Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pestupinya

03 Nov 2009 - Enlace

El gen altruista: La evolución nos hizo bondadosos

Hace año y medio, cuando todavía residía en Boston, viví una de las situaciones más desagradables que recuerdo. Estaba tomando una copa en un bar cuando una examiga se acercó y me dijo ”te vi la semana pasada en ese evento del museo del MIT sobre ciencia para el tercer mundo”. “Ah, si!” respondí, ”Estuvo bien, no?”. Ella contestó algo parecido a:”fue interesante, pero a mi no me gustó, porque yo no creo que estemos obligados a ayudar a los países pobres. Cada uno que se cuide de los suyos”.

Os prometo que no estoy exagerando, más bien todo lo contrario. Por decoro voy a obviar las justificaciones posteriores al racismo, xenofobia y sexismo, espetadas por esa loca ante mi incrédula mirada justo antes de decir “Yo creo en el Darwinismo Social. La naturaleza nos ha hecho seres competitivos, que nos preocupamos por nuestro propio interés y el de la comunidad directa que nos acoge. En el fondo todos tenemos instinto egoísta, y defender lo contrario es una hipocresía. Mis nietos van a competir con los nietos de los países africanos”. Cuando oí “Darwinismo Social” me sulfuré. Dejé que terminara su frase, la miré directamente a los ojos, y le dije “no quiero hablar contigo nunca más”. Lo cumplí (incluso la borré de mi Facebook (1) ).

El Darwinismo social es una teoría pseudocientífica que pretende aplicar la lógica de la selección natural al funcionamiento de la sociedad. Asume que la “supervivencia del más apto” es algo positivo y a fomentar. El bien colectivo es una noción romántica; la evolución nos ha programado como seres competitivos preocupados por maximizar el beneficio propio, y todas las acciones altruistas que podamos observar dentro de una comunidad animal son en realidad un egoísmo encubierto, una estrategia para cohesionar el grupo cuando de esa manera resulte más exitoso sobrevivir.

Mi indignación con esa persona no era por pensar que no nacíamos con cierta programación genética maquiavélica, sino por utilizar el Darwinismo Social como justificación a ciertas lacras sociales, en lugar de fomentar que el progreso cultural sobrevenga a la codicia innata que pueda arrastrar nuestra especie. Pero de alguna manera, yo sí estaba asumiendo que nacíamos “malos”; que el altruismo verdadero era un bien adquirido, no genético.

Sin embargo, la semana pasada cayó en mis manos el recién publicado libro “The age of Empathy” (La época de la empatía) del primatólogo Frans de Waal, cuya tesis es: “Basta ya de creer que somos egoístas por naturaleza. ¡No lo somos! Las investigaciones en conducta animal llevan años sugiriendo que debemos cambiar este paradigma, y asumir que la evolución ha insertado la empatía y la solidaridad en nuestro comportamiento básico”.

Empatía es la palabra clave. Frans de Waal reconoce que la empatía surgió para que las madres cuidaran de sus hijos, y posteriormente se extendió a la cohesión de grupos sociales. Pero una vez instaurada en nuestros cerebros, pasó a ser un instinto que se manifiesta más allá del grado de parentesco. No vamos por ahí haciendo cálculos matemáticos de correspondencia genética para saber sobre quien debemos aplicarla. Simplemente, durante nuestro pasado evolutivo nos transformamos en seres bondadosos.

Obvio que tenemos un lado competitivo y otro social. De Waal explica que sus chimpancés se preocupan primero por el beneficio propio, luego por el de sus parientes, y finalmente por los componentes del grupo que le rodean. Pero esto no termina aquí de ninguna manera. En sus experimentos ha demostrado que la cooperación, el sentido de justicia, la aflicción, la empatía… se extiende mucho más lejos de la lógica egoísta-competitiva, y se puede observar incluso entre especies diferentes.

No es un razonamiento nuevo. Lynn Margulis lleva tiempo defendiendo la cooperación como un mecanismo más poderoso que la competencia incluso a escalas bacterianas, y libros como el Moral Minds de Marc Hauser sugieren que los valores morales forman parte intrínseca de nuestra naturaleza. Pero el cambio cultural es lento, y venimos de un siglo donde la cultura occidental ha estado promoviendo sistemas basados en la competencia. La asunción neodarwinista de que la selección natural nos hizo unos egoístas encubiertos está fuertemente instaurada, en parte gracias a obras muy influyentes como “el gen egoísta” de Richard Dawkins . Frans de Waal argumenta que no es así, en absoluto, y debemos empezar a cambiar de paradigma.

Conscientes que en el debate sobre la naturaleza humana hay más interpretación que pruebas irrefutables, la posición de De Waal parece acarrear una reflexión importante: No nacemos con un instinto codicioso y cruel que la sociedad deba corregir, sino con una profunda predisposición a la empatía y la solidaridad desinteresada que nuestras estructuras sociales no deben corromper.

(1)Hablando del caralibro… en varias ocasiones he recibido peticiones de crear una cuenta en Facebook para conocernos un poquito más, compartir enlaces, propuestas, o discutir entre amigos inquietudes científicas más allá del contenido específico de cada post.

Aquí nace el grupo “Apuntes Científicos desde el MIT” , dejando su destino en manos de mutaciones aleatorias y la más pura selección natural. Que sea lo que Darwin quiera…

Escrito por pere-estupinya

23 Ene 2009 - Enlace

El valor biológico de la justicia

El experimento empieza con dos monos en sendas jaulas contiguas. Uno de ellos tiene acceso a una palanca con la que acerca a la vez una galleta para él y otra para su compañero.
Hasta aquí todo normal; siempre que el investigador coloca en el dispositivo una galleta para cada mono, el que tiene la palanca la utiliza y ambos consiguen el mismo premio.

Ahora lo curioso: si el investigador pone una galleta frente al mono con la palanca, pero 3 frente al individuo pasivo, el que tiene el control se enfada y no realiza ninguna acción.

La situación le parece tan sumamente injusta, que prefiere no obtener su premio si eso implica que gracias a su trabajo un aprovechado se quedará con el triple sin ningún esfuerzo a cambio.

Cada vez que explico este experimento se inician suculentas conversaciones. No os lo conté antes en el blog porque cuando lo oí durante una charla de Marc Hauser todavía no estaba publicado en una revista que le otorgara la supuesta “veracidad científica”, pero los geniales comensales con los que compartí cena ayer me convencieron con un simple “¿y…?”, más el complemento perfecto que necesitaba.

Y es que tenían toda la razón del mundo. El estudio se las trae… Recuerdo haber leído acerca de chimpancés enfureciéndose si por una misma acción a un compañero le daban un premio superior al suyo, pero llegar a sacrificar de tal manera su propio beneficio es algo relativamente inesperado. Sobre todo porque esto en principio no debería estar favorecido por la selección natural.

El altruismo y el rencor son aspectos peliagudos en el estudio de la naturaleza humana. Trivers en los años 70 estableció que el altruismo podría haber evolucionado para favorecer la reciprocidad dentro de los grupos de primates sociales, pero algunos consideran esta colaboración como un egoísmo encubierto en el que la ayuda está condicionada a un beneficio futuro. Sea como sea, sí tiene sentido evolutivo.

Sin embargo, realizar una acción que suponga un coste para nosotros sin que eso implique ninguna recompensa, es algo que no encaja en los esquemas de la selección natural.
Entre dos monos, uno rencoroso que no come la galleta y otro más cándido que sí se la come sin importarle que un desconocido obtenga tres a cambio, el que tiene más posibilidades de sobrevivir en la selva es el que vaya mejor alimentado.

Una explicación a este comportamiento sería que para el buen funcionamiento del grupo es muy importante penalizar las injusticias y asegurarse de que nadie se beneficia en exceso del trabajo de los demás, pero tal “razonamiento” parecía demasiado sofisticado para los primates.

El estudio de las galletas induce a pensar que la mala sangre que sentimos cuando alguien sale beneficiado en demasía de una situación que consideramos injusta, aunque no nos afecte directamente, puede estar bien arraigada en nuestra herencia evolutiva.

Evidentemente, da para mucho más. Nosotros anoche, tras darle vueltas y vueltas a las implicaciones de este experimento, el formidable Mikel Urmeneta me dijo “¿pero y esto por qué no lo has explicado en el blog?!”. “Es que no se si son macacos, chimpancés, tamarinos, bonobos… ni si les daban galletas, nueces o plátanos… ni el porcentaje exacto de monos que no accionaba la palanca… y ni siquiera tengo una triste fotografía para ilustrarlo.”
“Nada de esto debería ser un inconveniente!”, replicó sabiamente Mikel mientras cogía un papel, rotuladores, y compartía su arte con la ciencia.

Escrito por pere-estupinya

25 Sep 2008 - Enlace

Estrés asesino, por el gran Sapolsky

Un comentario habitual entre los turistas que visitan Nueva York por pocos días es “me encanta, es muy estimulante, pero no podría vivir aquí… me estresaría!”.
Tú les cuentas que la ciudad cambia de cara cuando la disfrutas con tiempo, pero sabes que en el fondo están experimentando algo parecido a subir una montaña rusa: tres minutos es excitante, te vigoriza, disfrutas, te sienta bien… pero nadie soportaría tres horas seguidos de subidas y bajadas atolondradas.
Como dice el gran Robert Sapolsky , un poco de estrés es bueno, nos pone alerta y nos permite salir airosos de situaciones conflictivas. Pero el estrés continuado es devastador. Y no se refiere sólo a ir corriendo a todos sitios, sino también a la capacidad que brinda un cerebro evolucionado de estar preocupados constantemente.

Un cuerpo desequilibrado
Vivir sin nada de estrés es utópico, todos los animales necesitamos que en algún momento nuestro cuerpo segregue de golpe adrenalina y glucocorticoides para acelerar nuestro ritmo cardíaco, dirigir energía hacia los músculos, incrementar nuestra atención y rapidez mental, e inhibir las funciones metabólicas que en momentos de riesgo no son imprescindibles como la digestión, el crecimiento y la reproducción. El mecanismo por el que actúa el estrés es uno de los más ancestrales que compartimos con el resto de animales, La diferencia es que mientras un león y una cebra sólo se estresan unos minutos al día cuando uno persigue al otro, nuestra especie es la única que puede generar esa misma reacción fisiológica y extenderla indefinidamente con sólo pensar en la hipoteca, la presión laboral, proyectar preocupaciones futuras, sueños frustrados… y muchísimos otros factores psicosociales.
Sapolsky y otros científicos han demostrado que los episodios de estrés prolongado afectan a tu memoria porque destruye neuronas de tu hipocampo, deprime el sistema inmunológico, aumenta la presión arterial, cambia la distribución de grasas en tu cuerpo, afecta a los telómeros de tu ADN causando envejecimiento prematuro, altera tu ciclo menstrual, causa disfunción eréctil, e incrementa el riesgo de enfermedad cardiaca. En los humanos, y en otros primates sociales como los babuinos.

El Gran Sapolsky
Robert Sapolsky es uno de los mejores científicos comunicadores que conozco. Lo descubrí gracias a la videoconferencia que hicimos en REDES desde su laboratorio de Stanford. La claridad de su mensaje, pero también su desparpajo casi irreverente nos entusiasmó tanto que programamos una nueva entrevista en persona pocos meses después. Maravillosa de nuevo. Desde entonces le sigo la pista y me declaro un fan suyo.
Sus libros y artículos son para mi un referente en comunicación científica, un ejemplo de que los científicos pueden utilizar un lenguaje natural y desenfadado para comunicar sus resultados al gran público. Quizás por eso National Geographic le escogió como protagonista principal del documental "Estrés asesino" que presentaron ayer en su sede central de Washington DC, y cuya posterior charla de Robert Sapolsky tuve la suerte de presenciar previo pago de 18 dólares.

Babuinos perversos como modelo para estudiar humanos
Robert Sapolsky lleva 30 años combinando sus investigaciones neurocientíficas en Stanford con el estudio de babuinos en Kenia. Para él se han convertido en un buen modelo para investigar los efectos del estrés social y prolongado. Sus babuinos no tienen depredadores naturales. Sólo invierten 3 horas al día buscando comida, y el resto se dedican a fastidiarse entre ellos. Constituyen grupos muy jerarquizados, con al menos 5 rangos diferentes, y siguen pautas de comportamiento parecidas a los humanos.
Cuando un macho increpa a otro de una categoría inferior, éste se enfada, y su reacción es ir a descargarse con otro babuino por debajo de su rango. En el documental Sapolsky dice “llevo 30 años estudiándolos, pero confieso que no me caen bien. Son extremadamente crueles entre ellos, y se inflingen una cantidad de estrés psicológico enorme”. Sapolsky ha estado tomando muestras de sangre de los babuinos para analizar su estado de salud y las hormonas relacionadas con el estrés en función de la jerarquía social que ocupan. Sus conclusiones son claras: cuanto más bajo estás en el rango, más estresado te encuentras y peor es tu salud.
Estos resultados son consistentes con un estudio parecido que Michael Marmot realizó con funcionarios británicos. Contrariamente a lo que se suele pensar, el más estresado no es el jefe sino los cargos inferiores. La falta de control es un factor directamente relacionado con el aumento de estrés. Según dijo Sapolsky ayer en el turno de preguntas, lo peor es tener responsabilidad y poca autonomía. Es decir, si algo falla sabes que la culpa será tuya a pesar de que tus superiores no te otorgan libertad para tomar decisiones. ¿Os suena?

Atajar el estrés de raíz
Sapolsky también apunta que esta terrible capacidad de estresarnos por motivos psicológicos también puede ser utilizada a nuestro favor: “podemos pensar: este trabajo infravalorado no es lo más trascendente, lo que realmente me importa es ser el capitán de mi equipo de béisbol, o formar parte de un grupo en mi parroquia”. Nuestra capacidad de abstracción mental puede conducirnos a más estrés, pero también puede jugar a nuestro favor si sabemos utilizarla correctamente. Sapolsky es muy crítico con las “presiones absurdas” que genera el estilo de vida estadounidense, y cuando le cuestionan si es necesario para ir avanzando contesta: “no compensa”. Las maneras de reducir tal presión psicológica ya las sabemos: ni dejes que te estresen ni estreses tú a nadie, mantén unas relaciones sociales satisfactorias, y cambia de perspectiva y prioridades. Alguien le preguntó por la meditación. Contestó con cierta ironía que no lo había investigado porque los babuinos son malos meditadores, pero que no tiene sentido ir 20 minutos a meditar después de comer si luego regresas 5 horas a tu trabajo angustioso.

Parece que nuestra especie es tan inteligente que puede estresarse por motivos psicosociales, pero no lo suficiente como para saber cómo evitarlo.

Pere Estupinya

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Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.
Ahora continúa desde Washington DC buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.
Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.

Pere Estupinya

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