29 Oct 2007

La moral del pueblo canario

Escrito por: amintas el 29 Oct 2007 - URL Permanente

ES FUNDAMENTAL ELEVAR LA MORAL DEL PUEBLO CANARIO. (Titular de La Voz de Galicia)

En aquel tiempo la actividad política del gobernante de turno era asunto del máximo interés; se descubría en él las dotes de energía, capacidad organizadora, prudencia, honradez y amor a los administrados típicas de un gran dirigente. Si España gloriosamente se envanecía de haber dado al mundo un Séneca, maestro de la filosofía moral, podía con mayor razón envanecerse de haber dado a su pueblo un consejero, oráculo de la política, tal como don Manuel. Todas sus obras eran gloriosas y magníficas. Era uno de los políticos más hábiles y más prudentes de España en aquel tiempo.

- Concédase una pensión de 4000 a Florián de Ocampo -había decretado aquel hombre ejemplar- quien por inclinación natural ha filosofado durante largos años sobre el natural ser del país; que es una de las más principales provincias del mundo, cuyos habitantes han realizado notables hazañas, no solo en la sublevación de Viriato y contra los suevos y vikingos, sino también con ocasión de la venida de Almanzor, y en su derrota a manos de los cristianos, desde el tiempo del Rey Pelayo hasta la final victoria de Alfonso y doña Urraca, que en gloria estén; y puesto que por falta de autores estas cosas hace tiempo que no son recordadas; ya que equivocadamente se prefiere el ciclo de Artur.

- Me siento vacío; algo me falta - a la sazón decía en LN un profesor.

- Hace 10 años, quería hacer muchas cosas. Llegué incluso a escribir un libro; quería ser escritor. Lo entregué a un agente literario. Mas hoy ya no quiero nada. No quiero decir nada. El que escribe debe querer decir algo; algo ha de inspirarle. Y no se me ocurre nada que decir.

A mediados del mes, el director lo había llamado a su despacho, y en presencia de la cúpula en pleno le había recriminado la floja conducta; le faltaba entusiasmo, le faltaba autoridad.

Sentía angustia. La combatía pensando obsesivamente en sus dificultades. Se lo perseguía porque decía la verdad. Lo torturaban exigiéndole imposibles. No se puede mantener el orden en el aula sin sofocar la vitalidad de los alumnos. Se sentía acosado. Aquella noche había mirado en los rincones, le había parecido ver a extraños.

Reunidos, los de la directiva lo habían amenazado. Lo atemorizaban, como a otro niño escolar. Juntos los tres era amenaza. Aquel incidente lo había cansado. Por un día o dos había padecido insomnio.

Para dominar a los otros, el que manda los pone en situación incómoda, despierta en ellos ansiedad. Y aduce luego que se está defendiendo.

Los sojuzgados deseaban acabar con quienes directamente los herían; mas ellos les señalaban víctimas, en el campo de juego, a los contrarios; en las aulas, al alumno.

La reunión amenazante le había subido la tensión. De madrugada, insomne, preocupado, se había desvelado. Por la noche, con dificultad se había dormido. Sentía cólera en el pecho, y opresión. Se había preparado una infusión sedante. Le daban vahídos. Lo habían llamado a declarar. Se sentía como ante la policía. Se sentía culpable fácilmente. Sentía miedo. Inútilmente se tranquilizaba. Los veía como solapados enemigos que le querían mal. Los temía.

El ambiente de aquel centro estaba cargado de tensión. Se luchaba allí por el poder. No le iban, a él, los enfrentamientos. Se sentía amenazado. Lo presionaban y advertían para que hiciera cosas que no quería hacer. Ansioso, culpable e incapaz de reaccionar, se sentía como un niño ante una regañina. ¿Qué querían de él? Para huir de la inquietud, hacía varias cosas a la vez. Se sentía incapaz de terminar lo que estuviera haciendo. Tendía a reñir con los demás, a buscar camorra. Se sentía impotente y desesperado, falto de control, y temía hacer disparates y lastimarse. Se sentía apremiado a hacer pronto alguna cosa, y en peligro de catástrofe inminente. Inquieto, no paraba. Con dificultad se contenía, lo aquejaba el cansancio, la sensación de no poder ya más, de estar al borde de estallar. Incapaz de atender a las demandas, sentía que demasiadas cosas lo solicitaban y que desde todas partes alguien lo acosaba. Cuando otro se le aproximaba, se sentía en peligro, se le iba a exigir algo, se le tensaría aun más la cuerda, veía amenazante a todo el mundo, tenía que hacer algo y no sabía qué.

En ningún lugar interesaban la paz y la armonía.

Se llamaba autoridad y clases dominantes a lo que Maquiavelo llamara El Príncipe. Todas bebían de aquel libro.

Ulrich hacía notar a los demás aquel perverso acuerdo en la institución jerárquica; y una vez y otra se lo miraba con burla y desprecio.

Decía él : vivid y dejad vivir; no mandéis ni seáis mandados; resistíos a vencer a nadie, ni aun en el fútbol.

Huid de los enfrentamientos.

En los ojos del oyente bailaba la risa; si no se reía abiertamente.

- Tiene que haber autoridad - sin contenerse barbotaba uno colérico que no se veía obedecido.

Ocasionalmente Ulrich hablaba a un oprimido. Le mostraba la pena de serlo, la inherente indignidad; lo natural de que a todo el que tolerase sin pestañear tanto mal trato, se le cayera la cara de vergüenza.

El oprimido, la gorra entre las manos, con humildad asentía : Sí señor, sí; sí señor, sí. Y ahí quedaba la cosa.

Ulrich se sentía perplejo. No sabía qué añadir. Y dado que la noche iba cayendo, se volvía cabizbajo al interior.

El oprimido era difícil de entender. Acabado de oir el sabio consejo con que Ulrich lo había regalado, se aproximaba al hijo pelón despendolado y dándole un guantazo lo animaba : ¡saluda al señorito!

El oprimido no veía que fuera Ulrich allí mismo a libertarlo; veía a un despistado que tontamente se bajaba del caballo dominante. No agradecía el interés que se le demostraba : sólo asentía.

Reinaba el consenso.

Ulrich quería vivir en libertad y al amparo de la Ley; mas lo quería también para los otros. No se abajaba al pueblo comiendo bazofia, vistiendo mono y alpargatas y en Tele 5 contemplando perversas demasías; pero tampoco quería que el pueblo los comiese y vistiese ni que la contemplase.

Quería a todos nobles; bajo, a ninguno.

Alguno adujera que no hubiera nobles sin bajos, altos sin sumisos. Pero aquello fuera verdad únicamente en cuanto al dominar : nadie dominaba si no había alguno dominado.

No hablaba Ulrich de ennoblecer mandando; no hablaba de engrandecer a uno sometiéndole vasallos. Hablaba de ennoblecer borrando las diferencias, eliminando las categorías del opresor y el oprimido. Hablaba de nobleza espiritual; no de nobleza social.

Gregorio Marañón había reprochado a los Austrias su decadencia última, y la atribuía a que no hubieran sabido mantener la idea de la jerarquía.

En aquel tiempo se había rebajado la grandeza, que ya sólo consistía en dominar.

Muy difícilmente se cambiaba las costumbres. Antes, a finales del siglo 16, también a toda costa había querido mantener la autoridad Clemente VIII, a cuyas órdenes papales habían descabezado los verdugos a Beatrice Cenci, joven que a su temprana adolescencia contribuyera a asesinar al padre, el cual, adelantándose al marqués de Sade divino y sin tomar la cosa por lo novelesco, la había violado y flagelado a su sabor tan pronto se hubo con ella encaprichado; sin que la autoridad la hubiese defendido; que entonces se ponía la patria potestad por encima de más nobles consideraciones.

Su padre, Francesco Cenci, había sido hijo de un cardenal corrupto, que a cargo de las arcas del tesoro vaticano había aprovechado el puesto y sinecura para enriquecerse. Sin duda aquel padre primero había hecho víctima de torpes sevicias a su hijo; que luego perpetuaba el arcaico abuso repitiendo en la hija tanto maltrato.

Al terminar el siglo, se era libre, y a la gente empavorecía la falta de universales reglas y de caracteres fuertes como los de antaño. ¡Por el dios, qué alguien me diga lo que debo hacer! - suplicaban todos. ¡Qué venga un cirujano de hierro!

Mas otro no había que Margarita Thatcher. La cual al lado del Clemente VIII hubiera quedado muy desmerecida.

En el lugar que otrora correspondiera a los tiranos del Renacimiento, las gentes modernas habían endiosado la Cultura; las espantaba la ignorancia, y para todo buscaban la ayuda de un experto.

Si les dolía un callo, acudían a los servicios de un callista; si les salía un grano, a los del metabolista; si en marzo llovía, a Montesdeoca...

Nunca se había impartido tantos cursos; nunca tantos buscaran aprender. Nunca tantos recurrieran a los libros permitidos por las autoridades pertinentes para hallar las maneras y modos del recto vivir.

En la comarca, un grupo o secta se comunicaba con los extraterrestres. Los miembros escogidos escribían automáticamente a la manera del Breton surrealista que los había antecedido; decían que de los alienígenas en sus salvaderas recibían la iluminación.

Se era libre : la Constitución lo aseguraba; pero todo se hallaba definido. Tan pronto como uno era poeta, se lo declaraba homosexual. Tan pronto como uno iba a la guerra, se lo tenía por viril caudillo.

Al que se enriquecía sin reparar en medios, se lo celebraba y proponía como emulable ejemplo.

Se estaba en libertad de hacer cualquiera cosa: clonar seres humanos, cruzar llamas con camellos, hacer que los ratones produjesen el varonil esperma, fabricar el gas Sarin, desparramar el ántrax en el Metro... todo se hallaba permitido. Solamente nadie pensaba otras maneras de vivir.

Todo se hallaba definido de antemano, y difícilmente se viera el mundo de otra manera que la prefijada.

Se lo llamaba crear la opinión.

Nunca se había dado tal consenso en las ideas.

- ¡Ah! ¡La tribu lo quiere! -había dicho consentidor un ilustrado, cuando alguien le había llamado la atención sobre el indecible sufrimiento que el modo de pensar y de vivir causaba a las personas.

- ¿Y si la tribu hubiera enloquecido? -se había alarmado el oponente.

El otro se callara; pero con el gesto diera a entender que para él, en un momento dado no cabía otra verdad ni otros valores que los comúnmente aceptados.

¡Qué triste dejación de la responsabilidad!

¡Qué triste humildad!

Todos se inhibían. Con ello se abría la puerta a uno que atrevido llegase sin escrúpulos y se adueñara del vacío.

Ya no temáis. Yo os diré quienes sóis; yo os diré qué hay que hacer. Yo os salvaré.

Por fin alguien se atrevía a ser la autoridad. Y todos aliviados lo seguían.

Anarco Libertario Acérrimo,

partidario de regularse por sí mismo.

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