05 Oct 2007
Los hombres ya no engendran
LA VIRILIDAD EN PELIGRO. Documentos TV. La 2.
En aquel tiempo y según lo que decían los periódicos, disminuía de forma alarmante el número de espermatozoides que en los correspondientes órganos fabricaban los varones. Si antaño llegaban a los 100 millones por cada mililitro, ahora apenas rozaban los 50. De seguir así la cosa, la especie humana dejara de reproducirse.
Igualmente las ranas, los cocodrilos, los salmones, las truchas y otros animales aún sin estudiar, padecían aquella enfermedad, producían menos espermatozoides. Nacían malformados los bebés; los machos presentaban incipientes órganos de hembra; las especies biológicas se feminizaban; estaban de norabuena las tajantes feministas.
También Cibeles, la diosa madre de Efeso, la diosa feminista en cuyo honor el mancebo Atis se había emasculado, se vanagloriaba. Inútil el esfuerzo de san Agustín. Pese a Constantino, que impuso el cristianismo, ganaba en Majencio Juliano, que había querido restaurar el culto pagano. Agustin y Constantino lo habían querido desterrar ya para siempre, las procesiones en que los castrados devotos de la Madre danzaban frenéticos delante de sus andas; las orgías de Furias y Bacantes... y por la puerta falsa se les colaba triunfante la feminidad.
Culpable el tecnoestrés.
Mas la cosa no importaba. No se había comprobado que si le disminuía el número de los espermatozoides, el varón mostrase menos aptitud para la guerra, para competir en la oficina y los concursos de la tele, para ir a la luna y las estrellas; antes al contrario, era más capaz, pues concentraba en el trabajo todas las energías de que disponía. Con la ventaja de que en las poluciones nocturnas las sábanas resultarían menos almidonadas.
La Naturaleza se mostraba sabia. No se la dominaba, escurría el bulto, siempre se salía con la suya. En el Occidente, las gentes habían decidido que para enriquecerse hacía falta estar en paz. Y para estar en paz, todo el mundo tenía que ser igual a todo el mundo. Nada de diferencias engorrosas; los casos individuales creaban sólo confusión y despilfarraban tiempo y recursos. Había que igualar a todo el mundo, pasar el rasero, uniformar a la gente.
Era innecesario que hubiera dos sexos, si con uno se podía hacer todo unisex. Y nada mejor que quedarse con el sexo varonil, los varoniles modos. Hasta el momento el sexo varonil había sido el que mandaba, el que llevaba los pantalones, como vulgarmente se decía. Pero pese al escándalo de los eclesiásticos, que se oponían a que también las mujeres los vistieran, los pantalones se habían generalizado. Antes con las faldas se pasaba mucho frío decía a Ulrich una mujer ya vieja; con los pantalones anda una mucho más calentita. Tenía razón. Pero los hombres de iglesias no querían atender a esas razones; el cielo bien vale unas faldas y un poco de frío, argumentaban. Mas las mujeres ya no les hacían tanto caso. Ahora preferían corromperse un poco y vivir más cómodamente. Y al igual que los hombres se hacían más escépticas. Por no decir agnósticas.
Antiguamente las iglesias habían sido coto casi privado de las hembras, que se mostraban más devotas que los hombres; pero con el avance imparable del comercio democrático y el consumo de bienes electrodomésticos, habían ido dejando de lado las antiguas devociones y pasándose a la televisión.
Con el hostal royal de los manglares deliraban.
Para vender más y mejor y que el dinero fluyera, con sus instituciones la comunidad igualaba a todos con todos. Como por la puerta de atrás, sin revolución se realizaba el lema de los jacobinos franceses sansculottes : l'egalité.
Ya todo el mundo se convertía en varón. Varones las mujeres, varones los niños del parvulario, varones los curas, todo el mundo adoptaba las pautas varoniles.
Mas la Naturaleza no estaba dispuesta a permitirlo. No había empleado miles de millones de años para hacer las cosas como eran y ver que de pronto, por un capricho comercial, de la noche a la mañana los seres humanos las mudaban. Si ellos querían virilizarse, ella se lo impediría. Y así con artería los había llevado a convencerse de que inventar plásticos era lo bueno. Y ellos los habían inventado, y habían comenzado a ponerlos hasta en la sopa. Pero los plásticos habían mostrado ser arma de dos filos; contenían ftalatos, que ingeridos producían estrógeno en los cuerpos, la hormona femenina, y feminizaban a todo aquel que los tomaba. Y como una vez usados se arrojaba los plásticos al río y se los comían los peces, y luego los peces eran comida de los seres humanos, éstos comenzaron a producir, todos ellos, por causa del ftalato, estrógenos en vez de testosterona, a tener hormonas de hembra en vez de hormonas de varón. Se decía que en el momento de diferenciarse en hombres o mujeres, los fetos no sabían ya a qué carta quedarse, y se inclinaban todos a volverse hembras; con lo cual se compensaba y neutralizaba aquella tendencia a la universal virilidad.
¡Oh Naturaleza sabia! ¡Mucho se equivocaba el que de ella quería prescindir!
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