Escrito por pestupinya
10 Abr 2009 - Enlace
Misterio en los fondos oceánicos
La institución Smithsonian sigue una costumbre que sería bueno exportar.
Como además de 19 museos gratuitos también tiene 9 centros de investigación y un numerosísimo equipo de científicos de disciplinas diversas, periódicamente invita a periodistas a sesiones privadas para que conozcan el trabajo de sus investigadores en un campo determinado.
Esta misma mañana nos hemos reunido con un ecólogo forestal que tiene varios fragmentos de bosques tropicales perfectamente caracterizados para ir estudiando las reacciones del ecosistema, un paleobiólogo que investiga qué ocurrió hace 55 millones de años cuando en un perídodo de sólo 10.000 años la temperatura global del planeta subió 5-8ºC, un antropólogo que analiza los cambios culturales y migraciones que conllevaron alteraciones climáticas en el pasado, un físico atmosférico que intenta desenredar el papel de todos los otros gases y contaminantes en la atmósfera de la Tierra, un ornitólogo que utiliza los ciclos de las aves migratorias como indicador de los efectos ecológicos de cambios en el clima, y un fisiólogo de plantas que estudia la aceleración de su crecimiento cuando aumenta la cantidad de CO2 a su alrededor. Desde diferentes disciplinas, todos analizan impactos del cambio climático. No parece que sean pocos.
Cuando el jefe de prensa me preguntó si me había gustado la sesión, le contesté: “Excelente! pero ¿sabes qué? ya me cansa un poco el tema del cambio climático... Estoy convencido que aquí en el Museo de Historia Natural tenéis historias más originales a ofrecer. Me da igual que no sean noticia”.
“Ven conmigo dentro de media hora. Te presentaré a alguien que te gustará”, contestó John.
Quedamos en el círculo central de una entrada plagada de estudiantes en spring break , y me condujo por los laberínticos pasillos del museo hasta el despacho-laboratorio de David Johnson , y le pidió que me explicara el misterio que habían resuelto hacía escasos meses.
“Mira, en el siglo XIX se descubrieron una especie de peces (whalefishes) viviendo a más de 1000 metros de profundidad en los fondos oceánicos… y desde entonces todos los especimenes encontrados son hembras!”, empezó a explicar un apasionado Dave tras las presentaciones.
Continuó diciendo que por extraño que parezca, en los años 50 hallaron otra especie diferente de peces también en aguas profundas (bignose fish) donde sólo había machos, y poco más tarde tapetail fishes en la que sólo encontraban individuos inmaduros; ningún adulto.
“¿no serían la misma especie?” pregunté.
“No. Morfológicamente son muy diferentes. Compruébalo tú mismo. …”

“La hembra que te he dado es de las pequeñas. Pueden llegar a medir 40 cm, y tienen unas mandíbulas enormes para capturar presas grandes. Los machos, sin embargo, son mucho más pequeños y tienen la boca sellada; no poseen ni estómago ni esófago. No comen. Sólo tienen dos grandes testículos, un hígado descomunal del que se van alimentando, y un órgano nasal muy desarrollado con el que se supone que buscan la hembra antes de que se terminen las reservas del hígado. Y la especie de la que sólo encontramos larvas posee una boca pequeña y una cola larguísima. Alguien sugirió hace varias décadas que podrían estar emparentados, pero cuando se estudiaron en profundidad se vio que el dimorfismo sexual era demasiado exagerado, y además nunca se había encontrado ningún espécimen a mitad de su desarrollo, que tuviera características de larva y de uno de los dos adultos.”

“¿Qué pasó entonces?”
“¡Qué encontramos un espécimen intermedio! Fue algo sorprendente, un momento mágico para nosotros. Vimos una hembra en plena transición, y al poco nos llegaron dos individuos más mostrando que esos tan radicalmente diferentes whalefishes, bignose fishes y tapetail, que durante décadas se habían considerado tres especies diferentes, en realidad eran las hembras, los machos, y las larvas de una única especie!
Como publicamos hace un par de meses, en la naturaleza a menudo se encuentran cambios considerables entre crías y adultos, y también casos de gran dimorfismo sexual, pero la combinación encontrada aquí no tiene precedentes en ninguno de los vertebrados que conocemos hasta el momento.”
Dave estaba entusiasmado explicando su hallazgo. Todavía me sorprende la pasión con la que algunos científicos investigan detalles que a otros pueden dejar indiferentes. Pero se contagia.
Le pregunté si habían confirmado los resultados con ADN, y me dio una respuesta que reflejaba todavía más esta devoción por la autenticidad de su trabajo: “ah, si… el ADN… si, si… hicimos las pruebas típicas del ARN y lo confirmamos, pero a mi esto de los genes no me va demasiado. Cuando el material genético me cuente cómo la parte superior de la mandíbula de la larva se transforma en una enorme nariz en el adulto macho, les prestaré más atención. Pero de momento esto sólo se puede averiguar pasando horas tiñendo y observando bajo el microscopio ejemplares y más ejemplares de peces, comparando, buscando relaciones, y viendo por ti mismo los secretos que esconde su anatomía. Esto es lo precioso de este trabajo”.
Continuamos hablando de las maravillas que esconden los fondos oceánicos, de las rarezas que podemos encontrar en esos espacios de características tan diferentes a todo lo que conocemos, y del afán por explorar la extraordinaria biodiversidad que alberga este planeta. Dave repitió varias veces lo afortunado que se sentía por trabajar en esta rama de la ciencia, y yo por acceder a contarla.
Por desgracia, bajamos de nuestra nube cuando recordé la pérdida de especies que comentaron durante la sesión matinal sobre el cambio climático, y Dave reconoció que las actividades humanas también están causando estragos en los océanos.

Cuando le dije a