Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pere-estupinya

13 Jul 2008 - Enlace

Darwin no explica el amor

Antes de nada quiero agradecer los comentarios tan amables de la entrada anterior , y disculparme de antemano porque he escrito un texto en tono de reflexión, en lugar de continuar en la línea fresca y desenfadada que algunos me pedisteis. Lo haré, de verdad.

Me tocó dividir en dos partes el post sobre ciencia y romanticismo porque experimenté una especie de esquizofrenia intelectual tras leer el extensísimo reportaje especial del TIME , el del NewScientist sobre oxitocina , y otros que hablaban sobre la perspectiva evolutiva del amor. Pasó que encontré mezcladas referencias a estudios que me gustaron muchísimo, con otros que me daban incluso repelús.
Y es que a veces cuela todo dentro del mismo saco y se echa en falta una cierta crítica científica. No me malinterpretéis; yo adoro la ciencia, nos aporta infinidad de beneficios, debería estar más presente en la toma de decisiones políticas e individuales, es la verdadera solución a algunos de los problemas que nos acechan, y creo que los científicos merecen más reconocimiento social del que reciben. Además, es una fuente continua de novedades, y dejarte llevar mentalmente por ella resulta tremendamente estimulante. Pero cuando algo te apasiona, también te vuelves más quisquilloso. No es una contradicción. Imaginaos a ese experto en vinos que disfruta como nadie con los caldos de calidad, pero que considera horrendo un vino que nosotros catalogaríamos de aceptable. Varias veces durante el Fellowship del MIT me he sentido una especie de sommelier científico, disfrutando desmesuradamente en ocasiones, pero siendo cada vez más meticuloso con ciertas investigaciones que no me complacían.
Y justamente uno de los campos que más incertidumbre me ha generado es la aplicación de la lógica evolutiva a la explicación de la conducta humana. Mi planteamiento humilde pero radical (y del que espero objeciones) es el siguiente: la famosa frase de Dobzhansky “Nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución ” se ha exagerado. No me malinterpretéis (II); evidentemente que además de nuestros cuerpos la evolución ha ido perfilando también nuestra mente para sobrevivir y dejar descendencia. Esto está por encima de cualquier duda. Pero cuando leo algunas de las historias que se escriben (incluido mías ), me parece desorbitado el peso que se le otorga a las condiciones en que vivieron nuestros ancestros.

Por ejemplo, no me creo que hoy en día los hombres decidamos con quien compartir nuestra vida fijándonos en pechos y caderas anchas que indiquen alimento para las crías, ni las mujeres en hombros fuertes que permitan a los hombres cargar más comida en sus viajes por la sabana africana… y argumentar que la versión actual de la espalda ancha es el coche deportivo que indica status económico me parece todavía más simplista. Los genes no saben qué es el dinero, y si alguien decide dar importancia a los recursos en la selección de pareja, no veo que sea por un condicionante evolutivo inconsciente.
Se dice que las mujeres son más fieles porque claro… ellas sólo pueden tener un hijo cada 9 meses y los hombres uno cada día. Y que evitan tener sexo en la primera cita porque sus genes les dicen que necesitan más garantías de compromiso. En la sociedad actual ya no tiene sentido.
Y todavía me convence menos que el amor esté programado para durar 4 años porque éste es el tiempo idóneo para colaborar con las etapas críticas del desarrollo del bebé. Esto no es ciencia ni es nada.

No niego que tengamos los mismos genes de nuestros ancestros y compartamos una predisposición a ser monógamos sucesivos, o a encontrar unos cuerpos más atractivos que otros. Mi opinión particular es que esto nos dice cada vez menos sobre la conducta del ser humano actual. Por lo menos de los que me rodean. Me da la sensación que la ciencia explica muy bien qué le pasa a un cerebro enamorado, pero la lógica evolutiva basada en la perpetuación de la especie queda tremendamente coja para justificar por qué nos enamoramos.

Lo que ocurre es que las coherencias evolutivas resultan muy sugestivas, y cuando las explicas siempre generan un convincente “ah, claro”. Pero a veces les falta consistencia. Y no es una opinión aislada. En el potentísimo departamento de psicología de Harvard, con nombres como Pinker , Daniel Gilbert , Marc Hauser... investigan diferentes aspectos de la naturaleza humana. Hacen sus estudios de forma muy rigurosa, sacan sus conclusiones, y luego las hacen cuadrar con en el pasado evolutivo. Parece como si esto sirviera para aprobarlas. Pues bien, Marc Hauser hace lo propio con sus interesantísimas investigaciones sobre moralidad. Por eso me sorprendió muchísimo leer un escrito suyo titulado “Los límites del razonamiento darwiniano”, en el que aparecían frases como “En algunos asuntos específicos de la mente humana, he cambiado mi forma de pensar respecto al poder de la lógica darwiniana (…) He perdido la fe en el programa adaptativo para explicar o predecir algunos aspectos de nuestro pensamiento”.

Steven Pinker en su nuevo libro dirá que estamos en la época menos violenta de la historia. Esto se podría interpretar diciendo que un cerebro educado nos libera de nuestros condicionantes genéticos, y de alguna manera nos hace más libres.

Sé que la selección natural y sexual ha programado mis genes para concebir, que ellos me van indicando qué rasgos son atractivos, y que se ha inventado el amor para mantener la pareja unida. Nada en contra. Tenemos la confirmación química con las moléculas del primer post. Ahora bien, que esta programación inicial guíe a ciegas mi comportamiento, y sobretodo pueda explicar de quien me enamore o por qué, no lo creo.

Prometo continuar el tema de forma más entretenida. Tengo a mano muchísimos estudios la mar de curiosos. Por ejemplo la información química que se intercambia durante los besos, o una investigación que relaciona las propinas de las stripers con su ciclo menstrual. Las que estaban ovulando conseguían 70 dólares la hora, las que no 50$, y las que tenían el período 35$. Los autores argumentaban que segregaban menos feromonas. Puede ser. Otros dicen también que las feromonas sincronizan el ciclo menstrual de las mueres que pasan mucho tiempo juntas, porque evolutivamente era mejor que todas estuvieran fértiles a la vez y evitar que sólo una monopolizara la atención de los machos… Pues quizás…

Me duele criticar la ciencia, pero cuando quieres a alguien o algo (ciencia, cine, futbol, música..) y te defrauda, es difícil ignorarlo. Lo opuesto químicamente al amor no es el odio sino la indiferencia... Sin embargo he suavizado mi tono respecto lo que sentía el otro día cuando utilicé la exagerada palabra “patético”. Quizás habrá subido mi serotonina debido a que escribo desde Tortosa, mi pueblo, rodeado de familiares, amigos y jamón, e ilusionado en vísperas de una semana que empezará en Madrid, me llevará a Tarragona para participar en curso de verano de la URV , y terminará atendiendo al ESOF de Barcelona. Intentaré contaros todas las historias que pueda antes del regreso a los US.

Escrito por pere-estupinya

10 Jul 2008 - Enlace

Serotonina, oxitocina, y el amor engañoso

Si esa noche, por lo que sea, tus niveles de testosterona se encuentran más elevados de lo normal, tu apetito sexual se verá incrementado. Seguro que estarás más predispuest@ a encontrar alguna aventura amorosa. Pero si no tienes éxito tranquil@ que no te vas a quedar ansios@. La testosterona sube y baja rápidamente sin mayores repercusiones, y al día siguiente todo empieza de cero otra vez.
En caso de que sí hayas tenido sexo satisfactorio con alguien, habrás notado el subidón de la dopamina, la hormona del placer. Si realmente ha sido bueno te habrá gustado tanto que querrás repetirlo a casi toda costa. ¡Pero que la dopamina no te engañe! en el fondo a ella le da igual si vuelves con la misma pareja o no; incluso te permite sentirte enamorad@ de dos personas a la vez. De acuerdo, de acuerdo… si ha estado tan bien, quizás hayan bajado un poco los niveles de serotonina, te sentirás desorientad@ y pensarás que esa persona es especial, tiene “algo”. Empezarás a enamorarte.

Quizás tras varios chutes de dopamina notes cierta sensación de adicción. Puedes relajarte y disfrutarlo tranquil@, en este estadio la testosterona y la dopamina no forman parte relevante de la historia. Desdecirse no sería traumático todavía. Lo serio de verdad llega cuando la oxitocina aparece en escena. Tu cerebro la segrega a grandes cantidades en cada orgasmo, y es la responsable del sentimiento de apego, de unirte definitivamente a tu nuev@ compañer@. Si hubiera una hormona del amor, esta sería la oxitocina. Cuando estáis juntos os reduce el estrés, el miedo, aumenta la confianza, la generosidad, la sensación de bienestar en cada abrazo… es la esencia química del afecto. Y lo más importante: hace que te sientas feliz cuando observas a tu pareja feliz. Su satisfacción pasa a ser más importante que la tuya propia. Ahora sí que puedes decir honestamente “te quiero”, en lugar del “te deseo” propio de la etapa dominada por la dopamina.

De todas formas no te confíes. Asegúrate de mantener los niveles de oxitocina altos a base de orgasmos, porque si no, pueden ir decreciendo hasta perder el apego. Si esto os ocurriera a los dos a la vez, tampoco sería tan grave. La tristeza de la separación daría paso rápidamente a una sensación de alivio. Lo peligroso, desdichado, insano, funesto, devastador…, es cuando por cualquiera de los miles motivos diferentes que existen, la relación se rompe cuando los niveles de oxitocina están al máximo. Entonces la química cerebral se vuelve loca. La serotonina baja por los suelos: te deprime, te desespera, pierdes la cordura, dudas constantemente de lo correcto e incorrecto, aparece la ansiedad, la obsesión…

Te separas y de repente tus neuronas encargadas del placer ya no segregan nada de dopamina. Notas un síndrome de abstinencia brutal. Tu cerebro pide a gritos sinápticos volverle a ver. No deberías hacerlo; es un suicidio hormonalmente hablando. Recaerás como el alcohólico que en el momento de más debilidad piensa “será sólo una copa”. Dale tiempo a tu química cerebral para que restablezca sus niveles normales. Además, allí ya no hay amor verdadero ni nada. Bueno, quizás sí lo hay, pero queda ofuscado por el deseo egoísta de sentirte mejor, de aliviar tu propio sufrimiento. En esos momentos no estás pensando en qué es lo mejor para él o ella.
“Quiero continuar siento tu amig@” puede decir el que haya salido más ileso de la desdichada ruptura. Científicamente absurdo. Es como si pretendes curar al alcohólico de antes diciéndole: “Debes dejar de beber. Pero puedes continuar yendo a los mismos bares, no hace falta que tires las botellas de tu casa, y dale un inocente beso al vino cada cierto tiempo”. Los neurocientíficos expertos en adicción saben que eso no lleva a ningún sitio. Si les hiciéramos caso, la terapia del desamor incluiría borrar teléfonos, mails, y tirar fotos a la basura, por muy doloroso que sea.

La neurociencia dice que esto es muy por encima lo que le ocurre a un cerebro enamorado. Nunca lo aceptaríamos como justificación de nuestra situación individual, porque hay demasiadas excepciones y casos particulares que se escapan a la lógica química. Pero de todas formas nos lo creemos. No molesta en absoluto que la ciencia nos de su versión acerca de qué pasa. Lo patético llega cuando pretende averiguar el por qué pasa… (continuará)

Pere Estupinya

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Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.
Ahora continúa desde Washington DC buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.
Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.

Pere Estupinya

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