14 Oct 2007

Pánico en los USA

Escrito por: amintas el 14 Oct 2007 - URL Permanente

EL ARRESTO DE DOS NORTEAMERICANOS CON ÁNTRAX, CAUSA PÁNICO EN LOS USA. Titular de La voz de Galicia.

En aquel tiempo la muerte ajena era una farsa. Todas las noches en la televisión morían por docenas los muertos. En cualquier momento, el menos pensado, los entes de la cosa te mostraban con la mayor tranquilidad los cuerpos calcinados, hechos chicharro, un puro carbón amasijado, de los 100 ó 200 acabados en los disturbios de Bagdad. Te parecía sentir en el olfato el tufo a carne chamuscada. Incluso percibías así como la distensión y el suspiro satisfecho de aquel que daba el telediario, porque por una vez al fin tenía algo que contar, algo macabro, algo espeluznante, que te haría salir, por breves momentos, eso sí, del aburrimiento y la apatía ordinarias de todos los días, de todos los instantes, de todas las horas.

Sentías en el aire el buen humor del personal de las Noticias, por fin algo eficaz, algo que finalmente te desamodorraba.

O cuando algún cadáver (mejor si de un nño) salía a la luz en la basura, o se encontraba muerto en la cama a uno que faltaba una semana, y lo sacaban los bomberos, o protección civil, o voluntarios del ejército, qué más da, y arrastraban entre varios aquel saco brillante, negro de plástico, de aquella cremallera interminable, que con gesto decidido te descorrían en la Morgue, para que vieras el fiambre, y lo reconocieras, y se pudiera dar el caso por cerrado.

Y tú decías que sí, que era tu marido, o tu conocido, o gente del barrio, que lo reconocías, y ponías cara de dolerte, que la cámara lo estaba grabando, y fuera un bochorno si luego se notaba que no te importaba un pimiento todo aquello, que precisamente tenías un mal día, y ninguna gana de llorar o acongojarte, que también era un fastidio, el por fuerza tener que conmoverse en el momento y hora señalados, y no cuando a tí te apetecía.

¡Salía tanto muerto por la televisión...!

Ya se aburría uno. También las emociones se agotaban. Era un cansancio. No sabías ya a quien atender. Que si a los negritos del Sudán, hambrientos, esqueléticos; que si a Joao Salgado, el de las fotos hermosas de la gente que lo pasaba mal; que si de los masacrados en Argelia; que si de los ametrallados en Chiapas... No sabías a quienes dar la preferencia, quienes eran los más importantes, a dónde acudir.

Al final tirabas la toalla; abrías la boca bostezando y te levantabas para ir a la cocina a vigilar la leche que estabas hirviendo, para que no se te fuera del puchero, oías al gato que afuera maullaba, y a la dueña de la casa, en el piso de arriba, que golpeaba un mueble; y te volvías al sofá, a la espera de la película de la medianoche.

Que precisamente, cuando tenías ganas de ver algo agradable, y no era el día de arte y ensayo, te ponían otra en que todo era ametrallar alguien a alguien y reventar almacenes del puerto, y poner bombas en coches y matar a docenas de enemigos malos y salvarse por los pelos y sacar a la chica del apuro y acariciar el arma, nuevecita, que tira más tiros y tiene más cerrojos que otra cualquiera y es una pasada.

Por eso cuando oías que al Unabomber, el que para transformar la sociedad puso en Oklahoma las bombas, le habían caído varias penas perpetuas, ya casi con él simpatizabas, porque lo que de verdad te hubiera apetecido era acabar con tanta basura.

En Nueva York había otros chalados. Se habían bautizado Nación Aria.

Todo el mundo estaba harto de ser igual a todo el mundo, de en nada distinguirse, de no ser conocido; y así en españa, aquel alumno de FP, cuyos padres habían regresado de Alemania, y lo habían traído con ellos a este país atrasado, se apuntaba al grupo paramilitar de los nazi fascistas, y cada vez que lo veía a uno, le advertía: eh, que yo soy neonazi, eh; que yo soy neonazi. Para dejar bien claro desde el primer momento la propia identidad.

Soltar en el metro una ampollita, y ver como los viajeros escapaban como ratas, y luego en casa encender la televisión, y ver como todo el mundo se agitaba conmovido, atareado, tanto policía y agente del orden, tanto ambulanciero, tanta movida, y todo porque uno, como quien dice casi sin mover un dedo, había soltado un virus en la mierda del metro.

¡Qué se murieran todos, cuantos más, mejor! ¡Cientos de miles! Para que la población se concienciara; y todo fuera como más puesto en razón, más aprovechable, más con un fin y menos gratuito.

Y se hacía uno famoso.

Y atribuyendo el hecho nefando a Sadam, Gadaffi, Fidel Castro o Netanyahu,se le añadía gracia.

Allá en Bagdad, Sadam ya se enfadaba. Con tanto inspector americano llegado de los USA, y tanto querer mirar a uno debajo de la cama, en busca de armas escondidas, ya nadie vivía a gusto en los palacios.

Estaba uno en su alhambra, en el patio de sus propios leones, relajándose de la tensión del día, tomándose un daiquiri en compañía de la joven de turno, una bien puesta, con todo en su sitio, que hacía también de masajista, y le daba a uno la crema, al tiempo que alegraba el ambiente paseándose en bikini, en torno a la pileta, bajo los focos de las cámaras, que las mozas eras signos externos de riqueza, como los camellos y los cuadros, y ya nadie recibía a nadie en su casa sin poner bien a la vista a la modelo más cotizada del momento, que entonces todo el mundo se fijaba en si uno era afluente, en la prosperidad que uno mostraba, y un taxista ufano presumía de un reloj de 1000 euros, que por el aniversario le habían regalado los amigos, porque los había hecho ganar con la quiniela, digo que uno se relajaba en la piscina y sin avisar llegaban los inspectores de la ONU y le invadían la privacidad, para ver si entre la hierba y el follato ocultaba uno alguna arma mortífera, o si con el carbón de la estufa fabricaba gases letales. Que era lo mismo que decir venenosos y asfixiantes.

Sadam se cansaba de jugar a ser diablo. Lo era del oriente medio. Las gentes de aquel tiempo no podían vivir sin el diablo. Al dios lo habían matado, no hacía falta ningún dios, el hombre se bastaba; pero del diablo no se podía prescindir. Solemnemente el Papa lo dijera: había diablo. Y nadie lo había desmentido.

Sadam era la referencia de los ciudadanos. Cuando la Cadena Nacional Televisiva lo necesitaba, que no habiendo guerra o catástrofe, terremoto en Asia o inundación en el Perú debida al Niño, asesinato de obispo en Guatemala o rimbombante muerte de 'la princesa del pueblo', amante de Dodi Al-Fayed, tornado o fuga radiactiva, la audiencia se le iba y jugaba a otro canal, los judíos askenazis de Jerusalén, y los sefarditas, compraban máscara para el gas del santo Armagedón que se les avecinaba.

Hasta que cansado de hacer siempre de lobo que nunca llegaba, Sadam amenazaba. Por eso los americanos se habían sentido defraudados. Se las habían prometido ya felices con la guerra del golfo renovada, con que de nuevo iban a liberar naciones oprimidas, y les llegaba Kofi Annan y se lo resolvía sin derramar un tiro. No había derecho. Lástima de adrenalina malgastada. Lástima de entrenamiento acelerado. Lástima de dólares tirados. Había que replegar banderas y recoger las velas a la espera.

Era la tensión inaguantable, el coito que nunca estallaba, el meteorito que amagaba pero no caía. De modo que Sadam determinó pasar a la acción. Y camuflando en frascos de colonia y muñecas Diana de Gales los bichos del ántrax, los mandó por correo y paquete aéreo postal a las ciudades de Inglaterra, para matar a los ingleses que en el Cairo lo habían chuleado.

Mas a tiempo lo descubrieran los ingleses. Su M16 se distinguía. Con el oro de Westminster y el que había legado la princesa, pagaban dobles espías, que avisando de los planes aviesos de Sadam, se quedaban después con las divisas.

La guerra llegaba a todas partes. Ya ni siquiera el campo era saludable. En un pueblo escondido, los terroristas atentaban contra concejales del polvo y las basuras, en vez de atentar contra Aznar y otros ministros, más puestos en escena y por éso más aptos para el acto, para morir en él se había quejado ante las cámaras el concejal anónimo. A dónde se fuera a parar si se empezaba a atentar contra quien no le correspondía.

Por las calles del Bronx paseaban en plena americana libertad dos yankies cualquiera, con botulina en un frasco. Planeaban echarla en el metro. Para darse a conocer al universo mundo. Que a la Nación Aria competía el dominarlo.

Todos hemos de morir -filósofo comentaba un ochentón que se cansaba; pues todo muere, los árboles y los pájaros, los pollos y los cerdos, las moscas como las hormigas.

En el metro amenazaba el ántrax de la nación aria; en el desierto de Gizeh, los islamistas; en las calles de Orduña, los de la banda ETA; en Harrods de Londres, los esbirros de Sadam el genocida; en Argel, los del FIS.... Ya no había islas paradisíacas a las que irse a vivir como Gauguin; en el supermercado, tal vez los chantajistas habían envenenado las pastas Nestlé; el agua embotellada radiactiva; la soja transgénica; la poliomielitis, los terremotos de Becerreá...

Mientras tanto los indios Yanomamis a lo largo de siglos habían vivido y engendrado sin otros enemigos que alguna termita. Feliz edad de oro, cuando solo los persas amenazaban a los griegos y las guerras ocurrían en Cartago. Y el mundo de uno se reducía al valle de Atapuerca.

Ya no se sabía ahora si con la nube que asomaba en el horizonte venían los virus de Sadam, las radiaciones de Chernóbil o el invierno nuclear de un meteorito.

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