Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pere-estupinya

08 Oct 2008 - Enlace

Neuropolítica: Los conservadores son más miedosos

En plena conversación distendida sobre si unos son así y los otros son asá, siempre aparece alguien que de manera tajante postula: “No se puede generalizar”.
Bueno… intentarlo sí se puede. De hecho gran parte de la ciencia se basa en generalizar, en intentar encontrar patrones de comportamiento o asociaciones que permitan a los epidemiólogos hacer recomendaciones de salud pública, a los sociólogos proponer medidas de integración más efectivas, a los psicólogos entender nuestro comportamiento, o a los economistas descubrir pautas en nuestra toma de decisiones que les permitan vender más productos. Si acaso lo que no se debe es individualizar, deducir que “tú, si fumas vas a tener cáncer con total seguridad. Tú, como tuviste una infancia conflictiva seguro que vas a delinquir. O tú, si votas a demócratas eres sin duda más tolerante con los homosexuales que tu amigo republicano”.

¿Hay rasgos de personalidad distintivos entre republicanos y demócratas?
Quizás todos tengamos algunas sospechas de objetividad dudosa, pero ¿se han investigado científicamente estas diferencias? Desde luego. Justo el mes pasado la revista Science publicaba un artículo asegurando que las personas conservadoras reaccionan con más temor a situaciones imprevistas y amenazadoras.
Un equipo de la Universidad de Nebraska realizó un peculiar estudio con 46 individuos que se declaraban sumamente liberales (demócratas) o conservadores (republicanos). Primero les pidieron rellenar una serie de cuestionarios sobre sus opiniones en temas como la guerra de Irak, políticas de carácter social, matrimonio homosexual… y luego hicieron un par de pruebas con ellos:
En la primera les mostraron imágenes amenazantes como rostros ensangrentados, heridas infectadas, o una araña encima de una cara asustada, y se midió la conductividad eléctrica de su piel. Cuando sufres cierta tensión emocional, tu piel se humedece y su conductividad aumenta. En la segunda prueba midieron la amplitud del parpadeo de los ojos como respuesta a señales de alarma, como un estruendo inesperado.
Los investigadores encontraron que ambas respuestas fisiológicas diferían significativamente entre personas con visiones políticas liberales o conservadoras. Traduzco literalmente de la revista Science (junto con Nature, las dos publicaciones científicas de mayor índice de impacto): “Individuos con menor respuesta física a ruidos repentinos e imágenes amenazantes tenían más tendencia a apoyar la ayuda internacional, políticas de inmigración liberales, pacifismo, y control de armas, mientras que los individuos mostrando reacciones fisiológicas más intensas a los mismos estímulos era más probable que favorecieran el gasto en defensa, la pena capital, el patriotismo, rezar en las escuelas, y la guerra de Irak. El grado de respuesta fisiológica parece indicar el grado en que se defienden políticas para proteger la estructura social existente de las amenazas externas e internas”.
¿Se puede generalizar a partir de presentar fotos y ruidos a 46 personas de Nebraska que los republicanos sienten más miedo al cambio y a lo desconocido? La verdad, parece un poco osado… pero no es el primer estudio que plantea algo parecido.

En 2003 el psicólogo de Stanford John T. Jost hizo una revisión exhaustiva de los estudios realizados durante 50 años que relacionaban personalidad e ideología política. Concluyó que la gente de derechas tenían más ansiedad frente a la muerte, menor autoestima, intolerancia a la ambigüedad, eran menos complejos que los liberales, más obedientes, menos tolerantes con la incertidumbre, cerrados a nuevas experiencias, e inclinados a aferrarse a lo que ya conocían. Casi nada.
Pero todavía hay más. En 2007 un científico de la New York University intentó comprobar si el cerebro de los conservadores era más resistente a los cambios. David Amodio publicó un estudio en nature neuroscience en el que registraba la actividad cerebral de conservadores y liberales mientras ejecutaban una tarea muy simple: presionar un botón cuando en la pantalla aparecía una M, y no presionarlo cuando aparecía una W. Los investigadores iban generando patrones repetitivos (por ej. MMW MMW MMW MMW MMW…) y de golpe los cambiaban (…MWM). Según el grupo de Amodio, la actividad neuronal en una zona concreta del cerebro indicaba que el cambio suponía un conflicto mayor para los conservadores, y que los liberales reaccionaban mejor a las novedades. Pero además, observaron que los demócratas eran mejores procesando tareas complejas y cometían menos errores que los republicanos. Eufemismos para sugerir lo que estáis pensando.

De nuevo, no seré yo quien dude de lo publicado en Nature o Science (o si), pero… ¿se puede concluir algo sobre la personalidad de republicanos y demócratas midiendo actividad de una parte del cerebro de 43 personas pulsando un botón cuando en la pantalla aparecía una M?
Quizá sí… que cuando la ciencia se mezcla con ideología no puede salir nada bueno…

Escrito por pere-estupinya

21 May 2008 - Enlace

Cuando Ciencia y Dios se buscan

Esta semana parece que todo conduce a plantear la relación entre Ciencia y Dios.
Ayer leí el artículo de Mónica Salomone sobre neurociencia y creencias religiosas. Buenísimo, sin matices. A los pocos minutos de leerlo, mi amiga Reini me lo adjuntó en un mail aconsejándome que lo tratara en el blog. Luego Federico lo comentó en un post antiguo , y por la tarde recibí un mensaje anónimo a través del “contacto” recomendándome también abordar el tema.
Es un asunto que me incomoda un poco y del que ya se ha hablado largo y tendido. Pero reconozco que en un blog de ciencia donde se aspire a generar ciertos momentos de reflexión, tarde o temprano debíamos abrir un espacio dedicado al encuentro o desencuentro entre ciencia y divinidad.
Por si fuera poco, el martes visité a Owen Gingerich , reconocidísimo historiador de la astronomía y autor del libro “El Universo de Dios ”. Gingerich es uno de los científicos que más abiertamente defienden la compatibilidad absoluta entre ciencia y creencia religiosa, y la existencia de un Dios diseñador como explicación a la complejidad del Universo (nada que ver con la teoría del Diseño Inteligente).
Ya se… he mencionado dos aspectos del debate muy diferentes cualitativamente. La postura de Gingerich representa el intento de encajar la existencia de un Dios “real y creador” con los principios científicos. Y el artículo de Salomone plantea si, independientemente de si existe o no, la selección natural nos ha predispuesto a creer en Dios hasta el punto de poder localizarlo en el cerebro, y por tanto ser sujeto de estudio científico.
A estas alturas de post, seguro que ya tenéis comentarios. Escribidlos antes de que se enfríen. Yo a continuación me limitaré a contextualizar algunas preguntas que me gustaría formaran parte del debate.

¿Es compatible una mentalidad científica con la creencia en un Dios sobrenatural?
No me refiero a las personas que trabajan como científicos. Ni a los que hayan estudiado una licenciatura de ciencias. Sino a aquellos cuya forma de interpretar el mundo se basa en los principios básicos de la ciencia. ¿son agua y aceite? Como decía Stephen Jay Gould , ¿o pueden coexistir en un mismo individuo simultáneamente?
En EEUU (un país muy religioso y muy científico a la vez), este debate es una locura. La foto de la izquierda la tomé hace un año (disculpad la calidad), durante mis primeros días en Washington DC. Me dejó perplejo ver que en una librería corriente, en el apartado “Nuevas Tendencias en Ciencia”, había tal cantidad de libros dedicados a este asunto. Todavía continúa igual.
Entre los que se esfuerzan en fusionar ciencia y religión, en un extremo se puede encontrar la postura sencilla y conciliadora de Gingerich, difícil de rebatir científicamente: El universo, sus leyes, y las constantes de la física están tan bien afinadas que no pueden ser fruto del azar. Para él es mucho más coherente pensar que algo lo ha diseñado. De aquí a milagros, ascensiones a los cielos, o saltarse la teoría de la evolución… nada de nada. (obviamente estoy simplificando)
En el otro extremo me encontré un libro que me horrorizó, escrito por el “gran” físico Frank Tipler. En “The Physics of Christianity”, Tipler busca explicaciones científicas a la resurrección, a que una persona virgen pueda engendrar a un hijo varón… Según dice la contraportada de su libro, las creencias esenciales del cristianismo son consistentes (de forma literal) con las leyes de la física. Lo poco que leí del libro, me pareció que de ciencia sólo tenía léxico. Era dogmatismo disfrazado de investigación.
En el otro bando de la batalla se encuentra el crítico y criticado por pretensioso “God Desilusion” de Richard Dawkins , o el bestseller “Why God is no Great ” (porqué Dios no es maravilloso) del periodista Christopher Hitchens. Estos trabajos representan una lucha activa contra la religión que generaría una nueva pregunta: ¿Debe un científico -o quien sea- entrometerse en las creencias religiosas, y promulgar el ateísmo en busca de un mundo mejor?
Disculpad, he desviado del tema. Retomémoslo en el punto acerca de la búsqueda neurocientífica de Dios tratada en el artículo de Salomone , que es quizás más interesante.

¿Es Dios una lacra de nuestro pasado evolutivo?
Más allá de si Dios existe o no, y si las leyes de la física pueden acomodarlo, se asume que la evolución ha tenido motivos suficientes para seleccionar a los individuos o grupos sociales con predisposición a creer en él. Y si esto es así, alguna “marca” en el cerebro habrá quedado. Esto es lo que buscan los neuroteólogos.
Uno de los estudios más famosos fue el de Michael Persinger, que cuando estimuló partes del lóbulo temporal izquierdo de su cerebro, dijo notar una sensación de misticismo y experimentar a Dios por primera vez en su vida. En el capítulo 9 de su libro “Fantasmas en el Cerebro”, el genial V.S Ramachandran explica casos de pacientes con ataques epilépticos localizados en esa misma zona, que sufren experiencias espirituales extremadamente intensas. Algunos creen que allí estaría el “módulo de Dios” en el cerebro.
Otros estudios que tuvieron mucha repercusión fueron los realizados por Andrew Newberg utilizando imágenes de Resonancia Magnética Funcional (fMRI) para analizar los cerebros de monjes budistas Tibetanos y monjas franciscanas mientras rezaban. En su libro “Why God Won’t Go Away", explica su búsqueda de la localización en el cerebro de las experiencias místicas, y el circuito cerebral de la espiritualidad.
No se moja, claro, en si esta actividad está generada internamente por el propio cerebro, o si viene causada por “algo” externo. Los resultados de esas investigaciones se interpretan de dos formas muy diferentes. Para los creyentes son una prueba de que Dios preparó el cerebro para la espiritualidad, y hay fundaciones financiando proyectos que lo demuestren. Para los escépticos, resulta obvio que Dios sólo es un beneficioso engaño ancestral de nuestro cerebro, un órgano no diseñado para buscar la verdad sino para sobrevivir.

Sólo deciros que los links y referencias citadas son parte del curso “Neurociencia y Sociedad” que he estado realizando en el departamento de STS del MIT, y que cuando hablábamos de exageraciones en el uso del fMRI y los intentos de neuroanalizar cualquier aspecto del comportamiento humano, uno de los ejemplos que habitualmente aparecía era justamente la búsqueda de Dios en el cerebro. En este sentido, y en la línea del post sobre neuroarrogancia , ayer también me enviaron este reciente artículo de la revista Wired titulado “Escáneres cerebrales y lectores de la mente? No os creáis el bombo”.

Me he extendido demasiado, y seguro que tenéis mucho que añadir. Adelante!

Escrito por pere-estupinya

14 May 2008 - Enlace

Neuroarrogancia

A principios de abril asistí a una mesa redonda titulada “Debería ser reconsiderada la ley criminal en vista a los avances de la neurociencia? ”. Se trataba de discutir hasta qué punto los recientes descubrimientos sobre las bases biológicas de nuestro comportamiento deben influir en nuestra idea de responsabilidad criminal, la forma como castigamos a los delincuentes, y llegar a identificar personas con predisposición a actos violentos. Una de las conclusiones fue “de momento no”, pero en un extremo del espectro estaba Joshua Greene , profesor de psicología en Harvard, cuya perspectiva mecanicista del cerebro me asustó un poco. Venía a decir que nuestro comportamiento está determinado por cómo tenemos cableado el cerebro, y que en el futuro seremos capaces de entender perfectamente todos los factores que influyen en nuestras acciones, e incluso predecirlas.
Su visión me sugirió un nuevo término; además del neuromarketing, neuroeconomía, neurofilosofía, neuroética, neurolaw, neuroteologia… neurotodo, parece que algunos científicos han creado el campo de la neuroarrogancia! No me malinterpretéis, no estoy diciendo que en nuestro comportamiento no sea producto exclusivo de nuestro cerebro, ni que no estemos en una época apasionante en el estudio científico de la mente, pero para hacer plausibles las asunciones de Greene había dos requerimientos básicos que me incomodaban: 1- Algún día podremos llegar a entender perfectamente el cerebro y la conducta humana. 2- Nuestras acciones están determinadas; tenemos mucha menos capacidad de decisión y libre albedrío de lo que nos creemos.
Le pedí a Joshua Greene una entrevista para debatir estos dos puntos. La semana pasada me reuní con él en su despacho de Harvard, con una grabadora de voz y 2 preguntas muy claras. Os las transcribo junto a sus respuestas.

Neurociencia y Ley (fragmento de la entrevista a Joshua Green)
Pere:
Vuestro panel me recordó una situación que podría haber sido vivida hace 60 años, cuando los meteorólogos estaban entusiasmados con la llegada de los primeros ordenadores. Ellos sabían que el clima es un sistema físico regido por las leyes de Newton. Creían que conociendo cada vez mejor los parámetros que lo regulaban, encontrando modelos más ajustados, y aprovechando el inmenso poder de cálculo de las computadoras, sin duda en el futuro se llegaría a predecir el tiempo atmosférico con total exactitud. Luego descubrieron la teoría del Caos, y que el clima era un sistema tan complejo que nunca se podría llegar a predecir con absoluta fiabilidad. ¿No crees que podría ser una situación análoga al boom de la neurociencia actual? ¿que el cerebro y el comportamiento humano son tan complejos que nunca llegaremos a entenderlos por completo, y mucho menos predecirlo?

Greene:
Aquí hay dos temas a considerar: ¿Es el comportamiento humano puramente mecánico? Esta es la pregunta más importante filosóficamente. Y luego: ¿Se puede utilizar una aproximación mecanicista para predecirlo?
Ahora sabemos que en efecto se trata de un sistema mecánico, la duda es si seremos capaces de comprenderlo y predecirlo. Efectivamente podría tratarse de un sistema determinista pero caótico. Sin embargo yo soy más optimista respecto al cerebro que a la meteorología, porque el cerebro es un órgano funcional, diseñado para producir reacciones a partir de estímulos (outputs from inputs). Puede que a nivel de neuronas, sinapsis… haya elementos caóticos, pero a un nivel superior, de comportamiento, tiene que estar organizado, ya que evolucionó para realizar funciones concretas. Por eso no creo que vaya a ser tan caótico que nunca seamos capaces de hacer buenas predicciones.

Pere:
Respecto a la libertad de decidir (free will): Imagínate que alguien tenga una relación de pareja, y en un momento determinado tiene la posibilidad de ser infliel con una persona muy atractiva. ¿Me estás diciendo que nuestro comportamiento está predeterminado, y que en el fondo no decidimos libremente? ¿Y que por tanto no deberíamos ser penalizados?

Greene:
Depende de lo que entiendas por libre albedrío (free will). Está claro que hay una diferencia entre tú y una rana hambrienta. Tú tienes una capacidad reflexiva que la rana no posee. Si tu piensas en el libre albedrío como la habilidad de reflejar valores, tener deseos de segundo orden, escoger, tener control cognitivo… de acuerdo, tiene sentido desde la perspectiva de personas individuales, que efectivamente pueden controlar impulsos.
Pero cuando nos referimos a las leyes y las penas que ejercemos, aparece en escena un nuevo concepto de free will. Imagínate alguien con un problema genético y que haya crecido en un entorno que también le conduzca a realizar actos criminales. Malos genes y malas experiencias pueden predisponer su mente a tener menos autocontrol. De alguna manera todos tenemos la sensación de que esa persona no es completamente libre. Y esa persona no escogió sus genes, ni su entorno… por tanto (pero esto es muy controvertido…) alguien puede pensar que no es del todo responsable de sus actos.
Podemos creer que si llegáramos a entender cualquier aspecto de la información biológica y ambiental de nuestro comportamiento, no encontraríamos nada de libertad en él. Y plantearte el free will en estos términos, sin duda genera dudas en la forma como castigamos a los criminales.
Simplificando mucho, hay dos motivos por los que penalizamos a los delincuentes: porque lo merecen, y para que no vuelvan a hacerlo. El primer caso es el que se ve afectado cuando pensamos sobre la conducta humana en términos mecanicistas. Imagínate un tigre que mata a un niño y atemoriza a una aldea. Puedes capturarlo y sacrificarlo por peligroso, para que no cause más daño, pero no porque lo merezca. No pensamos que el tigre haya escogido, que sea culpable. En ciertos casos, un planteamiento consecuencialista es coherente para minimizar daños en el futuro, pero la pena como retribución, devolver el daño que has causado, pierde sentido. Es un planteamiento utilitario.

Pere:
Este planteamiento utilitario me acaba de recordar la película futurista Minority Report, en la que conociendo perfectamente la conducta humana se puede predecir si cometerás un acto violento. Entonces te pueden detener incluso antes de haberlo cometido. En tus planteamientos, parece que hay lugar para esta detección precoz de futuros criminales.

Greene:
Debemos partir de una enorme presunción de inocencia, no hay duda. Pero identificar personas de riesgo tendría enormes beneficios. No para penalizarlos previamente, claro, pero sí para tomar algunas medidas. Supón un caso extremo: alguien con un gen que le predispone claramente, con un 99.99% de los casos, a trastocarse y convertirse en un psicópata o asesino en serie. Sería de locos no hacer algo al respecto. El problema está en lo fiable que pueda ser este proceso. Pero yo lo miro con lentes utilitarias. Si en el futuro la capacidad de predecir es suficientemente certera, yo en principio estoy a favor de aplicarla. Para muchos casos puede ser inservible, pero me imagino algo como la pedofilia, que es muy específica y parece que podría ser relativamente fácil identificar personas susceptibles… quizás con técnicas de neuroimagen…
Debemos ser cautos, desde luego, pero yo sí veo casos especiales en los que detectar previamente tendencias delictivas.

Vaya tema para ser tratado en un blog… hay muchísimos matices que quedan fuera, pero de nuevo pretendía ofreceros una primera lectura de los aspectos básicos que se están debatiendo. Dejadme recalcar que Joshua Green no se mostró arrogante en absoluto. Al contrario, me pareció un tipo genial, y consciente tanto de las posibilidades como de las limitaciones de la neurociencia.
Insisto también insisto en que nadie vislumbra este tipo de aplicaciones por el momento. En el fondo, porque el caso del gen con el 99.99% parece engañoso. Algo quizás más realista sería que algún día te dijeran: con un análisis genético, imágenes de tu cerebro en fMRI, y evaluación psicológica, concluimos que tu predisposición a la pedofilia es del 34%. Mis dudas iniciales continúan irresueltas: 1-¿seremos capaces algún día de dar una cifra así? 2-¿podrá esa persona controlar “libremente” esa predisposición?
Pero ahora añado un par más: 3- ¿es menos responsable esa persona que otra con una predisposición del 8%? 4- ¿A partir de qué % alguien decidirá que se tienen que tomar medidas preventivas?

Escrito por pere-estupinya

01 Mar 2008 - Enlace

Mi cerebro mientras miente

Este es mi cerebro.
Hoy mismo he pasado 2 horas dentro de un claustrofóbico aparato de resonancia magnética, inmóvil, haciendo tests mientras el escáner registraba qué zonas de mi cerebro estaban activas mientras mentía, y en qué intensidad.
El estudio lo dirige Stephen Kosslyn de la Universidad de Harvard, pero quien de verdad lo realiza es Rogier Klevit, a quien también conocí en fase nocturna, y tras varias copas me convenció para participar como voluntario en alguno de sus experimentos con fMRI.

Los preparativos empezaron ayer jueves. Acudí al despacho de Rogier y rellené el típico papeleo donde dice que si pasa algo raro es mi culpa porque ellos ya me han avisado (exagero). Entonces me pidió que resolviera unos tests para averiguar mi destreza visual, y que redactara una lista con una serie de datos (me han pedido que no los especifique). Le pregunté el porqué, pero me contestó que no podía explicarme absolutamente nada sobre el estudio. No debía condicionar mis pensamientos antes de entrar en el scanner.

Total, que hoy a mediodía me presenté en el centro de Imagen por Resonancia Magnética del Massachussets General Hospital. Tras avisarme que estaría dos horas tumbado oyendo ruidos molestos e intentando no mover un solo músculo, me pasaron una lista relacionada con los datos que yo había escrito.

El scanner es estrecho, pero no resulta incómodo. Tu cabeza está fija con una especie de espuma, por lo que resulta fácil mantenerla completamente quieta. El único contacto con los investigadores es una pequeña pantallita frente tus ojos por la que recibes la información, y dos teclas en tu dedo índice y corazón con las que contestas “si” o “no” a las preguntas que te hacen.

El primer escáner de resonancia magnética es estructural (MRI). No mide actividad, sólo hace un mapa tridimensional extremadamente completo de tu cerebro (con imágenes como las que veis en la foto de arriba, y en la pantalla de la izquierda). Sobre él insertarán después los datos de actividad cerebral.

El segundo ya es funcional (fMRI). Mide qué zonas están activas mientras piensas o realizas una serie de acciones.
La primera prueba es muy sencilla. La pregunta que debes responder es. Van pasando parte de los datos anteriores, y debo contestar cuáles tienen sentido para mi. La respuesta es "No" para todos ellos, menos para dos.
Cada tanda dura unos 4 o 5 minutos, y la repiten varias veces simplemente modificando el orden de los datos.

Luego cambian las instrucciones: Te piden que cuando veas un dato determinado que sí tiene sentido para ti, mientas. Tienes que contestar que NO en lugar de si.
En principio, cuando miento de forma consciente, una zona de mi cerebro presenta mayor actividad. Eso ya estaba demostrado, e incluso hay empresas como No Lie MRI que ofrecen sus servicios como detectores de mentiras. Te van haciendo preguntas del estilo “¿tu hija se llama ana?”, ¿tienes un coche verde?, “¿trabajas como abogado?” “¿has sido infiel a tu mujer?” y… “¡vaya! En la última pregunta una zona de tu cerebro indica que mientes…"

¿Tan sencillo? Esto es lo que intenta averiguar el estudio en el que he participado. Y por eso todavía quedaba una siguiente prueba.
Me han pedido que no explique la metodología en detalle. Sólo puedo contaros que añaden una pequeña dificultad para ver cómo se ve alterada la señal, y si interfiere de forma parecida a el hecho de mentir. En el fondo están evaluando si la técnica de fMRI es un buen detector de mentiras o no.

No puedo entrar más a fondo en el estudio, pero sí explicar un par de sensaciones.

¡Dos horas inmóvil dentro de un tubo estrecho con la posición que veis en la foto! Pues la verdad, ha resultado menos complicado de lo que pensaba. De hecho, con lo aburrido que era, varias veces casi me quedo dormido. Se lo confesé a Rogier y le pregunté si era importante. Me dijo que en mi caso no, pero que en otros estudios, si alguien se adormece los resultados en principio dejan de ser válidos.

Segunda duda: Los pensamientos son difíciles de controlar. Estás leyendo fechas y la cabeza se va donde le da la gana… te acuerdas de lo bien que te lo pasaste el fin de semana, de algo que te preocupa, reflexionas sobre el propio estudio en el que estás participando, sobre qué escribirás en el blog… ¿Afectará esto a los resultados? Rogier de nuevo afirmó que en mi caso no, pero que en otras situaciones es un factor importantísimo.

Por cierto, y como curiosidad: Me darán 100 dólares por las 4 horas invertidas durante estos dos días. No es mucho, pero precisamente ayer cuando lo comentaba con el investigador Simon Overduin, me dijo que él llevaba más de 300 horas dentro de escáneres. Le resultaba un buen sobresueldo.
Hago esta acotación porque no puedo dejar de explicaros lo que ayer por la tarde me mostró Simon en el McGovern Institute del MIT. Su grupo investiga sobre el papel del cerebro y la médula espinal en los movimientos corporales. Uno de los modelos animales que utilizan son las ranas toro, que miden más de un palmo. Pues bien, les quitan el cerebro, dejan la médula y el encéfalo, y se dedican a suministrar impulsos eléctricos y analizar cómo mueven las patas. Pero lo que me impactó es que las ranas viven sin cerebro durante dos semanas!
Incluso tienen otra preparación en la que en un medio de cultivo especial conservan sólo la médula y una pierna, para estudiar también su movilidad. Impresionante… intentaré profundizar en otro post.

Y ya termino con un último detalle, la maqueta del primer aparato de resonancia magnética que existió. Lo construyeron ingenieros del MIT, y tomó su primera medida en 1969. Es el de la derecha. El de la izquierda es donde me he metido hoy.

Escrito por pere-estupinya

15 Feb 2008 - Enlace

Cerebro a trocitos

En 1966 el neurocientífico Richard Gregory hizo famosa la siguiente frase aparecida en su libro “Del ojo al cerebro: psicología de la visión”:

One of the difficulties in understanding the brain is that it is like nothing so much as a lump of porridge

algo así a:
“Una de las dificultades para comprender el cerebro es que es poco más que un grumo de papilla espesa”

Comprendí el sentido de esta expresión durante un curso intensivo de neuroanatomía, en el que tras hablarnos de las diferentes partes del cerebro, sus funciones, complejidad, conexiones, patologías, terapias… nos llevaron a un laboratorio y nos dieron un cerebro de oveja a cada uno para que lo diseccionáramos.

Todo está allí metido, en ese trocito de carne a oscuras. Lo observas de cerca y piensas: ¿Con esto la oveja oye, huele, aprende, se orienta, mantiene las funciones de su cuerpo, siente dolor, coordina movimientos…? Entonces te piden que lo explores para ver su estructura interna e identificar las partes con las que realiza cada tarea.
Pues nada… si se tiene que diseccionar, se disecciona. Mano de espátula... y a cortar! A ver si sacamos algún que otro recuerdo…

Lo primero fue quitar el cerebelo, ese bulto redondo que veis detrás de los dos hemisferios en la foto de arriba, y que aparece cortado en la de la izquierda.
Que no se enfaden los fisiólogos, por lo de “bulto”, ni por la salvaje simplificación que voy a hacer sobre las funciones de las diferentes estructuras del cerebro.
(lo que realmente me apetece es mostraros las fotos…)

La principal tarea del cerebelo es la coordinación de movimientos, mantenimiento del equilibrio, y aprendizaje de habilidades motoras.
Representa sólo el 10% en volumen del encéfalo (cerebro + cerebelo + tronco cerebral), sin embargo contiene el 50% de todas sus neuronas.
Cuando alguien sufre alguna lesión en el cerebelo es incapaz de moverse correctamente, calcular distancias, pierde masa muscular, se tambalea y cae con frecuencia.

En esta fotografía podéis ver varias estructuras redondas en la base del cerebro. Las cuatro pequeñas de abajo son los colliculus superiores e inferiores (estos últimos difíciles de apreciar). Están relacionados con la percepción de movimiento y el campo visual.
Las dos áreas ovaladas de arriba, más grandes, son el tálamo, la zona por la que pasa toda la información sensorial hacia el cortex, a excepción de la olfativa.
El pequeño apéndice que se distingue en el centro, por debajo del tálamo, y que se aprecia mucho más claramente en la foto siguiente es la glándula pineal.

Este diminuto cono que parece..., .... es donde se produce la melatonina, la hormona implicada en los ciclos circadianos y la regulación del sueño y la vigilia. Todavía hay discusión sobre la variedad de procesos que regula la glándula pineal a través de la melatonina. Está relacionada con el desarrollo sexual, la hibernación en animales, y el metabolismo. Su localización tan céntrica hizo que durante cierto tiempo se le asignara un rol central en la gobernación de todas nuestras actividades metabólicas.
La "cola" que veis es el tronco cerebral (brain stem). Comunica el cerebro con la médula espinal, y controla la respiración, el ritmo cardíaco y el dolor.

La fina capa que John Fahey sujetaba mientras yo tiraba la foto es el hipocampo, cuyo principal papel es la formación de la memoria.
Es conocido el caso HM, un joven al que se le extirpó el hipocampo y dejó de registrar recuerdos nuevos. Recordaba sucesos ocurridos antes de su operación, pero su memoria temporal sólo duraba unos minutos. Después, perdía la noción de donde estaba, a quien conocía, o que sucedía en su vida. El hipocampo forma parte del sistema límbico, el centro de nuestras emociones básicas y que nos da tantas satisfacciones.

Como habréis observado, no era mi objetivo hacer un resumen riguroso de la neuroanatomía del cerebro, sino simplemente transmitiros visualmente la experiencia de la disección, y algunos apuntes sobre lo que dio de si la exploración anatómica de las funciones del cerebro.

La neurociencia ha cambiado de forma abismal desde la frase inicial de Richard Gregory. En muchísimos aspectos (sólo hace falta recordar el artículo de Miquel ). Pero en lo que respecta a la localización de tareas en el cerebro, en los años 90 apareció una herramienta que está provocando una revolución: las Imágenes de Resonancia Magnética funcional (fMRI). El principio es muy simple: la actividad cerebral implica cambios en el flujo de sangre. Por tanto, si puedes observar que zonas tienen más riego sanguíneo cuando alguien realiza una determinada función, sabrás que esa es el área implicada en dicha tarea.

Uno de los aspectos por los que la neuroimagen es tan revolucionaria es porque permite estudiar los cerebros “normales”. Hasta ahora, lo habitual era identificar personas con lesiones cerebrales o embolias, ver qué funciones quedaban afectadas y correlacionarlas. Richard Restak en su muy recomendable libro “el cerebro desnudo” dice: “sabemos más de cómo funcionan los cerebros anormales que los normales”.
Ahora con la fMRI se amplia tremendamente el rango de comportamientos que se pueden analizar. Permite saber qué zona de mi cerebro se activa mientras escribo este texto, del vuestro mientras lo leéis, comprobar que cuando observáis las fotografías de arriba se encienden otras, que si os giráis para mirar la cara de un compañero se activará una completamente diferente (como nos explicó Nancy Kanwisher en uno de nuestros primeros seminarios), y saber si además, también se activa alguna área relacionada con las emociones.

Pero no sólo eso, esta tecnología permite observar el cerebro en interacción con su contexto social. Se está hablando del hiperscanning, que consiste en hacer fMRI de personas interactuando entre ellas.
Se están escaneando cerebros en todo tipo de acciones sociales, analizando si nuestros comportamientos son automáticos o controlados, o si tienen una carga más emocional o racional.
Ya ha nacido la neurociencia social, que recoge disciplinas emergentes como la neuroeconomía, que analiza nuestra toma de decisiones, el neuromárketing, que analiza el comportamiento del consumidor, la neurofilosofía que ya comentamos en un anterior post , o la neuroteología, que estudia las zonas implicadas en las experiencias místicas o religiosas.
Se pronostica una cierta invasión de nuestra propia personalidad mediante estas técnicas. Por eso también ha aparecido la neuroética (guardaros esta palabra), que vigila las futuras aplicaciones de esta información por parte de compañías, durante juicios, selección de personal, u otras situaciones, una vez la tecnología esté más desarrollada.

Las voces críticas aseguran que estamos llegando a una cierta neofrenología, cargada de exageraciones, conclusiones simplistas, y frases como “El amor es sólo un mecanismo biológico localizado en esta parte del cerebro”. Por suerte, la interpretación de los datos científicos no son propiedad exclusiva de sus autores.

Pere Estupinyà

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Este blog es un volcado de reflexiones, curiosidades y enseñanzas científicas que recibo durante mis seminarios, conferencias, visitas a laboratorios y conversaciones con científicos del MIT (Massachussets Institute of Technology) y Harvard en Cambridge, EE UU donde disfruto de una Beca para periodistas científicos. Soy químico y bioquímico y llevo varios años aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.

Pere Estupinyà

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