14 May 2008
53a entrega. UNA MUJER QUE FUE PAPA. Cap. 4 - La ciencia profana de Juana
(Continuación) Lo imitaran de buena gana los humanos –me decía mi madre; si no fuera porque no se los ha creado para eso y porque la mayoría no se cree Zeus.
Y siguiendo con la plática, me habló de Sherezade. Era una princesa persa que se había propuesto reinar sin dejar la piel en el intento. Pues el rey de aquellas tierras, al que llamaban sultán, solía casarse por una sola noche y a la mañana siguiente mandaba ajusticiar a la efímera consorte. Se conoce que Sherezade tenía una memoria prodigiosa, porque se había aprendido de memoria los 1001 cuentos que los rapsodas o ambulantes cuenta cuentos habían ido recitando día tras día en el curso de su asendereada profesión. De modo que aceptó casarse con el rey, y llegada la mañana fatídica le prometió que si no se apresuraba a matarla le seguiría contando la historia que la medianoche anterior había comenzado a relatar. Picada la curiosidad de aquel esposo machista, le perdonó de momento la vida, hasta que finalmente renunció a su costumbre homicida, pues con sus dotes narrativas ella le había hecho pasar 1001 inolvidables veladas.
Sin duda mi madre admiraba a aquella mujer, porque insistiendo en lo dicho, prosiguió relatándome los hechos de la mitología.
Jornada 2. Los griegos hicieron diosa a Hestia, única de los grandes olímpicos que nunca interviene en guerras o disputas. Era de todas la deidad más benigna, recta y caritativa; se ocupaba de la hospitalidad, de proteger a los necesitados, que con amor la imploraban, de darles limosna, de lavarles pies y llagas, de acogerlos en aquella casa que ella misma había enseñado a construir, pues en aquel tiempo ella era el único arquitecto.
Mostraba empero una rareza: había prometido mantenerse virgen y cuidar siempre de su padre, Zeus; pese a que él, como dios que era, se hallaba a salvo de la muerte y la vejez.
Un día, en una fiesta campestre, una romería a la que habían asistido los divinos y en la que todos habían bebido más de lo prudente, Príapo borracho quiso violarla. Un asno que por allí rondaba sintió celos, pues como se sabe el jumento es el más indecente y lúbrico de los animales, y rebuznando con todas sus fuerzas, impidió a Príapo consumar el impío intento.
Tal vez a su pesar, así se salvó Hestia de conocer carnalmente al varón; y cuando los cristianos la expulsaron del Olimpo, desapareció de los altares inmaculada y pura como su madre Rea la trajera al mundo. Pese a que incluso la habían pretendido los titanes, personajes que se salen siempre con la suya; pues son los más fortachones de todos los vivientes. Pero ella no quiso saber nada. Y toda su vida mantuvo encendido el fuego del hogar, entonces un montón blanco de cenizas que no hacía humo.
Llegada la noche tercera y a imitación de la princesa persa, mi madre siguió hablándome de lo que llevaba en el alma, los sueños de edades pretéritas en que el mundo era aventura y para nada se necesitaba las viviese por nosotros Lara Croft.
Jornada 3. Primero todo el mundo era naturalmente perverso, ante todo los los dioses, y nadie se escandalizaba ni con aspavientos políticamente incorrectos se rasgaba las divinas o humanas vestiduras, ni se castigaba con saña a pobres cabezas de turco y expiatorios chivos.
La olímpica Deméter era una diosa, diosa benévola de la fertilidad, de los sembrados y de la reproducción, y sus sacerdotisas, muy en su papel de sus representantes, enseñaban a los adolescentes la práctica del verdadero amor, cosa útil y muy necesaria, ya que nada se hace bien si antes no se lo aprende con pelos y señales.
No estaba casada, pero alegre y joven, y sin pararse en consideraciones de indebidos incestos y perversiones parejas, había tenido con su mismo hermano, Zeus, a sus dos primeros hijos, la bella Core y el apuesto Yaco.
No imperaba todavía el modo de vida americano, no habían navegado en el Mayflower los aciagos puritanos, no se perseguía a los gobernantes por haber sido mujeriegos antes de casarse, no se estremecía el Olimpo entero porque uno u otro de los divinos raptaba y violaba a placer a quien bien quería y, en fin eran tiempos más consentidores que los actuales.
Ya no se rapta y posee como antes, alegremente, sino entre chillidos estridentes, destemplados gritos, traperas cuchilladas y rollos cananeos. Se han perdido las maneras. Todo es grosería y mal hacer.
Otra vez, en el banquete de bodas de Cadmo y Harmonía, y excitada por ambrosías y néctares divinos, se fue Deméter a escondidas con el titán Yasión a un campo cercano tres veces labrado y copuló con él gustosamente. Lo que enceló a Zeus cuando lo supo, que lo mató a él de un rayo en el cogote.
Mi madre se había convertido al cristianismo y para solazarse en el lecho y lo demás que se terciase, había tomado por compañero sentimental a mi padre, John, el inglés; pero pasada y mortecina la pasión primera, volvía los ojos a la ya ida juventud, cuando el mundo se le aparecía cual placentera promesa de dicha inacabable al abrigo de las prosaicas dolorosas circunstancias del día corriente.
Jornada 4. El tiempo pasado fue mejor.
Alcestis, hija de Pelias, era la doncella más bella del contorno y la cortejaban muchos reyes. El padre quería casarla, pero sin desairar a nadie, de modo que la prometió a aquel de todos que unciera a un mismo carro a un jabalí y un león y diera con ellos una vuelta al estadio. Lo hizo Admeto, que en la ceremonia de la boda olvidó sacrificar como de costumbre a Artemis una propiciatoria víctima, por lo cual la diosa se vengó. Cuando por la noche él entró en la cámara nupcial no halló a una virgen desnuda deseosa de que la abrazara, sino un monstruo de serpientes entrelazadas y silbantes.
Sabida la causa de tan extraño suceso, ofreció el olvidado sacrificio y todo volvió a ser como era; con la añadida propina de que Artemis declaró que Admeto nunca moriría si cuando se presentara la Parca a reclamarlo, alguien se ofrecía voluntario a morir en su lugar.
Todos contentos. Mas la muerte llegó antes de lo esperado, y Admeto, sorprendido, trató primero de persuadir a sus ancianos padres de que dada su avanzada edad no tenían mucho que esperar de la vida, por lo que muy bien cabía que se la regalasen muriendo en su lugar; a lo que ellos rotundos se negaron aduciendo que aunque viejos y sin dientes preferían vivir a irse a los infiernos. (Continuará)
En Versuslibrería@yahoo.es Versus c/Venezuela, 80. VIGO.
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