25 Oct 2007

Acudir a una prostituta

Escrito por: amintas el 25 Oct 2007 - URL Permanente

NO ES TAN MALO QUE UN HOMBRE ACUDA A UNA PROSTITUTA. El Mundo, Opinión de una artista de cine.

En aquel tiempo el concepto que algunos tenían de lo que significaba vivir en régimen democrático, espantaba a Ulrich. Cada uno podía decir lo que quería; estaba bien. Pero que a uno le publicasen cualquier cosa en el apartado de Opinión, ya no lo estaba tanto.

Las mujeres nuevas lo dejaban atónito. Cualquiera hubiese pensado que aquella que decía lo que arriba se apunta, no hablaba con conocimiento de causa. Efectivamente, si ella nunca había sido hombre que acudía a una prostituta, no pudiera decir que no era tan malo hacerlo. Sólo un hombre que lo hubiera experimentado en carne propia pudiera decir algo al respecto, si la cosa era buena o era mala.

Por otro lado había el feminismo. Si durante décadas y décadas se habían quejado las mujeres de que se las tratara como objetos, de que se las redujese a una parte del todo, a saber, los órganos llamados sexuales, sorprendía ahora que una mujer moderna no pusiese reparo a que hubiese en el mundo mujeres objeto, sólo eran recipientes en que algunos varones un sábado noche descargaban el rijo.

¡Vaya una mujer moderna! A buen seguro, la puta que leyera lo dicho pensaría para los adentros: ¡Anda, rica; métete a puta; a ver qué me dices!

De nuevo padecía el buen sentido. Ante todo una mujer era la hembra de la especie humana. Sus órganos del sexo estaban para concebir la descendencia. ¡Y una de ellas veía bien se los utilizase contra natura! -que diría el Papa.

Los sinsentidos, las inconveniencias, el doble lenguaje, estaban de moda. Por las mismas fechas un psiquiatra de Córdoba echaba la culpa de todo al franquismo. Nunca había habido en España -decía aquel hombre- régimen nefasto como el pasado franquista. Y condenando lo pasado, evitaba mirar el presente. Si con Franco vivíamos peor, con la mujer nueva que decía lo arriba apuntado no mejoraran las cosas, ciertamente.

Insistía él y los suyos en que recordando el pasado se evitaría el mal del presente. A la vista estaba que en Historia no había sido alumno aventajado. Pues de lo contrario hubiera percibido que como mínimo hasta hoy, desde hacía dos mil años, se había venido condenando el pasado terrible, y exhortando a las gentes a no repetirlos. Sin embargo no cesaba de repetirse una y otra vez. A una persona sensata se le hubiera ocurrido de inmediato que si a lo largo de 2000 años una receta no había funcionado, muy probablemente seguiría no dando resultados otros 2000.

Esta verdad como un puño suscitaba otra pregunta. No se entendía por qué tantos denunciaban con denuedo lo mal hecho y tantos lo aplaudían, si la denuncia no servía de nada.

También la respuesta era obvia: porque nada ni nadie corrían peligro. Se podía denunciar lo que bien se quisiera ya que nadie ni nada se sentía amenazado. De ahí el éxito de Günter Grass con su Katarina Blum; de ahí el de Saramago, quijote moderno que a su vez empuñaba lanza en favor de los descamisados de Chiapas; de ahí el de tantos otros que año tras año ponían de chupa de dómine a Hitler y los nazis, mientras en la casa de al lado, ahora mismo, en este instante, y sin que nadie se diera por aludido, se cometían atrocidades semejantes a las ya cometidas.

Con razón, caso de hacerlo, ante la oficina del defensor del consumidor un ciudadano cualquiera se quejara de que un periódico diario le daba producto adulterado. Un diario que afirmaba crear la opinión. Y creándola y extendiéndola tal como la arriba apuntada, a todas luces se corrompía conciencias y almas.

Sin hablar de la querella que contra el diario aludido pudiera interponer alguna puta. Pues al degradarla de tal modo y no tener en cuenta su dignidad, se le estaba injuriando. El responsable habría de pagar.

Poco a poco, a trancas y barrancas, los jueces lo iban comprendiendo. Una de ellas se había atrevido a sentar jurisprudencia calificando de torturas aquellas otras conductas que si bien no constituyen un brutal ataque físico y son de menor entidad que él, representan inaceptable violencia psíquica que se hace a la integridad moral de una persona; sutiles violaciones de su dignidad.

Los protagonistas del caso habían empezado intercambiando insultos; luego el varón había golpeado a la mujer; tras cogerla del pelo, la había arrastrado hasta el cuarto de baño, donde le había causado sensaciones de angustia y ahogo metiéndole en el inodoro la cabeza y tirando de la cadena que hacía funcionar la descarga.

Mucho cine educativo y de denuncia debía de haber visto el interfecto. De seguro asistió a El Crimen de Cuenca.

Todo el mundo aquel estaba esquizofrénico de atar.

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