27 Oct 2007

Machistas por la gracia del dios

Escrito por: amintas el 27 Oct 2007 - URL Permanente

MACHISTAS POR LA GRACIA DE DIOS. Titular de El Diario.

En aquel tiempo inefable nos gobernaba gente esquizoide, es decir, gente que padecía esquizofrenia todavía leve (se la tenía por leve mientras no saliesen desnudos a la calle o de otra manera perturbasen el llamado orden público). Ser esquizoide, brevemente “esquizo”, significaba tener el ánimo dividido en compartimientos estancos, aislados unos de los otros, de modo que con toda tranquilidad y sin remordernos la conciencia (para eso tendríamos que ser íntegros, lo contrario de “esquizos”) el domingo asistíamos al servicio del clérigo presbiteriano de turno y por la semana invadíamos países, torturábamos a prisioneros de guerra o levantábamos muros genocidas contra los palestinos.

Así eran aquellos que -infortunados nosotros- nos gobernaban. Mientras con una mano o golpe de cálamo dictaban una ley con la que supuestamente pretendían evitar que el cónyuge más fuerte maltratase al otro más débil, con la otra restante alimentaban ese maltrato que acababan justamente de tachar.

Me explicaré. Nuestra cultura era machista; nuestra sociedad era machista, nuestra convivencia era machista. Nuestras escuelas sembraban el machismo, entonces se lo sembraba en las hembras tanto como en los varones. En nuestra televisión se enaltecía el más puro machismo. Las vallas publicitarias de nuestras calles y plazas le eran otros cantos de alabanza. En las escuelas se nos había propuesto siempre como modelo a los más notables machistas, a saber, Alejandro Magno, Julio César, Napoleón… Por no referirme ya a Yahvé, el machista sumo y primer exponente de tal lacra. En las Televisiones de aquel tiempo campaban los psicópatas perversos. Eran los héroes modernos. En la publicidad… El más violento, más macho. El insensible al sufrimiento ajeno, el más macho de todos. El psicópata, macho completo. En los espectáculos de mayor audiencia proliferaban malignos los concursos competitivos, en los que vencía el más macho, es decir, el que se sabía más que los otros los ríos y cabos de España o el significado de las definiciones. Un ejemplo, el Pasapalabra, que dirigía un presentador en boga. Y tantos otros que se trajera a colación. Dos enfrentados; si uno ganaba, irremediablemente perdía el otro. Para uno el triunfo, el aplauso; para el otro, la humillación, la derrota. Y aquel presentador arrojando leña al fuego odioso. “Al enemigo, ni agua” – gustaba de decir una y otra vez con estúpida risa. Cuando lo correcto hubiera sido decir –como con feliz expresión había corregido un concursante- no, no, al enemigo el respeto. Bien, la competitividad, la rivalidad, el enfrentamiento eran puro machismo. El ver en el otro alguien al que había que vencer. En la humillación corriente en tanto concurso televisivo, había como para estremecerse; cuando unos pobres infelices manipulados se arrojaban a una piscina llena de copos Kellog’s para arrancar del fondo pringoso unas malditas monedas.

La publicidad. La mujer como objeto, puro objeto de cambio, carne de competición, a la que había que conquistar y arrebatar al rival, para que a continuación ya fuera (quizá para siempre) nuestra. Y si con pena y esfuerzo uno la había ganado, absurdo sería esperar que la compartiese con otro. Antes la mataba. O suya o de nadie. Frases conocidas de los maltratadores de turno. La mujer que en traje de baño te miraba a los ojos mientras con las manos diestramente colocadas señalaba a su sexo, la que… la que… pura incitación al machismo. Ningún ciudadano obrero de sabe el dios qué ramo se respetaría si al paso de una hembra de bandera (he ahí en el folclore y cultura una expresión puramente machista) no soltase algún berrido. Lo llamaban piropear. Feminista hubo que ardía en ascuas de furia cuando se le mencionaba el castizo “piropo”.

Los mismos que nos querían machos guerreros en Irak y nos daban todo el permiso para matar a mujeres y niños de Irak, nos prohibían luego que matásemos a la mujer o al hijo propios. En la empresa, frente a los colegas rivales nos querían machos, emprendedores, ambiciosos, acometedores; y luego en el hogar, comprensivos y dulces, tolerantes y mansos.

Pura esquizofrenia, puro esquizoidismo. Con una mano la ley represora. Con la otra la siembra a voleo de las semillas del mal que se condenaba.

Estábamos pirados.

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