03 Jun 2007
hálito
la atracción que ejercen entre sí culturas en las que no hay una medida equivalente para determinar la distancia entre la expresión y el comedimiento, no deja de resultar curiosa: en la situación extrema del dolor materializada en la pérdida del padre, la cultura gitana, de puertas abiertas, que acostumbra a abrir sus sentimientos en el cante, se recoge en el luto; por el contrario, la cultura japonesa, introspectiva, se libera de sus poses prejuiciosas y grita su lamento
en La leyenda del tiempo (Isaki Lacuesta, 2006), dos vidas que son dos culturas y como anverso y reverso, comparten dolor inhalado y exhalado [aunque coinciden en el parámetro espacio-temporal, no se produce un encuentro físico; nos vemos convertidos, como espectadores, en partícipes de dos mundos: ese aire que se mueve de dentro afuera y de fuera adentro -hálito compartido en el-juego-adolescente por el que se libera como rebote (inhalación-exhalación) el humo exhalado por el otro-] cuya materialización podría corporeizarse a través del canto: "Dos historias que confluyen temporal y espacialmente pero que nunca llegan a cruzarse, que en todo caso se solapan en el tiempo y es fácil pensar que en algún momento sus caminos se cruzan:..." Jaime Pena, Naturaleza muerta, La ciudad bajo las aguas, Cahiers du Cinéma, nº 3
dolor (hálito o canto), no tanto en cuanto sentimiento (que también) como en cuanto poro entre las dos (culturas, vidas)
Estas y otras heridas sin cuerpo que reclaman su memoria, como las describe Chris Marker en Sans soleil (1983), recorren el cine de Kawase como cicatrices de la herida original que supuso ser abandonada por sus padres al poco de nacer. La búsqueda del padre ausente se convierte en la corriente, íntima y estética, que recorre su filmografía desde la ficción tentativa de El helado de papá (Papa no sofuto kuriimu, 1988), filmada con diecinueve años, hasta la reconstrucción autobiográfica de Sombra (Kage, 2004); desde El abrazo (Ni Tsusutmarete, 1993) en donde Kawase capturaba la primera conversación telefónica con su padre en un momento fundacional en el que confluían el dolor de la pérdida y la belleza del encuentro (pocos cineastas pueden convocar como ella la emoción pura con un gesto, una mirada, un contraluz o una palabra entrecortada) hasta Cielo, viento, fuego, auga, tierra (Kya ka ra ba a, 2001) en donde un mensaje dejado en su contestador le comunicaba que su padre había muerto. Y ella decidía incorporar ese mensaje a su película.
José Manuel López Fernández, Cicatrices de la ausencia, El bosque del luto, Naomi Kawase, “Heridas sin cuerpo”, Cahiers du Cinéma España nº 6
convirtiéndose en Nómadas (Gonzalo López-Gallego, 2001) el dolor en soledad, a modo de dibujo desde lo que podríamos considerar como un posible interior de La soledad (Jaime Rosales, 2007) [en ésta, las fronteras se miden dos a dos en compartimentos estancos de la pantalla-polivisión], donde tienen lugar diálogos monologados sin intercambio de miradas o infracomunicación de subsistencia, uno a uno (Alex: “estoy solo, no duermo mucho; bueno, a veces sueño”; Sara: “a veces, en la ducha, creo que no voy a poder, que no soy capaz de imaginar. [...] Ya no puedo imaginar. Ya no tengo ilusión. No sé convivir con el gris. No quiero estar sola [...]. Lo que más miedo me da, es no volver a imaginar. No, no, lo que más miedo me da es no volver a querer, no sé salir. ¿Tú sabes cómo ser feliz?”), determinado por el abismo que separa al ser del ser: de la compañía. Sintiendo un escalofrío, con horror, al verificar nuestra empatía por el que paga con una vida una botella de leche; las comunicaciones necesitan un medium radiofónico. el eco del (cine) musical, es el hálito (de vida) que resuena tras la pantalla Dancing Cheek to Cheek)
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hipertextualidades, vomitonas visuales y otros vicios culturales
ammeg02entre el preferiría no hacerlo de Bartleby y la memoria necesaria de Primo-Levi
"La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia."
Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía
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