10 Oct 2007
Mujeres contra la violencia
MUJERES CONTRA LA VIOLENCIA. Titular de La Voz de Galicia.
En aquel tiempo contaba en sus Memorias Espartaco, que de buen grado Alfaguara le había publicado, que allá en su Tracia natal donde a la sazón reinaba su tío abuelo Orcómenes dicho el de Megara, muy precozmente soñara con ser andando el tiempo, pacífico budista; mas que de otra forma queriéndolo Tiché, la Necesidad, al alba aciaga habían aparecido los bárbaros romanos y tras derrotar la tosca resistencia que opuso el aborigen, habían esclavizado a los mozos en edad de merecer y bajo horcas caudinas vejatorias los habían conducido a la que era capital ciudad del mundo antiguo. Una vez allí, y puestos a la venta deshonrosa en el torreiro que como de costumbre frente al templo de Baco el Licoroso se extendía, habíalo comprado sin más Cayo Quirón, maestro especial de gladiadores; que ante la juvenil musculatura que el mancebo criado en la palestra a la vista ofrecía, determinó sin dilación hacer de él campeón de mirmillones en los siguientes Juegos y Olimpiadas, que para las griegas calendas de aquel año el edil de turno organizaba. Y comenzó el debido entrenamiento. Día tras día con latigazos crueles que sabiamente en las viriles nalgas le aplicaba, el lanista esbirro al cargo de la tropa fue doblegando las ínfulas salvajes del bárbaro tracio, aún indebidamente querencioso de las praderas de sus indómitos humos natales. Tan pronto como con sus violáceos rayos el alba apuntaba, inauguraba el dia aquel subordinado haciendo que los miserandos hombres del cotarro se levantasen a golpe de trompeta levantisca y parche de tambores desplegados, tras arrancarlos al dulce último sueño que en colchoneta rellena de cardos espinosos disfrutaban. Sin apenas darles tiempo para vestir el mono índigo de dril que hacía las veces de uniforme, ni las zapatillas de esparto de la estepa con que de la hosca intemperie protegían los pies encallecidos, los hacía formar en recta fila y formación delante de la tienda castrense; y al que se retrasaba tardo en acudir a la terca llamada y apremiante, le metía un puro alusivo y metafórico de los que luego eran hablilla en los corros nocturnos de la bestial taberna.
Espartaco no aguantaba aquel maltrato y atropello. Para sobrellevar tanta agonía y consolarse de tanto despropósito; para evitar en lo posible que sin auxilio se le muriera el alma, en la vecina población adonde con parco permiso en compañía de los otros acudía, se habia echado con formalidad una novia; mas insatisfecho con lo acostumbrado allí, y en su tierra dado a campar por sus reales, en los raros momentos en que el verdugo distraído se ausentaba, practicaba polígamo adulterio, es decir, hombreaba a las otras.
Cuando la primera y oficial tuvo noticia, no quiso ni un instante disculparlo. Cogió el largo tridente descuidado de un reciario negligente del contorno; y agazapada esperando al novio infiel tras una esquina, en las anchas espaldas y hasta el mango, clavóle las tres púas del arma taladrante y homicida. Mas tenía duras las costillas Espartaco y era modesto; de modo que sin decir palabra malsonante ni ofender de otra manera a la que teniéndose ya por esposa legítima futura tanto furor le demostraba, sin dilación en aquel mismo punto y hora la plantó, y se fue con otra más amante, que hasta el momento al menos lo soportaba aventurero y desleal. Casualmente un camarada de los que en la palestra se aprestaban, iba a casarse entonces por la Iglesia; y los invitó a la boda inminente. Cuando en el templo al caso apropiado, y cual tiernos amantes cogiditos de la sudorosa mano, Espartaco y su pareja complacientes asistían a la ceremonia, la novia ultrajada anteriormente y no satisfecha con la venganza la primera vez fallida, había penetrado en el recinto sacro que el coro de recios gladiadores llenaba de masculinas voces, y de nuevo y acompasada al ritmo del motete coral que allí sonaba, había sañudamente apuñalado en la vigorosa ingle al inconstante mozo que había traicionado la palabra. Felizmente aquel cuchillo de hoja de ónice afilado con el que los sacerdotes inmolaban propiciatoria la víctima en el ara, había tropezado en hueso duro resbaloso, con lo cual la vida de Espartaco, de nuevo salvada, pudo seguir su curso acostumbrado. También se hallaba presente al himeneo un practicante, que con la diligencia y la pericia apropiadas al cargo que ostentaba, y ayudándose de tiritas argentinas y el Tip Ex que en el maletín de prontos socorros tenía más a mano, le había suministrado los primeros auxilios y la antitetánica; tras de lo cual, el levemente herido había retornado sin otro comentario a la faena. Se ignora si el oficiante la había interrumpido mientras el aprendiz de galeno curaba de aquel modo al temporalmente apuñalado.
Adiestrado por fin en la defensa y el combate, y en gira que a las verdes islas del paradisíaco Caribe el empresario de los juegos regularmente organizaba, Espartaco había yacido carnalmente con una muchacha tres cuartos de mulata, cuya aterciopelada piel del color de un cacao con leche descremada, inigualable lo había seducido. Cuando acabada como se debe la tropical orgía y con una pajita incluída en la gentil oferta sorbida la ritual agua de coco que la amorosa novia agradecida presentaba, gozaba él del bien ganado descanso del guerrero, otra vez la novia legítima sin piedad anteriormente repudiada había acechado a la joven ahora preferida, la había asaltado con tesón merecedor de causa mejor y la había apuñalado hasta la muerte confirmada, para a seguir descuartizarla.
Alarmados los cándidos vecinos y temiendo que pasara a mayores la cosa desmandada, habían dado parte a la guardia. Cuando en sus coches patrulla, con la sirena puesta y alarmante, los agentes del orden habían llegado al lugar del trágico suceso, la novia ultrajada ya había seccionado con técnica casera los brazos, la cabeza y los pechos candorosos de la joven, que infortunada y pese a haber sido trasladada de inmediato, con la celeridad pasmosa que el lance requería, al hospital o casa de salud más próximos, mejor aderezado y dotado de los últimos modernos equipos de reconocimiento y tratamiento con acupuntura china, no pudo ser reanimada.
Al otro lado del océano, Ulrich aleccionaba cachazudo a sus alumnas. Les mostraba patente y atinado que con los nuevos tiempos, incluso allí, en las mismas apartadas aulas, a salvo de violencias y chirridos del mundo circundante, ya muchas de ellas maltrataban con desprecio, con befa y con escarnio a sus ahora mansos varones compañeros. A lo que invariables ellas respondían: ¡A ver si aprenden! Antes se nos han adelantado; ahora nos toca a nosotras. ¡Qué vean lo que es bueno! Y con dificultad las inducía a considerar que nada se arreglara si tan sólo se invertía los trágicos papeles. Impuestas en el que oportunista la sociedad favorecía, de furias del averno, vengadoras de madres sometidas y abuelas por tradición atormentadas, querían ardientemente la revancha. No se trataba de vivir en paz, ya respetadas. No la querían; querían la guerra y ellas vencedoras. Querían subyugarlos, como cruelmente ellos las habían subyugado. No quedaba al varón que aceptar los dos papeles. O yunque o martillo. El primero que adelantase la sandalia, el primero que a compasados golpes con ella amaestrase al otro, tendría el rol activo. Si él no aceptaba ese papel, lo aceptaría ella. Uno de los dos habría de pegar, el otro habría de sufrirlo.
Aquella inevitable conclusión, la guerra de un sexo con el otro, despertaba en Diotima la congoja; que el hombre y la mujer viviesen necesariamente juntos y por fuerza en lucha y contienda; nunca en la paz y la armonía. ¡Qué dolor, qué pesadumbre, tan sólo pensarlo! No se quería vivir en la verdad, ni que tanto horror por fin finalizase.
En La Ruleta de la Fortuna, uno afamado, saciaba la gente el "hambre generalizada de concurso". Entraban a la vez tres litigantes. Había que resolver tres acertijos. Con los aciertos se conseguía puntos. Quien más de ellos sumaba, ganaba el viaje. A más puntos, más avión y más kilómetros. Al comenzar el progama, el concursante declaraba: Vengo a ganar para ir a Cancún. Yo quiero las Canarias. Y yo sueño con Túnez; o con Madagascar y Las Seychelles. Sólo ganaba uno de los tres. Los que perdían se llevaban de consolación una nonada.
Un día habían participado en aquella liza supuestamente pacífica e incruenta dos mujeres y un hombre. La primera mujer, que con la seriedad de su semblante adusto daba a entender no estar para infantiles bromas, sólo de mala gana se prestaba a aplaudir las gracias y la artificial animación con que el presentador quería hacer ameno aquel concurso; y lanzada a fondo había triunfado en las tres preguntas. Ella iba a ganar. No se podía permitir debilidades ni compasión o simpatía por los otros. No es un ser humano moribundo: es un enemigo -en cierta ocasión había advertido al compasivo soldado el jefe de la tribu. Si ganaba, viajaba. Si perdía, no repetía programa y no salía del pueblo. Si ganaba el primer panel y en los otros aflojaba, arriesgaba que cualquiera de los dos restantes ganando más puntos que ella le arrebatase el galardón. Acudía al programa a vencer, tenía que ir a por todas, no podía ablandarse. Tenía que perseguir todos los puntos. Las condiciones del juego la obligaban a no pensar en nadie; pero su triunfo conllevaba el fracaso de los otros dos, que no tendrían una segunda oportunidad. Con intención o sin ella, buena o mala persona ordinariamente, aquí tenía que mostrarse destructiva, ganar o morir, como un gladiador. Nadie pensaba en los sentimientos de los derrotados. El juego la obligaba a ganar sacrificando a la otra pareja. O aceptaba las reglas e iba al concurso, o no iba y se privaba de antemano del viaje prometido. Feroz, no se mostraba aquí "en contra de la violencia"; tendría que rechazar aquel concurso y renunciar al premio.
Lo mismo se aplicara a los varones. Por tres semanas ganó uno los premios. También en su actitud durante el juego y en la expresión, se le traslucía la determinación de ganar a cualquier precio. Cayese quien cayese. Y por tres dias cayeron los otros 6 contrincantes. En aquel contexto del concurso, aquella mujer no había odiado la violencia. La había ejercido con determinación.
En aquel tiempo con el Noticiario se desalentaba a quienes lo veían. Todo era simulación, compartimientos. Hoy aborrecían las mujeres la violencia del marido; mañana odiaban todos la que los padres sobre los hijos ejercían; después, la del amargo etarra contra los concejales del PP; más tarde la de Milosevic contra Kosovo... Todo en parcelas, todo a su tiempo. Pero nada se decía de la violencia general, la que viviendo del modo corriente todos ejercían contra todos, la que el sistema fomentaba; ni de las constantes heridas evidentes que todos mutuamente se causaban, a las que con el pretexto de huir de sentimentalismos, nadie se refería.
La madre de Lorena, guerrillera del colombiano FARP, la había llevado con 9 años al combate. Y en él, Yadira había entrado a los 19 con su amante. Ambas guerreaban por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y por el Desarrollo.
Con aquel nuevo orden, ya las mujeres querían ser soldados y disfrutaban matando vietnamitas. Había antecedentes. Para proteger a su favorecido, la griega Atenea no había vacilado en empuñar la lanza varonil e incluso había salido malparada del encuentro. Y más tarde con viril emprendimiento los conquistadores españoles habían encontrado en las selvas americanas a las amazonas, que como heridas onzas no vacilaban en defender a mortíferos flechazos a la prole. Mas cuando aquel siglo empezaba, las mujeres no mataban instintivamente, en defensa de las crías, tal como las hubieran defendido los jaguares; ahora sólo para equipararse a los varones y ellas ser más varoniles, mataban a los enemigos. Antiguamente se las había tenido en estima y envidiado, porque daban la vida a los cachorros. Pero luego, la mujer se había descubierto y preferían dar la muerte. Considerándolas pacíficas, el varón se había equivocado. Eran naturalmente violentas. Tanto como ellos. ¡Viva! Por fin se realizaban. Había solido tener pene sólo el cruel y mafioso. Ahora también ellas lo tenían.
En aquel tiempo, los varones se imponían hasta ocupar todo el espacio. Ya sólo quedaban en el mundo los varoniles varones. De las princesas incas se dijera: "Estas emperatrices indias eran pues soberanas preclaras; se preocupaban del bienestar general; en los momentos de peligro o en los cataclismos exponían la persona; y permanecían fieles al ideal femenino de dulzura y clemencia." ¡Dónde quedaba Florencia Nightingale! ¡Las mujeres con juguetes nuevos! Nadie era buen amo si no había sido antes esclavo. Las mujeres habían padecido la opresión a que los varones las habían sometido. Luego se habían identificado con ellos. Y a partir de ahí combatían en sí -como las combatían ellos- las antes dichas femeninas cualidades: la compasión, el amor, la mansedumbre. Seguían padeciendo la opresión contra la que se habían rebelado, pero ya no las sojuzgaban los varones: ellas mismas se ponían yugo y canga. Se liberaban cambiando de amo. Un filósofo misántropo había contrapuesto en ellas los largos cabellos a las cortas ideas. Lo habían tomado a mal; y lo desmentían teniéndose por libres cuando se oprimían ellas. Inútiles escudo, armas, estrategia y táctica. Se perpetuaba las mismas lucha y servidumbre contra las cuales supuestamente uno se había alzado. ¡La guerra para acabar todas las guerras! Las nuevas mujeres salían de las Escuelas a que tanto habían aspirado. De nada les servía aquella ilustración.
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Anónimo dijo
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