15 Nov 2007
El divorcio de la infanta
EL DIVORCIO REAL
A riesgo de parecer a mis lectores importunamente emocional antes que racional, diré que la noticia del divorcio real me ha disgustado. En general la palabra me inquieta y si este divorcio específico me hace pensar más que me lo haría el de alguno de los 48 que comparten escalera conmigo, se lo deberá, imagino, a la repercusión en los medios. Ninguno de mis vecinos causaría en la sociedad semejante revuelo. Ayer en la tertulia comentaba yo la noticia y decía que me gustaría saber las causas profundas del hecho, partiendo de la base de que desde luego no serán materiales, a lo que uno de los oyentes repuso: mira, dejando a un lado los casos flagrantes en los que dos se divorcian porque el maltrato se ha hecho insufrible, entre nosotros, la gente común, la gente burguesa (y ya casi todos los somos, incluso las familias reles) la convivencia se rompe porque uno de los dos ha llegado a la conclusión de que se le exige en tiempo y atención mucho más de lo que se siente capaz de dar, ya sea por convencimiento o por naturaleza o talante. La explicación me pareció convincente y en silencio asentí, pero también me dio ocasión de seguir pensando al respecto. ¿Cómo puede ser así, que entre dos uno se queje de que el otro no lo atiende en la medida necesaria o no le concede el tiempo preciso? Para empezar, el fin natural de toda pareja es formar una familia y traer hijos al mundo, en tanto que el hacerse compañía es -a mi parecer- de lo más secundario. Hablando en términos de naturaleza, claro está, porque en términos sociales, los de nuestra sociedad y manera de vida, es todo lo contrario: antes va el 'amor' y la compañía que cualquier otra consideración; los que yo llamo fines naturales no suelen incomodar lo más mínimo a la ingente mayoría de quienes hogaño se emparejan; si es que antaño lo hicieron. Pero es pedir lo imposible; si alguien va al matrimonio con la esperanza de mitigar el sentimiento de soledad profunda que (tal vez no por necesidad) todos padecemos, se equivoca de plano. Jamás la pareja hará que nos sintamos existencialmente menos solos. Digo existencialmente para dejar fuera a los numerosos sin duda que tal vez sentirán otra cosa. Por consiguiente y sin meterme a juzgar este caso concreto que hoy se me ofrece, diré que la supuesta falta de atención y de tiempo por parte del otro no me perecería motivo suficiente para algo que, como he dicho al principio, me disgusta de plano.
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