Escrito por pestupinya
01 Jul 2009 - Enlace
Buscando filántropo en Londres
El domingo pasado en el New York Times aparecía un artículo que venía a decir: “eh! vosotros! sí, sí… Los científicos… ¿qué habéis hecho con los miles de millones que os hemos estado dando durante tantos años para curar el cáncer? Esperábamos mejores resultados… ¿Y qué hace el NIH financiando por inercia líneas de investigación que ya sabéis que no llevan a ningún sitio? ¿O proyectos de dudosa aplicación como averiguar si a las personas más sensibles a la comida sabrosa les cuesta más seguir una dieta? A ver si alguien os tendrá que espabilar un poco…”.
Evidentemente, el artículo está escrito en un tono mucho más serio, se apoya con datos y cifras, y entrevista a una gran cantidad de investigadores y responsables de política científica. En definitiva, es un buen ejemplo de periodismo científico de calidad excelente.
Por otro lado, ser un cheerleader de la ciencia, alabarla reflejando notas de prensa de centros de investigación, o reproduciendo piezas de agencias de comunicación sobre el caracol con espermatozoides más largos que el tamaño entero de su propio cuerpo… pues está bien… ¡claro que tienen un espacio! Pero no cuenta con el valor periodístico de ser quisquilloso y un poco escéptico a la hora de transmitir los hechos, ciencia incluida.
Este peer review crítico constructivo sobre la práctica del periodismo científico lo hace a diario la muy recomendable web Knight Tracker , quien me ha financiado el viaje y hotel para asistir a la 6ª Conferencia Mundial de Periodistas Científicos que empezó ayer en Londres.
El primer día todo giró alrededor de la crisis que está sufriendo el periodismo científico. ¿Motivos? Regresemos al principio.
Una característica del artículo del NYT es que lleva muuuucho trabajo hacerlo. Documentarte, entrevistar gente, contrastar, editar, volver a entrevistar… esto cuesta bastante más que darle forma al material que ya te llega pastadito de las agencias. Y otra característica del elaborado artículo es que, en realidad, interesa a poca gente.
Yendo a la inevitable transición online, seguro que la nota del espermatozoide de los caracoles genera más clicks que el artículo sobre la financiación en la lucha contra el cáncer. Y cuando el click es el que manda… ¿por qué se decantarán los editores, si quieren que su director económico les mantenga en el puesto? ¿Quién pagará la calidad?
Pues nadie lo sabe. Una posibilidad es que… nadie. No sale a cuenta. A los medios desde luego que no. Sin duda el trabajo meticuloso continuará existiendo, pero de la mano de periodistas o expertos que invertirán esfuerzos en piezas concretas no por la cantidad de dinero que recibirán a cambio, sino por beneficios indirectos, incluido en algunos casos cercanos el placer de hacerlo.
Busco un filántropo!
Fred Kavli es uno de los nuestros. De jovencito le fascinaba la ciencia, continúa apasionándose con ella, y está convencido de los enormes beneficios que a largo plazo la investigación científica devuelve a la sociedad. “¿Por qué es tan difícil financiar algo que históricamente nos lo ha dado todo?”, dijo en su charla.
La diferencia entre él y nosotros es que sus negocios le han dejado forradísimo de dinero.
¿Y sabéis en qué invierte gran parte de su fortuna? En estimular la investigación básica por medio de los premios que otorga su Fundación a las áreas de neurociencia, astrofísica y nanociencia.
Este filantropismo, el “regalar” tanto dinero a la ciencia, quizás se percibe con recelo en ciertos países, pero en EEUU (Kavli es Noruego) es muy común. Sin ir más lejos, en el propio MIT de Boston el Broad Institute tiene este nombre porque el señor y la señora Broad dieron 100 millones de dólares para su fundación (años después añadieron 100 más), el señor David Koch ha puesto otros 100 millones de dólares en el Koch Institute para la investigación contra el cáncer, el McGovern 350 en 20 años , el Picower Institute para la memoria y aprendizaje,… y todavía más cerca: el dinero que estoy gastando ahora mismo en mi viaje a Londres, y el del Knight Fellowship del MIT , sale de una donación que hicieron los hermanos John y James Knight, quienes a mediados del siglo XX construyeron un imperio basado en los medios de comunicación y agradecidos, constituyeron la Fundación Knight cuyo objetivo es trabajar para la mejora constante del periodismo.
Si conocéis algún filántropo potencial en España, avisad…
Conclusión rápida, que me pierdo sesiones del congreso: sin apoyo público (por ser un bien social) o quizás privado (en el fondo por lo mismo), el periodismo científico de calidad tiene un futuro muy oscuro. Los medios no van a sustentarlo a una escala considerable, ni los lectores a pagar por ello ¿alguien lo haría?
Podéis pensar “si es lo que el público quiere…” pero dejadme que os cuente que me hablaron del artículo del NYT el lunes en mi oficina del NIH (Institutos Nacionales de Salud de EEUU), justo antes de viajar a Londres. Se ve que el contenido de la pieza estaba siendo tenido en cuenta y analizado por responsables de esta institución encargada de repartir los 31 mil millones de dólares que el gobierno de US dedica anualmente a la investigación médica. Y me consta que alguien de algún partido político tomó nota de este post . El periodismo tiene un valor y responsabilidad mucho más allá de satisfacer el interés de sus lectores. También en ciencia.

Dan Ariely mostró a sus alumn@s del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) las fotografías de dos caras de características similares, acompañadas de la imagen un poco distorsionada de una de ellas. Cuando se les pidió escoger quien les parecía más atractivo, la mayoría de alumnos escogió la versión intacta de la cara que había sido desfigurada.
Hace ya bastante tiempo Ariely descubrió que en el apartado de subscripciones del Economist había las siguientes opciones: a) suscripción de un año al economist.com con acceso online a todos los artículos desde 1997: $59; b) suscripción de un año a la versión impresa del economist: $125; c) suscripción de un año a la versión impresa del economist con acceso online a todos los artículos desde 1997: $125. ¿absurdo? Cuando preguntó a un centenar de sus alumnos qué opción contratarían el 16% escogió la primera, el 84% la tercera, y evidentemente ninguno la segunda. Pues bien, cuando eliminó esa alternativa y pidió a otros 100 alumnos que eligieran sólo entre la a) y la c), los porcentajes se invirtieron drásticamente: el 62% optó por la primera y el 32% por la tercera.
De hecho Ariely se pasó de la psicología a la economía conductual (behavioral economics) tras una explosión en Israel que quemó el 70% de su cuerpo. Él explica que lo peor para los afectados por quemaduras es la dolorosa retirada de los vendajes. Cada día durante los 6 meses que pasó en el hospital las enfermeras pasaban una hora quitándole vendas adheridas a su carne. Lo hacían empezando por los pies y subiendo hacia la cabeza, y con tirones rápidos, porque decían que esa era la mejor manera de minimizar el dolor. Ariely tenía sus dudas de que fuera el mejor método, pero como ellas eran las expertas asumía que tenían razón. Sin embargo, al salir del hospital pasó un tiempo documentándose y… se dio cuenta que las enfermeras estaban equivocadas! En realidad era mejor quitar las vendas poco a poco, empezando por una zona más dolorosa como la cabeza y terminando por los pies. ¿Cómo podía ser que unas profesionales con tanta experiencia, y que en teoría eran expertas en esa tarea estuvieran equivocadas? Y lo que más le intrigaba: ¿pasaría lo mismo con otros grupos de expertos? ¿se estarían tomando en campos todavía más trascendentes decisiones sistemáticamente erróneas, que el resto asumiríamos como correctas siguiendo el principio de autoridad? En ese momento empezaron las investigaciones de Dan Ariely en behavioral economics, que demostraron que lamentablemente eso ocurría de manera frecuente en muchos campos, incluido el de los mercados financieros.