Escrito por pere-estupinya
04 May 2008 - Enlace
Matrimonio con Robots
David Levy es el autor del libro “Love and Sex with robots”, donde afirma que en el 2050 empezaremos a casarnos legalmente con robots. Habrán avanzado tanto que nos resultarán romántica y sexualmente atractivos, e incluso tendrán la capacidad de enamorarse de humanos. Para Levy, el amor y el sexo con robots es inevitable. En un artículo de Scientific American se puede leer la siguiente cita suya: “Si la alternativa es sentirte sólo, triste y miserable, ¿no es mejor estar con un robot que actúa como si te quisiera? ¿realmente importa, si en el fondo te hace ser más feliz?”. En la entrevista que acompaña al artículo, asegura que las generaciones nacidas en un mundo ciber-electrónico no verán anormal considerar a androides como amigos, compañeros, o amantes. Además, hay personas con un vacío emocional y afectivo enorme, que podrían beneficiarse de las relaciones con robots. Para él, sólo hay un pequeño paso entre enamorarse en Internet de un “desconocido”, o de un robot. Recuerda a una especie de Test de Turing .
Claro que en el fondo de sus planteamientos podríamos encontrar cierto sentido, pero no voy a dar más coba a Levy. Sus especulaciones propagandistas no me interesan en absoluto. En cambio sí es tremendamente relevante el análisis serio y meticuloso que algunos científicos y sociólogos están haciendo sobre la relación que tendremos con los nuevos robots sociales, cuando logren escapar de los laboratorios.
Robots de compañía: mejores que una mascota?
La semana pasada asistí a una discusión con Cynthia Breazeal , creadora del famoso Kismet y directora del grupo de Robots Personales en el Media Lab del MIT, y Sherry Turkle , directora del “MIT Initiative on Technology and Self ” y autora de libros como “The second self”, y “Life on the screen”, donde analiza nuestra interacción con la tecnología desde el punto de vista psicológico y social.
Un post no da para un análisis extenso, por eso permitidme que encoja las explicaciones de Breatzal y me centre en el análisis crítico de Turkle, cuyas reflexiones me parecen imprescindibles.
El objetivo del grupo de Cynthia Breatzeal es construir robots que manifiesten conductas sociales, expresen emociones, muestren empatía, y se relacionen con nosotros en términos más humanos. Más allá de ser tratados como juguetes, los robots personales podrían ser utilizados con fines educativos en niños, como compañía de personas mayores, o en hospitales donde no se pueden tener mascotas.
Kismet fue el primer robot emocional que se construyó, Leonardo es el más logrado en cuanto a expresividad, y el MDS es uno de los robots sociales humanoides más avanzados que existen.
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Sherry Turkle ha realizado estudios en los que reparte robots personales entre niños y personas mayores. El objetivo es investigar la naturaleza de la relación que se establece con ellos, analizar los sentimientos que evocan estos “artefactos relacionales”, y ver qué nos pueden mostrar sobre nosotros mismos.
Para Turkle, estas máquinas programadas para mostrar sensibilidad consiguen presionar los “botones darwinianos" que la evolución ha cableado en nuestro cerebro; sus grandes ojos se fijan en tu mirada, persiguen tus movimientos, reaccionan ante el tono de voz, cambian las expresiones faciales cuando se les acaricia… Estamos programados para reaccionar emocionalmente ante algo que interactúe con nosotros. Cuando la gente pasa tiempo con estos robots llega un momento en que realmente los considera criaturas con intenciones, emociones y autonomía. Entonces empiezan a tratarlos como si estuvieran vivos, se proyectan sentimientos, aparece la sensación de reciprocidad (cuidarse mutuamente), e incluso el vínculo emocional. Algunos no quieren desprenderse de ellos.
El siguiente comentario refleja una reacción bastante corriente: “es mejor que un gato… no hará nada peligroso, ni exigirá tantos cuidados, ni te traicionará… y no se morirá de golpe haciéndote sentir triste.”
La tecnología no es sólo una herramienta
Serry Turkle se define como una crítica cultural. No toméis este término como la definición de una persona rebuscada que sistemáticamente busca el aspecto negativo de cualquier avance tecnológico. Todo lo contrario. Su perspectiva desde los estudios en STS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) es objetiva, simplemente plantea unas preguntas sobre el mundo de la ciencia que no suelen realizarse los científicos.
De hecho en sus obras siempre se ha mostrado muy positiva acerca de nuestra relación con la tecnología, pero reconoce que desde hace un par de años ha detectado un cierto tecnoentusiasmo pragmático que le preocupa . Y cita como ejemplo extremo el libro de Levy y la posibilidad de ser amigos o amantes de un robot.
Lo que más le conmociona no son las elucubraciones futuristas, sino la velocidad a la que se están aceptando tales ideas como una opción viable contra la soledad.
Turkle asegura que hace años la gente negaba tajantemente que el sentimiento “simulado” de un robot pudiera tener un efecto equivalente a un sentimiento “real”. Pero cada vez encuentra más reacciones del tipo “los humanos también fingimos y nos creemos sentimientos falsos entre nosotros”.
Entre sus encuestas ha encontrado casos de personas con varios fracasos amorosos y profundo temor a la soledad, que se mostrarían abiertas a forzar la ilusión de un robot como alguien vivo que les ofrece compañía.
O niños que en una exposición se mostraban decepcionados con la inactividad de tortugas reales, y aseguraban que ellos las sustituirían por animales artificiales. Lo que importa es el comportamiento, no si un objeto está vivo o no. Según Sherry Turkle, el concepto de “realidad” está cambiando muy rápido entre las nuevas generaciones. Se está gestando una crisis de la autenticidad en la que se difuminará la diferencia entre un gato y un robot. La combinación entre aislamiento físico e intimidad cibernética nos podría conducir a unos niveles de superficialidad y promiscuidad tecnológica impensables hace unos pocos años.
¿Beneficiarán estos robots a personas mayores? les harán sentirse mejor? Serán útiles en la educación de niños? Seguro que si. ¿Perjudicarán a nuestra integridad moral? La respuesta no depende de lo que las máquinas sean capaces de hacer hoy en día, o en el futuro, sino en qué nos convirtamos nosotros.
