Escrito por pere-estupinya
17 Ago 2008 - Enlace
Cambio Climático: Escépticos depende, deniers no
El escepticismo en ciencia es bueno.
Más que bueno; es necesario.
Más que necesario; es un requerimiento, una obligación de cualquier persona que pretenda observar el mundo desde una perspectiva científica.
Por eso, en el post donde criticaba a los que niegan la existencia de un cambio climático provocado por la actividad humana no cité a los escépticos (un término y actitud intelectual que respeto) sino a los deniers (un término y actitud intelectual que repruebo).
Los deniers son personas cuyo escepticismo se ha ensuciado de ideología, y mantienen una postura dogmática y activista en contra del cambio climático. Cada denier tiene sus razones no científicas para ello.
Aquí no decimos que, sin lugar a dudas, el calentamiento global vaya a desembocar en una situación catastrófica. Ni negamos que haya incertidumbres por resolver todavía. Nadie dice que el dióxido de carbono sea el único responsable, ni que los modelos climáticos sean perfectos, ni que sepamos con certeza cómo reaccionará la naturaleza a un posible aumento de la temperatura.
Pero sí creemos en el mensaje básico que la inmensa mayoría de investigadores nos llevan diciendo desde hace años: la actividad humana es responsable de un cambio inusual en el clima, y en un mundo con cada vez más demanda energética, si no nos esforzamos en reducir la emisión de gases de efecto invernadero, las consecuencias a medio plazo pueden ser graves.
Ir contra corriente es tentador. Aquellos que deseen mantener una posición escéptica y desconfiar del consenso científico siempre encontrarán algún fleco por donde alimentar su inconformismo. Pero también deben considerar las peligrosas consecuencias paralizantes que pueden conllevar sus acciones.
Si las dudas en la opinión pública sirven como excusa a los gobiernos para retrasar las acciones destinadas a mitigar el cambio climático, y al final resulta que tenía razón la casi totalidad de expertos que está advirtiendo de sus posibles consecuencias, quizás habremos reaccionado demasiado tarde.
Las decisiones políticas no se toman bajo certezas incontestables. Quizás el virus de la gripe aviar nunca mutará a una cepa que sea letal y a la vez contagiosa entre humanos, pero como sí es posible, debemos confiar que la OMS esté invirtiendo dinero y esfuerzo en prepararse por si llega el momento de evitar una pandemia. En el caso del calentamiento global, no podemos permitirnos la insensatez de esperar a ver qué ocurre.
Durante mi estancia en el MIT y Harvard he conversado con muchos expertos en cambio climático. Muchos. Uno de los más reconocidos me confesó en privado: “Yo soy de los que en su momento recomendó al presidente de US no cumplir Kyoto, porque los datos de que disponíamos entonces no eran concluyentes. Ahora son incontestables”. También asistí a la asignatura “Global Climate Change: Economics, Science and Policy” de Henry Jacoby , y a unas pocas sesiones de la del meteorólogo Kerry Emanuel (recomiendo esta extensa pieza ). He atendido a sesiones sobre periodismo y cambio climático en las que una conclusión era: “No confundamos al público dando voz a los deniers y promoviendo un debate interminable cuando en realidad ya no lo hay”. Recuerdo magníficos seminarios como el de John Holdren en Harvard (recomiendo también este artículo reciente ). En algunos de ellos se replicaba científicamente los argumentos más comunes utilizados por los escépticos. Yo escuchaba con una mente abierta, crítica y en absoluto crédula. Y lo confieso, al final quedé convencido.
A pesar de ello, no voy a incitar una discusión sobre los planteamientos específicos de los deniers. No creo que un blog como éste sea el lugar adecuado para hacerlo. Además, ya hay sitios que lo han hecho muy bien (de los más asequibles para el público general es este especial de NewScientist ). Y sobretodo, porque es contraproducente. Un denier entrenado está preparado para rebatir argumentos y generar confusión.
Insisto: no decimos que no haya puntos conflictivos a debatir. Existen bastantes. Una postura escéptica está justificada y es totalmente lícita. Siempre que no genere dudas paralizantes sobre el consenso científico de que debemos reducir la emisión de gases de efecto invernadero como precaución ante las posibles consecuencias del cambio climático. Entonces puede ser peligrosa e irresponsable.
Las discusiones sobre el calentamiento global no pueden ser tratadas de la misma manera que el debate genes vs entorno, la teoría de cuerdas, el futuro de la inteligencia artificial, la coexistencia de ciencia y religión, o las características de los homínidos que nos precedieron. En ocasiones toca posicionarnos y actuar, estemos plenamente convencidos o no.
John Holdren define 3 fases de escepticismo respecto al cambio climático. La primera fue el “no lo hemos provocado nosotros”, y es propia de un denier radical poco actualizado. La segunda, el “tampoco hay para tanto”, pertenece a un ciudadano acomodado del primer mundo al que no le afectarán directamente las posibles sequías, pandemias, menor rendimiento agrícola en países pobres, huracanes más intensos, condiciones climáticas extremas, o desaparición de especies. Y el que se sitúe en la triste tercera, el “esto ya no hay quien lo arregle”, que por lo menos no interfiera en los que sí pretendan intentarlo.

En la foto, David Beerling no se parece a uno de esos científicos que se sientan cómodamente en su despacho con aire acondicionado para hacer correr en su súper ordenador el último modelo climático que incentivará la compra de coches híbridos, pero un poco sí lo es.
"Las plantas producen oxígeno mediante la fotosíntesis, proceso por el cual también generan su biomasa, hojas, tallos y raíces -aclara Beerling-". Cuando las plantas mueren, numerosos animales, bacterias y hongos celebran un festín que genera la descomposición y en el que se consume el mismo oxígeno que esas plantas habían producido. "Pero una pequeña fracción de biomasa vegetal producida anualmente no sucumbe a ese destino", dice Beerling. Esa pequeña fracción de biomasa se arrastra en forma de partículas por las cuencas de los ríos hasta acumularse en sedimentos en el fondo de los mares donde no llegan a descomponerse por la falta de oxígeno. Algo parecido ocurre en las zonas árticas, donde el frío reduce la descomposición y la biomasa se hunde en la costra terrestre bajo la tundra. Sólo una centésima parte del 1% de la producción anual de biomasa escapa a la descomposición. "Parece muy poco -observa Beerling-, pero si lo sumas a lo largo de millones de años, el resultado es oxígeno que se agrega a la atmósfera."
Los murciélagos son unos animales excepcionales. Son los únicos mamíferos que vuelan, y lo hacen con unas alas cuyo origen evolutivo es totalmente independiente a las de los pájaros.
Una vez localizada su presa, el vampiro busca una zona de la piel rica en vasos sanguíneos, los rasga con sus afilados incisivos, introduce un poderoso anestesiante y una proteína anticoagulante (ambos utilizados con fines farmacéuticos), y va chupando la sangre a medida que sale por la herida. Puede llegar a ingerir su propio peso en sangre. Cuando está harto, regresa a su guarida para digerirla y compartirla con sus compañeros que no han conseguido alimentarse. Éste es uno de los comportamientos que Ragde Sánchez destacó. Según los estudios realizados en La Selva, los vampiros son unos animales mucho más sociales de lo que se creía. Mueren si durante dos noches no comen nada, por esto se ayudan mutuamente. Se ha observado que las hembras regurgitan la sangre para ofrecerla a sus hijos, pero si es necesario, alimentan también a jóvenes con los que no tienen parentesco alguno, un comportamiento poco frecuente en la mayoría de animales.
John P. Holdren