Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pestupinya

05 Dic 2009 - Enlace

El 2% de científicos se inventa resultados, como mínimo

Mucho se ha hablado esta semana de la dimisión del experto en cambio climático cuyos mails robados por hackers mostraban que había cometido el típico maquillaje de resultados a la hora de…

- Espera!... ¿típico? A qué te refieres con “típico”?

- Pues… a esas pequeñas trampitas que suelen hacer los científicos cuando van a publicar resultados…

- ¿Eso hacen?

- Claro! No pensarás que los científicos son los únicos profesionales completamente honestos del planeta y nunca mienten…

- No puedo creerlo.

- A ver; no estamos hablando de engaños de escándalo, como los del investigador coreano que se sacó de la manga haber obtenido células madre a partir de embriones humanos clonados. O los del físico alemán que entre 2000 y 2001 publicó 15 artículos científicos en Science y Nature, y ganó varios premios como joven investigador destacado antes de que retiraran dichas publicaciones por haberse inventado los datos. De estos fraudes sonados hay pocos y a medio plazo es relativamente fácil detectarlos; en ciencia la confianza no llega hasta la verificación experimental independiente. Yo me estaba refiriendo a pequeños ajustes de fotografías o gráficos, a descartar muestras cuyos valores no encajen del todo con tu hipótesis, a hacer caso omiso de limitaciones metodológicas de tu investigación, a quitar a posteriori algún resultado hasta lograr la mágica expresión “diferencias significativas”… este “fraude de bajo nivel” sí es bastante común.

- Cuánto de común?

- El 2% de científicos admite haber falsificado o inventado datos alguna vez, y el 33% reconoce haber seguido “prácticas de investigación cuestionables” como las que te he comentado.

- De dónde sacas estas cifras?

- De un estudio publicado el pasado Mayo en la revista científica Public Library of Science, en el que el autor compiló un elevado número de encuestas a investigadores sobre la honestidad de sus prácticas científicas, e hizo un meta-análisis cuyos resultados fueron dicho 2 y 33 %.

Lo curioso del caso es que cuando a los científicos les preguntaban no por ellos mismos, sino por el trabajo de sus colegas, el 14 % decía conocer investigadores que falsificaban o inventaban datos, y el 72% haber observado prácticas cuestionables.

Es difícil valorar estas cifras y saber hasta qué punto reflejan la realidad. Pero la verdad, comparadas con lo que esperaríamos de otras profesiones, y teniendo en cuenta la presión por publicar a la que están sometidos los científicos, continúan pareciendo muy bajas.

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Científicos lectores del Blog: Confesad vuestras travesuras

Yo reconozco que en mi corta etapa de investigador predoctoral, antes de aburrirme de hacer PCR’s para intentar averiguar si una mutación genética específica estaba relacionada con la propensión al alcoholismo o a sufrir algún tipo de enfermedad hepática, las líneas dudosas de los geles de agarosa en ocasiones se difuminaban ante mis ojos mientras que en otras ganaban misteriosamente intensidad. Y que una vez tenías en tus manos los resultados de todos los polimorfismos genéticos de los seis grupos de personas que analizabas, en lugar de reconocer que allí no había ninguna asociación, intentabas darle vueltas para ver si aparecía alguna “diferencia significativa” y se podían lograr publicar unos puntos más altos de índice de impacto.

Nunca se inventó, falsificó, ni eliminó ningún dato, y los resultados finalmente se publicaron como “falta de asociación entre…” pero sí confieso la tentación de seguir prácticas de investigación cuestionables, y lo facilísimo que hubiera sido que colaran.

Sé que el blog es visitado en silencio por bastantes científicos en activo. Os propongo que salgáis del armario, y aunque sea de manera anónima, confeséis vuestras anomalías científicas o truquillos deshonestos que hayáis visto en la profesión.

Escrito por pere-estupinya

28 Sep 2008 - Enlace

Animales de laboratorio en el metro

El metro está llegando a “Metro Center”, una las estaciones más concurridas de Washington DC. Salgo del vagón y me encuentro de frente con un cartel de la asociación protectora de animales PETA (Gente para el Tratamiento Ético de los Animales) quejándose de los mataderos, las cadenas de fast food, y los laboratorios.

Continúo caminando, y a escasos 20 metros aparece un cartel de otra asociación llamada Centro para la libertad del consumidor en el que leo: “Ratas de laboratorio vs niños enfermos: ¿sabes que PETA está utilizando tu contribución para boicotear la investigación contra el Sida y el cáncer de mama, sólo porque utilizan animales de laboratorio?”. Curioso… No hago mucho caso, pero me giro y en el andén de en frente veo otro anuncio de la misma organización resaltando una frase de Ingrid Newkirk , directora de PETA : “aunque la investigación con animales produzca la cura del Sida, estaremos en contra de ella.”

Reacción inmediata: “esto es pasarse!”. Apoyo incondicional a todo lo que suponga humanizarnos, procurar un trato más ético a los animales, denunciar atrocidades que sin duda se están realizando, y avanzar siempre hacia más derechos en lugar de menos. Pero… ¿incondicional? ¿a todo? Mujer, tampoco nos excedamos. Puede ser loable plantarle cara a la industria peletera, pero pretender vetar de cuajo la experimentación animal en biomedicina es intolerable. Si la directora de una organización realmente promueve algo tan radical, quizás sí pierda un poco de credibilidad…
Lo primero que hago al llegar a casa es comprobar que efectivamente ha dicho esta frase y no está sacada de contexto. Parece que sí la pronunció, junto con otras del mismo estilo. Lo segundo es visitar las webs de PETA y la asociación ConsumerFreedom . La cosa se complica… me da la impresión que el contenido de la segunda es mucho más dudoso, manipulado y extremista que el de la primera.
Algo me dice que la realidad se sitúa en algún punto intermedio entre ambos planteamientos.
¿voy a escribir yo un post sobre un asunto tan complejo sin investigar más a fondo?
Pues sí, así no perdemos la frescura de la anécdota del metro y podemos empezar a intercambiar opiniones sobre los límites éticos de la experimentación animal.

Además, lo que realmente me apetece exponer es una asociación de ideas que he tenido mientras recordaba mi experiencia con ratas durante mis tiempos de aprendiz de científico.

Decapitar ratas a destajo
Recuerdo perfectamente unas prácticas de mi licenciatura de bioquímica en las que nos tocaba sacrificar ratas. Las cogíamos con firmeza, metíamos su cabeza en una guillotina, y la cortábamos de cuajo. Inclinábamos el cuerpo decapitado, recogíamos en un vaso de precipitados la sangre chorreando de su cuello, y nos apresurábamos a extraer el hígado y congelarlo inmediatamente en nitrógeno líquido. Para los experimentos que íbamos a realizar necesitábamos recoger mucha sangre y una muerte rápida que no afectara los niveles de ciertas proteínas y metabolitos.
No me consideréis un desalmado insensible, siento empatía por los animales y abogo por evitar su sufrimiento injustificado, pero confieso que en ese momento no me pareció nada injustificado.
Ahora me doy cuenta que estaba siendo víctima de algo parecido al experimento de Stanley Milgram sobre la obediencia a la autoridad. En este famoso experimento se ve como personas normales participando en un estudio son capaces de infringir dolor a otras simplemente porque el protocolo lo exige. Las imágenes causaron un gran revuelo, porque demostraron que gente normal y corriente se deja llevar por las exigencias del procedimiento y la autoridad del director, y continúa suministrando dolorosas descargas eléctricas a otros voluntarios inocentes a pesar de oír sus reiterados lamentos.
Me atrevo a sugerir que los científicos que investigan con animales de laboratorio también padecen un efecto parecido al revelado en el experimento de Milgram.

Ayer mismo estuve con una investigadora del Instituto Nacional de Cáncer de EEUU. Ella inyecta células tumorales en los ratones, deja que crezcan los tumores, luego suministra fármacos sólo a algunos, y mira si evolucionan diferente respecto los controles. Le pregunté cuantos ratones utilizaba al año. “Yo sólo unos 150”, contestó. “¿Sólo?” “sí, no es mucho. Una compañera mía en estos momentos dispone de unos 800 exclusivamente para sus experimentos. Mi laboratorio se gasta el 15% de su presupuesto en ratones. Mucha gente utiliza más de 1000 cada año”.
"Utiliza…" creedme que dicha investigadora es una persona sensible, le encanta la naturaleza y siente un gran respeto por los animales. Pero de nuevo, no tiene ni el mínimo conflicto interior a la hora de trabajar con ratones. Considera que son imprescindibles como modelos de enfermedades.
¿siempre?

Chasco en la neurociencia
Este artículo publicado el pasado agosto en nature pone el dedo en la llaga: La mayoría de fármacos contra enfermedades neurodegenerativas como la esclerosis y el alzheimer que han funcionado en ratones, no tienen ni el mínimo efecto en estudios preliminares con humanos. Hay dos tipos de explicaciones, y las ambas son radicales por diferentes motivos. La primera es la más obvia: el modelo no sirve, el cerebro de ratón es demasiado diferente al humano, lo que han estado haciendo miles de científicos no lleva a ningún sitio. Parece preocupante, pero la segunda explicación también se las trae: Muchos experimentos publicados en revistas científicas están mal hechos. A veces las muestras son demasiado pequeñas y no están diseñados con suficiente rigor. La presión por publicar induce a vacíos metodológicos, quizás alguna que otra distorsión de los resultados, y oídos sordos a diferencias básicas entre ratones y humanos respecto las características fisiológicas de la enfermedad. Además, los resultados negativos no se publican.

Uf! Es un tema serio, y también candidato a ser tratado más a fondo en posteriores entradas del blog…, pero no puedo resistirme a retomar el hilo de los carteles del principio del post y terminar con un toque gracioso mostrándoos la foto que tomé el año pasado en la ciudad de Buffalo, durante un viaje con amigos por el norte de Estados Unidos. Cuando en una parada de autobús leí el cartel: “Cuando fumas, también lo hace tu mascota”, hice dar media vuelta al conductor para cerciorarme que efectivamente se trataba de una campaña alertando que los animales de compañía también eran fumadores pasivos. Insólito, pero cierto.

Escrito por pere-estupinya

28 Ago 2008 - Enlace

¿Sushi sospechoso? Mira su ADN!

Hace aproximadamente un año Kate Stoeckle estaba cenando sushi en Nueva York con su padre , un científico que investiga cómo identificar especies a partir de fragmentos específicos del ADN, y le preguntó:“¿Tus análisis genéticos se podrían aplicar al suhsi?”
Mark Stockle le dijo “claro, y si lo haces, creo que serías la primera”
Kate reclutó a una amiga, y juntas visitaron 4 restaurantes y 10 tiendas de Nueva York hasta recoger 60 muestras de pescado diferentes. Cortaron trocitos de cada pieza, los guardaron en alcohol, y los enviaron a la Universidad canadiense de Guelph. Allí, un investigador del proyecto “Fish Barcode of life ” comparó el ADN de las muestras con una base de datos que cuenta ya con casi 5500 especies de peces catalogadas genéticamente.
Sorpresa! (o no): 2 de los 4 restaurantes y 6 de las 10 tiendas no siempre vendían lo que sus etiquetas o cartas estaban ofreciendo. En total, una cuarta parte de las muestras analizadas resultaron ser fraudulentas. Por ejemplo, un preciado atún blanco era en realidad tilapia , un pez más económico que se puede criar en piscifactorías. Y 7 de cada muestras de red snapper (un pescado también muy valorado) eran bacalao u otras especies parecidas.
Aunque la escasez de muestras y las características del “estudio” no permiten sacar conclusiones generales (lo realizaron dos estudiantes de 18 y 19 años sin ninguna pretensión de realizar una investigación científica exhaustiva), el “error” azaroso debería quedar descartado, porque curiosamente en todas las confusiones el pez etiquetado era más caro que el verdadero...

Que en ciertos restaurantes o tiendas te puedan dar tipalia por atún quizás no es lo más novedoso de esta noticia. Lo destacable es poner de manifiesto lo asequible que se está volviendo esta tecnología. La idea de comparar genéticamente especies y escudriñar entre sus relaciones evolutivas no es nueva. Los científicos ya llevan mucho tiempo utilizando regiones específicas de ADN mitocondrial, o de ARN ribosómico… como marcadores genéticos que les permitan catalogar mejor la complejidad de la vida. Pero los análisis han mejorado tanto que no sólo permiten plantear un proyecto científico como el DNA barcode of life , una verdadera librería de información genética, sino que dos estudiantes armadas de iniciativa consigan demostrarnos que la ciencia también está en nuestras manos, y anticiparnos las herramientas que en un futuro cercano utilizarán de manera rutinaria los inspectores.

Fuente: New York Times

Pere Estupinya

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Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.
Ahora continúa desde Washington DC buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.
Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.

Pere Estupinya

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