezca, tu vida cam-biará; te verás llamada a otro estado. Reza y vigila, porque no sabes el día ni la hora”. A seguir y con sus mismas manos incorpóreas me había dado, bajo las dos especies del pan y el vino, la sagrada comunión. Y precisamente, el día en que se me había ungido, que era uno de la primavera de 855, al lado de la calzada por donde pasaba el cortejo había visto florecidos profusión de rosales. Recordé entonces lo que hacía tiempo se me había dicho.
Ya soy Papa, quedo preñada,me descubren y me internan
Desde la misma llegada a Roma, me deslumbró el reverbero del sol en los blancos muros, en los mármoles de los monumentos y esculturas antiguos; todo estaba húmedo, el menor soplo de aire traía fuertes olores de plantas sedientas, el mareante perfume de los jazmines que abrasaba el calor. Me afligían los abominables pecados que por fuerza se había de cometer en unas tierras en las que hasta el mismo clima enervaba las almas. Siempre había oído decir que en latitudes tales y
