02 Oct 2007

El feminismo de la congresista

Escrito por: amintas el 02 Oct 2007 - URL Permanente

Como algunos recordarán, hace unos años una popular congresista se presentó en el hemiciclo luciendo un más que generoso escote que dejaba al descubierto las abundantes glándulas mamarias de la afortunada, a lo cual el por entonces asimismo congresista señor Fraga, don Manuel, había murmurado que aquella señora hubiera bien podido disimular sus exuberantes atributos en lugar de exhibirlos tan a la vista. La cosa trascendió, salió en los papeles, y la congresista acusó de machista al compañero y exigió que el tal se disculpara, a lo que él se negó tras alegar que si la buena señora quería evitar comentarios, lo mejor que podía hacer era taparse las vergüenzas. El incidente me llevó a escribir lo que sigue. He dado la vuelta a la tortilla y presento a Fraga como el exhibicionista y a la congresista feminista como la protestona.

Cuentan de Fraga que un día / harto y colérico estaba / y descargar amagaba / la bilis que lo comía. / Dióle cumplida ocasión / una procaz congresista/ que exhibía a la vista / dos tetas sin parangón. / ¡Cómo las muestra, la ‘indina’, / -carraspeó el diputado / dando del codo al de al lado; / ¡Valen las dos una mina! / (Un Potosí las tasara / de los puristas el gremio, / pero me vi en el apremio / de que el verso me cuajara.) / Hete que un cámara ‘al loro’ / que vio la suya a su alcance / aprovechóse del lance / sin atender al decoro. / Con singular caradura / las enfocó con donaire / y las mantuvo en el aire / más que una salve perdura. / Cosa que alborotó / al cotarro feminista / que contra el hecho sexista / en piña la voz alzó. / Era preciso al instante / que Fraga se exonerara / y con la culpa pechara / de su salida aberrante. / A lo que el menda se opuso / alegando en su favor / que fuera mucho mejor / no dar motivo al abuso. / Pues con vestirse bastaba / para acallar maldicientes / y dar un golpe en los dientes / al que así se propasaba. / No lo entendió de ese lado / la diputada culpable / pues lo tildó miserable, / tonto del culo y pringado. / Y sin un pelo arredrarse / llamó machista al colega / y por un tris no le pega / si no la hacen sentarse. / Acabado el incidente/ todo volvió a lo que fuera:/ mostróse Fraga cual era / -ya lo asegura la gente: / con el genio y la figura / se llega a la sepultura.

Manuel Fraga perduraba en la política. En el Congreso se discutía la ley de las mujeres maltratadas. En defensa de los maridos humillados, el diputado leía en su banquillo un comunicado. Aquel día había acudido al hemiciclo vestido de modo descocado. Se había presentado con las partes parcialmente al descubierto. Por pudor había disimulado el miembro viril en un falocripto. Para esta ocasión había escogido de su guardarropa uno de la más osada fantasía. Era el adminículo como cucurucho de helado italiano, y lo habían realizado los modistos más en boga, en los materiales y tejidos del momento. Le daban esplendor los dibujos y adornos caprichosos de piedras semipreciosas. A ambos lados de la base del estuche, Manuel Fraga había dejado al descubierto los colgantes. En la red enmarañada de negras y rizadas cerdas, llamaban la atención. El cámara que silencioso transmitía aquel evento, se los había enfocado por un largo minuto, mientras en el aire sonaba desganada la sudorosa voz del propietario. A medias vuelta hacia una compañera, la diputada Clementina había comentado: “¡Tiene bien puestas las bolas! ¡Lo bien que las exhibe!” En medio de las risas ahogadas de la otra, la cosa había trascendido. Al día siguiente y todos a una la publicaban los periódicos. Manuel Fraga había protestado, y con él los otros diputados del Congreso. Con el comentario inoportuno aquella congresista se había mostrado odiosamente feminista. Debía disculparse ante el agraviado. La diputada Clementina dijo que nunca se disculparía; que si disgustaba a Manuel Fraga ver sus atributos mencionados, no tenía más que ocultarlos con decoro. Fraga le había contestado que su cuerpo era de él y que con él hacía lo que bien le parecía. Finalmente entre el escándalo de unos y las protestas de los otros, la cosa se había diluido.

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