24 Oct 2007
Le hubiera gustado chulear mujeres
ME HUBIERA GUSTADO CHULEAR MUJERES, PERO NO TENíA DOTES. Camilo José Cela. Faro de Vigo.
En aquel tiempo los estudiantes contemplaban embobados al escritor premiado con el Nóbel y bebían de su lengua las perlas del pedante discurso. Alegadamente estaban allí para aprender de él los rudimentos de la "Cultura" que en aquel tiempo tanto echaban a faltar los más mayores.
¡Ay! ¿Dónde quedaba ya la edad dicha de oro?
Aquel hombre modélico de letras, cuya vida fuera ejemplar para un nuevo Plutarco, manifestaba que con gusto hubiera él chuleado a las mujeres si el Destino lo hubiera así dispuesto. Y para nada pensaba en lo que las dichas mujeres chuleadas hubieran podido opinar al respecto.
Que no las había chuleado quedaba manifiesto; pues en el mejor de los casos y con sus imprudentes palabras aquel hombre conspicuo daba a entender que ignoraba totalmente lo que significaba el ser chulo de putas. En primer lugar, para las putas. Y tampoco al parecer se había enterado en la televisión o en la literatura de entonces de como los tales se las gastaban con ellas.
Era vulgar conocimiento que el chulo de putas prostituía a la suya para recaudar dinero con el que comprarse tabaco, presumir de automóvil potente, vestir en calle de moda o posar ante los otros como hombre con güevos.
A veces la fulana no se sentía a gusto empleando de tal forma corrupta las partes que para otra cosa el dios le había dado, o aquel día acatarrada la desganaba el curre, con lo cual el guapo que la chuleaba, arreándole dos ostias bien dadas, le ponía un ojo a la funerala, si no le rajaba la cara con navaja de muelles o, si no quería estropearle el palmito, cualquier otra parte blanda de la anatomía, y la persuadía así de que allí no cabían dengues ni consentimientos de hembra y de que había que ganarse el garbanzo como el que más sin dilaciones.
En la relación de un chulo con su hembra, la humillación y los malos tratos eran cosa descontada. Con lo cual no se entendía fácilmente que un premiado con el Nobel anhelara ni aun bromeara con ello ejercer tal profesión que causaba sufrimientos a un prójimo infortunado y débil y sin vuelta posible le destruía la preciosa dignidad; menos si se tenía al tal por hombre culto y se le proponía por modelo a los más jóvenes.
-Es sólo una "boutade", propia del hombre de genio, -habría dicho tal vez algún lameculos presente que se hubiera así satisfecho. Y con ello apuntalara la bobalicona admiración con que antaño habían regalado sus seguidores J. Luis Borges, otro hombre culto que cuando enviando a despeñar sobre el mar del Plata a los subversivos Videla arrasaba en la Argentina, lo había aplaudido y jaleado diciéndole: -Bravo, mi general, siga usted por esa vía.
El mismo J. Luis Borges a quien adolescente había seducido el padre la novia y se la había más o menos violado mientras el hijo horrorizado contemplaba impotente el hecho doloroso. Hijo que acaso descargaba después sobre los presuntos subversivos, también ahora impotentes, la justa ira asesina y reprimida que propiamente hubiera debido descargar sobre el ser despreciable que en mala hora lo había engendrado para después castrarlo con sádica crueldad.
J.L.Borges, que habiendo sido víctima devenía verdugo; para no admitir que el padre le había asesinado el alma.
Los hijos eran materia de dominio; de ahí que se retardase tanto su maduración. Cuanto más inmaduros, más fácilmente manejables. Se retardaba su madurez reteniéndolos todo el tiempo posible en las escuelas, tutelándolos, impidiéndoles decidir por sí mismos, tomarse a su cargo.
No cabe reconocer libertad a los alumnos hasta que hayan asimilado los valores que se les inculcan; sólo entonces se les puede aflojar las riendas, sin por ello dejar de vigilarlos decía convencida la inspectora de una escuela primaria. Y manteniéndolos bajo tutela se los hacía a vivir en régimen que rozaba el modo de ser homosexual.
También se les impedía madurar obstaculizándoles la reproducción. Nada madurara tanto a una persona como el verse hacedor de hijos. Poniendo trabas a la procreación se incitaba a los jóvenes a practicar el onanismo, uso de los órganos perverso, pues era hecho sabido que el joven inmaduro se masturbaba, a solas o por medio de otro, de igual o diferente sexo; se lo decía necesario en cierta etapa del desarrollo; los médicos, al decirlo práctica sana, así como el coito sin más, aun con una puta, se hacían reos de complicidad con el poder central, aceptaban su papel de unos mandados más.
En la TV los hombres machos a la americana llamaban hijo al más joven que ellos y echándole el brazo sobre los cándidos hombros acentuaban la superioridad propia y la sumisión del otro, marcaban por así decirlo el territorio invadiendo el ajeno, establecían jerarquía, en resumen, mantenían la general relación dominante sumisa.
También en las instructivas películas del oeste americano se decía civilizadora a la mujer. Mas en ellas la mujer dominaba a los hijos, y dominándolos los preparaba para vivir socialmente dominados. De aquella relación hogareña salían personas dóciles y fácilmente adaptables.
En aquel tiempo todo adulto vivía jodido, había tragado mucha quina, por lo cual lo poseía la sana ira ante el abuso, soterrada, contenida, y le era preciso descargarla.
Con sus cruentos castigos la sociedad lo disuadía de que la descargase sobre los que la habían engendrado, el estilo de vida, los que con mil y un expedientes obligaban a vivir descarriado del sano vivir.
Cada sociedad, cada gobierno, señalaba a los gobernados las potenciales víctimas. Mirad, ved ahí aquellos a quienes se os permitirá maltratar.
En Bangladesh era práctica corriente quemar con ácido sulfúrico el rostro de la joven mujer que rechazaba a un pretendiente aborrecido.
Si se trataba de Hitler, él señalaba el chivo expiatorio; decía a los ciudadanos, no os permito descarguéis en tales y tales aspectos y personas la rabia que yo mismo os provoco; pero en cambio os doy carta blanca para que la expreséis sobre kosovares o judíos.
Y con los debidos licencia y beneplácito aliviados los súbditos, se desfogaban en los débiles y víctimas de turno.
Otro tanto sucedía en el hogar. Fuera de casa los rectores de la sociedad decían a sus miembros has de acomodarte a lo establecido; pero te permitimos que en ella seas tirano; en tu intimidad no nos metemos, te damos carta blanca, es terreno que te pertenece, sólo tuyo, podrás hacer lo que quieras, haremos la vista gorda nosotros.
Y el marido maltrataba a la esposa y ambos maltrataban a los hijos. Todo estaba allí permitido. La sociedad cerraba los ojos y nada veía.
Los hijos eran víctimas de tanto padre vencido.
Los hijos eran propiedad de sus padres, prolongación de ellos. Goebbels mataba a los siete suyos antes que dejarles vivir la rendición. Tirano Banderas, igualmente, mataba él mismo a su enloquecida hija, para que los revolucionarios vencedores no le mancillaran la inocencia.
En aquel tiempo los escritores preferían cebar la inspiración en las truculencias y horrores que en la convivencia abundaban. Si les hubiesen faltado, se hubieran quedado sin argumento para sus libros. De la misma manera que los médicos de entonces necesitaban dolientes, pues de lo contrario hubiesen caído en el paro, aquellos escritores necesitaban una España negra en la que sobre la lápida de una tumba funesta un pirado desgraciado violase a una joven.
Se lo llamaba cultivar el morbo.
Leyendo atrocidades de otros lugares y tiempos decían los peritos se escaqueaba uno de prestar atención a las que en el preciso momento ocurrían en la puerta vecina; lo decían proyectar los males de uno, apartarlos de sí, distanciarlos, con el fin de evitarse sufrimientos; más fácilmente se escandalizaba uno con la maldad de Milosevic y con los albano kosovares que a sus manos las pasaban putas, que con las propias tendencias oscuras y los padecimientos del que vivía puerta por medio.
Los sucesos venden el periodista echaba fuera balones; mas el editor del tabloide era fascista convencido. Con aquello de cada uno a lo suyo, zapatero a tus zapatos, nadie se identificaba con nadie y los más hacían su trabajo indiferentes al daño que a otros causaban.
Igualmente en aquella sociedad, el escritor culto no se identificaba con los desgraciados a los que describía. Aunque en sana razón se tuviera por cultura la sensibilidad, fuera más culto el más sensible.
Un empresario al que se le señalaba el ritmo vivo de trabajo y que nunca aprobase lo que hacían sus dependientes, decía: no temo sufrir un infarto; yo los causo a los otros.
El morbo vendía; cabría preguntarse por qué. En el Dalai Lama, un psiquiatra americano había buscado orientación para su práctica; y el guía espiritual tibetano le había dicho que para sentir menos las penas propias convenía atender a las ajenas, ver como la desdicha del vecino aventajaba a la propia, con lo cual uno se consolaba, pensando que la cosa podía ser mucho peor.
Cupiera preguntarse qué pasaría cuando ya no hubiese nadie más desgraciado que uno y ya no tuviese uno con quien compararse y aliviar así las penas que por acaso sintiese.
Conviniera pues hubiese siempre ricos y pobres, felices y desdichados, aborígenes e inmigrantes; pues los últimos fueran necesarios para llevar a cabo la función social de tranquilizar a los otros.
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