17 Oct 2007
Los celos, ingrediente del amor
UNA PERSONA QUE NO TIENE CELOS TIENE QUE SER LIMITADA, ESTÚPIDA. Titular de El Faro de Vigo. Palabras de una famosa de moda.
En aquel tiempo de violento feminismo, por cansancio puro y por tener la fiesta en paz, el varón se callaba y dejaba que hablase la mujer. Tanto más que en los USA un equipo de hombres de ciencia había descubierto en el cerebro de las mujeres más materia gris que en el de cualquier varón. Pero cuando aún nadie había tenido tiempo para digerir la noticia y reorganizar en consonancia la visión del mundo y estilo de vida, en una conferencia decía Ester Vilar, pionera del contrafeminismo, que el no sentir celos denotaba estupidez.
Bien se veía que en el momento en que hablaba para la devota multitud, aquella pionera del antifeminismo o escindida rama del feminismo duro, no había sabido del descubrimiento citado. No le había dado tiempo de ponerse al día en su papel ante el mundo; de modo que no había sentido la necesidad de mostrarse inteligente y se había limitado a repetir el tópico aceptado: los celos eran condimento del amor, cuando no señal inequívoca de él. Los celos, piedra de toque del verdadero afecto.
A poco que en la escuela se hubiera estudiado psicología moderna, se hubiera dicho que los celos eran una manifestación añadida de la ubicua lucha de los sexos por el poder. El varón celoso de su hembra dependía lamentablemente del favor de ella, y apoyándose en tal debilidad, ella lo manejara a su sabor. Cuando quisiera algo de él, le bastara con fruncirle el ceño y mirar a otro cualquiera, para que se rindiera él y le reconociera derecho a la luna, si por ventura a ella le daba ese capricho.
Los celos denotaran sólo inseguridad en sí mismo y falta de autoestima – hubiera dicho en el dominical de turno Bernabé Tierno, que en estas materias asesoraba al personal. Ya dejando a un lado el hecho de que necesitar así el amor de la pareja, es señal, esta vez congruente, de inmadurez. Pues la pareja no está para amar a su contrincante, sino para engendrarle los hijos o traerlos al mundo. Entendiendo aquí por amar lo que comúnmente entonces se entendía, a saber, cantar las excelencias del otro, llevarlo a Cancún en crucero de ensueño, por san Valentín comprarle un osito de dulce peluche y jamás olvidar la fecha del feliz casorio.
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