04 Jun 2007

a frozen second (dentro por fuera)

Escrito por: ammeg02 el 04 Jun 2007 - URL Permanente

[...] desde un punto de vista simbólico, Beecroft ha acudido a un arquetipo de muy rica enjundia, como lo es el de la Magdalena evangélica, pero también, en segundo, porque lo ha reforzado con modelos históricos formales del arte tradicional, entre los que cabe reconocer a Botticelli, a Dante Gabriel Rossetti y a Gustav Klimt, todos ellos refinados estetas del dibujo que logran una parecida mezcla de frígida sensualidad perturbadora. En este sentido orgánico, uno se sentiría tentado a identificar el modelo, valga la redundancia, de estas modelos con el sofisticado y perverso de la femme fatale finisecular; pero lo más interesante, a mi juicio, es el cruce que hace Beecroft con otros modelos vanguardistas del XX, vamos a decirlo así, más inquietantes y desgarradores, entre los que cabe citar el de las Señoritas de Avignon de Picasso, y, sobre todo, con el arte povera, como, por ejemplo, los iglús de Merz, los desnudos de Kounnellis y, especialmente, La Venus de los trapos, de Pistoletto. Estas referencias históricas entrecruzadas enriquecen el sentido de la performance, que, de una forma bastante sutil, se hace más profunda y perturbadora. A ello abunda la importancia que tiene el tiempo de la acción, que no sólo es el de una pauta horaria, sino que celebra el drama del crepúsculo como si se tratara de cromática pieza melancólica de estilo mahleriano. Por lo demás, repárese en la multiplicidad polisémica de lo descrito, que abarca la tierra, lo orgánico, lo estatuario y otros muchos tópicos antropológicos, psicológicos, sociales, etcétera.
Francisco Calvo Serraller, Vanessa Beecroft: desnudas flores de ceniza, "VB53"

cuando los ojos ensangrentados se enfrentan a un espejo roto no aprecian la distinción entre la botoína y la grapa: la imagen, reflexiva, ya no sabrá nunca dónde está lo que era y lo que deseaba ser (Time, Kim Ki-Duk)

Pero privadas de su sostén literario, las vidas posmodernas se tornan ilegibles, lo que quiere decir inverosímiles y absurdas. Y eso sucede justo cuando más se necesitaría un hilo de Ariadna conductor, que le permitiese a Pulgarcito no perderse en el bosque de su vida descoyuntada. [...] En consecuencia, las líneas biográficas, privadas de hilo conductor que las articule, se descosen y deshilvanan, estallando rotas en mil pedazos dispersos que se autonomizan aspirando a tirar cada uno por su cuenta, como si cobrasen vida propia sin respeto alguno por la integridad. Es la apoteosis del yo múltiple analizado por Jon Elster, pero sin ningún empresario cognitivo capaz de integrar unitariamente su identidad.
Enrique Gil Calvo, Nacidos para cambiar, “La palabra, el vicio más sagrado”

collage incierto de verdades y mentiras despertando al monstruo del lago de narciso (The Host, Bong Joon-Ho) que sumerge el atisbo de [no se sabe si aún nombrable como] belleza y despedazo el álbum de fotos de la identidad, náufraga de rostro (mascarada de rostros)

Pero la palabra no sólo crea o refuerza, o transforma y reconstruye, las identidades personales. Además, también contribuye a regular sobre la marcha el desarrollo del curso vital. Y en esto es como los demás vicios o virtudes, que son microrrituales (hábitos operativos) que permiten controlar la corriente instantánea del flujo vital. Es lo que sucede, por ejemplo, con el vicio de fumar, tal como analiza Jon Elster en su libro Egonomics:

Yo era un fumador hace veinticinco años, y recuerdo vívidamente cómo toda mi vida se organizaba alrededor del hecho de fumar. Cuando las cosas marchaban bien, iba en busca de un cigarrillo. Cuando las cosas andaban mal, hacía lo mismo. Fumar era un rito que servía para subrayar los aspectos sobresalientes de la experiencia y para imponerle una estructura a aquello que, de otro modo, hubiera sido una confusa cascada de acontecimientos. Me ayudaba a adquirir un sentimiento de dominio, de que controlaba los acontecimientos y no estaba sometido a ellos. Mientras escribo estas líneas puedo reactivar esquemas corporales que, hasta cierto punto, se parecen a ese anhelo vehemente. Se trata de un deseo de orden y control, y no de una experiencia relacionada con la nicotina.

Pues bien, donde Elster pone “fumar” anoten ustedes “hablar” y “escuchar”, o “leer” y “escribir”, y obtendrán parecidos resultados. De hecho, el ritual de la palabra, tanto verbal como no verbal, y tanto oral como escrito, es uno de los más eficaces para poder regular y controlar el impredecible torbellino del flujo vital. Por eso aspiramos o sorbemos palabras como si fuesen bocanadas de humo y tragos de alcohol. Pero la gran ventaja de la palabra es que su papel no sólo se ejerce como vicio a corto plazo, compitiendo en esto con el alcohol o el tabaco, sino que también se ejerce como una virtud a largo plazo.
Enrique Gil Calvo, Nacidos para cambiar, “La palabra, el vicio más sagrado

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Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía

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