11 Oct 2007
Rarezas de algunas testas coronadas
Buscando en Google algo acerca de Augusto el Fuerte, príncipe de la Sajonia por el que en ese momento sentía singular curiosidad, di con el siguiente artículo de una autora hispanoamericana cuyo nombre no acabo de encontrar y que por lo curioso me tomo la libertad de reproducir. Además hoy mismo en esta Comunidad alguien se ha referido a la locura y ha venido a decir, si no la he malinterpretado, que el juzgar a uno loco o cuerdo viene a depender de que en los manuales de la psiquiatría figure o no como tal. Cosa que me parece discutible y de la que tal vez hablaré en otro momento. Mas he aquí el artículo dicho.
PULGOSIDADES Y RARENCIAS DE CABEZAS CORONADAS.
Figuran en la Historia numerosos monarcas y celebridades que aunque nunca acabaron en un manicomio, de vez en cuando tenían sus arranques de "folía real."
Cuando en Inglaterra por carecer de descendencia se extinguió la dinastía de los Estuardo, subió al trono inglés Jorge, elector de Hannover. Muchos ingleses lo criticaron, no sólo por hablar solamente el alemán, sino porque para pasárselo bien en la cama escogía a las mujeres más horribles que podía encontrar. Algunas eran tales adefesios que se las apodó "Palo de Mayo", "Elefanta" y "Bruja." La Elefanta era nada menos que su propia hermanastra, con lo cual Jorge añadió al mal gusto el incesto.
No fue el único monarca que para el sexo clandestino prefirió a su familia, ya que Augusto II el Fuerte, rey polaco nacido en 1670 y muerto en 1733, tenía como concubina favorita a su propia hija bastarda.
Por otro lado, el soberano luso Juan V de Portugal, nacido en 1689 y muerto en 1750, decía ser tan religioso que sólo si escogía como amantes a monjas jóvenes consideraba no cometer pecado poseyéndolas carnalmente.
Felipe V de España, nieto del libidinoso Luis XIV de Francia, no quiso ser infiel a sus dos esposas, pero tenía un rijo tan portentoso que acabó agotando a la primera consorte. Esta pobre mujer no pudo ni agonizar en paz, porque Felipe insistía en tener relaciones sexuales con ella aunque los médicos le hubiesen advertido que dado el estado de salud de la esposa poseerla carnalmente no era lo más aconsejable; sin embargo, sin dejarse convencer, él le dio el último abrazo erótico pocas horas antes de que ella muriera. Para colmo, Felipe V era imbañable, y pudiendo pagarse las mejores ropas andaba en andrajos mugrientos que él mismo zurcía. Su segunda esposa, la fea e intrigante Isabel Farnesio, supo que mientras no le negara la cama, lo tendría comiendo en la mano, y para dominarlo por completo aprovechaba la esclavitud sexual a la que lo sometía.
Leonorcita de Habsburgo, una de las hijas de la española Juana la Loca y su marido el inservible pero guapo Felipe el Hermoso, tenía tal pavor a las arañas que no escatimaba gritos y escándalo cada vez que veía una; en una ocasión, delante de todo el mundo, en un baile de la Corte, llegó a saltar encima de un pobre arácnido, mientras chillaba como mono mal criado. Juana, su madre, se había negado a enterrar a su esposo muerto, y lo paseó por toda España hasta que se la encerró en Tordesillas para poder dar tierra por fin al ya medio descompuesto Felipe.
Pedro El Severo, nacido en 1320 y muerto en 1367, fue un rey portugués que dio mucho que hablar cuando antes de dejarse coronar hizo desenterrar a su idolatrada querida fallecida para que se la coronara con él.
El primer rey de Prusia, Federico I, nacido en 1657 y muerto en 1713, adoraba a su segunda mujer... sin embargo y en la firme creencia de que aquello era su deber, se forzó a tomar una favorita. No es de extrañar que la tal querida se quejara amargamente cuando el pobre Federico se mostraba inservible en la cama.
Iván el Terrible, quizás el zar más perverso de la historia, solamente amó a su primera mujer, Anastasia, pero se casó varias veces más. Tras descubrir en la noche de bodas que su séptima esposa no había llegado virgen al tálamo, hizo que la ahogaran inmediatamente. Pero no fue el único en no tolerar la traición. El sultán del imperio otomano, Ibrahim el Desquiciado, en un arranque de rabia hizo ahogar en las aguas del Bósforo a su harén completo de 280 hembras, amarradas a un saco de piedras una tras otra. Sólo por puro milagro de Alá, una se salvó.
Enrique VIII de Inglaterra tampoco hizo asco a la hora de decapitar a dos de sus esposas, a la segunda de ellas, Ana Bolena, un 19 de mayo, acusada de adulterio (y era inocente) y a Catalina Howard, la quinta, quien era más alborotada que las gallinas.
Y mientras los monarcas machos se refocilaban con sus amantes, tampoco las damas coronadas eran más castas que ellos. Anita, la rubia y joven esposa de Guillermo de Orange, se las pegó con Jan Rubens, el papá del gran pintor flamenco del mismo nombre, y hasta le llegó a parir una hija. Acabó encarcelada por haber sido infiel.
Por otro lado la princesa inglesa Carolina Matilde, casada a los quince años con Christian VII de Dinamarca, que gustaba de torturar ratones y atravesar con alfileres a las moscas, halló solaz en los brazos del primer ministro y con él mangoneó a su gusto a los súbditos, hasta que la perversa madrastra del rey cornudo los acusó de adulterio. En tanto que al político se le cortó la cabeza, a ella el rey la repudió y la envió al exilio. Así Christian pudo seguir en paz torturando insectos.
El rey borbónico Fernando VII de España tuvo cuatro esposas; Josefa Amalia de Sajonia fue una de ellas. Cuando se casó con él, ya Fernando quería desesperadamente herederos y se irritó como un diablo cuando la pobre mujercita se negó a consumar el matrimonio aduciendo que el rey le pedía una aberración contra Dios y los hombres. Cuando tras una noche de bodas en la que se meó de puro miedo, por fin bajó sus fustanes, la sajona siempre odió el sexo, aún después de que el papa de turno hubiera tratado de convencerla de que debía acostarse con el feo y hediondo Fernando para lograr descendencia y no por placer. En una época en que muchos no se bañaban, Josefa Amalia detestaba tanto el olor de los "aromas del amor" que se ponía en remojo durante horas en agua caliente para "purificar los pecados cometidos". Nunca dio hijos al rey.
Juana Seymour, tercera esposa de Enrique VIII de Inglaterra, huía del baño como según se dice huyen los gatos. Cuando por fin parió a Eduardo, el ansiado heredero macho que quería el glotón monarca, no se molestó en lavarse tras el parto. Pocos días después, al descomponerse las secreciones residuales, se le declaró en el vientre una violenta infección, y como consecuencia en tiempos en que no había antibióticos, no gozó de su gloria y murió.
Cristina de Suecia, a la que algunos consideraron desquiciada, fue una mujer horrible por su físico, pero intelectualmente brillante. Era hija de María Leonor de Brandenburgo, reina de Suecia por su matrimonio. Aún sin haberse cortado el cordón umbilical, la madre quiso matar a la hija; al final aulló: ¡Qué se lleven de aquí al monstruo que acabo de parir! Rechazada así por su madre, Cristina fue una mujer hosca que nunca se casó.
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