08 Oct 2007
Hablamos mucho de sexualidad
HABLAMOS MUCHO DE SEXUALIDAD; PERO NOS QUEDAMOS EN LA SUPERFICIE. Titular de El Faro de Vigo.
En aquel tiempo se estudiaba con minucia el comportamiento de los animales.
Se acumulaba entonces los conocimientos. Se quería saber más y más de todo. Día tras día se obtenía resultados y más resultados de más y más experimentos, con ellos se llenaba interminables bancos de datos, páginas de separatas, discos duros de ordenadores. De seguro con el tiempo se aprovecharía todo aquello. Y se entendía por aprovecharlo, la ganancia. Alguien haría que lo recolectado produjera beneficios.
No empujaba a los humanos estudiosos el afán de descubrir la verdad del mundo; incluso nadie creía que hubiera una verdad. Se investigaba con miras a utilizar de algún modo lo descubierto, para hacer dinero con ello.
Se lo llamaba rentabilizarlo.
Durante siglos y para sentirse bien, alegrarse el ánimo y aliviarse las enfermedades, los marroquíes de Ketama habían fumado el hachís; todos lo aprobaban, nadie lo combatía.
Pero tampoco daba dinero a nadie. El que más y el que menos tenía en su casa su plantita y con ella se apañaba.
Intervinieron las autoridades de algún lado; y tras alegar que dañaba la salud de los contribuyentes, declararon el hachís droga prohibida.
Entonces los hombres de ciencia de un laboratorio farmacéutico descubrieron el principio activo que causaba los benéficos efectos. Y una vez descubierto, se solicitó los permisos necesarios para montar una plantación de marihuana y bajo prescripción facultativa venderla a los enfermos.
Se adueñaba uno de la naturaleza y la utilizaba para aventajarse.
Se buscaba la utilidad, se decía; pero no una utilidad bien entendida, cuando esa palabra aún conservaba su valor original y las cosas satisfacían una necesidad; sino de acuerdo con un significado corrompido; pues las palabras se desvirtuaban, la gente se las apropiaba y las deformaba, para acomodarlas a su visión del mundo, para ajustarlas a la conveniencia del momento.
Utilidad significaba entonces rentabilidad.
Si en la Amazonia se descubría una nueva planta exótica rebosante de belleza, o algún insecto asombroso por lo que representaba de convivencia con el mundo circundante, de riqueza inexhausta de lo dado, no se maravillaba uno y lo contemplaba, y se mostraba agradecido por tanta abundancia, tanta complejidad y misterio.
Se lo llevaba enseguida a un laboratorio para averiguar qué provecho económico escondía.
Aquellos homo sapiens no eran animales respetuosos; eran elefante en una cacharrería, eran un bruto exacerbado.
Mientras tanto, pacientemente el paleontólogo Arsuaga de la sima de Atapuerca desenterraba huesos. Aportaba laboriosamente su granito a la teoría del Darwin evolucionista.
Antes de Darwin, aquí se era mayormente creacionista. Cuando a uno le daba por pensar en tales cosas, en general creía que una mañana del otoño del año 4004 antes de Cristo, el Dios omnipotente de los israelitas había finalizado su creación moldeando en barro al hombre y a la mujer.
Pero después de Darwin y sumado Arsuaga, la gente se iba haciendo más y más evolucionista. Ya no pensaba que por un acto concreto de su divina voluntad el dios hubiera creado a los humanos; sino y todo lo más, que se había limitado a crear el hidrógeno elemental; y que a partir de ahí, a lo largo de miles de millones de años, se habían ido formando todos los seres de la Tierra, el hombre incluído.
Los antepasados del hombre habían sido, primero, el hidrógeno; más tarde, los aminoácidos, a seguir, los reptiles, luego, un mamífero y finalmente el primate hombre cabal.
Por pura retórica llamo hombre cabal al que los hombres de ciencia de aquel tiempo habían llamado homo sapiens; pues para ser hombre acabado le faltaba todavía mucho.
Si en un momento dado, hacía tan sólo 100 millones de vulgares años, lo que andando el tiempo iba a ser el hombre, era todavía un modesto reptil, es decir, puramente un animal, sin el menor asomo de alma o espíritu, difícilmente fuera otro, una especie de carne bruta impregnada de soplo divino, más tarde, cuando iba a la luna y lanzaba megatones en el atolón de las Bikini.
Por más que uno pensara, no acertaba a conciliar el que siendo sus archiabuelos simples animales que se arrastraban por el suelo, luego, los nietos, fueran otra cosa.
Si eran animales, ¿por qué se comportaban de otro modo?
El perro con la perra, el gato con la gata, el camello con la camella, y así hasta el infinito, de los animados, todos se comportaban sexualmente de una manera.
Incluídos los cangrejos rojos de la isla de Christmas.
Cada año les llegaba el momento de reproducirse. La hembra entraba en celo. Los machos las montaban, sin distinción, sin atender a si eran bonitas o feas, si movían con donaire las pinzas de las patas, si en el grupo ocupaban un puesto distinguido, si los restaurantes de categoría las preferían para los clientes, si eran más jóvenes o menos... simplemente, la hembra en celo, el macho la montaba.
Y montada, la hembra se preñaba; ninguna de ellas evitaba el embarazo; ninguna abortaba. Y ya no digamos acerca del clítoris, ninguna se quejaba de que durante el coito no había recibido el placer debido, ni de que el macho se hubiera mostrado poco diestro en la faena.
¡Qué sencillo todo, cuando el hombre era animal!
Mas una vez homo sapiens, la cosa se había avinagrado. Ya las hembras no esperaban a sentirse en celo; a que el cuerpo les pidiera sembradura; ellas por propia voluntad exigían que el macho las montase, de acuerdo con la luna, en sentido figurado, es decir, cuando estaban con ella, a saber, cabreadas, chateadas, con ganas de jarana o deprimidas porque el jefe las había abroncado en la oficina.
O cuando les daba la real gana. En cierta ocasión, una mujer de las modernas de aquel tiempo, se había disgustado con la hija adolescente, porque ésta, por algún desacato en la convivencia, le había discutido la patria potestad y plantándole cara había querido salirse con la suya.
La mujer había llorado; mas como para calmarla no le bastara éso, saliera a la calle, hallara a un amigo, le contara la tragedia acabada de vivir, le había señalado que deseaba ser montada y lo había llevado con ella a la casa.
Nunca supo él si ella estaba en celo; sencillamente, la mujer quería en aquel preciso instante ser montada.
De vuelta a los perros y los gatos, difícilmente se concibiera entre ellos semejante lance. Ninguna perra hecha de hiel, deprimida, reñida con el gato del vecino, a la que otro perro del entorno despreciara, a la que el hueso que aquel día roía no acababa de saberle bien, buscaba al perro.
Por descontado, las perras no tomaban precauciones. Si el perro las preñaba, bien estaba.
Pero una profesora de psicología de la sexualidad había hablado ante las cámaras. Se le había encargado enseñar a los demás acerca del asunto. Y en lugar de ilustrar a sus alumnos acerca del misterio de traer al mundo a otros seres, les enseñaba que sólo la hembra humana tenía clítoris.
¿Lo tendrán también las perras? ¿Será exclusivo de la raza humana? Dudoso era que significara lo que la profesora y carmen vijande sostenían, a saber, que la mujer tenía derecho a sentir placer cuando yogaba y que el varón debía esmerarse en procurárselo.
La profesora hablaba de los derechos mal conocidos de las mujeres, entre ellos, el derecho a solicitar placer. Tenía razón la mujer que se quejaba, no he disfrutado, no lo he pasado bien; y el macho que la había montado debía sentirse contrito de no haberla sabia y debidamente complacido.
Ni las gorilas, las elefantas, las hipopótamas o las jirafas, habían expresado nunca exigencia y mohineces tales.
También protestaba aquella profesora de que las autoridades competentes no reconocieran a la mujer el derecho a masturbarse; lo que sorprendía; porque a nadie se le hubiera ocurrido reivindicar el derecho a rascarse cuando le picaba; o a ducharse cuando tenía calor, o a comerse una mariscada cuando la cuenta corriente se lo permitía.
Ningún animal de los otros se hubiera ocupado de tales cosas. No se concibe a una elefante masturbándose. Una persona que supuestamente aleccionaba a los demás acerca de la verdadera y genuina sexualidad, no aludía a la función del apetito sexual en los animales, engendrar la descendencia, reproducir la especie, transmitir los genes.
En torno se veía que todo, absolutamente todo, se reproducía, los animales, las plantas, las galaxias y estrellas, hasta los minerales, pues del interior del planeta brotaba continuamente a través de las grietas del fondo oceánico el magma incandescente que daba lugar a las rocas de la superficie.
Hasta las rocas se reproducían.
Todo repetía una pauta única: nacer, crecer, reproducirse y morir.
Tal era el verdadero ser de lo existente.
Mas el hombre se negaba a ser uno más de lo creado, se quería diferente, no aceptaba su dado papel, y usaba los órganos sexuales en actividades ajenas a su función.
La profesora hablaba del clítoris, del derecho de la mujer al placer del coito, de su derecho a masturbarse, de su derecho a yogar sin concebir...
La profesora no se reconocía animal.
Y probablemente tampoco era ya creacionista.
Se insitía tanto en el placer que, para cualquiera que considerase el placer fin de la vida, en aquel tiempo se vivía en el más puro hedonismo. Pero difícilmente uno creyera vivir en medio del placer.
Por ahí, por algún lado, por algún lugar del interior, lo macabro ocurría preferentemente en el interior, un buen día, un hombre cualquiera, se había liado a tiros con los convecinos, había matado al panadero y a la peluquera, machacado a dos mujeres que en mala hora pasaban por allí y nada tenían que ver con el asunto y finalmente se había arrojado de cabeza a un pozo. Y se murió, claro está.
El mismo día unos jóvenes corrientes de los de discoteca y coca cola los sábados noche, habían rociado con un líquido inflamable a un mendigo que sesteaba bajo la marquesina de un Banco o Caja y lo habían inflamado, y gracias a que el atorrante llevaba puestos dos pantalones o tres, uno encima del otro, las quemaduras fueron sólo de segundo grado, que de no ser así, estuviera él ahora como se dice criando verdes malvas.
¿O no son verdes las malvas?
En el mismo periódico donde me informo de los sucesos del mundo, se dice que ya hay en él 31 millones de enfermos de sida, otros veintitantos ya se han muerto, otras decenas de millones se han contagiado aunque todavía no han notado los efectos, y cada día se infectan varios miles. Y no ha llegado lo peor, cuando a la estadística se sume otros muchos que por raras razones han de añadirse.
Hay hambre en el mundo, guerra en Sierra Leona, se desmorona Rusia, Serbia las hace pasar putas a los kosovares, un kamikaze palestino estalla en un corro de inocentes israelíes, Irak amenaza a todos con el gas VX o el gas mostaza o cualquier otro gas que acabe con cualquiera; han vertido al río los restos radiactivos de Acerinox, lo de Doñana no acaba de limpiarse, no nos dejan producir todo el aceite, la Expo de Lisboa da poco dinero, China no ha firmado el Tratado de No Proliferación, Corea del Norte espía con submarinos a la del Sur, están sólo en armisticio, no han dado su mutua guerra por finalizada, pese a que ya han pasado casi 50 años de aquel famoso paralelo...
Si es vivir una época hedonista, dios nos ampare.
Sin contar con que esos privilegiados algo yuppies que ganan mucho dinero y se van de veraneo a donde viven los y las antípodas y toman el avión como antes el Metro y se codean con la flor y nata de la jet set y de las ragazzas de la alta costura y tienen dos o tres teléfonos móviles y llevan el Palmtop en el bolsillo interior de la chaqueta, trabajan más horas que tiene el día, el que sólo está un escalón más por encima los chulea de mala manera, la mujer se les divorcia a razón de una por mes y se les lleva la mitad de los millones que guardaban en la hucha, los hijos se les van a toda prisa para hallar fuera de casa movida más halagüeña, o se les mueren en la ducha con un pincho clavado, o se les estrellan con una moto BMW en una curva por donde pasaba el Bundesbahn que tropezaba contra el puente, o....
Si era vivir a lo hedonista, dios los ampare.
Las cosas ya no eran como antes solían.
Y con las palabras se armaba uno un lío. Se atenía uno al diccionario, y se equivocaba, porque querían decir otra cosa diferente y que nada tenía que ver con la original etimológica.
Para alguno, la felicidad, a la que según los padres fundadores de los USA todo WASP (americano blanco anglosajón y protestante) tenía natural derecho, muy bien pudiera consistir en vivir muchos, muchos años, sano y en paz y rodeado de numerosa descendencia que lo mimara y regalara hasta el último momento de la vida.
Mas entonces lo corriente era todo lo contrario; se decía vivir feliz al vivir en medio de riesgos y peligros, corriendo en el AVE o el MAGLEV, yendo al Disney de Orlando, teniendo casa y piso en Malibú, Nueva York, París y las Seychelles, cortejando a la Campbell o a la Schiffer, tomando el jet para el lavabo, inyectándose cocaína y viagra en las partes pudendas, dándose mutuamente por el agujero que correspondiera, según las necesidades o caprichos del momento, comiendo lamprea en cualquier Maxims de moda, teniendo por amigos a Don Ameche y Frank Sinatra...
¡Qué felicidad más laboriosa!
En aquel entonces la vida era un torbellino, un ciclón, un maremoto; era incluso un tornado de Oklahoma que algún americano ocioso perseguía en todoterreno y caravana por las planicies del trigo y la cebada; la vida era un frenesí, una locura; un Mundial de fútbol; y se sentía uno como desamparado Tatmagochi en aguas turbulentas, las aguas de Río Bravo en que a Marilyn Monroe le pasaba cualquier cosa aventurera que ahora no recuerdo.
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