Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pestupinya

24 Jul 2009 - Enlace

Perros leales y gatos aprovechados (según la perspectiva evolutiva...)

La vertiente más pop-science de la psicología evolutiva dice que los aspectos más básicos de nuestra personalidad están inscritos en los genes y son consecuencia del entorno natural y social en el que sobrevivieron nuestros ancestros en los últimos centenares de miles de años.
Aunque los más deterministas suelan llevar este razonamiento a extremos casi cómicos, es indiscutible que a grandes rasgos, así es.
¿ocurrirá lo mismo con perros y gatos domésticos?
¿Estarán justificados evolutivamente los tópicos de que los primeros son leales y los segundos unos acaparadores que van absolutamente a su aire?
Según un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), la selección natural explica esto y mucho más.
Pero ojo! En el caso de los animales domesticados, debemos añadir otro factor a la ecuación: la selección artificial. Los humanos hemos dirigido a nuestra conveniencia qué vacas, cerdos, aves, caballos o perros sobreviven y dejan descendencia. ¿también los gatos? No al mismo nivel.

Empecemos por la domesticación del mejor amigo del hombre, que según el artículo de PNAS empezó antes incluso del desarrollo de la agricultura y el sedentarismo. Buscando restos de comida y cierta protección, los primeros lobos poco temerosos empezaron a acercarse a los asentamientos de cazadores recolectores ofreciéndose a cambio como centinelas nocturnos que avisaban frente a visitas indeseadas. Posteriormente nuestros antepasados los empezaron a utilizar como ayuda en sus labores de caza, y poco a poco los fueron domesticando. Primero seleccionando como acompañantes sólo a los que más se adaptaban a sus necesidades, y bastante más tarde decidiendo incluso con quien se iban a aparear.

(un inciso aquí recordando la conversación en Yellowstone con Douglas Smith , el considerado mayor experto del mundo en lobos. Dos cosas quedaron claras de esa charla: la lealtad e incluso sumisión que tienen los lobos hacia el líder de la manada, y la extrema cohesión de sus grupos sociales. Están dispuestos a compartir y arriesgar sus vidas por defender a cualquier miembro de su grupo, y al mismo tiempo atacar ferozmente a invasores aunque sean de su misma especie. Quizás tal lealtad quedó presente en los primeros lobos-perros que empezaron a identificarse como parte de un grupo que contenía humanos)

La domesticación de los gatos salvajes siguió caminos diferentes. Los análisis genéticos publicados en el artículo de PNAS demuestran que los gatos domésticos actuales son mucho menos diversos entre ellos de lo que lo son las distintas razas de perros, y que están mucho más cerca evolutivamente de los gatos salvajes de lo que están perros y lobos.
Los autores del artículo argumentan con ello y otras referencias arqueológicas que nuestra relación con los gatos empezó bastante más tarde, una vez los humanos ya vivían en asentamientos estables, y de una manera muy diferente a los perros.
Según los autores, las características iniciales de los gatos salvajes (solitarios y defensores individuales de su territorio exclusivo) los hacían poco aptos para la domesticación. Sin embargo en los primeros poblados con graneros, “corrales” y desechos abundaban las ratas, ratones, pájaros… comida fácil para los felinos y favor indirecto a los humanos. Durante mucho tiempo, la relación hombre-gato fue simplemente una tolerancia mutua, sin que interviniera en ningún aspecto la selección artificial. Convivencia sin pretensiones por ambas partes. Posteriormente en algunas culturas como la Egipcia se empezó a venerar a los gatos, pero según los datos genéticos del estudio no fue hasta una fecha muy, muy reciente que empezamos a lograr dirigir mínimamente con quien se reproducían.

Los autores del estudio dudan de la utilidad que tuvieron los gatos durante su proceso de domesticación, en el que la única característica importante que desarrollaron fue tolerancia a la gente. En la conclusión de su artículo dicen que el gato doméstico es el producto de 11 millones de años de evolución libre de hombres, 12.000 de selección natural compartiendo por interés nuestro hábitat, y sólo unos 200 en los que hemos empezado cierta selección artificial. Así opinan que la domesticación de los gatos no está completa todavía, y que no han superado su instinto de sentirse más unidos a los lugares que a las personas y ser unos acaparadores de nuestras casas.
Defensores de los gatos, podéis replicar.

Escrito por pestupinya

22 Abr 2009 - Enlace

Al cerebro le gustan los catálogos

- Texto redactado por Miriam Peláez, bióloga y editora de redes-tve -

A nuestro cerebro le gusta y necesita crear categorías, y lo hace para todo: cuando conoce a una persona nueva la clasifica en un grupo, bien sea racial, religioso, económico, cultural… Pero también necesita otorgar etiquetas a las situaciones y a los objetos. Eso no quiere decir que la manera de clasificar y ordenar haya de seguir una lógica coherente, no; muchas veces se trata de divisiones absurdas, pero que resultan útiles a nuestro cerebro para reconocer, aprender y reaccionar la próxima vez que se encuentre con otro elemento de la misma clase en el futuro.

Y no siempre sale a cuenta esa “manía” de catalogarlo todo, o por lo menos podríamos decir que puede llevar a confusión y errores. Afortunadamente, la experimentación y la verificación empírica pueden ayudar a escapar de esos errores.

Pongamos algunos ejemplos:

Genético / ambiental
Dentro del estudio de las características y propiedades de un individuo, se ha tendido a distribuirlas en las que vienen determinadas por el ambiente y las que son atribuidas a la herencia genética. El eterno debate nature vs nurturenature vs nurture. ¿Qué implicación tiene en la capacidad creativa de una persona su combinación de genes y cuánto intervino el entorno que vivió en su infancia? ¿Qué importancia tiene la genética en la tendencia a la adicción de un individuo?, ¿interviene más el ambiente que conoció el feto en el útero materno, o quizá influyó decisivamente el contexto vivido durante la adolescencia?
Durante muchos años, el debate permaneció en esa dicotomía. Ahora es difícil reducirlo a eso. Los genes no son nada sin la intervención del entorno y éste actúa sobre el genoma dejando sus marcas físicas, que pueden ser incluso heredables.
De eso nos habla en particular la epigenética, como pudisteis leer en la entrevista a Manel Esteller en un post anterior . Es el segundo código, el que liga nuestro código genético conocido hasta ahora -hecho de secuencias de bases en el ADN- al entorno. Nuestra alimentación, el aire que respiramos, las actividades que realizamos, los sentimientos que nos invaden, y un sinfín de vivencias alteran los genes sin afectar al ADN a nivel de su secuencia, pero sí interviniendo en la forma de expresarse.
Así que se acabó el dividir genes y ambiente. Están tan ligados y mezclados que no podemos trazar frontera clara entre ambos.

Natural / artificial
Cuando el cerebro categoriza coloca además muy a menudo una valoración o connotación. En el caso de la separación de lo que nos rodea entre lo que sería natural y lo que denominamos artificial, hay un claro regocijo por lo que proviene de la naturaleza. Parece que tiene que ser necesariamente bueno. Lo artificial, y por lo tanto generado y creado por la mente y la acción humanas, no suele conllevar las alabanzas de sano o beneficioso.
Me vienen así a la memoria las palabras de David Barash, psicólogo de la Universidad de Washington que pasó por Redes hace unos meses junto a su mujer Judith Lipton, psiquiatra y coautora con su esposo de “El mito de la monogamia”.
El libro repasa las costumbres de la vida en pareja de numerosas especies animales, incluyendo la humana, claro está. De momento sólo podemos decir que no hay nada, según las últimas investigaciones, que lleve a la conclusión de que la monogamia es un comportamiento natural. Aquí, natural se refiere a algo que llevamos con nosotros, inscrito de alguna forma en nuestros genes de un modo bastante sólido como para que tendamos a ser monógamos.
Y según las palabras de Judith, “la monogamia es posible, como el arte, pero no es natural; es más natural un modelo sexual en el que la gente encuentre una pareja, haga promesas que luego rompa, se produzca un abandono, a alguien se le rompa el corazón, luego se hagan más promesas, haya más corazones rotos… lo natural es una retahíla de corazones rotos”.
En este caso una actitud no natural puede resultar más beneficiosa para la vida en una sociedad como la nuestra.
En ocasiones la gente se refugia en lo natural, bien sean terapias, alimentación o comportamientos. Y muy a menudo resulta absurdo; lo natural puede ser igual o más perjudicial que lo artificial, que lo adoptado o nuevo. Hay una tendencia a pensar que lo natural nos corresponde más, por formar parte de la naturaleza lo conocemos mejor y podemos controlarlo. Nada más lejos de la realidad. Y es esta una dicotomía, la de natural o artificial, que nos hace caer en decisiones sin fundamento.

Normal / anormal
Como el cerebro necesita etiquetar, también ha de tener referencias, para poder comparar, para poder orientarse. La referencia de lo normal es básica y es una gran norma a emplear para evitar riesgos y para vivir en sociedad. Es reconfortante estar en la normalidad, aunque de vez en cuando convenga salir de ella un rato.
Pero en ciencia, y sobre todo en lo que puede concernir a la investigación médica, hay que tener cautela para decidir qué es normal y qué no.
Una triste anécdota viene a demostrarlo. La separación entre normal y anormal llevó en el siglo XIX a una decisión dramática para miles de personas. Se empezaba a estudiar el misterioso SMIS (“síndrome de muerte infantil súbita”), que afectaba a algunos bebés: morían durante la noche sin razón aparente para desconsolada sorpresa de los padres. Una vez hecha la autopsia los médicos compararon con la anatomía de bebés normales. Y ahí estaba la trampa: quiénes eran los bebés normales. En aquel momento, a finales del XIX, los médicos disponían de cuerpos para autopsias que provenían de las esferas pobres y desfavorecidas de la sociedad.
Al analizar los bebés muertos de SMIS y compararlos con los bebés normales, algo destacaba: su timo -órgano implicado en la maduración de las células del sistema inmunitario- era significativamente mayor.
Pero lo que no se sabía en aquella época era que el estrés, como el que podía sufrir la gente pobre debido a sus condiciones de vida y alimentación, a las enfermedades que padecían, podía reducir el tamaño de su timo.
De esta forma, se concluyó que el síndrome de muerte súbita del lactante se debía al tamaño excesivo del timo y se optó por irradiar la zona de la garganta y el pecho de los recién nacidos para evitar el crecimiento del órgano por encima de lo normal. En consecuencia, fue irradiada también la tiroides, glándula reguladora del metabolismo y situada en la garganta, no muy lejos del timo.
Y así fue como miles de personas, que fueron irradiadas en los primeros meses de vida para prevenir el SMIS, murieron años más tarde de cáncer de tiroides.
Y todo por haber considerado como normal algo que no había sido suficientemente analizado.

No podemos evitar catalogar, desde nuestro vecino al chocolate que comemos o la última ley aprobada por el gobierno… pero quizá debamos hacerlo con algo más de fundamento y pensarlo dos veces antes de poner etiquetas. Así eliminaremos unas cuantas barreras de en medio a la hora de movernos en este complejo mundo.

Miriam Peláez

Pere Estupinya

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Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.
Ahora continúa desde Washington DC buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.
Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.

Pere Estupinya

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